Como ayudante personal de la Maestra Arcanista, Theo Malis disfrutaba de ciertos privilegios, así como responsabilidades, inusuales para su joven edad, sobre todo si se tenía en cuenta su origen plebeyo. No habían pasado más de tres a?os desde que había alcanzado el nivel de Maestro cuando pasó a trabajar para ella.
Claro, si se ponía pensarlo mucho, en realidad había empezado a trabajar para Rovenna por pura suerte. Era un mago capaz, no de los mejores, pero sí lo bastante apto como para conseguir un puesto de Instructor de Iniciados en la División Educación.
Sin embargo, sus actividades de ense?anza no estaban limitadas a los jóvenes aprendices recién admitidos, sino también a una zona marginal de la ciudad de Nemertya, la misma en donde él había crecido. Su padre, pescador, había fallecido en altamar, mientras que su madre, ama de casa y tejedora, para evitar caer en la pobreza, o un segundo matrimonio que no quería, se ordenó como sacerdotisa del templo de Némertyss, un cargo al que sólo podían acceder las mujeres viudas que querían seguir siéndoles fieles a su maridos tras su muerte.
Ese sacrificio de su madre le proveyó a Theo y a sus hermanos peque?os la posibilidad de educarse en la biblioteca del templo y, más tarde, en su caso particular, una de las sacerdotisas, también maga, le ense?ó a leer los Códigos Etéreos, lo cual le abrió las puertas a ser aceptado como Iniciado en el Consejo de Magos.
Fueron doce largos a?os, no sólo de esfuerzos, sino también de destratos cuando sus compa?eros se enteraban de que había sido hijo de pescador, algo que él nunca negaba y no entendía por qué debía sentir vergüenza. Pensó que las cosas mejorarían cuando se convirtió en Instructor pero se equivocaba. Sus aprendices, la mayoría muchachos y muchachas mimados de clase alta, no le demostraban ningún respeto. No todos eran así pero los suficientes como para Theo sintiera la rabia crecer en su interior.
Era tarde para renunciar. Sus superiores sabrían por qué lo hacía y eso no haría más que perjudicarlo y entonces todo el sacrificio de su madre sería en vano. Encontró la forma de vengarse un día que decidió visitar su antigua casa, donde ahora vivía una familia más numerosa, y se puso a observar a los ni?os que jugaban en los muelles. Con la ayuda de un viejo herrero amigo de su padre, juntó un peque?o grupo de jóvenes que por sus circunstancias nunca podrían llegar a tener la misma educación que él y se dispuso primero a ense?arles conocimientos básico.
Al principio era todo muy inocente. Un simple tutor ense?ando a leer y a escribir, así como algo de cálculo.
Pero entonces fue más allá y comenzó a ense?arles los Códigos Etéreos a aquellos que mostraran las aptitudes necesarias.
Claro, eso, de alguna manera, llegó a oídos de la Maestra Arcanista quien una tarde lo convocó a su estudio.
–?Lo que has hecho es una clara violación de las leyes del Consejo! –los ojos de Rovenna podrían haberse prendido fuego en ese momento –. ?Ense?ar magia sin autorización!
–?Por qué no? –protestó Theo, sin importarle nada ya, pensando que al término de esa audiencia le esperaba la expulsión –. ?Quién decidió que sólo un pocos tuvieran derecho? ?Quién decidió que tuviéramos que conformarmos?
–?Theo Malis, cuida tus palabras! ?Recuerda a quién le estás hablando! ?Sabés el caos que sería este reino si todo el mundo pudiera leer los Códigos?–?Las rivalidades, los disturbios, los enfrentamientos! –golpeó el escritorio haciéndolo saltar –?La guerra! ?Todo este control sobre los magos que tanto te molesta tiene la función de evitar que el equilibrio se rompa! ?Y si has leído algo de las Crónicas deberías saber cuán fácil es que las primeras chispas se conviertan en un incendio!
Theo no sabía qué responder a eso. Había preferido no pensar en las consecuencias. Además, él sólo le había ense?ado a muy pocos ni?os. Sus acciones habían sido insignificantes.
