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Capítulo 29 - Las consecuencias

  Aquello era un desastre y Fidelia no lo pensaba por las chozas calcinadas que cubrían la orilla del lago. Reconstruir el pueblo sería la menor de sus preocupaciones. Lo peor vendría después. El verdadero problema era mucho más profundo.

  Una nueva guerra amenazaba con desatarse y está vez los sirenios no podrían detenerla.

  La Tribu del Lago había sido atacada y nada menos que la noche misma del Retorno. Por siglos los sirenios se habían considerado una raza intocable, sagrada incluso para algunos de sus seguidores. Habían sido bendecidos por el Dragón Azul luego de la guerra entre los clanes de la Pradera y el Bosque. Más tarde, al final de la guerra, fueron ellos los responsables de que la paz volviera a Terrarkana. Incluso habían logrado que el aislado Clan de la Isla enviara su propia delegación para unirse al juramento.

  Una gran parte de la población humana admiraba a los elfos por su belleza y perfección, pero estos nunca habían querido mezclarse con ellos. Al fin y al acabo, eran descendientes de Yorgad y Némertyss. Les habían ense?ado algo de su magia, sí, pero sólo con el objetivo de utilizarlos como arma para cazar a las quimeras. Los elfos no podían hacerles da?o a las quimeras debido a la maldición del Dragón pero los humanos, libres de ese castigo, usaron la magia aprendida de los elfos y arrasaron con aquella inocente raza que diezmada debió huir a las monta?as.

  Por otro lado, los sirenios, que eran vistos por algunos como una raza inferior comparados con los anteriores, habían abierto sus brazos a los humanos desde el principio. No les habían ense?ado magia, es verdad, la cual tampoco era tan poderosa como la de los elfos, si bien eran excelentes sanadores. En cambio, compartieron con los humanos los ritos del Dragón y la historia de Terrarkana de las que ellos también habían sido, en cierta medida, parte.

  Sin embargo, ese gesto amistoso también generó una nueva división, esta vez entre los humanos, quienes se dividieron en dos facciones: aquellos que seguían el culto a la Ninfa y aquellos que comenzaron a adorar al Dragón Azul. Algunos se establecieron en el lago, formando familias con los sirenios y fundando lo que ahora se conocía como la Tribu del Lago, mientras que otros zarparon hacia el mar y formaron la Liga de Piratas que durante lo que se conoció como la Revuelta del Mar luchó contra la Armada Real y tuvo un papel decisivo, llegando incluso a invadir algunos puertos importantes como Abrazo de Tormenta, y casi la misma Nemertya, así como apropiarse de algunas de las islas que se encontraban más al norte, varias de las cuales, aun cien a?os después, nunca lograron ser recuperadas. Esto obligó a la familia real a cesar los ataques contra las quimeras y entablar las negociaciones.

  Y detrás de todo eso habían estado los sirenios guiando las mareas. Una raza muy astuta, le había contado Eldrin, aunque no con admiración sino con desdén. Para él, los sirenios eran unos hipócritas que se pasaban hablando de honestidad y hermandad cuando ellos mismos habían manipulado a los humanos tanto como lo habían hecho los elfos. La diferencia radicaba en que los elfos, según él, tenían razones valederas para tratar a los humanos como los seres inferiores que eran y sólo aceptarían a aquellos que alcanzaran un poder digno que se igualara al de ellos.

  Y pensar que toda esa lección de historia la había aprendido de la boca de su antiguo maestro. Fue él quien le abrió los ojos a la perspectiva de un mundo mucho más grande más allá de los muros de Rocasombra. Ella había nacido de padres sirvientes. Desde muy corta edad le habían inculcado que no podía aspirar a nada más que mostrarle fidelidad a su se?or, el viejo conde de Rocasombra que dirigía el castillo con una mano de hierro y fueron incontables las veces que Fidelia observó como su padre recibía latigazos por cometer errores tan nimios como dejar caer una bandeja debido al cansancio.

  Aun así, sus padres fueron capaces de protegerla y brindarle una ni?ez feliz con lo poco que tenían. Entre sus recuerdos más tiernos, recordaba a su madre inventando todo tipo de juegos y canciones para hacer que el tiempo trabajando pasara a más rápido. Su padre era un hábil tallador de juguetes de madera. Ella todavía conservaba tres de ellos que habían quedado a resguardo en la taberna El Timón perdida: una cabra de la monta?a, un caballo y un soldado.

