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Capítulo 10: Valor entre las Llamas

  Cecilia veía cómo su vida pasaba ante sus ojos como un parpadeo fugaz. Cerró los ojos lentamente, resignada al destino que la esperaba. Al menos Nhun estaría a salvo. Ese pensamiento le dio algo de consuelo, una chispa de paz que iluminó la oscuridad en su corazón. Recordó a su madre, aquella figura amorosa que siempre la había fortalecido, y esa imagen le otorgó el coraje para erguirse con dignidad frente a la muerte.

  No había arrepentimientos, o al menos eso se repetía a sí misma. Pero, en el último instante, la imagen de un rostro conocido cruzó su mente: Cáliban. Un calor amargo llenó su pecho mientras los recuerdos de su sonrisa y su valentía se desbordaban.

  —Qué tonta fui… —murmuró apenas, mientras una lágrima se deslizaba por su mejilla.

  En su mente resonaban palabras que jamás pronunció.

  ?No pude despedirme de papá… bueno, supongo ya no tiene importancia.?

  Con un suspiro final, Cecilia aceptó su destino. Apretó los pu?os, y su cuerpo tembló, pero esta vez no era de miedo. Se quedó quieta, mirando al vacío frente a ella, mientras el Wyvern se acercaba, cada paso suyo resonaba como un tambor de guerra. El monstruo abrió sus fauces, dispuesto a devorarla.

  Entonces, como un rayo que parte la noche, un grito rompió el silencio.

  —?Hey, bestia!

  Cecilia abrió los ojos de golpe, confundida. La voz era inconfundible. Giró la cabeza, y allí, en lo alto de uno de los pilares de la sala, estaba Cáliban. Su figura era iluminada por la tenue luz de las antorchas que oscilaban con el movimiento de la criatura.

  El Wyvern levantó la cabeza, apartando la mirada de Cecilia, ahora fijada en el intruso. Cáliban, con una mirada decidida, alzó la lanza que había recogido momentos antes.

  —?Por aquí, escamas! —gritó con fuerza, y antes de que la bestia pudiera reaccionar, Cáliban arrojó la lanza con toda su fuerza.

  La punta del arma cortó el aire con un silbido mortal, impactando directamente en uno de los ojos del Wyvern. Un rugido desgarrador llenó la sala, haciendo temblar las paredes. La criatura se revolcó en el suelo, presa del dolor, golpeando pilares y lanzando llamaradas descontroladas hacia el techo.

  —?Joseph! ?Ahora! —gritó Cáliban, girándose hacia su compa?ero.

  Desde el otro lado de la sala, Joseph apareció corriendo con dos espadas en las manos. Con movimientos precisos, sorteó los escombros y las llamas que el Wyvern había desatado en su agonía.

  —?Pensé que no me ibas a dejar toda la diversión a mí! —respondió Joseph, esbozando una sonrisa feroz mientras se colocaba junto a Cecilia.

  Cecilia, aún paralizada por lo que acababa de ocurrir, sintió cómo las lágrimas se acumulaban en sus ojos. La esperanza que había abandonado regresó con una fuerza que la hizo temblar.

  —?Cáliban… Joseph!

  Cáliban no apartó la vista del Wyvern, que comenzaba a reincorporarse a pesar de su herida.

  —?Saca a Cecilia y a Nhun! Yo lo retendré todo el tiempo que pueda. Una vez que estén a salvo, ?Regresa por mí!

  —?Entendido! —respondió Joseph, con un tono grave, apretando los dientes.

  La bestia rugió furiosa, agitando su cuerpo para arrancarse la lanza clavada en su ojo. Con un movimiento violento de su cola, el arma se partió en pedazos, cayendo al suelo con un sonido metálico. Desde la distancia, Cáliban observó cómo la carne podrida del Wyvern se regeneraba rápidamente, restaurando el ojo perdido en cuestión de segundos.

  —Maldita sea… —murmuró entre dientes, mientras ajustaba el agarre en su escudo —Esto será difícil. El portal no se cerrará hasta que esta maldita lagartija esté muerta…

  Al otro lado de la sala, Joseph y Cecilia corrían a toda velocidad. Mientras observaban de reojo la lucha de Cáliban. Cecilia forcejeaba, intentando soltarse del agarre de Joseph.

  —?No deberíamos dejarlo! ?Tenemos que ayudarlo!

  —?Tranquilízate! —respondió Joseph, casi sin aliento —Cáliban no tomaría esta decisión si no estuviera seguro de que funcionaría. Ustedes tienen que salir primero para que yo pueda regresar y ayudarlo.

  —?Pero no puedo dejarlo! —insistió Cecilia, con lágrimas en los ojos.

  Joseph la miró fijamente, con seriedad.

  —Ya lo has visto pelear. No es débil. En lugar de preocuparte por él, ayúdame a encontrar a Nhun. ?Dónde está?

  Cecilia tomó un momento para responder, reprimiendo un sollozo.

