Tras recibir el mensaje, la Se?ora Daephennya se presentó en el límite del bosque junto con sus vasallos más leales.
Allí la esperaba el mago, acostado contra el tronco de un árbol. Su túnica roja estaba raída y chamuscada. Rastros de sudor le cubrían la cara y respiraba con una mano sobre el pecho como si cada inhalación le doliera.
–Mi se?ora... Daephennya –Eldrin estiró la mano como si esperara a que la elfa tendiera la suya para dejársela besar pero ella nunca lo permitía. Era una costumbre molesta suya pero el mago siempre aceptada su rechazo, quizás porque guardaba la esperanza de que un día le concedería tal honor.
Pero eso nunca ocurriría.
Con una sola mirada, sus vasallos se apartaron de ellos para dejarlos hablar solos.
–Disculpe que no me levante pero he venido caminando por mis propios medios desde el lago. Su amuleto me ha salvado... Lástima que ya no pueda volver a usarlo.
El mago se refería a un amuleto que ella le había concedido en pago por sus servicios. Ese en particular se trataba de uno que volvía invisible al portador y le había dicho que sería el único que recibiría por el momento y que debía de usarlo en caso de extrema necesidad, lo cual parecía ser el caso.
–Has fallado –dijo la elfa.
El mago hizo una mueca de dolor.
–He seguido al pie de la letra las instrucciones de mi se?ora. Sin embargo, se ha presentado un imprevisto.
Ella no dijo nada y esperó.
–Todo estaba saliendo como usted había dicho. Lady Olivia descubrió el secreto de su padre, se encontraba en su momento más vulnerable, lo cual aproveché para aparecerme ante ella y convencerla de irse conmigo.
–?Y qué hizo Alaric?
–No pudo hacer nada. Fue su propia hija, mi se?ora, quien se enfrentó a mí.
Eldrin pasó a describirle la transformación de la muchacha y lo difícil que había sido defenderse de aquellos ataques con bolas de fuego hechas de energía pura. Nunca había visto en su vida nada parecido. Ningún mago humano era capaz de manejar la energía de esa manera. Sus escudos apenas habían logrado protegerlo y sus ataques no eran más que nimias brisas de viento frente al poder la muchacha.
Tras escuchar esto, la elfa se quedó pensativa. No le gustaba aceptarlo pero ella también había fallado.
–Ha comenzado.
–?Mi se?ora?
–No debía activarse por sí solo.
–Mi se?ora no la entiendo. ?Usted sabía?
Nunca debió haberla entregado a su padre pero el no hacerlo hubiera desencadenado un conflicto antes de tiempo que quería evitar a toda costa. Un bebé mitad humano en Claro Sereno sería imposible de ocultar. Sólo sus vasallos más leales estaban al tanto, mientras que debía cuidarse del resto de sus súbditos entre los cuales siempre podía encontrarse algún espía de sus hermanos. Por eso se había esmerado tanto en cuidar que Olivia nunca cruzara más allá de los límites del bosque. Aunque Alaric había hecho la mayor parte del trabajo por ella al mantenerla protegida en el castillo lo máximo posible.
–Pensé que tenía más tiempo –la elfa curvó sus labios hacia arriba como si la idea le divirtiera –. Un error de cálculo. Ahora todo dependerá de ellos.
–?Ellos? ?Hay alguien más implicado?
–Podría decirse que sí –suspiró de aburrimiento, otra vez debía esperar –. Sobrestimaste el afecto que ella te tenía. Estoy decepcionada. Me habías dicho que eras su mentor, casi como un segundo padre para ella.
Aquello pareció molestar al mago.
–Mi se?ora tuvo la oportunidad de capturarla y la desperdició.
–Ella debía de creer que tenía a su madre de su parte.
–Permítame contradecirla. Sólo porque usted le haya dado la vida no significa que ella pueda llegar a tenerle afecto, al menos ahora.
La elfa no replicó pero sus rubias cejas se alzaron.
–Usted lo que quería era vengarse de Alaric –continuó el mago –por preferir a la sirenia y no a usted.
Aquellos ojos violetas se oscurecieron. Las hojas de los árboles se sacudieron y los bordes del vestido de la elfa se levantaron mientras un torrente de viento se colaba entre los árboles. La luz del sol se fue apagando, como si las copas de los árboles se cerraran sobre ellos.
–Ten cuidado, mago, mi gente le otorgó el poder a los tuyos y con la misma facilidad puede quitárselos. Es sólo una cuestión de voluntad.
