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Discípulo Interno (IV): Cinco Horas Bajo El Sol.

  El sol ya estaba en su punto más alto.

  Un jaguar corría de un lado a otro, intentando atrapar a una mujer.

  Así habían pasado las horas desde el primer intercambio, aquel en que la lanza de madera se astilló como si fuera papel.

  El jaguar seguía cazando a Maribel. Ella corría entre respiraciones agitadas, con el aliento convirtiéndose en vapor.

  ???Qué tiene esta cosa?! ??Nunca se cansa?!?

  Giró la mirada. El aturdimiento volvió a golpear al jaguar, que frenó en seco con un gru?ido frustrado. Maribel aprovechó el instante para rodearlo y escapar una vez más.

  El felino sacudió la cabeza. Sus patas se afirmaron en la tierra antes de lanzar un rugido que estremeció incluso el aire.

  El corazón de Maribel se encogió. Solo la voluntad la obligó a moverse.

  Huyó de nuevo, para incredulidad del jaguar.

  ?Maldita sea…?

  El animal jadeó, cansado pero obstinado, y volvió a lanzarse tras ella.

  Maribel sintió una premonición a sus espaldas. Saltó. La garra pasó rozando el aire donde ella estuvo un instante antes. El jaguar se estrelló contra un árbol, derribándolo como si fuera un castillo de naipes.

  —Glup. —Maribel colgaba de una rama.

  Soltó el aire, aspiró hondo, y se lanzó justo cuando el jaguar saltó veinte metros hacia ella. Rodó por el suelo y extendió la mano, aturdiéndolo una vez más.

  El jaguar volvió a sacudir la cabeza, furioso, mientras la perseguía.

  ?Carajo… ?Cuánto tiempo llevamos así??

  El sistema respondió.

  [Cinco horas, veinticuatro minutos, treinta y tres segundos.]

  ?…Mierda.?

  En medio del escape, Maribel sintió algo en el jaguar.

  Desesperación. Irritación. Incredulidad. Y por encima de todo, cansancio mental.

  El imponente animal jadeaba mientras corría.

  Maribel miró atrás por un segundo. Se arrepintió de inmediato.

  ?LA MALDITA COSA ESTá ACELERANDO.?

  El jaguar pegó un sprint como si su propia vida dependiera de ello. La furia en sus ojos era casi palpable.

  Maribel giró, lo apuntó, escapó por un margen estrecho.

  El felino agitaba todo su cuerpo con cada respiración.

  Maribel también.

  Su sudor caía como si un grifo estuviera abierto.

  Una pata se movió, pisando firme; luego otra… y luego nada.

  El depredador se quedó quieto. Bajó la cabeza, respirando con dificultad.

  Un vapor denso salió del cuerpo de Maribel, enfriándola.

  Ella tomó una respiración larga.

  —Sé que me entiendes —dijo, con la voz ronca.

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  El jaguar no reaccionó.

  —No pretendo hacerte da?o.

  La fiera, por fin, se dejó caer al suelo, exhausta. Soltó un gru?ido profundo, resentido.

  Una frase cansada llegó a su mente:

  ?Te maldigo… humana.?

  Maribel se recompuso primero. Se puso de pie, cojeando, y se alejó. Caminó hasta el dominio de la Primavera Eterna, un refugio seguro.

  Se dejó caer frente al río y bebió hasta llenar el estómago.

  Luego se recostó bajo la sombra de un árbol.El arrullo del agua, la brisa suave, el calor de la tarde… todo era tranquilo.Incluso perfecto, comparado con enfrentar a esa criatura ancestral.

  Se quedó dormida sin notarlo.

  Despertó unas horas después.

  —…Me dormí —murmuró, sorprendida.

  El cansancio había desaparecido por completo, como si no hubiera corrido ni un minuto.

  Se levantó. Un paso, dos... sus pies se desliaron. Ella retomó el equilibrio apenas. Miró abajo: sus sandalias se habían roto.

  Apretó los pu?os. Su visión se nubló, pero no era furia.

  Apretó con más fuerza sus manos, con respiraciones más profundas. El ambiente se tensó mientras hilos húmedos caían por sus mejillas, solo los sonidos de su respiración y de su nariz acompa?aron el silencio.

  La luz caía directo sobre su rostro. Las lágrimas destellaban como lluvia bajo el sol. Desde el cielo, la luz caía. Desde lo alto de la monta?a, donde se alzaba su residencia, Maribel estaba en casa.

  —?Qué tal te fue? —preguntó Aether, entrenando.

  Ella pasó de largo. Tomó unas piedras espirituales del estante. Se detuvo con las manos apoyadas en la cómoda, la mirada fija en el suelo.

  —Iré a comprar algo de comer.

  El ni?o asintió.

