El guardia pasó de largo, sus ojos recorriendo las celdas con desinterés. Murmuró algo para sí antes de girar sobre sus talones y marcharse por donde había venido. Jana dejó escapar un suspiro silencioso de alivio, esperando unos instantes para asegurarse de que se había ido de verdad. Luego inspeccionó el pasillo, confirmando que no había más guardias a la vista.
—Vamos —susurró a Elowen, ayudándola a incorporarse. A pesar de su estado, avanzaron tan rápido como pudieron por los pasadizos secretos que Jana había memorizado.
El corazón de Jana latía con fuerza en el pecho mientras atravesaban los laberínticos corredores. Cada paso las acercaba más a sus aposentos, pero el temor de ser descubiertas pendía sobre ellas. Sabía que llevar a Elowen allí era un movimiento imprudente, pero las estancias de la princesa rara vez recibían visitas. Jana confiaba en que la suerte estuviera de su lado.
Finalmente llegaron a sus aposentos, y Jana ocultó a Elowen en un hueco disimulado tras un tapiz. Cuando llegaba comida o visitantes, Jana se aseguraba de que Elowen permaneciera bien escondida, su presencia completamente inadvertida.
Pasaron los días mientras Elowen recuperaba poco a poco sus fuerzas. El trato cruel que había soportado la había dejado débil y frágil, pero su espíritu seguía intacto. Cuando por fin pudo hablar, relató su calvario.
—Estaba en una misión en 2025 —comenzó Elowen, con voz ronca—. Infiltrándome en un laboratorio que desarrollaba un virus destinado a diezmar a gran parte de la población. De repente, todos los brazaletes de mis compa?eros se activaron, y el escenario a nuestro alrededor cambió. Nos encontramos aquí. ?Qué mierdas esta pasando Jana?
—?Recuerdas la alerta de intrusos de hace un par de a?os en la oficina? —preguntó Jana con voz grave.
—Estaba en una misión, pero sí... recuerdo que nos dijeron que todo se puso bajo control rápido —respondió Elowen, intrigada.
—Bueno, pues no fue tan simple. Era un complot de mi querido… —Jana se quedó en silencio. Le costaba pronunciar esas palabras, porque si admitía que su hermano era quien los había puesto en esa situación, no habría vuelta atrás.
Elowen, al ver que Jana no continuaba, no insistió, pero acabó preguntando con cautela:
—?Y qué tiene que ver esa intrusión con esto?
—La intrusión era solo una cortina de humo, una distracción mientras alguien entraba a robar el orbe —explicó Jana, conteniendo la rabia—. Intenté detenerlo, pero en el forcejeo el orbe se activó… y nos trajo aquí.
Guardó silencio un instante, midiendo sus pensamientos.
—No sé si todos los viajeros del tiempo han acabado en esta misma época… o si se han dispersado por distintas líneas temporales. Pero mi hipótesis, por ahora, es que todos fuimos arrastrados junto al orbe.
Elowen también compartió su historia —Por suerte, encontramos a otros guardianes del tiempo aquí. Conseguimos establecer una base, pero no duró mucho. Fuimos descubiertos por esta gente analfabeta —dijo con odio—. Cada uno intentó escapar, confiando en que el destino le favoreciera. Yo corrí sin parar hasta que me atrapó un traficante de esclavos. Me vendió de un lugar a otro. Apenas recuerdo cómo terminé en este reino.
Jana escuchaba con atención, su determinación endureciéndose con cada palabra. La súplica de Elowen para que encontrara a sus amigos era innecesaria; Jana ya estaba decidida a hacerlo. Era su deber reunir a los guardianes y recuperar el orbe.
Una ma?ana, el consejero convocó a Jana con noticias. —Princesa, la fecha de vuestra boda ha sido fijada. Vuestro padre insiste en que sea dentro de la semana. Deberíais agradecerme; si por él fuera, ya estaríais en el lecho con vuestro esposo.
Jana regresó a sus aposentos, indicando a Elowen que debían ponerse en marcha. Habían planeado sembrar discordia entre los dos reinos y entre los plebeyos. Elowen se infiltraría como doncella, difundiendo rumores de aumentos de impuestos, saqueos y escasez de alimentos. Jana haría lo mismo fuera de los muros del palacio.
Los rumores se propagaron rápidamente, avivando la ya tensa atmósfera. La mano dura del rey solo agravó la situación, provocando más violencia y disturbios. Las guillotinas trabajaban sin descanso y el caos reinaba.
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Con el reino desestabilizado desde dentro, Jana sabía que el siguiente paso era incitar un ataque de Valtoria. Era un plan complejo, pero la única vía para escapar de su inminente boda y moverse libremente por el reino valtoriano.
Sus actos traicioneros pasaron inadvertidos para su reino, pero el enemigo no tardó en percibir el repentino descontento entre la población y lo rastreó hasta la princesa. Contactaron con ella a través de un aliado dentro del palacio.
Jana fue convocada a un lugar de reunión secreto, sin saber a quién encontraría. Cuando llegó, casi le da un ataque de risa.
Jana esbozó una sonrisa ladeada. —No esperaba veros —dijo con tono burlón—, pero no puedo decir que me sorprenda; siempre me habéis dado el aire de serpiente traicionera, aunque nunca pude poner el dedo sobre ello, y mi intuición rara vez erra.
