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Capítulo 28 - La despedida

  Myrius Sentos no podía creer lo que acababa de decir y en cuanto lo dijo se quedó sin aire. No sabía si era por la impresión, el esfuerzo de transmitir autoridad o por el humo que cubría todo como una densa niebla. Se tapó la boca y comenzó a toser.

  –?Así se habla, Maestro Líder! –gritó Korinna alzando el pu?o mientras el grupo se encargaba de apresar a los traidores.

  Myrius observó en derredor el devastador panorama. La última vez que había estado en el lago había sido cuando era un Acólito y su recuerdo no tenía nada que ver con aquello. Parecía que no quedaba nada de las pintorescas chozas con sus peque?os patios abiertos que ahora se habían reducido a un manto uniforme de ceniza. Cuando miró hacia el lago le pareció que había algo extra?o en él y de repente se dio cuenta de que el promontorio había desaparecido. ?Cómo era posible?

  Reparó en los pedazos que quedaban del carromágico flotando en el agua como los restos de un naufragio. Aun no podía creer todo lo que había ocurrido en las últimas horas.

  Una vez que Leander les había confesado que, de hecho, una quimera había sido capturada en el castillo de Rocasombra, sumando a eso la huida de la hija del conde y el ataque de los Elementales, todas las piezas calzaron perfectamente.

  Lo primero que debían hacer era averiguar a dónde podría haberse dirigido Eldrin. Suponían que debía de haber ido tras los rastros de la hija del conde pero hacía semanas que no había noticias de la muchacha. Bajaron entonces a la mazmorra para interrogar a los magos capturados, quienes por supuesto, no quisieron cooperar y se mantenían en silencio en una actitud estoica.

  Fidelia, impaciente, no tardó entonces en abrir el cuello de su túnica y ense?arles las cicatrices de su sello de anulación. Varios giraron la cabeza no pudiendo ocultar el asco que sentían. Aquello era el peor castigo para una mago. La muerte era preferible a padecer aquella vergüenza.

  –Esto, se?ores y se?oras, es lo que sucede cuando se va en contra del Consejo. Puedo asegurarles que nunca se olvidarán del dolor. El proceso no es nada rápido. Los ejecutores se tardan su rato en terminarlo y hacer sentir cada corte. Yo todavía lo siento cada vez que lo miro. Al principio, una vez recuperados, no lo aceptarán e incluso se olvidarán de que ya no pueden hacer magia, y cada vez que lo intenten el sello se activará y, si hasta el momento no habían deseado morirse, lo harán entonces. Quedarán inmovilizados por un buen rato mientras sienten que mil cuchillos se les clavan en la piel como si alguien intentara extirparles las entra?as. Y créanme cuando les digo que les pasará muchas veces hasta que se resignen a vivir como un humano normal y corriente. Pero si cooperan, diremos que fueron enga?ados con Eldrin y todo esto no se trató más que de un malentendido.

  Tras ese discurso y pese a algunas protestas que fueron acalladas, uno de los magos más jóvenes habló. Eldrin se dirigía al lago.

  Leander no estaba convencido. Aquello no tenía sentido para él.

  –Su Excelencia también debería estar llegando al lago a estas alturas. Nunca se ha perdido la celebración. Sería ilógico que Olivia se dirigiera hasta allí y correr el riesgo de encontrarse con él.

  Sin embargo, el mago que había confesado agregó que Eldrin había recibido un mensaje en donde se le solicitaba que se dirigiera al lago cuanto antes.

  –?Un mensaje de quién? –preguntó Fidelia –. ?Quién más podría estar metido en esto?

  El mago no pudo responder eso. Eldrin no les había dicho todo.

  A pesar de las dudas, quedarse en el castillo no resolvía nada así que debían moverse. Myrius opinaba que al menos podrían encontrarse con el conde e interrogarlo acerca de la quimera.

  Fidelia negó con la cabeza mientras volvían a subir por las escaleras.

  –Maestro Myrius, nuestra prioridad es Eldrin.

  –?Pero somos...!

  –Ya sé, pero ese no el verdadero objetivo.

  Myrius se mantuvo firme.

  –Usted, Fidelia, tiene su propia misión, lo respeto. Pero aunque no le guste a usted ni a Rovenna Astra, a mí se me asignó otra muy distinta y voy a cumplirla.

  Ella le sonrió.

  –No puedo negar que disfruto mucho pensando en la cara de Rovenna cuando se entere.

