Cáliban se quedó quieto. Solo mirar a Erick le encendía la sangre, deseando con todas sus fuerzas tumbarle los dientes y borrar esa expresión de arrogancia de su rostro. Estaba a punto de golpearlo cuando, de pronto, un leve rastro de maná en el aire lo detuvo. Sus instintos lo alertaron, y antes de que su pu?o llegará al objetivo, Erick quedó suspendido en el aire, inmóvil y levitando como una marioneta rota.
—?Qué…? —Cáliban retrocedió confundido.
Una figura apareció desde las sombras del pasillo, su presencia llenó el ambiente con un aura imponente.
—Debo admitir que no esperaba problemas tan pronto, en pleno día de la segunda prueba —dijo una voz clara y autoritaria —Los jóvenes de hoy en día son tan… estúpidos.
—?Bájame ahora mismo! —gritó Erick, pataleando en el aire con frustración —?Esto no se quedará así! ?Mi padre escuchará de esto!
La figura se acercó, revelando a una joven mujer rubia de pelo corto sentada en una silla de ruedas. Llevaba un enorme sombrero que ocultaba gran parte de su rostro, y un vestido blanco que caía en pliegues hasta el suelo, como si formara parte del aire mismo. Su voz, pese a la firmeza, tenía un tinte angelical que obligaba a escucharla. Al detenerse, habló con una calma que heló el alma de todos en la sala:
—Vi claramente quién inició la pelea. Si tienes algo que decir, hazlo. Pero te advierto, aquí no importa de qué familia vengas. Mientras la academia esté respaldada por las cinco capitales del continente, ni tu padre ni nadie tendrán influencia aquí. O acaso, ?Tu familia tiene más poder que las coronas?
Las palabras golpearon a Erick como una tormenta. Su rostro pasó del enojo al terror absoluto. Al chasquear los dedos, la mujer deshizo el hechizo, y Erick cayó al suelo con un golpe seco. Sin mirar atrás, se levantó torpemente y salió corriendo, gritando:
—?Esto no se quedará así!
La mujer suspiró.
—Los jóvenes de hoy en día…
Cecilia se adelantó, inclinándose con respeto.
—Gracias por intervenir. ?Acaso también estás aquí para el examen?
La mujer soltó una risa suave y melodiosa.
—Oh, querida, lamento que mi apariencia te confunda, pero no soy una estudiante.
Cecilia se sonrojó, murmurando una disculpa apresurada. Nhun, intrigada, dio un paso al frente.
—?Disculpe, quién es usted? —preguntó con tono firme.
La mujer sonrió con delicadeza y alzó la mano. Con un movimiento sutil, el enorme sombrero desapareció, revelando un rostro extraordinario. Su cabello dorado brillaba como oro bajo la tenue luz del pasillo, y sus ojos, de un azul profundo como el océano, parecían contener secretos infinitos. Su belleza era deslumbrante, casi irreal.
—Mi nombre es Anfitria Rain, profesora de magia elemental en la academia. Un placer conocerlos, jóvenes —dijo la mujer con una leve inclinación de cabeza y una sonrisa encantadora.
—?Wow! ?Es increíblemente bella! —exclamó Nhun con asombro, los ojos le brillaban como dos faroles.
Anfitria rio suavemente, como un sonido delicado y melódico.
—Debe ser mi herencia de sirena. No es por presumir, pero solemos ser bastante agraciadas.
—?Es muy bella! —dijo Cecilia, quien ya daba vueltas emocionada alrededor de la profesora —Nunca había conocido a una sirena. He oído que son increíblemente hermosas… ?Pensé que eran solo rumores, pero es verdad!
La profesora volvió a reír, esta vez con más calidez.
—Me halagan, chicas. Gracias por los cumplidos, pero no deberían estar aquí. La segunda prueba comenzará muy pronto, y necesitan dirigirse al lugar correspondiente. Apresúrense.
—Lo sentimos, nos iremos de inmediato. Gracias por su ayuda —dijo Cecilia con una reverencia, su tono se llenó de disculpas.
—?Adiós, profesora! ?Espero que nos dé clases pronto! —gritó Nhun mientras se alejaban.
