Maribel siguió el curso del riachuelo.
El aire era fresco, y el sonido del agua deslizándose entre las piedras se mezclaba con el murmullo de las hojas, creando una quietud que invitaba a caminar sin prisa. Tras un tramo de sendero, distinguió una peque?a mesa improvisada junto a la ribera. Sobre ella había raíces secas, frascos con líquidos de colores y una tetera de la que ascendía un vapor cálido con olor a tierra dulce.
Un anciano de secta de cabello gris, barba corta y mirada apacible estaba sentado detrás, moliendo algo con un mortero. Vestía una túnica marrón raída, y su piel mostraba las arrugas de quien había pasado demasiado tiempo en vida.
—Buenos días, jovencita —dijo el anciano sin mirarla—. No todos los días se ve a alguien venir desde tan lejos. ?Buscas algo?
—Solo estaba caminando —respondió Maribel—. ?Usted vende hierbas?
—Más bien las comparto. Pocos aprecian las propiedades de una planta seca; todos buscan el resplandor, no la esencia.
Maribel se acercó, curiosa.
El anciano tomó una raíz retorcida y se la mostró.
—Esta es la raíz del alma marchita. La mayoría la tira, pero si se deja secar por completo y se mezcla con polvo de piedra espiritual, puede usarse para estabilizar el flujo de qi.
—?De verdad? —preguntó Maribel, tomando la raíz con cuidado.
—Claro. Aunque… no creo que la necesites.
Maribel lo miró, sorprendida.
—?Por qué dice eso?
El anciano sonrió.
—Porque tu energía está demasiado tranquila. Los que buscan estabilizar el qi lo hacen porque se desborda, pero tú… es como si lo contuvieras todo el tiempo, como un lago en calma.
El sistema permaneció en silencio, pero Maribel sintió su mirada atenta.
—Me recuerdas a un discípulo que conocí hace mucho —continuó el anciano, mientras vertía el líquido del mortero en una vasija de barro—. Tenía tu misma mirada. Cultivaba con serenidad, sin ambición, y por eso alcanzó una pureza que otros jamás tocaron.
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—?Y qué fue de él? —preguntó ella, curiosa.
—Murió en paz —respondió el hombre, sin tristeza—. Alcanzó su límite y lo aceptó.
El viento sopló, moviendo las hojas y levantando un poco de polvo.
—Tú no eres de aquí, ?verdad? —preguntó el anciano de pronto.
Maribel vaciló.
—… No exactamente.
—Lo imaginé. Este mundo no te reconoce como suya. No es malo; solo significa que vienes con tu propio destino.
Maribel se quedó en silencio unos segundos. Finalmente, el anciano le tendió una peque?a bolsita de tela.
—Llévatela. Son raíces del mediodía. No sirven para cultivar, pero al hervirlas desprenden un aroma que ahuyenta a las bestias espirituales menores.
—Gracias. ?Cómo se llama usted?
—Puedes llamarme “El Se?or Soberano De Las Hierbas Secas”. Así me conocen los que aún me recuerdan.
Ella asintió y se despidió con una leve reverencia. Al alejarse, el anciano murmuró en voz baja:
—Esta mujer tiene algo inquietante. Pero parece buena de corazón.
El sistema habló después de unos minutos de silencio:
??Por qué no le preguntaste más? Parecía saber mucho sobre el cultivo y estaba dispuesto a decirte los entresijos de ello en la vida humana.?
Maribel sonrió.
—Porque no me interesaba saber más, es solo una persona agradable.
El silencio de la ma?ana la envolvía. A veces, el viento traía consigo voces lejanas, risas o el eco de una espada chocando contra otra.
Apretó el peque?o colgante de piedras espirituales que Aether le había dado. Sentía una calidez tenue emanando de él, una sensación parecida a la de una caricia distante.
Más adelante, la ruta se abría hacia el camino principal. Desde allí podía ver los siete picos de la secta, cada uno envuelto por una ligera neblina que parecía flotar por voluntad propia.
Maribel se adelantó al día.
Una lanza de madera estaba en sus manos, mundana, frágil. No era su primera lanza, ya había remplazado su arma unas cuantas veces.
Miró con angustia la cuerda que se empezaba a deshilachar.
Suspiró.
Los sonidos de sus pies se escuchaban con dificultad. Ella no estaba en peligro, pero sentía desconfianza por el bosque.
El lugar era frondoso, imposible de recorrer solo caminando. Las hierbas crecían altas como colmillos. Los árboles delgados, pero altos. Las bestias invisibles, unificadas al entorno.
Pero Maribel tenía algo que nadie tenía: percibía cuando una conciencia existía. Lo que era mejor, hacía que estos perdieran interés en ella.
Un sonido familiar la detuvo en seco. Nunca lo escuchó en la vida real, pero ya sabía lo que era.
Los sonidos como un motor de motos, cortos, fuertes, felinos.
Maribel entrecerró los ojos. Observó desde lejos.
??Qué diablos? esa cosa no puede ser llamada tigre.?
Su cuerpo estaba cubierto por pelaje negro con manchas que brillaban como obsidiana pulida. En cada respiración, los rosetones se encendían con un resplandor ámbar, como brasas vivas. Sus ojos, de un dorado profundo, parecían tener su propia luz. El lomo era más largo que el de un jaguar común, y de sus omóplatos sobresalían filamentos de humo, como si cada movimiento desgajara pedazos de noche.
Su presencia no era la de un animal salvaje, sino la de un símbolo:una criatura venerada, un guardián nacido para ser temido y respetado.
Y caminaba directo hacia ella, acechando. Una expresión de terror se formó.
Estiró la mano, pero el animal solo se sacudió la influencia mental. Maribel apretó los dientes en una respiración pesada
??Una mierda! ?Yo me largo!?
Maribel avanzó hacia la espesura del bosque sin saber que algo, oculto entre las sombras, ya había fijado su mirada en ella