–Muchacho inocente... –suspiró Rovenna cansada y luego se puso a reír –. Después de esto, te ordeno que acudas al templo y realices una ofrenda a la Ninfa. Has tenido suerte de que nadie más se haya enterado, sobre todo la División Control.
Theo no entendía ese abrupto cambio en su tono.
–?Maestra...?
–Ya cometí el error de permitir que expulsaran a una maga que no lo merecía –esto parecía ir dirigido a ella misma.
–Yo... no entiendo...
–Trabajarás para mí. Será lo mejor, no sé que otras cosas se te podrían ocurrir por tu cuenta. Alguien tiene que controlarte. Quedas inmediatamente designado como mi ayudante. Pero debo prohibirte que continúes con tus actividades educativas fuera del Consejo. De lo contrario, me veré obligada a tomar otras medidas.
Volviendo a pensar en su madre que continuaba llevando una vida apacible en el templo, satisfecha de los logros de sus tres hijos, Theo tragó saliva y aceptó aquel inesperado regalo.
Sin embargo, antes de despedirse, Rovenna alcanzó a decirle:
–Si vivo lo suficiente, veré qué podemos hacer con esas extra?as ideas tuyas. En cuanto a esos alumnos tuyos, me encargaré de que reciban la formación adecuada a sus capacidades.
Desde entonces, Theo Malis se había convertido en el fiel ayudante de la Maestra Arcanista.
Hasta esa primera conversación, él no lo había pensado pero era también gracias a ella que había logrado entrar a formarse en el Consejo. Antes del ascenso de Rovenna Astra, era muy difícil para los magos de orígenes humildes ser aceptados siquiera como aprendices. Se decía que ella había sido la primera de su tipo aunque su jefa nunca había corroborado esa información con él.
Desde la creación del Consejo había sido una tradición que los puestos más importantes estuvieran reservados a los miembros de las cinco familias: Silverleaf, Dawnseeker, Whisperwind, Stoneshield y Wildheart. Aquellos habían sido los nombres designados por los mismos elfos para referirse a los cinco primeros magos y que luego se convirtieron en los nombres de familia de sus descendientes directos, quienes, generalmente, se casaban entre sí de manera de no mezclarse con familias de categoría inferior. Aunque también, entre las cinco familias y los magos de origen plebeyo, existía una categoría intermedia de varias familias, aunque no tan importantes, cuyos ancestros habían servido como vasallos en la guerra de los Cinco Magos.
Entre los detractores de Rovenna se rumoreaba que ella incluso estaba tratando de impedir la entrada de nuevos miembros pertenecientes a las cinco familias para menguar la influencia de la que siempre habían gozado dentro del Consejo.
–Y tienen razón –le había dicho Rovenna con una expresión socarrona una de aquellas primeras tardes cuando él comenzó a trabajar como su ayudante. –Pero ellos de verdad que me lo hacen muy fácil.
Las últimas generaciones de las cinco familias habían demostrado ser una decepción. Se habían acostumbrado tanto a tener cargos dentro del Consejo como si fuera un derecho heredado que ya ni siquiera se molestaban en entrenar desde jóvenes tanto como otros que tenían que escalar desde la base misma de la monta?a.
Desde su llegada al poder, cada vez era más normal que magos de distintos orígenes fueran aceptados en el Consejo. Algo impensado décadas atrás, cuando esos mismos magos eran destinados a trabajar en ciudades y peque?os pueblos sin grandes responsabilidades más que atender los problemas cotidianos de sus habitantes.
Aunque habían ocurrido un par de inconvenientes que para algunos suponía una prueba fehaciente de que las políticas de Rovenna era las equivocadas. Uno había sido Fidelia Dabrus, unos a?os atrás, cuando Theo era un Acólito en entrenamiento. Sus colegas le contaron que aquello había sido un golpe muy duro para Rovenna, como si le hubieran quitado de sus brazos a la hija que nunca había tenido. Su posición había estado incluso muy cerca de peligrar. Había sido hasta convocada por el Cónclave para rendir cuentas. Muy pocos magos sabían lo que había ocurrido y todos ellos pertenecían a la hermética División Control a la que había pertenecido la expulsada Maestra Fidelia.