Anfitria observó cómo los jóvenes desaparecían por el pasillo, su expresión cambió brevemente, y un murmullo escapó de sus labios:
—Yo también lo espero…
Cáliban, sin embargo, sintió cómo la mirada de la profesora se clavaba en su espalda, pesada y persistente. La posibilidad de que uno de los profesores estuviera involucrado en magia negra arcana lo llenaba de desconfianza. La academia, con su brutal sistema de pruebas y expediciones, era el terreno perfecto para ocultar un flujo constante de muertes.
?Si el mago oscuro está entre ellos, tengo que descubrir quién es? —pensó mientras sus pasos lo llevaban de vuelta al salón para buscar al profesor Yannes.
Cecilia, por su parte, tomó su brazo, mirándolo con una mezcla de gratitud y timidez.
—Gracias a ti también, Cáliban.
—No fue nada… pero, escúchame. No es que quiera involucrarme, pero… ?Cómo es que eres la prometida de Erick Stein?
—?No! ?De ninguna manera somos eso! —respondió Cecilia de inmediato, casi tropezando con sus palabras.
Su rostro se ti?ó de rojo mientras intentaba explicarse, gesticulando nerviosa.
—Desde que éramos ni?os, Erick siempre ha estado… insistente conmigo. Crecí solo con mi padre, y la primera vez que lo vi fue en una fiesta de nobles en la casa del se?or Marcus. Desde entonces, no ha dejado de invitarme a ser su prometida…
—Solo porque su padre trabajaba para el cobrador de impuestos de la ciudad, se cree el due?o de todo. Es despreciable —gru?ó Nhun.
—Entonces… ?No sientes nada por él? —preguntó Cáliban con seriedad.
—?No! ?Definitivamente no! ?Jamás! Ni aunque el mar se trague la tierra, ni si el sol se apagara, ni siquiera si fuera el último hombre sobre la faz de este mundo… ?Nunca de los nunca!
Cecilia hablaba tan rápido que comenzaba a quedarse sin aliento. Cáliban levantó una mano para detenerla.
—Entendido. Es bueno saberlo…
Ella respiró profundamente, su cara todavía estaba encendida de vergüenza. él simplemente giró la cabeza, ocultando una leve sonrisa antes de continuar caminando hacia el salón.
—?En serio?
—?Por supuesto!
Claro que era bueno saberlo. Erick Stein había demostrado ser una piedra en el camino de Cáliban.
?Eso quiere decir que puedo deshacerme de él sin ningún problema…? —pensó mientras una leve sonrisa cruzaba su rostro.
—Bueno, si a ti te parece bien… —murmuró Cecilia, aún con la cara roja, como si fuera un tomate maduro.
Cáliban se giró hacia Cecilia, notando su respiración agitada y su rubor que no se desvanecía de su rostro.
—?Estás bien?
—?Sí! —respondió ella rápidamente —Mejor vamos a la prueba. No quiero tener más problemas.
—Bien.
Mientras caminaban de regreso al salón, Cáliban le explicó lo que el director había mencionado sobre la segunda prueba. Según las instrucciones, el evaluador sería el profesor Yannes. Los tres apuraron el paso para llegar a tiempo. Al entrar, Joseph se acercó corriendo, con la respiración agitada.
—Cáliban, ya inscribí a nuestro equipo. El profesor está por dar un anuncio.
Se dirigieron rápidamente a sus asientos mientras el profesor Yannes se colocaba en el centro del podio.
—Muy bien, estudiantes, escuchen atentamente. —La voz del profesor resonó por todo el salón —Permítanme presentarles a la profesora Rain, quien nos acompa?ará en esta etapa. Ambos seremos los evaluadores de la segunda prueba. Dicho esto, nos dirigiremos al bosque donde se encuentra la entrada de la mazmorra. ?Prepárense y sígannos!
Sin perder tiempo, los estudiantes comenzaron a moverse en fila. La profesora Rain lideraba el grupo mientras el profesor Yannes permanecía atrás, asegurándose de que nadie se quedara atrás. Cáliban los observaba con detenimiento. Su instinto le decía que no debía confiar en ninguno de los dos todavía.
El bosque, a primera vista, parecía más normal de lo esperado. árboles y arbustos se extendían hasta donde alcanzaba la vista. Sin embargo, algo inquietaba profundamente a Cáliban… no se percibía presencia alguna. Ni animales, ni insectos, ni siquiera el flujo de la flora parecía presente.
?Ya veo… Una barrera…? —dedujo mientras observaba a su compa?ero saltarín de un lado.
