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Capítulo 27 - La batalla del lago

  Sin entender lo que estaba sucediendo dentro del escudo, Alaric observó en pánico cómo la piel de Olivia se tornaba brillante y para luego apuntar contra Eldrin. Todo ocurrió en un segundo. Fue como si el amanecer se hubiera adelantado y el sol se precipitara sobre ellos. Escuchó el crujido del escudo rompiéndose y tanto él como Mantok y los magos que los habían apresado por sorpresa salieron catapultados por la onda expansiva provocada por su propia hija.

  Su espalda se dio de lleno contra una de la rocas. El impacto lo dejó sin aire pero tuvo suerte la suerte de no golpearse la cabeza. Permaneció tumbado de costado sintiendo la humedad de la arena en su cara y tratando de respirar lento y hondo mientras con mucho esfuerzo intentaba mover sus miembros entumecidos por el dolor, aunque no rotos.

  Sus ojos estaban bien abiertos pero no lograba ver nada, ni siquiera la luna. Temía que el resplandor lo hubiera dejado ciego pero poco a poco volvió a acostumbrarse a la oscuridad y manchas moradas aparecieron esparcidas detrás de las nubes anunciando el inicio de alba. Sus oídos también tardaron en percibir el caos a su alrededor. Gritos, no sabía distinguir si de guerra o de miedo, de hombres y mujeres, quizás los mismos magos de su propio castillo que lo habían traicionado. No podía haber otra explicación. Eldrin había estado todo ese tiempo esperando la oportunidad para abandonar el castillo y encontrarse con Olivia. Y él, otra vez, se lo había servido en bandeja.

  Se maldijo a sí mismo por haberse confiado y dejado su espada al cuidado de Cormac que se encontraba esperándolo en el campamento que habían levantado cerca del pueblo.

  No entendía lo que estaba sucediendo. No sabía si sentirse aliviado de que Olivia se hubiera enfrentado a Eldrin o desesperarse porque ahora ella vagaba por ahí con ese aspecto. En cuestión de segundos su hija había revelado una faceta de su ser que desconocía por completo. Su magia parecía haber alcanzado el nivel de un Maestro, o incluso podría haberla sobrepasado. ?Eran esos los poderes de una descendiente de los elfos? Le había tomado la palabra a Eldrin cuando este le había dicho que su hija no manifestaba ninguna habilidad especial para la magia, que parecía un aprendiz más como tantos otros humanos comunes que comenzaban sus estudios en los Códigos Etéreos.

  ?Leander también lo habría traicionado? Sacudió la cabeza, no Leander, no su amigo de la infancia. Nunca haría nada en contra de Cormac tampoco, a menos que su capitán también formara parte del plan y ahora lo estuviera buscando entre el caos para darle muerte en cuanto se le presentara oportunidad. Si el mismo mago que tan fielmente había servido a su padre durante toda su vida lo había estado enga?ando ?qué podía esperar del resto?

  A unos metros de él, escuchó los gemidos débiles de Mantok. Alaric logró incorporarse despacio experimentando punzadas de dolor con cada movimiento. Siguió el sonido de la voz de jefe hasta casi chocar con él tirado en el suelo.

  –Mantok, ?estás herido?

  El viejo soltó un alarido que no se parecía a palabra alguna. Alaric tanteó su cuerpo y al llegar a su cabeza sintió un líquido tibio y viscoso. El olor a sangre le inundó la nariz.

  Tenía que encontrar a Olivia pero podía dejarlo así solo.

  –?Ayuda! ?Ayuda!

  Gritó varias veces y con cada alarido que salía de su boca la ansiedad se volvía más fuerte. Casi podía sentir el pecho cerrársele como tantas veces que cuando era ni?o.

  –?Ayuda! ?Alguien! ?Ayuda!

  Tenía que tomar un decisión. No podía esperar más.

  Pero entonces un par de voces le devolvieron la esperanza.

  Había temido que los magos se cruzaran con ellas.

  –?Alaric!

  –?Papá! ?Abuelo!

  Ambas sirenias, confundidas y aterradas, llegaron corriendo hasta los dos hombres. Alaric sintió las frías manos de Yaritza envolviéndole el rostro y brindándole alivio como el agua fresca en un día de calor sofocante. Ella pegó su frente a la suya, él la agarró de los hombros.

  –Estoy bien. Tu padre... él está herido.

  Numi ya se encontraba al lado de su abuelo cuando Yaritza se separó de Alaric y se agachó al lado de Mantok. Las dos sirenias posaron sus manos sobre el anciano y de ellas comenzó a emanar un resplandor dorado.

