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Espadas para los magos del rey.

  Tin, tin, tin.

  El golpeteo rítmico del metal resonaba dentro de la peque?a caba?a-herrería. El aire estaba cargado de calor y olor a madera quemada.

  El herrero —un enano de músculos marcados, torso desnudo y empapado en sudor hasta los pantalones— martillaba sin detenerse. A su alrededor, aserrín, moldes de madera y barras de metal se acumulaban como monta?as. Un enorme depósito de agua esperaba junto a la fragua, emanando un vapor tibio.

  Un muchacho de orejas puntiagudas corría de un lado a otro, cargando herramientas, reorganizando mesas, arreglando incluso los detalles más nimios. No podía estarse quieto.

  —Uf… uf… uf… Prepara el agua para el enfriamiento —gru?ó el enano sin dejar de golpear.

  —Las pinzas desaparecieron —informó el joven, jadeando.

  —No importa. Déjame eso a mí. Tú solo pon el agua a mi derecha.

  El chico obedeció. Cuando terminó, siguió corriendo sin tener ya nada que hacer.

  Tin, tin, tin.

  —Concéntrate —refunfu?ó el enano.

  ?Shhh!

  Sumergió la hoja al rojo vivo en el agua. Un chorro de vapor se alzó, revelando una espada de doble filo. Incluso observándola de cerca era imposible notar imperfecciones: el filo era uniforme y la imagen grabada en la hoja no tenía distorsiones. El arma salió prácticamente afilada de la fragua.

  —Hmph…

  —?Ocurre algo? —preguntó el joven, ladeando la cabeza.

  El enano negó. Caminó hasta la sección de ventas, dejó allí la espada con descuido.

  —No es nada.

  —Ah… ya veo...

  —No, me refiero a la espada. Eso no es nada.

  Una sombra de melancolía cruzó sus ojos. Se sentó en un tronco, a unos metros de la fragua, como si el calor le restara fuerzas.

  Pisadas.

  El muchacho se acercó con calma.

  —Quizás solo necesitas un descanso… o un poco de inspiración. ?Qué tal ir de aventuras?

  —Je… ?Inspiración? ?Aventuras? Sí, claro, chico. Como si eso… —se detuvo a mitad de frase—. ?Qué era la herrería…?

  Su rostro se contrajo al intentar recordar aquello que siempre había sido evidente.

  —La herrería no es… no es cosa de una simple aventura… —tomó un martillo y deslizó un dedo por el mango—. Quiero forjar un arma perfecta. Algo que sirva para todo. Pero ninguna mantiene un hechizo…

  —Bueno, mírale el lado bueno: se ven bonitas —intentó animarlo el joven.

  —?No deben verse bonitas, deben funcionar!

  El chico levantó las manos, asustado.

  ?Ha estado muy irritable desde que descubrió las formaciones… pero nadie ha logrado que funcionen.?

  —Suspiro… Perdón, me dejé llevar.

  —Lo entiendo —dijo el muchacho, cabizbajo.

  El enano frotó sus sienes con frustración.

  —Ya probamos metal mágico. Las piedras espirituales no pueden fundirse. Intentamos usar la energía de las piedras y el metal se rompió o se oxidó. Probamos pociones de recuperación de energía… Solo nos falta intentar energía líquida.

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  El joven abrió la boca con un destello de idea, pero la cerró de inmediato. Aun así, su expresión lo delató.

  —?Qué es? —preguntó el enano, sospechoso.

  —No… nada…

  —Dímelo ya.

  —Suspiro Está bien. Esto es tabú, pero… aún queda una opción.

  —?Oh? Ya me interesa. Habla.

  —Aún no intentamos usar… un hilo de qi refinado.

  Silencio.

  Ambos se quedaron mirándose fijamente.

  —Muchacho… —dijo el enano con voz grave.

  El joven se tensó; los finos vellos de sus orejas élficas se erizaron.

  —?Acaso quieres que me vuele los dedos?

  —?Eh? ?Te molesta eso y no lo otro?

  —?Claro que me molesta lo otro! Lo que acabas de decir es tabú de verdad. Si la secta se entera… podrían darte cien latigazos antes de dejarte pudrir en un pozo.

  El enano inhaló profundo.

  —Aunque… debo admitir que podría funcionar. Si alguna vez atrapan vivo a un cultivador demoníaco, podríamos intentarlo en secreto… y con aprobación discreta.

  Ambos contemplaron esa idea por varios minutos.

  toc toc.

  El joven fue a atender la puerta.

  En la recepción había una mujer de cabello negro, unos veintitrés a?os, piel vainilla —inusual en esa región— y expresión amable. A su lado, un ni?o lobo con orejas y cola negras, mechones blancos casi invisibles.

  —Disculpen… ?Siguen atendiendo? Si no, vuelvo más tarde.

  —Sí, díganos qué necesita. Vendemos armas o podemos fabricar una personalizada.

  La mujer se rascó la nariz, avergonzada.