  –?En serio el Consejo será tan benevolente cuando le digas que...? –le preguntó Korinna ya lejos de la mazmorra.

  La sonrisa de Fidelia adoptó un matiz sádico.

  –No, ya están condenado antes pisar siquiera el suelo del tribunal.

  Debían de moverse rápido pero Eldrin ya se había encargado de llevarse todos los caballos disponibles en el castillo. Todo lo que quedaban eran carruajes y carretas.

  –?Puedes crear nuevas placas para incrustarlas a un carruaje? –le preguntó Fidelia a Korinna.

  Korinna suspiró.

  –Puedo. Pero tendremos el mismo problema. Un metal común no aguantará la presión del sello y nos veremos obligados a hacer varias paradas durante el camino. No puedo asegurar que llegaremos a tiempo.

  Leander no entendía nada y cuando Korinna le explicó su accidentado viaje con el carromágico se le iluminaron los ojos.

  –?Tengo justo lo que necesitan!

  A los magos de Rocasombra les gustaba experimentar hasta el extremo de casi hacer explotar el castillo entero pero algo bueno había salido de eso. él y el conde habían mantenido en secreto desde hacía a?os un proyecto para crear un metal que resistiera el poder mágico y crear nuevas armas y armaduras que se encontraba en su fase final.

  Los tres magos de la Unidad Especial no entendían por qué el conde querría fabricar nuevos tipos de armas en una época de paz pero no lograron ahondar en el asunto en vista de las entusiastas explicaciones de Leander, sumadas a la locura de Korinna cuando este le mostró el famoso metal, denominado “arcantio”, hecho con materiales extraídos de la monta?a y lentamente modificado con magia mediante un largo de proceso. La inventora no dejaba de acariciar aquellos brillantes pedazos plateados como si acaban de entregarle un canasta llena de cachorritos.

  En realidad, tardaron más en crear las nuevas placas e incrustarlas en el carruaje que recorrer el trayecto entre Rocasombra y el lago. Mientras Leander y Myrius ajustaban las placas, Korinna fabricó a las apuradas una especie de timón que facilitaría el movimiento. Puesto que Fidelia no podía hacer magia, ella se encargaría de conducir, así los demás tendrían las manos libres en caso de que fuera necesario defenderse de cualquier tipo de ataque.

  Y resultó. Lo que antes hubieran tardado dos días en hacer, lo hicieron casi en tres horas. No había sido fácil debido al estado de los caminos que no se prestaban para vehículos de ese tipo y durante todo el trayecto sintieron temor de que las ruedas se volvieran aserrían y salieran despedidos por los aires como los proyectiles de una catapulta.

  Bueno, eso casi había ocurrido. Las ruedas aguantaron, aunque apenas, y el metal de Leander y los sellos de Korinna se combinaron para crear un vehículo tan veloz como nunca antes se había visto en esas tierras.

  Quizás demasiado veloz.

  Esta vez Korinna había exagerado con la potencia del sello. Fidelia se dio cuenta de que una vez activados los sellos, era imposible detenerlo. Como una estrella fugaz atravesaron los caminos, campos y lomas apenas logrando ver lo que tenían alrededor. En el apuro habían cometido el error de no esperar al amanecer y les pareció que bastaría con cargar una par de piedras incandescentes que ataron al frente del carruaje.

  Era el infierno. Durante casi tres horas no pararon de gritar y agarrarse con fuerza de lo que pudieran para no salir volando por la fuerza del viento que producía el carrimágico al moverse a tanta velocidad.

  Fue así como se despe?aron ladera abajo por las colinas y las chozas en llama que rodeaban el lago esperando que el carrimágico se diera contra algo para morir de una vez y terminar con aquella tortura. Sin embargo, mientras esto sucedía, Fidelia fue capaz de darse cuenta de la pelea que estaba a punto de desatarse. Le dio una vuelta brusca al timón y embistió a quienes debían ser los magos traidores, o al menos eso esperaba, de lo contrario tendría mucho qué explicar.

  En cuanto al carromágico, una vez dentro del agua, no soportó la presión y se deshizo en pedazos.

  Había salido todo bien el final, pensaba Myrius, satisfecho. Sin embargo, no lo había abandonado el temor de ser enga?ado nuevamente. ?Y si todo ese asunto de la quimera no había sido más que un cuento de ese tal Leander que sólo quería que lo ayudaran a salvar a su Se?or? Al final y al cabo, Rovenna Astra lo había enga?ado tan fácil como se enga?a a un ni?o inocente.