  –?Pueden curarlo? –preguntó Alaric.

  –Dependerá del da?o, tiene muchas heridas, algunas profundas –respondió Yaritza –. ?Qué ha ocurrido?

  –?Y Olivia? –preguntó Numi angustiada.

  –Fuimos emboscados por Eldrin y otros magos de la Orden de Rocasombra. Me han traicionado.

  Ambas mujeres se miraron sin poder creerlo.

  –?Y ahora? –le preguntó Yaritza.

  –Por los gritos, deben estar corriendo hacia el pueblo. Tengo que ir hasta allí. Olivia debe haber ido en esa dirección también.

  Yaritza frunció el se?o.

  –Eso no tiene sentido, Sombra. ?Para qué...?

  –?La han raptado? –chilló Numi.

  Alaric no se sentía con fuerzas más seguir mintiendo.

  –No, es más complicado.

  –?Qué quieres decir con eso? –insistió Yaritza.

  –Ni yo mismo sé, para serte sincero. Tendrás que confiar en mí esta vez –Alaric emprendió la marcha por la orilla.

  –Siempre he confiado en ti, después de tantos a?os eso debería haber quedado claro –murmuró Yaritza.

  –?Iré contigo! –dijo Numi.

  –Tu madre te necesita más que yo. Concéntrate en curar a tu abuelo.

  –él tiene razón, Numi, sus heridas son graves. Necesito tu energía también.

  La joven sirenia cedió ante el ruego de su madre y volvió su vista a Mantok que se esforzaba por hablar pero no lo lograba.

  Alaric corrió por la orilla estirando las piernas como un caballo desbocado aunque se vio obligado a parar cada tanto debido a un dolor que sentía en el costado. Podía estar desangrándose por dentro pero no podía preocuparse ahora por eso.

  De repente, un resplandor iluminó las inmediaciones de las chozas de madera. Escuchó explosiones y más gritos. Algunas chozas comenzaron a arder y consumirse como un montón de pergaminos en la chimenea.

  No tenía sentido que Eldrin atacara el pueblo. Tendría que haber salido huyendo sin que nadie lo viera.

  Pero quizás no había sido Eldrin.

  Y tenía razón. Siguiendo el rastro de chozas calcinadas y nuevas explosiones, Alaric llegó a un espacio vacío en donde se encontró con la muchacha de túnica azul, quien sin ninguna contemplación disparaba bolas de fuego a diestra y siniestra contra los magos que la atacaban. Aun así, su postura rígida se notaba muy calmada como si cada ataque lo estuviera haciendo a conciencia y no producto de la desesperación.

  Nunca había visto ese tipo de magia. Los ataques más poderosos de los magos no consistían más que en una ondas de impacto y el manejo de escudos para embestir a sus contrincantes. Ahora estos lo único que podía hacen era usar los escudos para repeler los ataques de Olivia cuyas bolas de fuego rebotaban y se estrellaban contra las chozas que no tardaban en arder.

  Eldrin también se encontraba con sus manos en posición defensiva y cada tanto aprovechaba para lanzar un ataque cuando Olivia se distraía con uno de sus subalternos. Al igual que el resto, la túnica roja del Maestro se veía chamuscada, hasta el punto de parecerse a meros harapos. Su respiración era entrecortada y se le notaba que estaba perdiendo las fuerzas. Alaric nunca lo había visto así, ni siquiera cuando una vez había asistido a un torneo de magia en Nemertya en donde el viejo mago, sin perder nunca la dignidad, había sido derrotado por Rovenna Astra que poco después se convertiría en Maestra Arcanista.

  –?Lady Olivia! ?No me obligue a pelear con usted! ?Se lo ruego! ?Por favor, venga conmigo! ?Estamos de su parte!

  Los labios de Olivia se abrieron pero la voz que escuchó no era la de su hija.

  –No te das cuenta, mago estúpido, que no te necesito.

  Era una voz profunda y resonante, como un coro de seres de otro mundo cuyas voces lo envolvían desde varios puntos.

  El Maestro cayó de rodillas luego de evitar una bola de fuego que explotó contra su escudo invisible. Después de eso no logró levantarse por sí solo.

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  –Puede que todavía sirvas a mis propósitos. Por eso te permitiré conservar la vida –dijo Olivia y continuó su camino.

  Dos magos se acercaron a levantar a Eldrin del suelo. Alaric hubiera querido matarlo allí mismo pero no tenía un arma ni poder mágico para enfrentarse a los demás que parecían haberse rendido también. Continuó corriendo detrás de Olivia quien apenas moviendo sus piernas parecía avanzar mucho más rápido que él.