  —Ella… resultó herida por las trampas y el Wyvern. Le di tiempo para escapar mientras lo distraía. Espero que haya logrado llegar a la salida…

  Corrieron lo más rápido que pudieron hasta la sala donde habían dejado a Nhun. Al llegar, la encontraron junto a la puerta. A pesar de su respiración pesada y las heridas en su pierna y brazo, seguía de pie, negándose a abandonar la mazmorra sin sus compa?eros.

  —??Qué haces aquí?! —exclamó Cecilia al verla —?Deberías haberte ido!

  Nhun la miró, con el rostro pálido pero resuelto.

  —No iba a abandonarte. Los profesores deberían vernos salir juntos, ?No? Estoy segura de que…

  —No. —Joseph la interrumpió, con firmeza —Los profesores no pueden entrar. Están usando toda su magia para estabilizar el portal. No pueden hacer más. Por eso Cáliban y yo tuvimos que entrar.

  Nhun quedó paralizada un instante, procesando sus palabras.

  —?Qué? Entonces deberíamos…

  Antes de que pudiera terminar, Joseph la agarró con fuerza y la lanzó fuera de la puerta sin vacilar. Nhun cayó al suelo del otro lado del portal, segura pero atónita.

  —??Por qué hiciste eso?! —gritó Cecilia, llena de indignación.

  Joseph la miró sin vacilar, con el rostro endurecido.

  —Porque ustedes no ayudan quedándose aquí. Si Cáliban quiere salir de ésta, primero debe asegurarse de que ustedes dos estén fuera.

  Cecilia apretó los pu?os, dolida, pero sabía que Joseph tenía razón. Serían una carga si permanecían allí. Sin decir más, cruzó la puerta a rega?adientes. Antes de desaparecer, miró a Joseph, con los ojos llenos de lágrimas.

  —Por favor… tengan cuidado…

  Joseph asintió, dándole una última mirada de confianza, antes de girarse y correr de vuelta hacia la batalla.

  De regreso a la sala principal…

  Dentro de la mazmorra, el sonido de la batalla resonaba como un eco ensordecedor. Cáliban se enfrentaba cara a cara con el imponente Wyvern. La criatura escupía fuego en todas direcciones, llenando el aire con calor abrasador y humo sofocante.

  —?Mierda! ?Esto quema! —gritó Cáliban, mientras el fuego rozaba su brazo.

  El dolor era insoportable; aunque solo había sido un roce, la piel ardía como si mil agujas se clavaran en su carne. Apretó los dientes, ignorando el dolor lo mejor que pudo. Con su escudo en alto y su espada lista, bloqueó y esquivó los ataques de la bestia, pero el Wyvern no le daba tregua. La criatura agitaba su cola con furia, golpeando los pilares de la sala y haciendo que fragmentos de roca cayeran como lluvia.

  ?Esa cola será un problema…? —pensó mientras buscaba desesperadamente un punto débil.

  La bestia no era un dragón, pero sus escamas eran tan duras como el hierro. Los cortes superficiales que lograba infligir apenas parecían hacer mella en su piel. Peor aún, el Wyvern poseía un poder de regeneración inusual; cualquier herida que lograba causarle se cerraba en cuestión de segundos. Sin embargo, había algo curioso… las escamas caídas no volvían a crecer.

  ?La magia oscura… tiene que ser eso. Esa regeneración no es normal en un Wyvern.?

  Mientras esquivaba las llamas y bloqueaba los embates de la cola, su mente trabajaba frenéticamente. Necesitaba un plan. Pero entonces lo notó… el aguijón venenoso en la cola de la bestia.

  ??Veneno? No tiene sentido… la regeneración debería neutralizar cualquier veneno dentro de su cuerpo. Entonces, si la cola produce veneno, eso significa que…?

  Una teoría empezó a formarse en su mente. Si estaba en lo correcto, el único arma capaz de matar al Wyvern era su propio veneno. Pero para lograrlo, tendría que cortarle la cola, una tarea casi imposible con las escamas protegiéndola.

  En ese instante, su concentración se rompió. La bestia, como si hubiera leído sus pensamientos, agitó su cola con un movimiento brutal y lo golpeó directamente. Cáliban salió disparado como una mu?eca de trapo, estrellándose contra un pilar. El impacto resonó por toda la sala, y un alarido de dolor escapó de sus labios.

  —Cof, cof… ?Mierda!

  Dos espinas venenosas de la cola del Wyvern se habían incrustado en su costado. El veneno comenzó a extenderse rápidamente, un dolor abrasador que casi lo hacía perder la conciencia. Pero ese mismo dolor lo mantuvo lúcido.

  ?Maldita sea… duele como el infierno… pero… ?Esto es lo que necesitaba!?

  Con manos temblorosas, Cáliban arrancó una de las espinas de su costado, reprimiendo un grito mientras el veneno quemaba su carne. Con la espina en mano, untó cuidadosamente el veneno sobre el filo de su espada, cubriendo la hoja con el mortal líquido verde oscuro.