  –?Alaric! –Leander pasó al lado de él y avanzó hacia un hombre alto y corpulento que venía hacia ellos. Estaba vestido como un habitante más del pueblo, con sus ropas húmedas y sucias de ceniza.

  –Leander –el hombre le estrechó una mano y le palmeó el hombro –. ?Qué ocurrió en Rocasombra?

  –Están todos a salvos, excepto que tenemos unos cuantos magos apresados en la mazmorra. He dejado a Harald a cargo... No podía dejar de venir y quedarme sin saber lo que estaba ocurriendo aquí.

  –?Cuántos magos?

  –De los Maestros... todos. Varios Acólitos –Leander bajó la cabeza, como avergonzado –. La Orden, tal como la conocemos, ha desaparecido, excepto por mí y algunos Iniciados cuya participación no podemos todavía descartar. Y todo esto sucede cuando justo yo...

  –Esto viene siendo planeado por Eldrin desde hace no sé cuánto tiempo. A mí también me enga?ó –el conde alzó la vista por arriba de la cabeza de Leander –. ?Dónde está?

  –?Eldrin? –Leander miró hacia Fidelia que al igual que Myrius observaba la escena.

  Ella negó con la cabeza molesta.

  –No está aquí.

  El conde se acercó hasta ellos.

  –?Fidelia Dabrus? –preguntó confuso.

  –Mi se?or –Fidelia bajó la cabeza a modo de saludo.

  –Pensé que tú...

  –Larga historia, larga historia –dijo ella sacudiendo una mano cansada –. En resumen, la culpa la tiene Rovenna Astra. Entonces... ?Eldrin hizo todo esto? ?Por qué? ?Qué ganaba con atacar a la Tribu del Lago?

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  El conde no se tomó la molestia en responder y comenzó a dar órdenes.

  –?Debemos encontrarlo ya! ?Cormac!

  –?Mi se?or! –el Capitán se acercó corriendo y se paró en seco. –?Leander? ?Y Fidelia?

  –Hola, Cormac... –ella levantó la mano tímidamente.

  –?No hay tiempo! ?Divide a los hombres en dos grupos! –ordenó el conde –. Uno que se encargue de levantar un campamento para atender a los heridos y los habitantes que han quedado sin hogar y otro que busque a Eldrin. No debe haberse ido lejos en ese estado. Leander, encárgate de disipar este humo.

  La orilla volvió a agitarse mientras todo el mundo llevaba a cabo sus propias tareas. Los soldados se dispersaron tal como lo había ordenado el conde. Leander le pidió ayuda a Korinna para crear ondas de aire que empujaran el humo. Fidelia se puso a interrogar a los magos y no tardó en mostrar su sello. Parecía que disfrutaba viéndole las caras.

  Myrius logró atisbar a un par de sirenios que se encontraban atendiendo a una muchacha acostada sobre la arena.

  –Maestro Líder –el conde se acercó a Myrius.

  –?Sí?

  Myrius tragó saliva ante aquella presencia dominante. Había escuchado rumores cada vez que aquel hombre visitaba el Consejo. A los magos no les gustaba para nada la manera arrogante con que los trataba pero era el Guardián del Círculo y le debían respeto. Ahora al mirarlo tan de cerca sus ojos azules les parecían tan fríos como el hielo.

  –?Acaso oí bien? –preguntó el noble.

  –?Mi se?or?

  –?Unidad Especial de Protección de Quimeras?

  –Ah... eso... pues sí, es mi misión...

  De repente, por atrás del conde, Myrius sintió una presencia extra?a. Miró hacia el agua. A cierta distancia le pareció notar un temblor, algo oscuro que se movía y luego retrocedía. Se adelantó con cuidado y hundió una mano de la que comenzaron a salir líneas doradas que como serpientes se deslizaron por el agua hasta perderse de vista.

  No podía ser, no podía ser. Calma, calma, Myrius Sentos. Estaba a punto de parársele el corazón y morir allí mismo.

  El mago miró al conde directo a los ojos. Este lo observaba con una ceja levantada.

  –conde... dígame la verdad.

  –?Qué quiere saber?

  Myrius quería formular una pregunta pero, en cambio, se respondió a sí mismo.

  –Es verdad, había una quimera en el castillo.

  El conde dejó escapar una exhalación.