  Por un costado vio aparecer miembros de la tribu, tanto humanos como sirenios, que corrían con lanzas y flechas hacia Olivia. Algunos pertenecían a la familia de Yaritza. Antes de que el conde les rogara que no la atacaran por su propia seguridad, ella los repelió de un solo manotazo haciéndolos volar por los aires y caer entre los escombros negros de las chozas. Algunos sirenios salieron en su defensa haciendo emerger con sus manos olas desde la orilla que tomando la forma de diversas criaturas embistieron contra los magos pero al llegar hasta Olivia ella simplemente los desintegraba.

  El resto de la tribu corría en dirección a las colinas o se tiraba al agua buscando refugio, mientras el el humo que cubría casi todo el pueblo y continuaba expandiéndose más allá de la orilla.

  No importaba lo que dijera Mantok, ellos no eran seres agresivos. Los sirenios habían sido creados por el Dragón para salvar a otros del peligro y actuar como sanadores. No poseían ni siquiera habilidades mágicas que les sirvieran en una batalla y mucho menos en una tan inusual como aquella.

  –?Olivia! –Alaric gritaba tan fuerte que le ardían los pulmones –. ?Para ya! ?El pueblo! ?Por qué haces esto?

  La muchacha se volvió para mirarlo de frente. El conde quedó de piedra al descubrir aquellos ojos que brillaban de una manera que no era natural, como dos estrellas azules que habían bajado del cielo.

  –Si quieres vivir, conde, mantente lejos. Ella me ha rogado que no te haga nada.

  Aquello no podía ser.

  –Tú no eres mi hija.

  Ella no respondió y continuó avanzando en dirección al agua, como si se dirigiera al promontorio.

  –?No sé qué eres pero si no abandonas su cuerpo ahora...!

  –Tú no eres nadie.

  Olivia extendió su mano y una onda de fuerza hizo que Alaric cayera de espaldas.

  –Yo soy Olivia y ella soy yo. Existo desde el mismo momento en que ella dio su primer respiro en este mundo. Cualquier cosa que me pase a mí, le pasará a ella.

  Alaric se incorporó con sus piernas temblando a raíz del esfuerzo.

  –?Qué te ha hecho el Pueblo de Lago?

  La muchacha volvió a ignorarlo y continuó su camino hacia el promontorio.

  Alaric iba a continuar detrás de ella pero una mano lo agarró con fuerza del brazo y se lo impidió. Estuvo a punto de defenderse a los golpes hasta que se dio cuenta de que era Cormac.

  –Mi se?or –el agitado capitán le tendió la espada –. Gracias a la Ninfa se encuentra bien.

  Alaric tomó la espada y lo obligó a soltarlo de un empujón.

  –Ordena a los soldados que ayuden a la tribu a evacuar y tú dirígete hacia aquella zona –le se?aló el lugar donde había tomado lugar la reunión de los jefes –. Allí encontrarás a Yaritza, a Numi y a Mantok que se encuentra herido de gravedad. Te encargo su protección y la de toda su familia. Sé que te estoy pidiendo demasiado pero no puedo abandonar a Olivia.

  –?Qué pasará con usted?

  –?Obedece, Cormac!

  –Mi se?or –con esa sola palabra Cormac se despidió y corrió con su espada en mano hacia donde su se?or le había apuntado.

  –Eres patético –dijo aquella voz que salía del cuerpo de su hija, quien permanecía de espaldas hacia él –. Tu espada no es más que un mero juguete frente a mi poder.

  –No me iré sin mi hija –le dijo Alaric, blandiendo su espada con ambas manos.

  Ella continuó avanzando sin responder a la provocación. Alaric observó cómo su cuerpo se elevaba y flotaba sobre la superficie del lago mientras que a él el agua ya le estaba alcanzando la cintura.

  Olivia se detuvo y, todavía suspendida en el aire, volvió a estirar su mano con su palma apuntando hacia el promontorio que indicaba el lugar de la tumba del Dragón. Su cuerpo se vio iluminado por un destello que emergía de ella y como una estrella fugaz se disparó contra las rocas. Un estallido atronador reverberó a lo largo del lago, al tiempo en que el promontorio se desmoronaba y sus restos se hundían hasta el fondo desapareciendo por completo como si nunca hubiera existido. Lo único que quedó fueron violentas oleadas que llegaron hasta la orilla.

  –?Todo esto es por el Dragón? –preguntó Alaric alzando la voz mientras soportaba la fuerza de una ola que lo golpeó de súbito.