  El Wyvern rugió, acercándose con furia renovada. Su mandíbula, enorme y llena de dientes afilados como dagas, se abrió para devorarlo. Cáliban respiró hondo, enfocándose en el momento.

  —?Vamos, maldita lagartija! ?Ven por mí!

  Con un grito de guerra, corrió directamente hacia la criatura. En el último segundo, se deslizó por el suelo, pasando por debajo de la mandíbula de la bestia. La espada brilló con un destello mortal mientras rasgaba con precisión la garganta del Wyvern.

  El rugido de la criatura se convirtió en un gorgoteo, y un torrente de sangre oscura comenzó a brotar. El veneno en la espada comenzó a hacer efecto de inmediato, debilitando su regeneración. El Wyvern retrocedió tambaleándose, intentando rugir, pero solo logró ahogar sus propios gritos.

  Cáliban, jadeando, se levantó con dificultad, todavía sosteniendo la espada manchada con la sangre de la criatura.

  ?Parece que funciona…? —pensó Cáliban mientras observaba cómo el veneno se extendía lentamente por la garganta del Wyvern. El efecto no era suficiente para matarlo, pero su regeneración ya no era tan efectiva. Cada vez que intentaba sanar su herida, el veneno interfería, dejando su cuello abierto y vulnerable.

  Aprovechando el momento, Cáliban salió tambaleándose de la habitación, encontrándose con Joseph, que se acercaba apresurado desde la distancia. Ambos se escondieron tras unos escombros, atentos a los movimientos del Wyvern, que luchaba por contener la hemorragia y el ardor en su garganta.

  —Cáliban, ?Estás bien? —susurró Joseph, con la mirada fija en la herida del brazo de su compa?ero.

  —Sí… bueno, lo intento. Estoy haciendo todo lo posible para no gritar de dolor o desmayarme. El escudo no bloqueó del todo el golpe, pero aún puedo moverme.

  Joseph asintió, aunque su preocupación era evidente.

  —?Cuál es el plan?

  Cáliban respiró hondo, ignorando el fuego que ardía en su costado.

  —La cola. Tenemos que cortársela. Ese veneno es lo único que puede matarlo. Nuestras armas apenas le hacen da?o, pero su propia cola, con esa punta cargada de veneno, podría ser la clave.

  —?Y huir no es una opción? —preguntó Joseph, con una ceja alzada.

  —No. —Cáliban negó con firmeza —Este Wyvern está usando energía exterior. Los profesores están haciendo todo lo posible para estabilizar el portal; sería imposible para ellos enfrentarlo en estas condiciones sin tener que cerrar el portal. Además… —Cáliban sonrió con un brillo astuto en los ojos —si lo matamos nosotros, podremos reclamar sus materiales. Su núcleo es demasiado valioso para dejarlo aquí.

  Joseph dudó un momento. Aunque comprendía el valor de los materiales, no estaba seguro de que arriesgar sus vidas valiera la pena. Pero si Cáliban, su maestro y amigo, lo pedía, no se negaría.

  —?Estás absolutamente seguro de que esto es necesario?

  —Completamente.

  Joseph asintió lentamente, apretando el mango de sus espadas.

  —Entonces, ?Cuál es el plan?

  Cáliban se?aló al Wyvern con un gesto decidido.

  —Voy a distraerlo. Haré que baje la guardia y te daré tiempo para acercarte. Tienes que golpear con suficiente fuerza para romper las escamas de su cola. Recuerda, las escamas no se regeneran, pero sus heridas sí. Una vez expuesta, necesitamos un tajo limpio para cortarla.

  —Haré lo que pueda…

  Ambos intercambiaron una última mirada antes de separarse. Cáliban corrió hacia el lado opuesto de la sala, haciendo el mayor ruido posible para atraer la atención de la bestia. Golpeó su escudo roto contra los escombros, llenando la sala con un eco metálico.

  —?Ven aquí, bestia! ?Por aquí! —gritó con desafío.

  El Wyvern giró su enorme cabeza hacia él, sus ojos brillaron con un odio profundo. Intentó escupir fuego, pero la herida en su garganta impidió que su aliento ardiente se formara por completo. Rugió con frustración y comenzó a perseguir a Cáliban, moviéndose torpemente pero con una velocidad aterradora.

  Mientras tanto, Joseph se deslizó entre los escombros con movimientos rápidos y silenciosos, acercándose a la cola de la criatura. El veneno todavía goteaba de la punta del aguijón, formando peque?os charcos que quemaban el suelo.

  Cáliban corrió hacia el extremo opuesto de la sala, golpeando su escudo y gritando para mantener la atención de la bestia. Cada paso que daba lo acercaba más al peligro, pero también le daba a Joseph la oportunidad que necesitaban.

  —?Vamos, escamas podridas! ?Esto es todo lo que tienes! —gritó, riendo a pesar del dolor.