–No sin antes enfrentarse a sus hermanos. Soy su único aliado en este momento.
Frente a ella, los pies de Eldrin quedaron sacudiéndose en el aire mientras el mago se llevaba las manos al cuello como queriendo liberarse de unas manos invisibles que intentaban estrangularlo.
Aun el más poderoso de los maestros era nada contra el poder de un elfo pero no podían hacer nada debido a la maldición del Dragón que los mantenía encerrados en el bosque.
Quinientos a?os atrás se lo habían demostrado. Después de haberse instalado sus primeros asentamientos sobre la costa, los humanos decidieron expandirse tierra adentro sin saber que tarde o temprano se encontrarían con el antiguo Gran Bosque donde vivían los elfos. No tardaron en hacer desastres y comenzaron a talar árboles como quien arranca flores del pasto.
En esa época, ella reinaba junto con sus dos hermanos gemelos, Phrondyr y Narthoss, con quienes acudió al lugar del ataque para encontrarse con aquella nueva raza cuya esencia les resultaba tan familiar. Tras estudiarlos desde lejos, descubrieron que poseían tanto la sangre de la ninfa Némertyss y el gigante Yorgad, ambos desaparecidos tantos siglos atrás. Debido a esto, temían que no pudieran defenderse por miedo a sufrir las consecuencias de la maldición del Dragón.
Dhaephennya acudió a la corte de los Elementales pero desde la extinción de los gigantes, estos seres habían hecho el voto de no entrometerse más en conflictos que ocurrieran entre las razas, más aún si estos tenían una parte de sangre gigante.
Ella estaba furiosa y no le importó arriesgarse a ser castigada por el Dragón. Combatió a los invasores y cuando vio que nada le sucedió continuó expulsándolos fuera del bosque. Después de capturar a uno de ellos y estudiar su Código, entendió que ellos estaban libres de la maldición y quizás por ello eran indefensos a sus ataques.
La paz volvió al bosque pero no por mucho por tiempo. Cuando los humanos se dieron cuenta de que los elfos no podían abandonarlo, lanzaron un ataque con proyectiles incendiarios que sumió al Gran Bosque en el caos. Los Elementales ayudaron a apagar el incendio pero aun así no quisieron atacar a los humanos y les aconsejaron a los elfos que hicieran la paz con los recién llegados, de la misma manera que lo habían comenzado a hacer los sirenios. Por su parte, las quimeras, quienes, a diferencia de las demás razas, vagaban por el reino libremente, no hicieron ningún intento de acercamiento. Para los humanos, ellos no eran más que animales corrientes y sabían cómo ocultarse de ellos sin necesidad de pelear. Tampoco sentían ningún deseo de ayudar a los elfos, sus antiguos enemigos.
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Los elfos, por tanto, estaban solos y ninguna de sus supuestas razas hermanas estaban dispuestas a auxiliarlos.
Aquel hecho dividió a los hermanos. Los gemelos querían pactar la paz concediéndoles a los humanos un presente que demostrara su buena voluntad mientras que Daephennya quería continuar resistiendo. No podía entender el pensamiento de sus hermanos frente a aquellos invasores.
De todas maneras, eran dos contra una. Una mensaje fue enviado a los humanos Se les pidió que eligieran a cinco miembros de los suyos que serían recibidos por los elfos en Claro Sereno para ser entrenados en la lectura y manipulación de los Códigos Etéreos, un poder que sus antepasados los gigantes dominaban tan bien como los elfos.
Los humanos debieron de desconfiar pero aquel ofrecimiento era demasiado seductor para ellos. No quisieron perder la oportunidad. Enviaron a cinco de sus guerreros más fuertes quienes durante varios a?os vivieron con los elfos y recibieron sus ense?anzas hasta convertirse en los primeros magos de Terrarkana.
Los cinco magos volvieron a su hogar contando maravillas de los elfos y esto dio también origen a las cinco familias que rivalizarían con el poder del mismo soberano que había fundado ya la ciudad de Nemertya. Por un tiempo, estuvieron ocupados en sus propias rencillas políticas y no molestaron a las demás razas.