  Pero entonces la epidemia de la enfermedad roja azotó el castillo y ella quedó huérfana. Eldrin, quien había intentado salvar a sus padres, pareció sentirse culpable y la puso bajo su ala. Su primer trabajo fue ayudarle a organizar su estudio que desde el comienzo de la enfermedad había quedado sumido en el completo caos. Se pasaba horas allí clasificando incontables monta?as de libros y pergaminos. Pero no le molestaba porque era una forma de distraerse de su pérdida durante el día mientras que a la noche, despojada del calor de los dos seres más queridos de su vida, el dolor la abrasaba como un fuego frío hasta que otra vez el sol se alzaba sobre el horizonte y debía comenzar su nueva jornada.

  Ella había aprendido a leer gracias a la insistencia de su madre que había conseguido la ayuda del recién designado Maestro Leander, un joven humilde y amable, oriundo del pueblo al igual que ella. Pero hasta allí había llegado su ense?anza. Sin embargo, por medios de sus estudios entró en contacto con otro tipo de signos muy distintos de las letras que con tanto orgullo había aprendido a reconocer.

  Al principio estaba aburrida, luego se atrasaba a propósito para que no la pusiera a hacer otras tareas y permanecía en el estudio analizando con atención los manuscritos del viejo mago, además peque?os ejercicios que este le hacía resolver a sus discípulos más jóvenes. Entre esos últimos, había uno que le llamó la atención. Era un sello para invocar ondas de aire. Parecía muy sencillo así que lo intentó. Ella había visto desde lejos como los jóvenes Iniciados movían sus dedos para manifestar los sellos y ella lo intentó varias sin resultado las primeras veces. En realidad, le tomó bastante tiempo hasta que un día logró activar el sello pero parecía que no tan bien ya que la onda de aire se descontroló y formó un remolino que hizo volar los libros y los pergaminos, lo cual arruinó todo el trabajo realizado hasta la fecha.

  El Maestro, quien justo se encontraba llegando, escuchó el revuelo y entró de golpe para descubrir a la peque?a sirvienta chillando como una oveja y escapando de un remolino de pergaminos desgarrados, el cual en cuestión de segundos quedó disuelto con un movimiento de su mano.

  Pues, sí, hubo un castigo: veinte latigazos. No se levantó por días y las heridas se tomaron su tiempo en sanar. Si el joven conde hubiera estado allí se hubiera salvado pero, por alguna razón, todavía no había vuelto del lago.

  Pese su enojo inicial, Eldrin la llamó de nuevo para que se dirigiera a su estudio. Ella era un manojo de nervios pensando que ahora le esperaba una nueva tanda de castigos. Pero no fue así, todo lo contrario. El viejo Maestro le preguntó si su interés por la magia era sincero y si estaba dispuesta a soportar un intenso entrenamiento para convertirse algún día en maga.

  Fidelia aceptó sin dudarlo un segundo.

  Los primeros a?os no fueron fáciles. Sus compa?eros de generación no la respetaban. No sólo porque era hija de sirvientes, sino porque consideraban que había sido aceptada nada más que por Eldrin se sentía culpable por la muerte de sus padres, mientras que todos ellos habían tenido que pasar por varias pruebas antes de ser aceptados como Iniciados.

  Pero si algo le había quedado bien claro a Fidelia con el correr de los a?os era que Eldrin no era capaz de tenerle lástima a nadie y menos a ella.

  Bajo su tutela, la sometió un riguroso regimen de escritura y memorización de sellos hasta sentir que las manos se quebrarían de dolor, además de una pruebas físicas en terrenos inhóspitos como la misma monta?a en pleno invierno bajo temperaturas extremas. La llevó hasta el límite y por más que ella saliera victoriosa de las pruebas él nunca parecía estar conforme. Le exigía grandeza, mientras que al mismo tiempo la trataba como un gusano. Cada error era castigado con severidad y cada logro minimizado, forzándola a superar sus propios límites.