  El Wyvern rugió de nuevo, cargando con furia hacia Cáliban, sus movimientos erráticos derribaron pilares y levantaron una nube de polvo y rocas. En ese instante, Joseph llegó a la cola.

  Cáliban detuvo su carrera y giró sobre sus talones, enfrentando al Wyvern una vez más. El tiempo parecía ralentizarse mientras ambos compa?eros se preparaban para el ataque final.

  —?Mantén la posición, Joseph! ?Vamos a acabar con esto juntos!

  El dolor era insoportable. Cada movimiento de Cáliban se sentía como si un hierro al rojo vivo atravesara su cuerpo. Pero no podía permitirse caer. Apretó los dientes y levantó el escudo una vez más, bloqueando las embestidas del Wyvern. El veneno, ahora mezclado con el sudor y la sangre que corría por su cuerpo, hacía que sus manos temblaran al sostener la espada.

  El Wyvern, por su parte, estaba claramente afectado. Su regeneración se había ralentizado y sus movimientos se volvían torpes. El veneno, aunque no lo mataba aún, distorsionaba sus sentidos. La criatura agitaba la cabeza, confundida, como si luchar contra el dolor y la confusión fuera un esfuerzo titánico.

  En un arrebato de desesperación, el Wyvern abrió su mandíbula y lanzó un mordisco directo hacia Joseph. Pero en el momento preciso, Cáliban rodó hacia un lado, esquivando por poco el ataque, y saltó con todas sus fuerzas, clavando su espada cubierta de sangre directamente en el ojo del Wyvern.

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  —?Ahora, Joseph!

  Joseph no perdió el tiempo. Con una carrera veloz, saltó hacia la cola de la criatura, levantando su espada nuevamente para dar un golpe devastador. La hoja impactó contra la base de la cola, pero se rompió al instante, incapaz de soportar la dureza de las escamas.

  —?Maldita sea! —gru?ó Joseph, pero no se detuvo. Con un rugido de pura determinación, arremetió con otra serie de ataques rápidos y certeros. Cada golpe, aunque aparentemente inútil, comenzó a agrietar las escamas.

  Cáliban, al ver la oportunidad, se unió al ataque. Corrió hacia la cola, ignorando el viento y el calor que el Wyvern generaba a su alrededor. Ambos, con un esfuerzo combinado, descargaron cada onza de su fuerza en el punto vulnerable de la bestia.

  Joseph concentró su Aura de una estrella, envolviendo su espada con una luz tenue pero intensa. Era lo máximo que podía invocar en ese momento, pero fue suficiente. Con un último corte, la cola del Wyvern cayó al suelo, provocando un rugido desgarrador que hizo vibrar las paredes de la sala.

  Momentos antes, afuera de la mazmorra. Los profesores seguían luchando por estabilizar el portal. Sus manos emanaban rayos de energía que fluían hacia la puerta del laberinto, intentando contener la inestabilidad mágica que amenazaba con desbordarse.

  —?Profesora Rain! —gritó un profesor con preocupación —La mazmorra parece que va a explotar.

  Rain, con el rostro tenso, respondió sin detener su flujo de energía.

  —Los jóvenes aún están adentro. ?Debemos mantenerla estable hasta que salgan!

  En ese momento, Cecilia y Nhun cruzaron la puerta principal de la mazmorra, tambaleándose pero vivas. Sin perder tiempo, Cecilia corrió hacia el profesor Yannes, desesperada.

  —?Se?or Yannes, por favor salve a-!

  Antes de que pudiera terminar, un enorme pulso de energía emergió del portal, derribando a los profesores y cortando su concentración. Los rayos se disiparon en el aire, y con un sonido atronador, la mazmorra quedó completamente sellada.

  La profesora Rain, todavía en el suelo, miró el portal con horror.

  —Oh no…

  Cecilia, abrazando a Nhun para protegerla del impacto, levantó la mirada llena de desesperación.

  —?Qué sucedió, profesora?

  Rain, con una voz temblorosa, explicó:

  —La mazmorra… ha sido sellada. La única manera de salir ahora es derrotando al jefe. No podremos ayudarlos…

  —No… —murmuró Cecilia, cayendo en la desesperación. Lágrimas brotaron de sus ojos mientras apretaba los pu?os, impotente. Los jóvenes comenzaron a entrar en pánico al no saber lo que sucedió. En medio de la multitud, el joven pelirrojo llamado Dimerian miró con detenimiento la lucha de los dos candidatos, inmerso por la intensidad de la batalla, preguntandose si saldrían con vida.

  En un extremo del bosque, donde las sombras se alargaban bajo la tenue luz del sol, el artífice permanecía inmóvil, observando una peque?a pantalla mágica flotante frente a él. La imagen era clara… los acontecimientos dentro de la mazmorra estaban alcanzando su clímax. Su máscara oculta proyectaba una silueta fría, pero sus ojos ardían de frustración.