Claro, los elfos nunca les concedieron todo su conocimiento, solo una parte. Lo suficiente para construir y hacer crecer las ciudades humanas, que como hongos se iban multiplicando por toda Terrarkana, mientras se peleaban unos contra otros, destituyendo y coronando reyes a la misma velocidad con la que se iban expandiendo. Su poder, sin embargo, nunca llegó a superar el poder de sus benefactores y eso los cinco magos lo sabían muy bien y gracias a ellos los ataques contra el bosque habían cesado.
Aquella lucha de poder entre magos y humanos comunes, lo entretuvo durante un tiempo. Mientras tanto, Daephennya comenzó a entender la ventaja de aquello. Si los humanos podían atacar al resto de las razas entonces ella podía utilizarlos.
Ella quería venganza. Los gigantes habían desaparecido, ya no era necesario ir contra ellos. El Dragón Azul, después de matar a su abuelo, y provocar que sus padres murieran durante la Gran Inundación, seguía escondido en su lago. Los Elementales eran demasiado poderosos para enfrentarlos por el momento y los Sirenios estaban en buenos términos con los humanos desde el principio.
Pero el caso de las quimeras eran distinto.
Una vez lograda la unificación del reino humano y consolidado el poder la familia real cuyo descendientes reinaban en la actualidad, Daephennya se encargó de hacerles llegar información acerca de una raza escurridiza que habitaba Terrarkana sin que ninguno de ellos supiera siquiera que existían. Los convenció de que cazando a estos seres mágicos podrían obtener un poder sin igual.
Y resultó. Lo que Daephennya no había logrado hacer con sus propias manos, lo había logrado a través de esa raza tan manipulable. No logró que las quimeras se extinguieran pero su número había mermado bastante hasta resultar insignificante.
Cuando sus hermanos se enteraron de lo que había hecho, aquello provocó la desaparición del Gran Bosque, tal como se lo conocía hasta entonces, y fue dividido en tres peque?os territorios. Ella se convirtió en la se?ora del Bosque de los Susurros, mientras que Phrondyr lo sería del Bosque de la Memoria y Narthoss del Bosque de los Espejos. Se creó lo que los elfos llamaban la Brecha, un espacio libre entre ambas facciones del bosque cuyos árboles fueron talados y en donde a?os después se construiría el castillo de Rocasombra en donde pasaría habitar el primer Guardián del Círculo, bisabuelo de Alaric.
Ella había logrado todo eso y ahora este patético mago tenía la osadía de mostrarse arrogante frente a ella. Tenía el poder de matarlo. Sentía hasta curiosidad por el acto en sí mismo. Pero un elfo no se ensuciaba las manos de sangre. Esa era tarea de los sirvientes, como aquellos traidores cobardes que habitaban la isla.
Pero aunque pudiera matarlo, todavía lo necesitaba. Por más patético que fuera, le profesaba una lealtad ciega y era su única conexión con el reino humano y con la familia real.
Así que lo dejó caer al suelo. El viento amainó y la luz volvió a colarse entre las ramas de los árboles. Tras quedarse un momento jadeando, con la mano todavía en el cuello lastimado, Eldrin le dijo:
–Mi tiempo... no es el mismo que el suyo... Durante a?os... he acatado cada una de sus órdenes... La he apoyado fielmente... pero mi vida se acaba a diferencia de la suya.
El humano se estaba poniendo impaciente. Ese era siempre el problema con ellos.
–Tu obediencia será recompensada –dijo Daephennya sin mirarlo –. No hay nada que puedas hacer ahora si todo el reino te está buscando. Mis vasallos te ayudarán a sanar tus heridas. No podemos llevarte hasta Claro Sereno, tu presencia podría levantar sospechas, pero puedo ofrecerte pócimas que detendrán tu envejecimiento.
–?Gracias, mi se?ora! –todavía tirado en el suelo, el anciano bajó la cabeza hasta que su frente tocó el pasto –. ?Gracias, gracias! ?Una vez que me recupere me encargaré de ir a buscar yo mismo a su hija aunque tenga que cruzar toda la tierra!
Qué fácil era, pensó Daephennya. Era verdad que los elfos podían detener el envejecimiento pero no para siempre. Nada podía cambiar la naturaleza de un ser vivo, a menos que se tratara de un Alquimista y el único que existía se encontraba durmiendo en el fondo del lago.
Sus vasallos volvieron para encargarse del mago. Daephennya se apartó de ellos para deambular sola por el bosque. Todo ese asunto le daba dolor de cabeza. Llegó a un peque?o espacio entre los árboles y con un movimiento de sus manos los árboles se acercaron entre sí hasta forma un muro en torno a ella. Luego se sentó en el suelo, y con su cabeza en contacto con la corteza, cerró los ojos y sintió como sus sentidos se expandían como la explosión de un rayo hacia los cuatro puntos cardinales. Ahora el bosque y ella era una sola consciencia.