El rostro del contacto palideció, su habitual aire altivo tambaleándose. —No deberíais estar aquí.
Jana dio un paso al frente, con voz fría. —Podría deciros lo mismo. ?Cómo creéis que reaccionaría mi padre si supiera de vuestros tratos con los valtorienses?
La sonrisa del hombre se desvaneció, sustituida por una mirada amenazante. —No olvidéis que me escucha. Conozco cada rincón y secreto de este palacio. No sería difícil volverlo contra vos.
Jana mantuvo la compostura, sin apartar la mirada. —Calmaos —dijo con una sonrisa calculadora—. Ambos tenemos algo que ganar aquí. Necesitáis un rostro real para unir a la nobleza contra mi padre y convertir Drakoria en estado vasallo de Valtoria. Y yo necesito poner fin a esta guerra y librarme de mi boda ?Cierto consejero?
El consejero vaciló, luego asintió lentamente. —Sea, Alteza.
El consejero no perdió el tiempo y organizó reuniones recurrentes con la nobleza, presentando a Moriana como pieza clave del futuro del reino. Algunos nobles no veían con buenos ojos apoyarla, su escepticismo apenas disimulado bajo una cortesía forzada. Cuestionaban la legitimidad y capacidad de la joven princesa, tan ignorada y relegada durante a?os.
Otros, en cambio, vieron una oportunidad. Empezaron a maquinar, conscientes de que la caída del rey podía darles ocasión de tomar el poder o ganar favores en el nuevo régimen. Entre ellos, algunos pensaban ya en que la sustitución del monarca no sería el fin de los problemas, pues aunque no apoyaran a Moriana tenían a sus favoritos entre los demás príncipes y princesas. De momento, Moriana era la mejor baza para mantenerlos unidos; pero todos sabían que aquellos nobles, ratas traicioneras, una vez derrocado el rey, alzarían peque?as guerras internas para imponer a su sucesor predilecto. El consejero jugaba su papel con maestría, navegando las traicioneras aguas de la política cortesana con una habilidad que incluso Jana debía reconocer.
En una de las reuniones, fue Jana quien lanzó la propuesta que dejaría a todos boquiabiertos: enviar un mensaje a Valtoria anunciando que estaban dispuestos a rendirse y juzgar al propio monarca. Una acción jamás vista en la historia.
—?Cómo podría vuestra alteza entregar a su padre? —preguntó el consejero, incapaz de ocultar el temblor en su voz—. No la tenía por tan fría.
Jana lo miró con una sonrisa política, perfectamente ensayada, esbozada en su rostro.
—Me parte el alma —dijo con una actuación infalible—. Estoy en una situación imposible, entre mi padre y mi pueblo. ?Cómo podría elegir? Pero gracias a la elevada educación del rey en mi temprana edad, antes de la enfermedad que ahora consume su mente, aprendí que uno debe sacrificarse por su pueblo. Espero que mis acciones lo honren.
El silencio se apoderó de la sala. El consejero, al igual que el resto de los presentes, se quedó perplejo. Ellos, mejor que nadie, sabían lo poco que se podía creer en la palabra de nobles y monarcas, siempre hambrientos de poder. Y sin embargo, aquella actuación dividió a la sala entre incrédulos asombrados y fieles convencidos.
El consejero reaccionó rápido, recogiendo cuerda y poniéndose, al menos esta vez, del lado de la princesa.
—Me parte el alma, alteza, que hayáis debido pasar por tan amargo trance y que se haya puesto en duda vuestra virtud. Proceded con vuestra idea, por muy a nuestro pesar.
Mientras tanto, mensajes entre Valtoria y Drakoria cruzaban los cielos sin descanso, llevados por halcones y mensajeros que apenas rozaban tierra antes de emprender de nuevo el vuelo. El rey, ajeno a todo, permanecía en su trono sin saber que los hilos de su destino se tejían a sus espaldas, pues ya eran pocos los que en su corte aún lo respaldaban. Finalmente, tras interminables idas y venidas, se decidió la fecha del juicio.
El proceso avanzó con rapidez y sin obstáculos. El rey —o su supuesto padre— fue juzgado con dureza por sus crímenes contra el pueblo. Sus métodos brutales, impuestos opresivos y tiranía implacable habían acabado por alcanzarlo. Los nobles estaban ansiosos por librarse de un gobernante, ya fuera por la miseria que había traído a su reino o por las ventajas y ascensos de títulos que podrían obtener con el nuevo monarca —o incluso con Valtoria misma—, pues ya se había acordado que Drakoria sería un reinado dentro del vasto imperio valtoriano, aunque en apariencia todo se mantendría igual.
Mientras el juicio se desarrollaba, Jana observaba con una mezcla de satisfacción y ansiedad. Era el momento por el que había trabajado, la culminación de su meticulosa trama. Sin embargo, el peso de la situación se hacía sentir.
Jana encontró calma en la bulliciosa sala del tribunal dentro del palacio. Se alegraba de que, por un momento, todo lo que tuviera que hacer fuera sentarse y observar. De pronto, gritos resonaron desde el exterior y voces fuertes se acercaron, haciendo que las grandes puertas del juzgado se abrieran de par en par.