Otro caso más reciente, aunque Theo no entendía por qué lo relacionaban con Rovenna, era Myrius Sentos, otro mago de origen plebeyo, con sus ideas ridículas sobre quimeras que vivían escondidas en el reino. Si los mismos que la habían criticado por eso, se enteraban de que justo había enviado a aquellos dos en una misión especial, junto con otra maga que había tenido el atrevimiento de renunciar, manejando un ridículo artefacto que no había pasado por los controles correspondientes, no tardarían en acumularse los pedidos de renuncia de la Maestra Arcanista.
Pero todo eso había quedado opacado por la noticia reciente de un supuesto ataque al lago que había sacudido a la ciudad convirtiéndolo en un hervidero de especulaciones. Algunos hablaban de un accidente, una fogata que se había salido de control. Esa suposición era rápidamente cuestionada puesto que lo sirenios serían perfectamente capaces de ocuparse de un mero incendio. Luego las sospechas recaían en los seguidores de Némertyss, para indignación de Theo, hijo de una sacerdotisa, pero no podía negar que entre ellos existían grupos extremistas que se habían mostrado abiertamente exaltados por lo ocurrido. También habían ocurrido disturbios entre estos y los seguidores del Dragón Azul, muchos de los cuales se encontraban volviendo de su peregrinaje anual al lago y no paraban de contar acerca del voraz incendio que había reducido al pueblo a meras cenizas y el promontorio destruido. Pero ni siquiera ellos podían entender lo que había sucedido. Se hablaba, sí, justamente de magos pertenecientes a la Orden de Rocasombra. Aquello era un desastre jamás visto por las últimas generaciones. Ni siquiera el Guardián del Círculo había sido capaz de cumplir su deber.
La gravedad del asunto provocó que la Maestra Arcanista fuera convocada por el Cónclave antes de partir hacia de urgencia hacia el lago. Theo no tenía permitido entrar, tuvo que esperar afuera. Al salir por la puerta por donde se ingresaba a la Cúpula, fuertemente custodiada por magos de Divisón Control, la cara de Rovenna se mostraba oscura y agrietada, como si de golpe hubiera envejecido diez a?os más. Theo nunca la había visto así.
En realidad, se habían alistado primero para dirigirse hasta Rocasombra al recibir primero un mensaje de Guthran que informaba sobre que casi toda la Orden había traicionado al conde. Aquello requería la presencia de la Maestra Arcanista pero justo cuando estaban a punto de partir recibieron la noticia del ataque al lago.
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–Theo, necesito que te quedes –le dijo Rovenna bebiendo un té caliente que él le había preparado para los nervios –. Alguien tiene que ser mis ojos aquí. No confío en nadie más. Deberás tener todos los sentidos atentos y cualquier cosa digna de ser informada me lo harás saber en el momento.
Dicho eso, Rovenna le entregó un espejo. Theo se quedó helado. Por el fino material y los detalles de hojas y flores tallados en su superficie se trataba de un artefacto elfo. El Se?or del Bosque de los Espejos, Narthoss, le había regalado un par a Rovenna en su última visita como muestra de buena voluntad. Los elfos no eran de regalar nada así como así, a menos que consideraran que se verían beneficiados por aquel acto. Rovenna no confiaba en el elfo pero aquel regalo le había venido perfecto para aquella situación. Con esos dos espejos no tendrían que estar esperando días para saber lo que acontecía en el capital.
–?Y si es una forma que tiene el elfo para espiarla? –preguntó Theo.
Claro, Rovenna lo había pensado, por eso no se había atrevido a utilizarlo antes, pero aquella era una situación extrema. Por si acaso, acordaron hablar en código.