  Una voz joven y temerosa rompió el silencio.

  —Se?or… el objetivo ha escapado con vida. ?Qué debemos hacer ahora?

  El artífice apretó los pu?os con fuerza, sus guantes chirriaron por la tensión. Su mente calculaba rápidamente, sopesando las posibilidades. Si actuaban con rapidez, podrían interceptar a la chica antes de que los profesores pudieran organizarse tras el pánico del colapso del portal.

  —Podemos… —comenzó a decir, pero fue interrumpido por la llegada de un segundo subordinado que emergió de las sombras como un espectro.

  —Informa. —La voz del artífice era baja, pero cargada de autoridad.

  El encapuchado se inclinó ligeramente antes de responder.

  —Hemos recibido información de los centinelas, se?or. El director está en camino.

  El artífice apretó los dientes detrás de su máscara. Su ira era palpable, irradiando una energía que tensaba el aire a su alrededor.

  —Mierda…

  Tomó un momento para calmarse, aunque la decisión ya estaba tomada.

  —Nos retiramos. La misión ha fallado.

  Sin más preámbulos, sacó un peque?o silbato de metal de su cinturón y lo sopló con fuerza. El sonido, agudo e imperceptible para los oídos comunes, resonó en las mentes de sus subordinados como un llamado absoluto a la retirada.

  De inmediato, las sombras del bosque cobraron vida. Los encapuchados, uno tras otro, se desvanecieron sin dejar rastro, sus movimientos eran tan fluidos como el viento entre los árboles. El artífice fue el último en moverse. Antes de desaparecer, miró una vez más la pantalla mágica, donde la imagen del Wyvern herido y los jóvenes luchadores aún permanecía.

  —Esto no termina aquí… —murmuró con un poco de amenaza antes de disolver la pantalla y desaparecer en la penumbra.

  De vuelta en el laberinto. Cáliban y Joseph se levantaron, jadeando, mientras el Wyvern rugía de dolor tras haber perdido su cola. Pero la bestia no se rindió. Enfurecida, batió sus alas con fuerza, generando una ráfaga de viento que los arrojó contra los escombros.

  —?Maldición, se está defendiendo! —gru?ó Joseph, usando su espada para apoyarse mientras se ponía de pie.

  El Wyvern, con una clara se?al de desesperación, comenzó a aletear más fuerte. Un círculo de fuego comenzó a formarse alrededor de sus patas, creciendo con cada batida. La sala entera se llenó de calor y chispas, mientras la criatura buscaba desesperadamente ganar tiempo para recuperarse.

  —Cáliban… está intentando sanar. —Joseph observó la escena, alarmado.

  —No lo permitiré. —Cáliban apretó el mango de su espada rota, con los ojos fijos en la criatura —Tiene miedo. Está luchando por sobrevivir.

  Ambos sabían lo que debían hacer. No podían darle tiempo al Wyvern para sanar o usar su energía exterior para regenerarse. Esta era su oportunidad. Ambos guerreros se levantaron, listos para un último asalto. El Wyvern, con su círculo de fuego ardiendo y sus ojos llenos de rabia y miedo, lanzó un rugido final que resonó como un desafío. El destino de la mazmorra, y de ellos mismos, estaba a punto de decidirse.

  Cáliban estaba inmóvil por un instante, evaluando la situación. A su alrededor, el fuego rugía como un enemigo invisible, encerrándolos en un infierno de calor y humo. El Wyvern, aunque parecía al borde de la muerte, seguía moviéndose con una determinación antinatural, como si algo lo obligara a pelear más allá de sus límites.

  —?Joseph! —gritó Cáliban, su voz resonaba por encima del caos —Necesito que avances de frente. Usa el escudo con tu Aura para protegerte del fuego. ?Voy a usar su aguijón contra él, justo en la herida del ojo! ?Eso tiene que acabarlo!

  Joseph asintió, aunque el miedo se reflejaba en sus ojos.

  —?Lo intentaré!

  Ambos sabían que esta sería su última oportunidad. Si fallaban, ninguno de los dos saldría vivo de allí.

  El Wyvern, como si percibiera sus intenciones, agitó su cabeza herida. Sus movimientos eran erráticos, como los de un muerto viviente. En circunstancias normales, habría escapado hacía tiempo, pero algo oscuro lo retenía. La criatura no peleaba por supervivencia, sino por una voluntad ajena que apagaba sus instintos.

  Cáliban y Joseph corrieron directamente hacia las llamas, sus cuerpos ardían con cada paso. La adrenalina corría por sus venas, manteniéndolos en pie, pero Cáliban sentía cómo el veneno en su brazo le drenaba las fuerzas. Cada latido de su corazón era un recordatorio del tiempo que le quedaba.

  —?Joseph! ?Salta hacia su ala y rasga su membrana!