  –No tiene sentido que lo niegue. De alguna manera, el Consejo se ha enterado y ahora ustedes están aquí. De todas maneras, se ha ido, han llegado muy tarde para ir detrás de él.

  Myrius cerró los ojos saboreando el triunfo.

  –No, no se ha ido.

  –?Qué dice?

  –Está ahí todavía, quieto –Myrius apretó los dientes y cerró los pu?os para calmar el temblor de su cuerpo –. No... no sé por qué... pero parece como si estuviera esperando por algo.

  El conde miró hacia el agua.

  –?Protección de Quimeras entonces?

  –Sí.

  –?De qué se trata?

  –Pues... eso está... en discusión, en realidad.

  –Explíquese.

  Myrius tenía la sospecha de que sólo sincerándose con aquel hombre tendría alguna oportunidad de ver a la quimera con sus propios ojos y eso era lo que más deseaba en el mundo. Tanto lo deseaba que no sentía ningún temor al siquiera pensar en la idea de traicionar a Rovenna Astra y arriesgarse a acabar con un sello de anulación igual al de Fidelia.

  Pero con magia o sin magia, Fidelia Dabrus era una persona excepcional. Habían llegado tan lejos gracias a ella, por lo que a Myrius no le parecía mal seguir su mismo camino.

  Además, Rovenna Astra pensaba que las quimeras estaban extintas, así que para él aquello no contaba.

  Como pudo, le explicó al conde acerca del plan de Rovenna, obviando la parte en que ella lo había enga?ado, como si él hubiera sabido desde el principio que lo de la Fuerza Especial era una farsa.

  El conde impaciente se giró.

  –Venga conmigo. Si intenta algo raro, no dudaré en atravesarlo con la espada.

  –?Mi se?or? –Myrius entró en pánico, olvidando por un momento que él era un mago y que era capaz de defenderse de ese tipo de ataques pero el conde lucía tan ofuscado por algún motivo que podía creerle cualquier cosa.

  Antes de llegar al grupo de sirenios, alguien gritó por detrás de ellos.

  –?Sombra!

  Myrius se quedó con la boca abierta frente a la visión de aquella hermosa sirenia que se lanzó sobre el conde para abrazarlo y besarlo con una pasión digna de una escena de obra de teatro.

  Quizás era hora de que se mudara. Podría ayudar a reconstruir el pueblo.

  La pareja tardó unos cuantos segundos en separarse. Myrius no sabía qué hacer y mantenía la vista baja.

  –?Tu padre? –preguntó el conde.

  –Mi madre lo está atendiendo. Parece que se recuperará.

  –Bien. Necesito que tu familia se dirija al campamento. Tú y Numi pueden quedarse.

  Ella entrecerró los ojos.

  –?Qué vas a hacer?

  –Ya lo sabrás.

  La sirenia hizo lo que él le pedía, mientras ellos dos se quedaban esperando.

  –Myrius Sentos, ?por qué me ha contado todo esto?

  Myrius inhaló profundo antes de responder.

  –Mi prioridad es proteger a las quimeras. Son criaturas maravillosas. Los magos cometimos una terrible injusticia contra ellas.

  –?Aunque tenga que pasar por arriba de la Maestra Arcanista? ?Incluso del Cónclave?

  –Sí.

  –Si lo descubren...

  –Entonces seré libre y me buscaré otro oficio. Siempre quise visitar las monta?as.

  El conde lo observó atentamente y Myrius infló su pecho tratando de aparentar una seguridad que estaba lejos de sentir.

  –Hay varias cosas que quisiera que Rovenna Astra no se enterara –dijo el conde –. Lo recompensaré por ello.

  –No es necesario sobornarme. Yo...

  –Véalo como un incentivo. Si usted quiere proteger quimeras...

  –?Claro que sí!

  –Entonces no tendrá problemas en cumplir con lo que le voy a pedir.

  En la orilla ahora sólo quedaban dos sirenias y la muchacha humana que descansaba la cabeza sobre las piernas de una de ellas.

  –?Cómo está? –le preguntó el conde a la sirenia más joven de una manera tan suave que tomó a Myrius por sorpresa.

  –Bien, pero cansada –respondió ella –. Le hemos traspasado algo de energía, de a poco comienza a recuperar la fuerza.

  El conde se arrodilló, tomó a la muchacha en sus brazos pero en vez de dirigirse hacia donde debería encontrarse el campamento, siguió en dirección contraria alejándose de lo que quedaba del pueblo.

  –Tenemos que ser rápidos. No quiero que nadie más vea –les dijo.