—Parece que estás feliz… —comentó Cáliban con una leve sonrisa, mientras observaba cómo Joseph daba peque?os saltos de emoción al avanzar entre los árboles.
—?Por supuesto! —respondió Joseph, exaltante —El examen no será escrito, ?Estoy feliz por eso! Ya quiero entrar y empezar a reventar cabezas de monstruos.
La energía de Joseph era contagiosa, pero Cáliban no podía compartir su entusiasmo por completo. Una sensación inquietante se aferraba a su pecho mientras avanzaban por el bosque. El aire era denso, como si una sombra invisible se cerniera sobre ellos.
—?No lo sientes, Joseph? —dijo Cáliban, deteniéndose un momento y escudri?ando el horizonte cubierto de árboles.
—?Sentir qué? —Joseph se giró hacia él, todavía sonriente, aunque con una ligera confusión en sus ojos.
—No lo sé… algo no está bien. —Cáliban entrecerró los ojos, intentando desentra?ar el origen de su inquietud.
El bosque, que había estado lleno de murmullos de vida, ahora parecía peligrosamente callado. Ni el canto de los pájaros ni el crujir de hojas al viento acompa?aban sus pasos. Algo acechaba entre las sombras, y aunque Cáliban no podía verlo, su instinto le gritaba que no estaban solos.
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Entre la multitud, un joven pelirrojo de estatura baja observaba con nerviosismo los oscuros alrededores del bosque. Su cabello rojizo, despeinado y algo rebelde, caía sobre sus ojos, como si buscara ocultar su mirada temerosa del resto.
?No puedo creer que me metiera en esto…? —pensó mientras su mirada recorría la interminable fila de aspirantes frente a él. ?Tranquilo, Dimerian… tú puedes con esto. Solo mantén la calma…?
Con un suspiro, el joven intentó reunir algo de valor para enfrentar la dura prueba que lo esperaba, aunque el peso de la incertidumbre seguía oprimiendo su pecho.
En el interior de la mazmorra. La penumbra de los pasillos se vio interrumpida por el tenue resplandor de un cristal que un hombre encapuchado colocó sobre la puerta principal. Realizó un ritual de activación, sus movimientos eran precisos, casi ceremoniales, como si cada acción tuviera un propósito milimétrico.
—Artífice, traigo un informe… —dijo en un tono bajo y controlado.
—Habla. —La respuesta fue fría, directa.
—Los candidatos están llegando. En pocos minutos estarán aquí.
—Bien, dispérsense. En cuanto el cristal se active, su prioridad será recuperar el cuerpo de la se?orita Thorm. No habrá espacio para margen de errores.
Una sombra de obediencia recorrió a los miembros del grupo, quienes respondieron al unísono con voces firmes antes de desaparecer en la oscuridad de los corredores. El artífice, imperturbable, permaneció junto al cristal, observando con cautela la entrada del recinto antes de retirarse.
La quietud de la mazmorra se rompió con un leve zumbido que emanaba del cristal, una se?al de que el juego estaba por comenzar. Afuera, los árboles susurraban con el viento, y la tensión en el aire era casi palpable. El bosque, silencioso y expectante, parecía ser consciente de lo que estaba por suceder.
Después de caminar unos cuantos minutos, el grupo llegó a la entrada de la mazmorra. Frente a ellos se alzaba una imponente puerta de piedra, cubierta con símbolos arcanos que brillaban con un tono verde etéreo. El profesor Yannes agitó su mano, conjurando una mesa frente a ellos. Ambos profesores tomaron asiento, y fue Rain quien habló primero:
—?Bien! —exclamó la profesora Rain con una voz clara que llamó la atención de los candidatos —A partir de este momento, iremos nombrando a los participantes. Su objetivo es sencillo… entrar al laberinto y encontrar la salida. Si lo logran, habrán pasado la prueba.
El profesor Yannes extendió una mano y conjuró una enorme ventana de cristal creada a partir de maná puro. Su superficie vibraba con energía arcana, emitiendo un tenue resplandor azul.
—Esta magia arcana nos permitirá observar todo lo que ocurra dentro del laberinto —explicó, se?alando la ventana —Pero no se confíen. El laberinto cambia con cada equipo que entra, lo que significa que memorizar las rutas de los demás no les servirá de nada.