  Sin dudarlo, Joseph se impulsó con todas sus fuerzas y aterrizó sobre el ala de la bestia. Con un corte limpio, desgarró la membrana de lado a lado. El Wyvern rugió de dolor y giró su atención completamente hacia él. Era la distracción perfecta. Cáliban, con el aguijón en mano, se lanzó hacia la criatura.

  Pero entonces, el monstruo reaccionó. Sus ojos, brillando con una luz aterradora, se fijaron en Cáliban. Su mandíbula se abrió, revelando el fuego acumulándose en su interior.

  —?Mierda…! —murmuró Cáliban, dándose cuenta de su error. La herida en la garganta había sanado lo suficiente como para permitirle usar su aliento ardiente.

  El fuego estaba a punto de consumirlo. No había tiempo para esquivar, pero incluso frente a la muerte, Cáliban siguió corriendo hacia adelante, determinado a cumplir su objetivo.

  —?Aquí! —gritó Joseph desde lo alto del Wyvern.

  Con un salto desesperado, Joseph clavó la espada que le quedaba en la herida del ojo de la bestia. El Wyvern rugió, su fuego se interrumpió por unos preciosos segundos. Eso fue todo lo que Cáliban necesitaba.

  Deslizándose debajo del monstruo, Cáliban usó toda la fuerza que le quedaba para apu?alar la garganta del Wyvern con su propio aguijón. La herida, donde las escamas no se regeneraban, cedió al impacto. El veneno se mezcló con el fuego acumulado en su interior, creando una explosión violenta que hizo que la criatura colapsara.

  El suelo tembló con el impacto del cuerpo del Wyvern al caer. La criatura quedó inmóvil, su cuerpo estaba quemado y destrozado.

  —?Lo logramos! —jadeó Joseph, dejándose caer al suelo, exhausto.

  Cáliban recuperó el aguijón del cuello del Wyvern, tambaleándose.

  —Sí… por poco. —Su voz era débil, pero cargada de alivio.

  Sin embargo, la victoria fue breve. Antes de que pudieran relajarse, un último movimiento de la cola del Wyvern golpeó a Joseph con una fuerza brutal, lanzándolo contra un pilar. El sonido del impacto fue tan fuerte que Cáliban sintió cómo su corazón se detuvo por un instante.

  —?Joseph! —gritó, girándose hacia su amigo.

  Joseph yacía en el suelo, tosiendo sangre… su cuerpo estaba demasiado da?ado como para levantarse. Cáliban giró lentamente hacia el Wyvern, y su horror se intensificó. La criatura, aunque visiblemente al borde de la muerte, seguía moviéndose. Su garganta estaba destruida, su ojo perdido, pero la oscura energía que lo poseía no lo dejaba caer.

  Afuera de la mazmorra. Los profesores observaban la escena a través de una pantalla mágica inestable. Sus rostros reflejaban una mezcla de impotencia y furia.

  —?Maldita sea! —gru?ó el profesor Yannes, golpeando el suelo con frustración —No hay nada que podamos hacer.

  La profesora Rain mantenía la calma a duras penas.

  —Si forzamos el portal ahora, colapsará. Todo lo que podemos hacer es esperar…

  Cecilia, abrazando a Nhun, no podía contener sus lágrimas. Su culpa la consumía, como si cada herida que Cáliban y Joseph sufrían fuera su responsabilidad.

  —Todo esto es culpa mía… —susurró, con la voz quebrada.

  Al mismo tiempo. Cáliban estaba de pie, apenas era capaz de sostenerse. El veneno corría por su sangre como fuego líquido, pero su mirada estaba fija en el Wyvern. En su mano, el aguijón brillaba con una luz mortal.

  Joseph, tirado en el suelo, lo miró con desesperación.

  —Cáliban… no…

  Pero Cáliban ya había tomado su decisión. Respiró hondo, ignorando el dolor, y adoptó una postura de ataque. Frente a él, el Wyvern se levantó por última vez, rugiendo con un sonido más de odio que de vida.

  —Esto termina ahora… —murmuró Cáliban, y avanzó, listo para el golpe final.

  —Cáliban… ya… voy… —murmuró Joseph, esforzándose por levantarse mientras veía a su amigo enfrentarse al monstruo una vez más.

  Cáliban le devolvió una mirada cálida, una sonrisa que parecía tranquila incluso en el caos. Pero detrás de esa expresión se ocultaba una decisión final.

  ?No me queda de otra… tendré que usar eso... Solo espero que mi cuerpo lo resista.?

  Adoptó su postura de combate, una que Joseph reconoció de sus entrenamientos… firme, elegante, como si su cuerpo entero estuviera sincronizado con el arma que sostenía.

  Lentamente, comenzó a moverse.

  El aguijón del Wyvern, sostenido como una espada improvisada, trazó arcos mortales en el aire, cada movimiento era más fluido que el anterior. Cáliban se deslizó entre las llamas y el polvo, transformando su combate en una danza que parecía imposible. Con cada paso, el aguijón cortaba la carne del Wyvern con precisión.