  Se sentía agradecida, y al mismo tiempo lo aborrecía, aunque luego descubriría que muchos de los grandes magos eran como él, aunque ninguno se le comparaba.

  Para alcanzar cada nivel de magia se necesitaba un mínimo de cuatro a?os. Ella pasó de mera aprendiz a Iniciada en nada más que dos a?os y luego necesitó tres más para alcanzar el nivel de Acólita a la temprana edad de quince a?os, por lo que les llevaba ya bastante ventaja a los mismos compa?eros que la habían subestimado. Dos a?os después completaría su entrenamiento realizando su gira de formación a través del reino.

  Sin embargo, sus circunstancias dieron un giro inesperado la noche en que Rovenna Astra, la flamante Maestra Arcanista, visitó el castillo. Como era tradición, Eldrin organizó una demostración de lucha mágica con sus mejores discípulos. Recordaba lo entusiasmada que se sentía por poder mostrarse ante tan eminente figura. No se contuvo en lo absoluto. Ganó muy fácil, lanzando hechizos con una precisión y potencia asombrosas que dejó a todos boquiabiertos, incluido el conde. Sus ataques eran un secuencia perfecta de movimientos fluidos, mientras invocaba ondas y oscudos, combinados con su destreza física, producto de su intenso entrenamiento. Uno de sus compa?eros luego le comentaría asombrado que parecía como si estuviera realizando una danza letal.

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  Los únicos que parecían imperturbables eran Eldrin y Rovenna. Cuando se anunció que Fidelia era la ganadora, Eldrin se adelantó pero, en vez de felicitarla, se puso a luchar contra ella y la venció en menos de dos minutos, como para demostrarle que no había hecho gran cosa y que recordara siempre no mostrarse tan orgullosa de sí misma. Rovenna agradeció a todos por aquella interesante velada que había hecho justicia a la ya conocida reputación de la Orden de Rocasombra y se retiró a su habitación sin agregar más nada.

  A la ma?ana siguiente, Fidelia fue llamada por la Maestra Arcanista quien sin ningún rodeo le ofreció la oportunidad de continuar su entrenamiento en la capital antes de partir en su gira de formación. Cabía también la posibilidad de que, si todo iba bien, entrara a trabajar en el Consejo.

  –Todavía te falta mucho –le había dicho Rovenna –. Sin embargo, creo que ya tienes una buena base y si has sobrevivido al entrenamiento de Eldrin serás capaz de desenvolverte bien con los Maestros del Consejo.

  –?Por qué yo? –preguntó Fidelia desconfiada. Todo lo que había logrado había sido gracias a su insistencia, no poseía ninguna habilidad especial que la hiciera distinta del resto.

  –Antes de venir a hablar contigo, me he dedicado a averiguar un par de cosas. Yo también soy hija de sirvientes y veo en ti el mismo fuego que me ayudó a salir adelante y llegar hasta donde estoy ahora. Quizás algún día tú también puedas llegar al mismo lugar.

  ?Ella? ?Fidelia Dabrus, hija de sirvientes? ?Maestra Arcanista algún día?

  No se atrevía a so?ar tanto. Ella lo único que quería era una mejor vida, sirviendo a su magnánimo se?or, como habían esperado sus padres. No aspiraba a nada más alto.

  Y ahí estaba esa mujer ofreciéndole el cielo.

  Pensó que le costaría tomar su decisión pero, aparte de Leander que había demostrado ser su mejor amigo y maestro, no tenía nada más que la atara a Rocasombra. En realidad, no podía esperar para irse y cuando vio que no tenía por qué esperar dos a?os más, la ansiedad pudo más que ella.

  Eldrin estaba furioso. Llegó incluso a demandar al conde que interviniera pero para suerte de Fidelia este no quería inmiscuirse en los asuntos de la Orden y creía que Fidelia tenía derecho a tomar sus propias decisiones.

  –?Bastarda desagradecida, tenía grandes planes para ti! –le dijo Eldrin la noche antes de partir hacia Nemertya –. Mucho más grandes de lo que te podría ofrecer Rovenna pero si me abandonas con tanta facilidad y sin ningún sentido de lealtad, entonces me alegro de no haberte compartido nada. Eso demuestra que nunca fuiste digna. Algún día nos volveremos a ver y desearás haber seguido conmigo.