  Olivia se dio la vuelta y le dedicó una sonrisa cerrada, ausente de emoción.

  –Pregúntale a la mujer a la que le debo mi existencia.

  –Daephennya.

  –Contigo también estoy en deuda, así que vete. No me obligues a mostrarme desagradecida.

  En silencio, Alaric volvió a levantar su espada.

  –Tu hija está llorando. Su propio padre quiere lastimarla –se lamentó la voz con falsedad.

  –Conozco a mi hija. Haz lo que tengas que hacer. Si tengo que seguirte hasta los confines del mundo y abandonar mi territorio, mi familia, mi título, mi identidad, lo haré. Será mejor que me elimines ahora. Olivia, si estás ahí, perdóname. Corregiré todo el mal que te he hecho. Hemos llegado a esto por mi culpa.

  –?Es este el destino que has elegido para ti?

  –Prefiero morir aquí mismo antes de que te la lleves.

  Olivia apuntó su mano hacia él. Alaric sintió el miedo nacer en su interior. Quería cerrar los ojos mientras esperaba el impacto pero mantuvo en alto su espada apretando con fuerza la empu?adura para ignorar el temblor de sus manos. Otra parte de él quería reírse. Aquel ser desconocido no estaban tan equivocado. él no era nada. Era un ni?o enfermizo que por pura suerte se había convertido en conde y se había pasado la vida fingiendo ser algo que no era. Desde la muerte de su padre se había equivocado en todo. Le había fallado tanto a Yaritza, así como a su inocente esposa Irina, se había dejado manipular por una maldita elfa, había alejado a Barthra, había hecho infeliz a Numi y le había estropeado la vida a Olivia.

  Inútil, ni?o inútil, ojalá no hubieras nacido. Pese al perdón, la dura voz de su padre todavía resonaba entre sus recuerdos. Aquello no había sido más que un círculo de dolor y en el centro se hallaba él mismo. Nada más que un ni?o asustado.

  Lo único que podía hacer ahora era rendirse y esperar por un milagro.

  Un nuevo resplandor brilló en la mano de su hija y se dirigió hacia él.

  No cierres los ojos, se decía Alaric, que sea Olivia lo último que veas en esta vida.

  Pero la luz lo cegó y todo se volvió blanco.

  Así terminaba todo.

  –?No!

  Aquella simple palabra había sido pronunciada por una voz que ya no pertenecía al ser misterioso sino a su hija. Frente a Alaric todo permaneció blanco pero no sintió gran cosa, excepto calor.

  De repente, la blancura retrocedió y volvió a su punto de origen. Desolado, Alaric observó cómo el fulgor impactaba contra el cuerpo de Olivia que cayó inconsciente en picada hacia al agua. Alaric tiró su espada y se zambulló en busca de su hija. Logró asirla de un pie a tiempo antes de que siguiera su camino hacia las profundidades oscuras del lago pero estaba exhausto y su cuerpo se resistía a alcanzar la superficie.

  De repente, luces de todos los colores brillaron a su alrededor y varios sirenios, entre ellos Numi, los sujetaron a él y a Olivia y no los soltaron hasta llegar a la orilla.

  –?Respira? –le preguntó Alaric a Numi, reteniendo su propio aliento, y la sirenia lo tranquilizó asintiendo mientras posaba ambas manos sobre su hermana.

  Olivia comenzó a toser y expulsar agua. El conde no pudo reprimir el impulso de abrazarla y besar su nuca. Su hija no se resistió aunque quizás debía ser porque todavía no recobraba la consciencia del todo. A Alaric no le importó, siempre y cuando estuviera bien. Estiró un brazo hacia Numi y la atrajo hacia ellos.

  Amanecía. Los primeros rayos se colaban entre las cumbres onduladas de las colinas. Después de tantos a?os, ahora tenía a sus dos hijas juntas y nada menos que en sus brazos.

  Podría morirse tranquilo ahí mismo.

  Pero todavía había mucho que hacer.

  Por el rabillo del ojo, observó a Eldrin avanzar con la ayuda de otros magos entre el denso humo que todavía invadía la costa. Los sirenios a su alrededor se pararon delante de ellos a modo de escudo. Otros habían corrido a ayudar al resto de los habitantes a apagar las llamas manipulando con sus manos el agua que caía en forma de lluvia sobre el las chozas incendiadas. Los más experimentados crearon caballos y otras criaturas compuestas de agua que salieron corriendo hacia las zonas más alejadas de la orilla. Se preguntó cuantos habían visto a Olivia en aquel estado.