  El monstruo rugía de dolor, sacudiendo la sala con su furia, pero no podía seguirle el ritmo. Desde fuera, todos observaban con asombro, incluso los profesores, que nunca habían presenciado algo semejante.

  —?Qué es esa técnica…? —murmuró la profesora Rain, incapaz de apartar la vista.

  Cada movimiento de Cáliban era como un trazo de pincel sobre un lienzo. Pero él sabía que su cuerpo estaba al límite. Las venas en su brazo, enrojecidas por el veneno, pulsaban con intensidad, y cada corte le costaba más fuerza.

  ?No puedo prolongarlo más… mi cuerpo no lo soportará. Tendré que usar la técnica final.?

  Clavando su mirada en los ojos brillantes del Wyvern, Cáliban alzó el aguijón por encima de su cabeza. El sudor caía de su frente mientras murmuraba con voz firme:

  —Danza del Caos… quinto movimiento…

  La tensión en la sala era abrumadora. Respiró hondo, como si el tiempo se hubiera detenido por un instante, y luego susurró:

  —?División!

  El aguijón trazó una línea recta en el aire, bajando con un movimiento perfecto desde lo alto hasta el suelo frente a él. Por un instante, hubo silencio, como si el mundo contuviera el aliento. Entonces, una explosión de energía resonó en toda la sala, sacudiendo las paredes y levantando una nube de polvo y fragmentos de roca.

  Cuando el aire se despejó, el cuerpo del Wyvern estaba partido en dos. Desde su cabeza hasta la base de su cola, una línea perfecta marcaba su derrota. El monstruo, finalmente, cayó sin vida.

  Fuera de la mazmorra, todos quedaron atónitos. Cecilia, Nhun y los profesores miraban la pantalla mágica con la boca abierta, incapaces de procesar lo que habían presenciado. Incluso Joseph, quien conocía la técnica, estaba sorprendido.

  —?Cáliban, lo hiciste! —gritó, mientras el polvo aún flotaba en el aire.

  Pero la celebración duró poco. Cáliban apenas podía sostenerse. Las venas de su brazo, hinchadas por el veneno y el esfuerzo, comenzaron a explotar en peque?os estallidos de sangre. Su cuerpo entero temblaba bajo la presión de la técnica final.

  —Guarda… un trozo del aguijón… y el cristal… —murmuró débilmente, apenas capaz de mantenerse consciente —No dejes que… los profesores lo tomen. ?Escóndelos!

  Joseph, aunque confundido, obedeció sin chistar. Con esas palabras, Cáliban finalmente colapsó, cayendo al suelo. Su visión se nubló mientras la oscuridad lo envolvía por completo.

  Al salir de la mazmorra, Joseph salió cargando el cuerpo inconsciente de Cáliban. Ambos estaban cubiertos de sangre y cenizas, con sus ropas desgarradas y sus cuerpos llenos de heridas. Los profesores corrieron hacia ellos de inmediato.

  —?Profesora Rain, rápido! —exclamó el profesor Yannes.

  Rain se movió junto a Cáliban, colocando sus manos sobre él mientras conjuraba un hechizo curativo. La luz mágica envolvió su cuerpo, cerrando las heridas más graves, aunque el agotamiento era algo que solo el tiempo podría sanar.

  Cecilia y Nhun se acercaron corriendo, sus rostros estaban pálidos por el miedo.

  —?Cáliban! ?Joseph! ?Están bien? —preguntó Cecilia, con lágrimas corriendo por sus mejillas.

  Cuando vio a Cáliban inconsciente en el suelo, sus piernas temblaron. Su corazón se hundió al pensar lo peor.

  —Oh, no… él está… —su voz se quebró mientras sus ojos se llenaban de nuevas lágrimas.

  Joseph colocó una mano en su hombro, ofreciéndole un poco de consuelo.

  —Tranquila… está vivo. La profesora lo está tratando.

  Cecilia respiró hondo, tratando de calmarse.

  —?Qué pasó aquí? ?Y los demás? —preguntó Joseph.

  —El profesor Yannes fue a recibir al director. También escoltó a los demás de vuelta a la escuela. Nhun está bien, ya fue llevada a la enfermería —respondió Cecilia, dejando escapar un suspiro cansado —Todos están a salvo… por fin.

  La profesora Rain levantó la mirada después de un rato, aún enfocada en curar a Cáliban.

  —Necesitará descansar, pero sobrevivirá. Lo que hizo ahí dentro… fue impresionante, pero extremadamente peligroso.

  Joseph asintió, mirando al cielo con alivio. Cecilia se arrodilló junto a Cáliban, tomando su mano suavemente. Sus lágrimas caían sobre su piel mientras susurraba:

  —Gracias… por salvarnos…

  —Por cierto, ?Estás bien? —preguntó Cecilia, su voz temblaba mientras miraba a Joseph con preocupación.