  Al final, las cosas no habían terminado bien para Fidelia, pero, a pesar de ser expulsada del Consejo y de su sello de anulación, no se arrepentía de haber abandonado Rocasombra. Si alguien le hubiera dicho lo que ocurriría después, hubiera tomado la misma decisión una y otra vez.

  –Entonces... ?este era tu plan, Eldrin? ?De verdad?

  El ataque al lago movilizaría al reino entero. A los creyentes del Dragón Azul que veían a Némertyss como su sirviente, así como a los seguidores de la ninfa que aprovecharían la ocasión para se?alar que, pese al ataque del lago, el Dragón no había despertado para defenderlo. ?Qué podía significar eso? Fidelia ya se podía imaginar los cuestionamientos. ?Había existido el Dragón Azul? ?Había muerto? ?Por qué no había despertado? ?O acaso los sirenios habían hecho algo que les había hecho perder el favor de la legendaria criatura?

  Si aquello escalaba tanto los sirenios como la Tribu del Lago podrían verse en peligro de ser atacados por los seguidores de Némertyss, lo que obligaría a actuar a la Liga de Piratas que también tendría algo qué decir.

  –En realidad –dijo Fidelia en voz alta mirando la superficie calma del lago –, deberías haber despertado hace ya mucho tiempo y no lo has hecho. Por mí podrías dormir hasta la eternidad pero hay mucha gente aquí que sí le importa tu presencia y están a punto de matarse entre ellos.

  A aquella receta explosiva había que agregar a varios magos responsables de todo eso, entre ellos Eldrin, lo cual le daría una razón a los sirenios y a los piratas para atentar contra el Consejo. Los elfos tomarían partido por los humanos, ya que su odio por el resto de las razas era superior a cualquier desprecio que sintieran por los humanos. Y quién dice que la isla perdería su neutralidad y se uniría a los sirenios. Al final, los únicos seguros serían las quimeras escondidas en la monta?a quienes podrían recobrar su territorio perdido si todas las demás razas terminaban exterminándose la una a la otra, lo cual sería bastante irónico.

  Aquello incluso parecía hasta una conspiración ideada por las mismas quimeras.

  Sacudió la cabeza. Iba a terminar tan demente como Myrius.

  Se había quedado sentada en una roca observando como algunos sirenios se sumergían hasta lo profundo del lago para evaluar el estado de la tumba. Al volver a la superficie después de un rato, contaron que el templo parecía estar intacto aunque cubierto de rocas que se habían desprendido del promontorio que había quedado destruido por completo como si la explosión que había recibido se hubiera replicado en forma de secuencia hacia abajo hasta llegar a la tumba.

  La persona que había hecho eso poseía un poder jamás visto. Si se hubiera tratado de un elfo quizás no hubiera sorprendido tanto pero era imposible que estos abandonaran el bosque a menos que se arriesgaran a perder su invaluable inmortalidad. Le costaba creer que se tratara de Eldrin pero no había nadie más a quién culpar. Había intentado interrogar a los magos capturados pero no había logrado nada, ni siquiera restregándoles su cicatriz frente a sus caras. Parecía que estos habían sido elegidos especialmente por Eldrin debido a su ciega lealtad.

  De todas maneras, no era su problema, ya estaba haciendo más de lo que Rovenna había esperado de ella. El resto que se encargara el Consejo. Ya había resuelto el misterio de los Elementales que nada más habían hecho travesuras mientras ayudaban a la hija del conde a escapar.

  La peque?a Olivia, quién lo diría. Cuando Fidelia abandonó el castillo, la ni?a no debía de tener más de cinco a?os. Varias veces la había pescado haciendo travesuras y hasta había tenido la ocurrencia de espiar a los magos mientras entrenaban, cosa que preocupaba a su padre quien la cuidaba como si fuera de cristal. No podía imaginársela ahora convertida en una mujer tan audaz.

  Ahora que lo pensaba, ?dónde estaría? Nadie decía nada sobre ella. Mientras recorría el campamento había visto al conde reunirse con una familia de sirenios. Parecía ser que uno de los jefes había sido herido hasta el punto de perder casi la vida. Parecía tener una relación especial con el conde porque lo habían instalado dentro de una carpa para él solo y sus familiares lo habían acompa?ado en todo en momento. El conde se había unido a ellos y permaneció un buen rato dentro de la carpa.