  Alaric tuvo que terminar el abrazo y se interpuso entre los sirenios y los magos. A lo lejos, observó como Cormac y varios de sus hombres se acercaban hacia ellos.

  Otra pelea estaba a punto de producirse pero el conde quería impedir que se produjera más da?o del que ya estaba hecho. El Pueblo del Lago había perdido todas sus posesiones y debería de reconstruirse de cero. Todos sus errores habían conducido a ese desastre.

  –Ríndete, Eldrin, estás malherido.

  –Sus cálculos son erróneos, conde. Mi poder sigue intacto y todavía son muchos los magos que me siguen. Rocasombra está bajo mi control ahora. Entregue a su hija y evitaremos muertes innecesarias.

  Alaric había perdido su espada. Debía esperar por Cormac pero este parecía estar muy lejos aún. El humo del incendio llenaba el aire y hacía que los sirenios comenzaran a toser. Mientras tanto, los magos avanzaban hacia ellos y Alaric sabía que les tomaría apenas unos segundos en volver a hacerse con Olivia. Se volvió a sus hijas y las cubrió con sus brazos como un escudo humano.

  Si estás ahí, Dragón Azul, rogó para sí el conde, castiga a estos magos que han invadido tu lugar de descanso.

  De repente, escuchó más alaridos lejanos pero que se iban acercando. Alaric levantó la cabeza y buscó el origen de los mismos.

  Pese al inminente ataque, no pudo contener la sorpresa. A toda velocidad, bajando por una de las ladera, se precipitaba uno de sus propios carruajes, con el escudo de Rocasombra tallado en él, aunque ellos habían hecho todo el viaje a pie. Lo curioso es que parecía moverse solo, sin caballos. Al principio pensó que simplemente estaba cayendo, pero no, se movía hacia adelante a toda velocidad, como empujado por una fuerza invisible, y cuando alcanzó la parte más baja de la colina continuó avanzando como si nada hacia los propios magos que se quedaron estupefactos ante tal escena y cuando el carruaje los alcanzó con la velocidad de un torbellino se les hizo tarde para reaccionar.

  En realidad, mientras el artificio ese se acercaba, de él salían disparados una hilera interminable de ondas de impacto disparadas por lo que parecían ser otros cuatro magos. A tres de ellos no los reconocía y el cuarto era nada menos que Leander.

  –?Korinna, maldita sea, para esta cosa! –gritaba una de las magas que se suponía que venía manejando el vehículo pero había perdido el control del mismo. Por alguna razón, le sonaba familiar.

  –?No podemos! ?La fuerza de los sellos es demasiado fuerte! –gritó la otra maga.

  Y fue así como el carruaje, tan rápido como el golpe de un rayo, embistió al grupo de magos traidores y no se detuvo hasta que quedó flotando en el agua del lago, aparentemente ya sin potencia. Mientras tanto, Cormac y sus hombres habían llegado hasta el lugar y formaron una defensa en torno al conde y sus hijas. Los sirenios, aprovechando la confusión de los magos, levantó grandes olas que golpearon a los traidores que se habían salvado de la embestida del carruaje.

  Los cuatro magos que venían en el diabólico carruaje emergieron del agua para ocuparse de los otros que habían quedado inconscientes en la orilla. Alaric buscó con los ojos el cuerpo de Eldrin pero no lo encontró. Todavía había mucho humo alrededor. Debía de estar inconsciente en algún lado.

  Sin perder tiempo, sus imprevistos salvadores sacaron varias cadenas que debían ser aquellas con los sellos de anulación, puesto que comenzaron a inmovilizar con ellas a los magos tirados sobre la arena que no ofrecieron gran resistencia.

  Dejó a Olivia al cuidado de Numi y se acercó hasta ellos.

  Un hombre flacucho y de aspecto débil pero con una voz fuerte exclamaba:

  –?Mi nombre es Myrius Sentos y soy el Maestro Líder de la Unidad Especial de Protección de Quimeras!

  Alaric se paró en seco. ?Qué acababa de decir?

  El Maestro Líder continuó.

  –?En nombre del Consejo de Magos quedan detenidos por conspirar contra el Guardián del Círculo, perpetrar un ataque contra la Tribu del Lago, así como intentar raptar a la única quimera de la que se conoce existencia! ?Serán llevados hasta la capital para enfrentar juicio ante el Alto Tribunal Arcano que será el que dictamine su castigo!

  De sólo escuchar eso, el conde podía empezar sentir la punzada de un naciente dolor de cabeza.

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