  –?Qué vas a hacer? –preguntó de nuevo la sirenia quien, por su parecido, Myrius pensó que debía ser la madre de la otra.

  –Arreglar este lío.

  Llegaron hasta una zona rocosa. Con suavidad, el hombre depositó sobre una enorme piedra de superficie lisa a la muchacha, a quien Myrius ya había reconocido como la famosa Lady Olivia que se había escapado con la quimera. Hubiera querido preguntarle tantas cosas e incluso felicitarla por su valor pero la presencia de su padre lo intimidaba.

  –Yaritza, ?tú también lo sientes? –le preguntó el noble a la sirenia.

  Ella se sonrió y asintió.

  –?Yo también lo siento! –exclamó la otra.

  El mago se acercó al agua. Líneas doradas volvieron a dispararse de su mano y perderse bajo el agua.

  –Nos... nos ha seguido–el corazón de Myrius estaba a punto de explotar.

  –?Silas! –gritó el conde.

  –?Silas? –dijo Olivia en voz baja mientras levantaba la cabeza del suelo.

  De repente, una silueta oscura emergió del agua. Apareció primero la cabeza, negra y redondeada, con manchas blancas a ambos lados que comenzaban justo donde se ubicaban dos peque?os ojos que parecían observarlos con sospecha. Le siguió una aleta dorsal, alta y robusta, que emergió detrás. El cuerpo de la criatura era macizo y su piel brillaba reflejando la luz del sol.

  –?Olivia! ?Qué ha pasado? ?Alguien destruyó el promontorio! –exclamó el animal salpicando agua con sus gruesas aletas y Myrius cayó hacia atrás como si alguien lo hubiera empujado.

  –?Silas! ?En qué te has convertido? –la muchacha se levantó con ayuda de su padre.

  La criatura sacudió la cabeza como molesta.

  –?Pues, que no ves? ?Soy una ballena!

  La muchacha entrecerró los ojos.

  –He visto dibujos de ballenas, ninguna se parece a esto.

  –?Pues los sirenios me dijeron que era una ballena y ellos deben de saber más acerca del mar que tú y tus estúpidos libros!

  La joven sirenia, quien luego supo que se llamaba Numi, dejó escapar una carcajada.

  –Las llamamos orcas y en realidad son un tipo de delfín–explicó ella –. Aunque también se las conoce como ballenas asesinas pero en realidad suelen ser amigables.

  –?Ves? ?Soy una ballena asesina! ?Deberás temerme! –exclamó la quimera con orgullo, ignorando una parte de lo que había dicho Numi.

  Olivia enarcó las cejas.

  –Pues, bien, esta vez tú ganas.

  –?Claro que sí! ?Soy el terror de los mares!

  Numi se rió de nuevo.

  –Tanto como eso no... Hay cosas mucho peores acechando las profundidades.

  –?Soy enorme! ?Nunca había sido tan grande!

  Myrius se arrastró por el suelo sin fuerzas suficiente para pararse sobre sus piernas. Agachó la cabeza como un sirviente que se encuentra por primera vez frente a su rey. Se sentía tan sofocado que cuando habló su voz sonó como si un pato intentara hablar.

  –?Se?or quimera!

  –?Quién es este? –preguntó la quimera retrocediendo un poco –. Viste como un mago.

  –?Mi nombre es Myrius Sentos! ?Pertenezco a la Unidad Especial de Protección de Quimeras!

  –?La qué?

  –?Como lo oye! ?Somos un grupo de magos cuya misión es proteger a su raza!

  –?Y a cuántas quimeras han salvado? –preguntó la orca con un tono que reflejaba una curiosidad genuina como si esperara que el mago le contara acerca de otras quimeras que había descubierto.

  –Hasta ahora estamos tratando de salvarlo sólo a usted.

  Se produjo un silencio incómodo.

  –No necesito que me salven –dijo la quimera girando la cabeza indignada –. No entiendo por qué todo el mundo insiste en hacerlo.

  –?Yo sé que no soy más que un mago! No puedo corregir todo lo hecho por mis antepasados e incluso mis contemporáneos. Pero mientras viva haré todo lo posible por que nadie le haga da?o ni a usted ni a ninguna otra quimera.

  La criatura no respondió y Myrius entendió su desconfianza. Ojalá llegara el día en que pudiera demostrarle con sus acciones la sinceridad de sus palabras.