  Joseph, sentado junto al cuerpo inconsciente de Cáliban, dejó escapar un suspiro cansado.

  —Sí, solo son heridas menores y algunas quemaduras. Mi Aura ayudó a resistir lo peor, pero… Cáliban…

  Cecilia apretó los pu?os, tratando de contener sus lágrimas nuevamente.

  —?Qué pasó ahí dentro? —preguntó con la voz rota —De repente, Cáliban empezó con una técnica de espada extra?a, y entonces…

  Joseph la interrumpió con suavidad.

  —Solo necesitas saber que matamos al Wyvern y logramos salir con vida. Eso es lo importante.

  Cecilia asintió lentamente, aunque la culpa seguía nublando su mirada.

  —Gracias… y… lo siento.

  Joseph dejó escapar una breve risa, aunque estaba claro que lo decía con cari?o.

  —Si le dices eso a Cáliban, se va a enojar mucho.

  —Lo sé… pero ya arriesgó su vida para salvarme dos veces. ?Cómo quieres que me sienta?

  Joseph la observó por un momento, sus palabras pesaron en el aire.

  —Entiendo lo que dices, pero esto no es tu culpa.

  Cecilia levantó la vista, su rostro estaba lleno de dolor.

  —?Cómo lo sabes?

  Joseph apretó los dientes, deseando poder explicarle todo sobre la energía exterior y el verdadero culpable. Pero su juramento se lo impedía; no podía revelar esa información sin el consentimiento de Cáliban. Esa restricción lo hacía sentir impotente, especialmente cuando veía a Cecilia cargar con un peso que no era suyo.

  Antes de que pudiera responder, la profesora Rain se acercó.

  —Tiene suerte. —Su voz era firme pero cansada —Logré desintoxicarlo a tiempo. Si el veneno hubiera llegado a su corazón, habría muerto.

  Joseph sintió un alivio momentáneo, aunque no podía dejar de pensar en lo que Cáliban le había pedido antes de desmayarse.

  ?Oculté el aguijón y el cristal en mi escudo, pero si los profesores lo descubren, me los quitarán.?

  Se levantó rápidamente, tomando el cuerpo de Cáliban con cuidado.

  —?Profesora! ?Puedo llevar a mi compa?ero a la enfermería?

  Rain lo observó por un momento antes de asentir.

  —Bien, pero hazlo rápido. Sus heridas aún no se han cerrado completamente, y mi magia no parece ser suficiente para dispersar el veneno por completo. Esperemos que la doctora Mirne pueda hacer algo más.

  Cecilia se unió a Joseph, cargando un brazo de Cáliban sobre sus hombros. Mientras lo levantaban juntos, Cecilia notó un leve destello en el brazo de Joseph, justo donde sostenía su escudo.

  —?Qué es eso? —preguntó, frunciendo el ce?o.

  Joseph apartó rápidamente el brazo, ocultando el escudo de su vista.

  —Nada, solo que el escudo se rompió durante la pelea.

  Cecilia lo miró por un momento más, pero decidió no insistir.

  Mientras tanto, en la puerta de la mazmorra…

  La profesora Rain hablaba con el director, quien había llegado minutos después de que los estudiantes fueran llevados a la enfermería.

  —?Dice que una energía extra?a comenzó a brotar del portal cuando las alumnas llegaron a la sala del jefe? —preguntó el director, acariciando su barba mientras escuchaba.

  Rain asintió, su rostro reflejó una mezcla de confusión y preocupación.

  —Sí, se?or. Y lo más inquietante es que, sin importar qué clase de magia usamos, no pudimos manipular esa energía. Era como si las leyes de la magia no se aplicaran sobre ella.

  El director permaneció en silencio por un momento, su mirada se fijó en los restos de la puerta rota de la mazmorra.

  —?Qué sucedió entonces? ?Lograron dispersar el portal?

  —No, se?or. Antes de que pudiéramos hacerlo, unos jóvenes entraron a la mazmorra. Rescataron a las alumnas y… mataron al Wyvern. —Rain hizo una pausa, todavía impresionada por lo que había presenciado —Pudimos ver parte de la batalla desde la pantalla mágica. Fue sorprendente. Ese joven… logró partir al Wyvern en dos de un solo golpe.

  El director dejó escapar un leve murmullo, casi inaudible.

  —Interesante… muy interesante. —Luego, con una sonrisa que no llegó a sus ojos, asintió a Rain —Buen trabajo. Cuando los heridos se recuperen, asegúrese de que vengan a verme. Puede retirarse; yo me encargaré de cerrar la mazmorra.

  —Sí, director. —Rain se inclinó ligeramente antes de marcharse.

  El director permaneció solo frente a la entrada destrozada de la mazmorra, su mirada permaneció en la oscuridad que emanaba del interior.

  ?Parece ser que tendré que cambiar el plan…? —pensó, acariciando su barba mientras sus ojos brillaban con una mezcla de interés y cálculo.

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