  Sin embargo, Fidelia no podía dejar de pensar que aquello, más que parecerse a la escena de una familia unida velando por uno de los suyos, parecía más bien una asamblea donde se estaba discutiendo un tema importante. De la carpa había visto salir a varios sirenios molestos. Por su lado, los demás jefes, se habían mantenido alejados y en silencio. Había muchos miembros de la tribu heridos.

  –No es mi problema, no es mi problema –murmuraba para sí misma mientras se dirigía a una fogata en busca de comida. Quizás sólo estaban llegando a acuerdos sobre la reconstrucción del pueblo... No podía ser otra cosa.

  El otro que había estado actuando raro era Myrius y eso también estaba relacionado con el conde. Mientras ella se encargaba de los traidores, los había visto alejarse hacia donde estaba un grupo de sirenios y después, ocupada con el interrogatorio, no les prestó más atención.

  Ahora Miryus se encontraba sentado frente a una fogata junto con Korinna y Leander que desde hacía rato no paraban de hablar de sus inventos y eso parecía molestarlo porque se lo veía muy callado y cabizbajo. Su pote de comida estaba intacto en el pasto al lado de sus pies.

  Fidelia pensaba que su Líder debía de estar celoso por toda la atención que Korinna le estaba dedicando al mago de Rocasombra. No tenía nada de qué preocuparse, sin embargo. Leander nunca se fijaría en ella de esa manera. Fidelia podía apostar todo su poder de nuevo, aunque eso no era buena idea, mejor olvidarlo.

  Fidelia decidió sentarse al lado de él y animarlo un poco mientras comenzaba a tragar los primeros bocados de un guiso de conejo.

  –Maestro Myrius... –le susurró –. ?Y la quimera?

  El Maestro Myrius tembló y dio un salto. Su respiración se agitó.

  –?La quimera? Ah, la quimera... –susurró él también.

  Su reacción parecía bastante extra?a... pero era Myrius al fin y al cabo.

  –?Qué le dijo el conde?

  –Ah, pues, se escapó durante la confusión.

  Fidelia se sorprendió.

  –?Estaba aquí?

  Myrius dio otro salto como si hubiera hablado de más.

  –Sí, estuvo aquí, pero ya no está. No logré sentir su presencia.

  –Entonces... ?la hija del conde?

  –Fue raptada por Eldrin.

  –?Qué? –Fidelia dejó escapar una exclamación y tanto Leander como Korinna interrumpieron su insoportable debate sobre las distintas formas de modificar peque?as partes de los sellos para afinar la velocidad del carromágico.

  Myrius les sacudió una mano para indicar que todo estaba bien y los otros dos continuaron como si nada.

  –Aún no podemos hacerlo público –susurró Myrius –. Es todo tan delicado. El conde me lo confió cuando le pregunté por la quimera. La paz pende de un hilo.

  –?Tienen idea a dónde pudo haber ido?

  –El hombre se disolvió en el aire, como un fantasma.

  Myrius suspiró y Fidelia no quiso preguntar más. Era muy duro perder algo que uno pensaba que estaba al alcance de su mano. Ella conocía muy bien esa sensación de derrota.

  ?Sabrían algo los sirenios y por eso las discusiones con el conde?

  Fidelia sacudió la cabeza y continuó comiendo.

  No era su problema, no era su problema. Le daba mucha lástima la hija del conde pero ella era un inútil en ese momento. Otros magos mucho más capaces se encargarían. Ella, por su lado, ayudaría a Myrius en lo que necesitara, luego se volverían a Nermetya con Korinna, Fidelia zarparía hacia la isla y todo eso quedaría atrás. Una vez recuperado su poder tenía pensado pasar el verano en las islas del norte, antes de que se desatara la guerra, por supuesto. Nada mejor que festejar su recuperación con una buena copa de ron acostada sobre la arena tibia y escuchando el rumor incesante de las olas.

  Todo dependería de la buena voluntad de Rovenna Astra quien una semana después del ataque se presentó en el lago.

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