Los gusanos escarbaban en la tierra cerca de sus raíces, insectos voladores zumbaban entre las ramas, los pájaros buscaban comida entre sus huevos o cuidaban sus nidos, los venados pastaban entre los árboles y salían corriendo ante el mínimo movimiento, la brisa acariciaba sus hojas, las abejas se posaban en las flores, el sol pasaba sobre el bosque y volvía a caer en el horizonte para dejar que el cielo se abriera como un telón de colores para descubrir un manto estrellado. Al amanecer, un par de atrevidos cazadores se internaba más de lo permitido y ella les enviaba una familia de ogros que debieron de interrumpir su juegos ante el pedido de la Se?ora del Bosque que les solicitaba que fueron a asustarlos. Ella también quería divertirse con ellos, dejando que su voz se colara entre las ramas como un fantasma pero alguien se lo impidió.
–Mi se?ora –un susurró detrás de los árboles hizo que su consciencia retrocediera y volviera a quedar contenida dentro de su propia cabeza. Al separar los árboles que la ocultaban, Daephennya se encontró con una elfa que portaba una caja de madera dentro la cual ella sabía que se encontraba un espejo:
–?Cuánto tiempo?
–Ha estado así durante cuatro días.
Eso no era nada. Si quería, hubiera podido estar meses en ese trance pero no era el momento. Había mucho que hacer.
Su vasalla depositó la caja sobre un tronco caído y se retiró.
Daephennya levantó la tapa y sacó el espejo.
–Narthoss.
Sobre la superficie del objeto, se apareció un rostro similar al de ella, aunque masculino.
–Hermana... ?otra vez fuera de Claro Sereno?
–Todo el bosque me pertenece.
–Me has hecho esperar bastante.
–Suenas como un humano. Has estado en contacto con ellos demasiado. Lo mismo Phrondyr.
Sus ojos del color violeta iguales a los suyos se la quedaron mirando fijo.
–Los ríos me han traído la noticia. Han atacado a la Tribu del Lago.
–?Quiénes?
–Parece haber sido un mago.
–La historia vuelve a repetirse.
–Este mago en particular es el Maestro Líder de la Orden de Rocasombra, cerca de tu territorio.
–También de Phrondyr, por si lo olvidaste.
–Nuestro hermano no odia a los humanos.
–Yo tampoco los odio.
–Entonces mis preocupaciones son infundadas. Es un alivio. Aunque hay otra cosa.
–?Cuál?
Su hermano dejó escapar una risita.
–Para ser la Se?ora de los Susurros... no estás muy informada.
–Recuerda que le estás hablando a tu hermana mayor.
–Mayor sólo por apenas unos setenta a?os... ?De verdad no sabes a qué me refiero?
–?Cómo podría?
–La hija del conde.
Daephennya soltó un suspiró de cansancio.
–Te referías a eso. Sí, el conde estuvo aquí hace unas semanas, buscándola.
–?Y no fuiste capaz de encontrarla?
–Sólo si estuviera dentro del bosque, lo cual no era el caso. Debe haber huido por los caminos.
–Una nueva guerra nos amenaza.
–Una guerra entre humanos.
–Y nuestros hermanos sirenios.
Esta vez fue Daephennya que soltó una delicada risita.
–?De verdad, Narthoss?
–Fueron sirenios los que nos rescataron de la inundación.
–Los sirenios creados por el mismo Dragón que la provocó. Pero no diré más, no tiene sentido discutirlo con ninguno de los dos.
–Si volvemos a encontrarnos en bandos distintos, hermana, esta vez no seremos tan amables contigo.
–?Te arriesgarás a cruzar la Brecha? ?Nuestro hermano también?
–No puedo hablar por Phrondyr, pero sí sé que él quiere mantener el equilibrio entre las razas tanto como yo. Si tengo que tomar la decisión, lo haré. Ya he vivido demasiado.
–No deseo escucharte más. Eres una vergüenza.
Con un movimiento de su mano, Daephennya disolvió la imagen del rostro de su hermana y volvió a guardar el espejo en la caja.
–Muere como humano, si eso eso es lo que quieres. Yo todavía no he tenido suficiente.