El ambiente se volvió más tenso. Las miradas de los estudiantes reflejaban una mezcla de ansiedad y temor. Algunos comenzaron a murmurar entre ellos, sus esperanzas de superar la prueba disminuían con cada palabra del profesor.
—No tengan miedo de las criaturas dentro del laberinto —continuó Yannes —Son solo ilusiones creadas con magia. Pero no se enga?en… aunque no sean reales, el dolor que sientan sí lo será.
La profesora Rain tomó una lista y empezó a llamar a los equipos, uno por uno. Cada grupo caminaba con paso vacilante hacia la entrada del laberinto. Al pasar las primeras rondas, empezaron a surgir problemas. Un equipo logró llegar a la salida, pero solo uno de los miembros emergió del laberinto. La respuesta de los profesores fue inmediata.
—Recuerden esto, jóvenes —advirtió la profesora Rain, con su tono más severo —Para aprobar la prueba, ambos postulados deben cruzar la salida. Si solo uno lo hace, el equipo será descalificado. Abandonar a su compa?ero no es una opción si pretenden avanzar.
El laberinto, construido con bloques de piedra gris, estaba lleno de trampas y enemigos en cada rincón. Tal como habían dicho los profesores, la clave no era combatir, sino usar la astucia para superar los desafíos. Sin embargo, muchos estudiantes se perdían, incapaces de encontrar la salida, mientras que otros sucumbían al miedo y se paralizaban a mitad de camino.
Aquellos que lograban llegar al final enfrentaban un último obstáculo… el monstruo jefe de la mazmorra. Podía ser un troll, un ogro, o incluso un minotauro. Todo dependía del momento en que cruzaran la puerta. Cada grupo debía adaptarse al desafío único que se les presentaba.
Horas después, la voz de Yannes resonó de nuevo, llamando a las siguientes participantes.
—Cecilia Thorm y Nhun A'ken Hagiran.
Ambas se levantaron con nervios visibles en sus rostros. Mientras caminaban hacia la entrada, Joseph y Cáliban les desearon suerte.
—?Buena suerte! ?Regresen enteras! —exclamó Joseph, sonriendo para aliviar la tensión.
A pesar de sus palabras de aliento, los pasos de las chicas eran vacilantes. Era su primer combate real, y la incertidumbre se reflejaba en sus ojos. La entrada del laberinto, oscura y amenazante, se alzaba ante ellas, prometiendo desafíos que pondrían a prueba su temple.
Al ingresar a la mazmorra, la primera habitación estaba repleta de estanterías con armas. Los estudiantes tenían permitido utilizar cualquier arma no mágica que encontrasen en la sala. Disponían de cinco minutos para prepararse antes de salir. Una vez cruzada la puerta, un contador de diez minutos comenzaría a correr; si no completaban el laberinto dentro de ese tiempo, serían descalificados.
Cecilia tomó una lanza, mientras que Nhun eligió un escudo y una espada corta. Aunque ambas sentían miedo, esto no las detuvo. Se prepararon frente a la puerta, listas para salir corriendo al pasillo.
—Tranquila, vamos a superar esto fácilmente —dijo Nhun, intentando calmar a Cecilia.
—Sí… —respondió ella con voz temblorosa.
—Solo sígueme y mantente cerca de mí.
Sin más preámbulos, salieron de la habitación a toda velocidad. El pasillo era estrecho, y las paredes estaban equipadas con trampas que lanzaban flechas a intervalos regulares. Necesitaban avanzar lo más rápido posible. Nhun, con su aguda vista, notó que las flechas habían cesado temporalmente.
—Cuando dé la se?al, corre detrás de mí —ordenó.
—Entiendo… —asintió Cecilia.
Nhun esperó unos segundos, observando el ritmo de las trampas. Cuando el momento llegó, alzó la voz:
—?Ahora!
Ambas corrieron, con Nhun levantando su escudo para bloquear cualquier flecha que pudiera dispararse. Al atravesar el pasillo, llegaron a una nueva habitación que parecía una tumba. La sala estaba infestada de trasgos que patrullaban de un lado a otro. Peque?as criaturas de piel verde con orejas grandes y cabezas alargadas. Nhun tomó la delantera, embistiendo con su escudo a los trasgos que atacaban de frente. Cecilia, por su parte, se encargó de empujar y apu?alar a los que se levantaban aturdidos, manteniendo el ritmo. Ambas trabajaron en equipo, sin desperdiciar un solo segundo.