  –?No deberías haberte ido ya? –dijo Yaritza –. A estas alturas deberías estar cruzando el golfo.

  La orca miró hacia otro lado.

  –Tenía curiosidad. No sabía lo que había ocurrido. Quise ayudar pero Thalassa no me lo permitió. Dijo que si perdía mi nueva transformación, no me ayudarían por segunda vez. Luego, cuando sucedió esa gran explosión, ?casi me quedo enterrado bajo las piedras!

  –Estoy bien, Silas –Olivia se acercó a la orca y estiró una mano hasta acariciarle la cabeza –. Puedes emprender tu viaje tranquilo.

  –?Quién dijo que estaba preocupado? –respondió la quimera aunque no se apartó cuando ella lo tocó.

  –Olivia –esta vez fue el conde quien habló –. No puedes quedarte.

  La chica se giró de golpe hacia él.

  –?Qué dices? –preguntó confundida.

  El conde la abrazó durante un largo minuto y luego le plantó un beso en la frente. Todavía tirado en el suelo, Myrius atisbó el brillo de las lágrimas que se escurrían por la barba del conde.

  –Lo siento tanto –él hundió su rostro en el hombro de Olivia –. No puedes quedarte ahora. Tienes que irte.

  –?Irme?

  –?Qué es lo que recuerdas?

  La chica se cubrió el rostro con las manos.

  –Yo... no puedo... Yo... –bajó las manos y miró a su padre angustiada –. ?Cómo?

  El conde le acarició la cabeza.

  –Hay muchos testigos. Han visto lo que puedes hacer. No sé cuántos pero no me voy a arriesgar. Mi corazón se está partiendo una vez más pero debes seguir tu propio camino ahora. Mientras te diriges a la isla, me encargaré de disipar cualquier sospecha. Para eso puedo ser útil. Ya no puedo esperar más. Cuando todo termine, iré a buscarte.

  –?A la isla dijiste?

  El conde miró a la quimera.

  –Silas, tenemos un trato. Lleva a mi hija contigo.

  –No recibo órdenes de humanos.

  –?Por favor! –el conde se arrodilló en el suelo –. ?Sé que estará a salvo contigo! ?No quiero que esté sola!

  La orca dejó escapar un resoplido salpicando más agua.

  –Olivia, sube a mi lomo.

  La muchacha lo miró sorprendida.

  –Habías dicho que yo nunca te montaría.

  –No seas tonta y ya súbete, si no te dejaré atrás. Ya se nos hizo muy tarde.

  –?Fuiste tú quien decidió esperar primero!

  –?Quieres ir a la isla o no?

  –?De verdad? –la pregunta iba a dirigida a su padre quien sólo asintió.

  Olivia abrazó al conde y se quedaron así por unos segundos más.

  –No podemos seguir atrasándolo –el conde le hizo una se?a a la sirenia más joven. –Numi, sería mejor...

  –Entendido –Numi se acercó a Olivia.

  Primero, rasgó con fuerza la parte baja de la túnica dejando sus piernas desnudas.

  –?Qué haces? –exclamó Olivia indignada.

  –Te será más cómodo así. También sería mejor sin mangas –dicho eso le arrancó las mangas y luego posó las manos sobre sus hombros –. Ahora abre la boca.

  –?Qué vas a hacer?

  –Nada raro, sólo ábrela.

  Olivia abrió la boca y Numi sopló dentro de ella. A ambos lados de su cuello se abrieron dos branquias. Numi la empujó al agua y la muchacha quedó flotando al lado de la orca.

  –Numi –dijo su madre –. Será mejor que los acompa?es hasta la desembocadura del lago, por si acaso.

  –?Lo haré! ?Vamos, Olivia, mientras llegamos hasta ahí te daré una lección de nado rápida! ?No puedes depender sólo de la voluntad de Silas! ?Haremos una carrera y veremos quién es más rápido!

  –?Con calma, Numi! –le advirtió su madre mientras los tres se alejaban.

  Yaritza abrazó por atrás al conde mientras se quedaban observando las oscuras siluetas que se iban haciendo cada vez más peque?as hasta confundirse con las suaves ondas del lago.

  Como un buen presagio, el sol se alzaba ya sobre las colinas y el cielo se iba tornando cada vez más azul mientras el humo terminaba de dispersarse.

  Myrius se tapó la cara con ambas manos y comenzó a sollozar agradeciendo a quien quiera que lo hubiera escuchado por ese inesperado regalo que le había dado la vida.

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