  —?Puedo ir?

  Maribel inclinó la cabeza, ocultando los ojos tras el cabello. El enojo quería aparecer, pero lo reprimió.

  Respondió con calma quebradiza.

  —No puedes. Si vas… podrías incomodar a otros.

  El ni?o desvió la mirada y salió.

  Maribel tomó las piedras y caminó afuera.

  Encontró al lobezno contemplando el horizonte.

  Un resplandor dorado cruzaba el cielo como una columna. Algunos discípulos miraban la luz con reverencia.

  —Aún no entiendo por qué todos desean tanto ascender —susurró—. Si el cielo es tan mágico, debe doler aún más que aquí.

  La respuesta llegó con voz humana:

  ?Porque el brillo promete poder. Y el poder… libertad.?

  Maribel guardó silencio.

  —?Y eso es verdad, sistema?

  ?No. Solo es lo que creen. Los humanos han buscado demostrarlo por siglos, pero desde mi punto de vista… siguen siendo esclavos.?

  —Entonces no soy una humana común —respondió, con un susurro burlón—. No quiero libertad para dominar a nadie. Solo quiero dormir sin gritos de sectas, sin duelos, sin decretos absurdos.

  El sistema calló, pero Maribel sintió algo distinto: una vibración leve, casi como una risa triste.

  ?Has estado pensando demasiado?, dijo.

  —Quizá.

  ?Podrías meditar. Tus canales energéticos aún son peque?os.?

  —A veces olvido que no eres humano. —suspiró—. Necesito comer antes de meditar.

  ?La humanidad es necesaria para comprender el cielo?, replicó el sistema.

  Hubo un silencio largo. Luego:

  ?Maribel.?

  —?Sí?

  ?Si algún día alcanzas la cúspide del cultivo… ?Qué harás??

  Ella lo meditó un instante.

  —No lo sé. Ni siquiera puedo imaginarme allí.

  Las nubes avanzaban con pereza. El viento jugaba con su cabello. Maribel sintió una calma tenue, un bálsamo entre tanta confusión.

  ?Soy una mala persona —murmuró—. Me estoy aprovechando del ni?o para llenar mi vacío. Incluso si busco su bienestar… sigue siendo por motivos egoístas.?

  ?El universo tiene sus leyes. La verdadera bondad o maldad solo pueden medirse desde el corazón. Y tú mides desde el sentimiento, así que partes mal desde el inicio. No puedes juzgar.?

  —No ayuda —dijo ella con cansancio—. No sé nada de reglas cósmicas. Si el universo decide que soy mala… aun así creeré que puedo ser buena.

  ?Las leyes de los grandes dioses fueron adaptadas para que los humanos vislumbren un reflejo. Ense?arlas directamente impediría el aprendizaje.?

  —?Y qué pasará cuando lo entienda? ?Me vuelvo uno con el universo?

  ?No. Lo que entiendes está demasiado lejos de la verdad. La iluminación real está más allá de tu comprensión actual.?

  Maribel guardó silencio.

  Aether apareció.

  —Maribel… ?Qué hay más allá de esas monta?as?

  —No lo sé —dijo—. Quizá ciudades. Quizá nada. Lo sabremos cuando vayamos.

  Las palabras quedaron suspendidas en el aire.

  ?Yo le pregunto al sistema, Aether me pregunta a mi. Pero yo y el ni?o hacemos la misma pregunta.?

  Maribel soltó una risa irónica.

  —?Por qué preguntas?

  —Me dio curiosidad —dijo el ni?o—. Nunca conocí nada más que la celda… mi mamá… mi papá… y el bosque donde me escondí tanto tiempo.

  Maribel abrió los ojos apenas.

  ??Cómo ve él este mundo? Yo solo veo muerte.?

  Miró la hierba. Podía sentir vida en cada hoja, cada insecto.

  ?Solo veo muerte —pensó—. Animales sacrificados, plantas cortadas, árboles destrozados… incluso los insectos se devoran entre sí.?

  Llevó las manos a su cabeza, masajeándose.

  ?Sistema, ?puedes filtrar lo que percibo??

  [Esa función está reservada para el reflejo de la anfitriona. Se recomienda a la anfitriona dominar mejor esa característica suya, para que el reflejo pueda tomar medidas]

  Suspiró impotente.

  ??Qué se supone que haga hasta entonces? sentiré la desaparición de cada conciencia que muere. No quiero eso.?

  La voz del sistema respondió con ese tono más humano.

  ?Cada cosa en este universo tiene su ciclo. —dijo con calma—. No puedes ocuparte de cada vida en cada nivel. Pero si puedes hacer las cosas bien en tu propio nivel, entonces hazlo.?

  Maribel miró al ni?o. Se levantó con un quejido. Sus piernas dolían.

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