Theo se sentía orgulloso de la confianza que depositaba en él aunque sus movimientos se veían limitados debido a su posición. Si bien podía realizar algunas acciones administrativas en calidad de de representante de Rovenna, no podía obtener información de la familia real a menos que fuera por medio de sobornos a los sirvientes, ni tampoco a la Cúpula para hablar con el Cónclave, aunque después de haberle visto la cara a Rovenna, no sentía ningún deseo de conocer a los cinco Archimagos que se encontraban recluidos allí.
Era por eso que no podía fallar en esa otra misión que Rovenna le había encomendado y que lo había conducido aquella noche hasta el puerto.
Llegó al muelle cerca de la medianoche. La niebla se deslizaba desde el mar, posándose sobre el puerto como un manto y difuminando el brillo de las antorchas lo cual creaba una especia de halos dorados que flotaban como espíritus ominosos. Una suave brisa fresca agitaba sus ropas oscuras que habían reemplazado su túnica roja de Maestro. Un aroma de algas, pescado y salitre lo condujo por un momento a una escena de su ni?ez cuando él y sus hermanos salían corriendo por el muelle para recibir a su padre y ayudarlo con la pesca del día.
En ese instante, pudo reconocer la silueta de algunos pescadores entre redes y aparejos preparándose para zarpar en unas horas. Cerca de allí un par de marineros mantenían conversaciones nostálgicas. De las tabernas cercanas le llegaban lejanas risas de borrachos, mezcladas con música y el sonido de las olas que rompían contra las embarcaciones cercanas y la madera del muelle.
Cruzó el muelle hasta llegar a donde se encontraba un hombre que esperaba paciente sentado sobre una barca a remos. Theo le alcanzó unas monedas y, tras contarlas, el otro le hizo una se?a para que se subiera.
Pasó un rato mientras la embarcación se alejaba cada vez más del muelle hasta encontrarse en medio de la bahía desde donde la niebla apenas permitía entrever las luces de los edificios más imponentes de la ciudad. La blanca Cúpula del Consejo de los Magos se veía mucho más siniestra que de costumbre.
–?Necesita que lo espere o pretende irse de viaje? –le preguntó el hombre.
Theo se sobresaltó al mirar a su alrededor y toparse de golpe con el casco de madera oscura en donde reconoció el escudo de plata de la Liga de los Piratas que brillaba a la luz de la luna. Hasta ese momento sólo lo había visto en ilustraciones: una mujer alzando su espada, rodeaba por un dragón que emerge de las olas.
En la versión de los piratas, Némertyss no era una sacerdotisa, ni una triste doncella convertida en espuma, sino una astuta y feroz guerrera que había liderado a los humanos para que reconquistaran las tierras que antes habían pertenecido a sus ancestros gigantes. La presencia del Dragón Azul en el escudo simbolizaba la bendición de este ya que de esa forma Némertyss estaría devolviendo el antiguo equilibrio al mundo.
Como todas las versiones de míticas historias, aquella tenía sus encantos, así como sus contradicciones.
Pero no era hora de pensar en eso. Theo le pidió al hombre que lo esperara y le entregó más monedas, prometiéndole el doble cuando se bajara del barco.
Hecho el trato palmeó las palmas y una luz se posó sobre él:
–?Quién vive? –preguntó la oscura sombra de un hombre que Theo no podía ver debido al contraluz.
–?No puedo decirlo hasta que me dejen subir! !Simplemente pídanme la contrase?a!
–?Quién es, Warwick?
–Un impaciente, por lo visto... pues... pidámosle la contrase?a –su voz sonaba de lo más burlona y luego se tornó cantarina –. Los pulpos bailan bajo la luz de la luna.
Theo suspiró. Detestaba las contrase?as de Rovenna.
–Y los cangrejos tocan la flauta –gru?ó.
–?No te escucho! –gritó la voz.
–?Y los cangrejos tocan la flauta!
–Ya... pero no te escuché muy seguro. Probemos con otra.
Rovenna también le había dicho que se memorizara toda la lista que le había entregado, ya que los piratas tenían debilidad por las contrase?as.
–?Las tortugas cuentan chistes a medianoche! –dijo la voz.
–?Y los delfines ríen a carcajadas!