Desde afuera, Cáliban y Joseph observaban la situación con atención.
—?Wow! Realmente son buenas juntas, ?No lo crees? —comentó Joseph.
—Hmmm… —murmuró Cáliban, visiblemente pensativo.
—?Sucede algo?
—No estoy seguro… algo no me cuadra. Quizás es mi imaginación, pero creo que hay algo interfiriendo en la mazmorra.
—?Por qué lo dices?
—Mira con detenimiento a Nhun.
Joseph enfocó su mirada en Nhun, buscando los detalles que Cáliban le se?alaba. Al percatarse de lo que sucedía, sus ojos se abrieron con sorpresa y miró nuevamente a su compa?ero.
—?Eso es…!
Mientras tanto, dentro de la mazmorra, Cecilia y Nhun se encontraron con una nueva trampa… un suelo repleto de pinchos. Afortunadamente, lograron detectar el peligro a tiempo y saltaron por encima. Sin embargo, Cecilia notó que el brazo de Nhun sangraba. Era extra?o, ya que las heridas nunca habían sido reales en los enfrentamientos previos del laberinto.
—?Estás segura de que estás bien? —preguntó Cecilia, preocupada.
—Sí, quizás es solo sangre falsa. Recuerda que el profesor dijo que todo era una ilusión.
—No estoy tan segura…
—?Estoy bien! Sigamos. ?Tengo que pasar esto a como dé lugar!
Cecilia no estaba convencida, pero no quería retrasar más el avance. Ambas continuaron, superando las siguientes dos habitaciones con esfuerzo y coordinación. Finalmente, llegaron a la última sala… la cámara del jefe.
La atmósfera era densa y opresiva, y la silueta del jefe se distinguía entre las sombras. Cecilia y Nhun se miraron, conscientes de que este era el reto final. Sin tiempo para dudas, se prepararon para lo que venía.
—En cuanto salga el jefe, ?Corramos hacia la salida, Cecilia!
—Sí… pero… Nhun, tu herida…
—?Te digo que estoy bie-!
Un estruendo interrumpió su discusión; el suelo tembló con furia, y las paredes comenzaron a crujir. La habitación vibraba con violencia.
Momentos antes, afuera de la mazmorra. Los estudiantes murmuraban inquietos mientras los profesores discutían en susurros urgentes. Joseph observó con preocupación y, se?alando el brazo herido de Nhun, le habló a Cáliban:
—El brazo de Nhun sangra… Eso no debería pasar, ?Verdad?
—No… esto no está bien. Hablemos con los profesores.
Ambos se aproximaron a los maestros, quienes debatían algo con evidente urgencia.
—Profesor Yannes…
—Ahora no, joven Cáliban, estamos-
Entonces sucedió. La mazmorra comenzó a sacudirse con tal fuerza que el suelo bajo sus pies parecía gritar. La puerta de la entrada empezó a agrietarse, y una oscura aura emergió de ella como un torrente maldito. Los instintos de Cáliban se dispararon al sentir la energía que escapaba del portal.
—?Energía exterior!
Dentro del laberinto. Cecilia y Nhun estaban atrapadas en la cámara del jefe. Las paredes de la habitación comenzaron a deformarse, cambiando su estructura mientras las envolvían.
—?Qué está pasando? ?El laberinto no debería cambiar hasta que estemos afuera!
—?Tenemos que salir de aquí, Nhun!
Antes de que pudieran moverse, un rugido ensordecedor llenó la sala. De entre la oscuridad emergió una criatura con alas membranosas y garras afiladas, sosteniendo en su boca a el original huésped de la sala, una gigante serpiente roja. No era un dragón, pero su porte era igual de aterrador… era un Wyvern. Con un rugido que hacía temblar el aire, la criatura escupió fuego hacia el techo. Ambas corrieron y se ocultaron tras unos pilares, jadeando.
Afuera de la mazmorra. Los profesores canalizaban magia en un intento desesperado por estabilizar la estructura, pero sus esfuerzos no parecían surtir efecto.
—?Joseph! —exclamó Cáliban —Es magia oscura… energía exterior. Si no hacemos algo, ellas morirán ahí dentro.
—??Qué?! ?Qué propones entonces?
—?Entraremos! Agarra un arma, lo que sea, y sígueme.