  —Bueno… en realidad… no sé nada de armas. Nunca vi una espada en mi vida. A menos que las herramientas de jardinería cuenten como armas… —sonrió con torpeza—. Así que ya ve… ?Qué me recomienda?

  El joven la miró como si hubiera dicho una herejía.

  —Disculpe… ?dijo que nunca vio un arma?

  —No… solo las vi enfundadas. Pero no eran espadas, sino arcos.

  El elfo parpadeó.

  ?Los arcos no se enfundan… Solo las flechas.?

  —En fin, quizás quiera echar un vistazo.

  —Gracias —respondió ella.

  El enano salió del taller y el calor lo siguió como una ola.

  —Entonces… ?una novata? —gru?ó.

  —?Cómo lo supiste?

  —Solo una novata busca armas así.

  Maribel miraba las armas con desconcierto absoluto. No diferenciaba agarres, metales, grosores ni dise?os. Pasó frente a armas rompe-espadas, armas incapacitantes, látigos complicados, escudos de todas las formas…

  Y volvió igual de perdida.

  —No sé qué usar —declaró con total naturalidad—. ?Qué me recomiendan?

  —Casi todos empiezan con espada. Hay muchos maestros —respondió el joven.

  Maribel murmuró pensativa:

  —La fuerza viene de mí… así que entregar desde mí misma…

  El enano levantó la cabeza.

  —Pero yo no soy un arma —agregó ella.

  —Disculpa… ?Qué dijiste? —preguntó el enano, con una intuición súbita.

  Maribel pensó un momento.

  —?Ah! Eso. Que la fuerza viene de mí.

  El enano abrió los ojos, corrió a la fragua como si hubiera recordado un pecado grave.

  —?Cómo olvidé algo tan básico? —murmuró—. Esperen aquí. Podrás probar algo nuevo.

  —?Probar?

  —Sí —dijo el enano con seriedad—. Me acabas de dar una idea.

  El enano tomó una hoja, le hizo unos huecos y los rellenó con metal mágico. Ajustó la madera del agarre, a?adió zarcillos y envolvió todo con hilo.

  —?Oh? Una katana… —susurró Maribel.

  —?Perdón?

  —Nada, olvídelo.

  El elfo sonrió de lado.

  —Las espadas de un filo son populares entre mujeres. Si esto funciona, merecerá nombre propio.

  —?Qué le hiciste? —preguntó Maribel.

  El enano se infló para presumir.

  —Normalmente necesitas cierto nivel para imbuir poder en un arma. Pero si estoy en lo correcto… incluso los magos podrán reforzar esta. Ya no dependerán solo de la madera.

  —Entiendo —lo interrumpió Maribel—. El metal especial sirve como conductor para concentrar la energía en el filo. Es como… baterías. Mis manos serían una carga, el agarre otra.

  —No sé qué es una batería, pero lo de las polaridades… yin y yang… —los ojos del enano brillaron—. Eso abre posibilidades…

  Maribel tomó la katana. Emitió un hilo de qi. El arma vibró. Una ligera presión se formó, casi imperceptible. Solo el elfo la notó cuando la hoja se movió rápido, deformando la visión.

  —Igual que una calamina al sol… la imagen se distorsiona —murmuró—. Apostaría a que ahora está más filosa.

  Scrutch.

  Enfundó la hoja.

  ?Un bisturí así sería increíble… incluso se esteriliza solo.?

  Mientras los adultos hablaban, el ni?o lobo trataba de tocar el arma.

  —Demasiado peligroso —lo detuvo Maribel—. Podrías cortarte.

  —Hmph…

  El peque?o hizo puchero.

  Ella suspiró, tomó un par de guantes de la estantería.

  —Te compraré estos.

  El lobezno se calmó de inmediato.

  ?Bien hecho, yo. Son técnicamente un arma… pero no peligrosa.?

  Aether murmuró:

  —Si refino unos hilos de qi en estos… servirán.

  El enano y el elfo se quedaron congelados.

  Maribel se rascó la cabeza.

  —Aether… ?vas a cultivar un guante?

  —No. Yo me cultivo. El guante solo me acompa?a. Eso dice papá. ?No te dijo lo mismo?

  —Algo parecido… —Maribel examinó su espada—. Tendré que abrir unos canales aquí. Ya tiene algunos… solo falta conectarlos.

  La mujer acercó la hoja a su rostro, gui?ando un ojo.

  El enano los observó con creciente sospecha.

  ?Son listos… pero aunque la idea la dio ella, no pienso darle una sola moneda.?

  Sonrió.

  ?Es más, permitiré que me den más. Qué bueno que compró los guantes.?

  Miró su diario, donde había escrito con furia días antes:

  ?Si los herreros de generaciones pasadas no hubieran escondido el secreto de las espadas mágicas, mi generación no estaría sufriendo para recrearlo. Es culpa de mis ancestros.?

  Y más abajo, otro pensamiento:

  ?Bueno… tal vez debo agradecerles. Si no hubieran ocultado la técnica, el rey no habría ofendido a los herreros enanos de la corte… y nunca habría venido a pedir ayuda a la secta. Así obtuve trabajo.?

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