–?Esos no tienen gracia! –se quejó otra voz masculina –Pregúntale algo sobre el ron.
Su interlocutor pareció hacerle caso.
–Así que, amigo, –le gritó este a Theo –. ?Cuál es el ron más fuerte?
–?El que no compartes, amigo! –gritó Theo.
–?El ron es el mapa del tesoro!
–?Y cada trago...! ?Un descubrimiento!
–?Qué hace un pirata con una botella vacía de ron?
–?La llena de más ron!
–?Cuántos piratas se necesitan para cambiar una botella de ron vacía?
–?Ninguno! ?No hay botellas de ron vacías en un barco pirata!
–?Cuál es el mejor compa?ero del ron?
–?Un pirata con sed!
Theo perdió la cuenta de cuántas más le pidieron hasta sentir que se quedaba ronco.
–Pues yo creo que ya está ?no? –dijo la voz y pareció que sus compa?eros de tripulación, quienes hasta entonces se habían estado partiendo de la risa, estaban de acuerdo porque, de repente, una pesada cuerda cayó sobre la cabeza de Theo.
–La espera ahora le va a costar el triple –le advirtió el remero cruzado de brazos.
Theo asintió con reticencia y comenzó a subir por la cuerda hasta alcanzar la barandilla de la cubierta del conocido Heraldo Vagabundo, embajador de los mares, también una zona neutral, como lo era el Círculo, una especie de emisario que podía moverse con libertad por más que se encontrara en territorio real y su función era servir de de conexión entre el continente y La Liga de los Piratas.
Una mano lo ayudó en el último tramo y Theo saltó a la cubierta.
–Warwick “Risue?o” Torman –un hombre de edad madura, cuerpo redondo y de barba gris, le tendió la mano.
–Theo Malis, ayudante de Rovenna Astra.
–?La sirvengüenza no podía venir ella misma?
–No se encuentra en Nemertya... debió...
–Sí, lo sabemos –dijo otro hombre, mucho más joven, de piel oscura, pelo cortado al ras y rasgos severos. A Theo le pareció sentir algo distinto en él y entonces cayó en la cuenta.
–?Un sirenio? –preguntó extra?ado.
El hombre hizo una mueca.
–No todos retornamos al lago.
–Sí, sí, claro –se apresuró a decir Theo, recordando que había incluso algunos que formaban parte de otras tribus que se habían instalado en las islas y bien preferían vagar por el mar libremente sin un destino fijo.
Detrás de ellos dos había otras personas ocultas en la oscuridad que no dijeron nada.
–Dése, prisa –le dijo el sirenio –. El capitán está apurado.
–Qué forma de tratar a los invitados, Bronto. Somos ante todo representantes de la Liga –se quejó Warwick –. Pero, sí, amigo, deberá apurarse porque partimos hacia Sue?o de Bruma inmediatamente. Nos ha encontrado aquí de casualidad.
–Al capitán no le va a gustar que hayas dicho eso –le dijo Bronto a Warwick mientras Theo lo seguía hacia el interior de la embarcación.
–Ah, cierto, era secreto. Ah, pero también era secreto que era secreto, así que... No le diga nada al capitán.
Por fin llegaron a la puerta que daba la cabina del capitán y Warwick dio unos golpes:
–?Capitán! ?Invitados!
–?Es un poco tarde para invitados! –dijo una voz de hombre molesta.
–?Este es importante!
Theo escuchó que algo se movía dentro de la cabina como si su ocupante estuviera arreglando o tirando objetos. Tras otro golpe, soltó una maldición antes de decir:
–?Ahora sí! ?Que pase!
La puerta de la cabina se abrió y Theo pasó a un espacio bastante amplio donde se ubicaba una cama desordenada, una mesa cubierta de pergaminos, un par de sillas, libros y más documentos y mapas tirados por el suelo.
En el centro se encontraba un hombre alto, vestido con ropas oscuras y que llevaba desabotonadas, como si lo hubiera hallado en medio de su descanso. Theo no podía verle la cara porque llevaba puesta una máscara dorada con forma de águila.