Sin esperar respuesta, Cáliban echó a correr hacia la puerta. Joseph lo siguió, cuidando su andar mientras corrían entre la multitud de estudiantes. El profesor Yannes trató de detenerlos.
—??Qué están haciendo?! ?No pueden-!
—?Usted estabilice el portal! Nosotros las sacaremos de ahí. ?Confíe en nosotros y ayude a la profesora Rain!
—Pero-
—Si tardamos más, ellas morirán.
Los ojos de Cáliban, llenos de resolución, impactaron al profesor. No tenía alternativa; desviar su atención del portal sería condenar a las dos alumnas.
—?Está bien! ?Confío en ustedes! ?Nos encargaremos del colapso! ?Sáquenlas rápido!
Cáliban y Joseph cruzaron el portal. En la primera sala, Cáliban agarró una espada, un escudo y una lanza; Joseph tomó dos espadas y un escudo. No había tiempo que perder.
Corrieron por el pasillo lleno de trampas, esquivando flechas y sombras que parecían acecharlos desde las paredes. En sus corazones, solo había una misión… salvar a Cecilia y Nhun, cueste lo que cueste. En cuanto vieron las trampas de flechas, Cáliban uso su rápida reacción para interceptar cada una de ellas, esperando el momento oportuno para destruir el mecanismo.
—?Joseph, dame una de tus espada!
—?Toma!
Cáliban lanzó una espada con precisión hacia el mecanismo de la trampa, deteniendo el mortal lanzamiento de flechas. Sin perder tiempo, ambos avanzaron de puerta en puerta, hasta llegar a la trampa de pinchos que bloqueaba el camino hacia la sala del jefe.
—?Dame impulso con tu escudo!
—?Bien!
Cáliban apoyó un pie sobre el escudo que Joseph sostuvo firme y, con un poderoso salto, cruzó al otro lado del pasillo lleno de púas. Desde allí gritó:
—?Salta hacia mí! ?Te atraparé!
Joseph tomó carrera, concentrando toda su fuerza en el salto. En el aire, extendió la mano, que Cáliban atrapó al vuelo con fuerza. Ambos lograron superar el obstáculo y corrieron decididos hacia la última sala.
Momentos antes, dentro de la sala del jefe…
Nhun y Cecilia estaban escondidas entre los escombros derribados por el Wyvern. La criatura, de ojos brillantes y cuerpo imponente, merodeaba la sala con movimientos calculados, buscando a sus presas. Cecilia le hizo una se?al a Nhun para que la siguiera, pero Nhun estaba herida. Un fragmento de escombro había atravesado su pie, y aunque trataba de contener el grito, el dolor era insoportable.
La puerta de salida estaba detrás del Wyvern. Si lograban llegar, estarían a salvo. Pero Cecilia no podía dejar de mirar las heridas de Nhun, y pensamientos sombríos nublaban su mente.
?Si Nhun sale viva de aquí… eso será suficiente para mí.?
Con un acto de valentía desesperada, Cecilia se levantó de su escondite y gritó:
—?Corre, Nhun! ?Sal por la puerta y busca a los profesores!
—?No! —respondió Nhun, con la voz quebrada.
Nhun trató de levantarse, pero sus piernas no le respondían. Ya fuera por el miedo o el dolor, no podía moverse. La impotencia la abrumaba mientras veía a Cecilia sacrificarse. En su desesperación, comenzó a golpearse las piernas con los pu?os cerrados.
—?Malditas piernas! ?Respondan, maldita sea!
Mientras tanto, Cecilia corrió por la sala, gritando y atrayendo la atención del Wyvern. La bestia giró su cabeza hacia ella, oliendo el aire antes de lanzarse en su persecución. Cecilia esquivó sus embestidas y se ocultó tras pilares, pero pronto quedó acorralada en una sala sin salida.
El Wyvern se acercaba lentamente, como un depredador seguro de su victoria. Cecilia, agotada, dejó caer sus hombros. Ya no tenía fuerzas para seguir huyendo ni luchando. Cerró los ojos mientras los recuerdos de la vida que podría haber tenido inundaba su mente, llenándola de una melancólica paz.
?Supongo que hasta aquí llegué… me hubiera gustado tener aventuras con ustedes… chicos.?
El Wyvern abrió su mandíbula, mostrando sus colmillos afilados, listo para devorarla de un solo bocado.