Aquel era Jasper “El águila” Gloom, capitan de El Heraldo Vagabundo. Nadie conocía su rostro, decían que ni siquiera su tripulación se lo había visto alguna vez. Las razones variaban según quién las dijera. Algunos decían que era simplemente para mantener su identidad en secreto en caso de que el barco perdiera sus privilegios y debiera ocultarse. Otros decían que era un ex miembro de la Armada Real que había traicionado a la Corona. Otros decían que tras el ataque de un tiburón su cara había quedado tan desfigurada que no se atrevía a mostrarla y que cualquier que la viera podría caer muerto del susto. Y también había otra que decía que se trataba de un híbrido, aunque según lo que Theo podía ver del resto de su cuerpo, parecía bastante humano. Tampoco percibió ninguna energía extra?a en él que le hiciera creer lo contrario.
El capitán le estrechó la mano y Theo se presentó.
–Ah, vaya, pero si es el chico de Rovenna Astra –dijo el capitán en un tono que Theo no podía decir si se sentía fastidiado o aliviado –. Dile a Rovenna que no actuaremos a menos que los sirenios nos envíen una se?al del auxilio. Ese es el acuerdo. Aunque no puedo impedir que los barcos comiencen a alistarse para un posible enfrentamiento... –se quedó pensativo –. A nadie le conviene esta guerra.
–Pero ustedes ya se han enfrentado a la Armada en varias ocasiones –le dijo Theo –. Rovenna quería asegurarse...
El pico del águila se sacudió.
–Nosotros sólo atacamos cuando amenazan con invadir nuestras islas... algo que hacen muy seguido... por cierto. Recuérdale eso a Rovenna. Son incontables los motivos que nos han dado para declarar la guerra y no lo hemos hecho. Lo disfrutamos, en realidad, es un buen entretenimiento, y nos permite mantenernos en forma. Pero siempre respetamos el Tratado. No atacaremos a menos que los sirenios se vean en peligro... y lo que he escuchado suena preocupante.
–Fue un incendio. El pueblo será reconstruido.
–?Un incendio producido por quién? ?Qué pudo haber ocurrido que ni los mismos sirenios pudieron apagarlo a tiempo?
–Rovenna en persona ha ido a encargarse del asunto. Tú confías en ella.
–La confianza tiene un límite. Además, yo no lidero a los piratas. Sólo soy un nexo.
–Pero los demás capitanes te respetan.
–De nada valdrán mis palabras si los sirenios se encuentran amenazados. No puedo prometer mucho.
–Espera... entonces... –Theo cayó en la cuenta –. ?No han recibido mensaje de la Tribu? –suspiró aliviado. Eso era bueno.
–Sólo rumores. Las demás Tribus asentadas en las islas están atentas también. Digamos que estamos todos en vilo, esperando noticias del lago.
–?Es por eso que se dirigen a Sue?o de Bruma? ?Porque están esperando? –preguntó Theo desconfiado.
El capitán abrió de golpe la puerta la cabina.
–?Es que nadie en este maldito barco sabe quedarse callado! –su voz tronó de tal manera que bien podría haber dado vuelta la embarcación pese a que boca estaba tapada por la máscara –. ?Y te estoy hablando en especial a ti, Warwick “Cadáver” Torman!
Theo escuchó varios pies correr sobre la cubierta como si todo ese tiempo hubieran estado cerca escuchando.
–No está siendo honesto conmigo –senaló Theo.
–Tú tampoco me has contado toda la historia.
–?Qué está ocurriendo en Sue?o de Bruma?
–Si tu miedo es que crucemos el estrecho para entrar en el golfo, olvídalo. Simplemente me dijeron que me quedara ahí esperando... por algo... todavía no estoy seguro, no me dijeron por qué. No tiene nada que ver con el ataque... creo...
–?Quién le envió el mensaje?
–Si sigo contestando tus preguntas, no llegaré a tiempo –le hizo una se?a a Theo para que saliera –. Dile a Rovenna que se preocupe de aclarar el asunto con los sirenios. Yo cumpliré con mi parte, como siempre lo he hecho.

