El caos estalló cuando los soldados valtorianos irrumpieron en la sala, masacrando a todo aquel que encontraban a su paso.
Jana no entendía nada; ya habían firmado el tratado. Entonces, un hombre apuesto, con los ojos vacíos como si hubiera perdido el alma, avanzó hasta el centro de la sala.
—Este país traicionero aprovechó la retirada de nuestras tropas para asesinar a mi querida hermana —gritó, rompiendo en lágrimas—. La princesa Joana… —su expresión cambió de golpe— y ahora todos moriréis.
El rey, sumido en un estado de psicosis total, entre risas soltó:
—?Perros traicioneros! Moriremos todos aquí… En el tiempo en que me teníais abandonado os he preparado una peque?a sorpresa.
Antes de que pudiera terminar, el príncipe lo silenció de un solo tajo, su espada cercenó la cabeza del rey con un movimiento brutal y certero.
El pánico se desató. La gente corría por todas partes y la cabeza del rey fue la primera en rodar. Jana, con su pesado vestido, intentó llegar a sus aposentos y escapar con Elowen. En su huida, un soldado valtoriano estuvo a punto de matar a un hombre débil. Viendo en ello una oportunidad de redención por lo que le había hecho a la princesa Moriana, Jana lo salvó.
El hombre, agradecido y tembloroso, comenzó a seguirlas. Todo ocurría de noche, lo que a?adía aún más confusión al caos. Una vez fuera del palacio, Jana lo detuvo, girándose hacia él.
—No podéis venir con nosotras —dijo con firmeza.
El hombre negó con la cabeza, suplicante.
—Tengo una casa en lo profundo del bosque, cerca de la frontera. La abandoné por la guerra. Estoy seguro de que vosotras no tenéis dónde ocultaros.
Jana vaciló, recelosa.
—?Por qué habría de confiar en vos?
—Me habéis salvado la vida, debo pagar esa deuda —replicó con sinceridad—. Por favor, dejadme ayudaros.
Jana asintió a rega?adientes.
—Está bien.
Suspiró, preguntándose si había salvado su vida solo para terminar quitándosela con sus propias manos, o si aquel hombre se convertiría en un aliado en aquella situación indeseada.
Avanzaron con rapidez, los sonidos de la batalla y los gritos de los moribundos se fueron apagando mientras se internaban por las calles oscuras hacia el bosque. El conocimiento del terreno que tenía el hombre fue invaluable, guiándolos por senderos ocultos y maleza densa.
Tras horas de marcha, llegaron a una peque?a caba?a apartada. Era modesta pero resistente, oculta en lo profundo del bosque. Jana ayudó a Elowen a entrar y la recostó en un lecho improvisado. El hombre, que se presentó como Corin, enseguida se puso a reunir provisiones y preparar una comida.
El bosque era tranquilo, pero la amenaza de ser descubiertos pendía constantemente sobre ellos. Jana y Elowen empezaron a sanar, tanto física como espiritualmente, hallando consuelo en aquel refugio silencioso.
Stolen story; please report.
Pasaron los días, y Corin demostró ser digno de confianza. Aunque no podían trazar sus planes en libertad, poco a poco se fue creando un lazo entre los tres. Jana y Elowen le revelaron su misión; al principio, Corin se mostró incrédulo, hasta que le mostraron una de las pocas funciones que aún quedaban activas en sus brazaletes: un resplandor etéreo y suave que iluminó la estancia, disipando toda duda.
La vida en el bosque tomó una rutina. Los días se hicieron meses, y la relación entre Elowen y Corin se fue profundizando. Encontraban consuelo en la compa?ía mutua, su vínculo creciendo con cada experiencia compartida. Le ense?aron a leer y escribir, y de vez en cuando alguno salía a buscar víveres o noticias.
Un día, mientras Jana y Elowen estaban ocupadas en tareas domésticas, Corin irrumpió en la caba?a, el rostro pálido de urgencia.
— Se murmura en las calles que entre los cuerpos de la familia real falta uno —jadeó—. El de la princesa. Los valtorianos han intentado ocultarlo, pero el rumor ya corre. Ahora los plebeyos reclaman su regreso al trono, convencidos de que ella fue quien los liberó de la tiranía de su padre.
La noticia desgarró la calma que habían construido; fue como el ta?ido de una campana despertándolos de su fantasía de casita de juegos. En aquel refugio secreto, Elowen hacía de madre, Corin de padre y Jana de huérfana peligrosa que amenazaba con derrumbar aquel frágil santuario.
Las revueltas estallaban por toda Drakoria, el pueblo reclamaba a su legítima soberana. Los valtorianos, menos crueles que los drakorianos, comprendían que necesitaban encontrar a la princesa para sofocar el descontento. Una facción afín al antiguo régimen buscaba sellar un matrimonio entre ambos reinos, mientras que los valtorianos, confiados en su victoria, no querían saber nada de ella.
Los registros se hicieron más frecuentes, cada vez más cercanos al escondite. Jana decidió que había llegado la hora de marcharse, dejando atrás a Elowen y Corin para no ponerlos en mayor peligro. De pie junto a la ventana, observó el bosque que rodeaba su refugio, sintiendo cómo la vida tranquila que habían tejido se desmoronaba a su alrededor.
—Me voy —dijo al fin, con tristeza en la voz. Expuso su plan, aunque con escasos detalles, protegiéndose a sí misma y a ellos. Sabía demasiado bien que, en tiempos desesperados, incluso las bocas más cerradas podían abrirse.
Elowen se adelantó, posando una mano en su brazo.
—No puedes hacerlo sola. Déjanos ir contigo.
Jana respiró hondo, la voz te?ida de emoción.
—No puedo arriesgar vuestras vidas por más tiempo.
—Por favor, Jana —rogó Elowen, con lágrimas en los ojos—, tiene que haber otra salida.
—Lo he pensado mucho —respondió Jana con pesar—. Esta es la mejor oportunidad que tenemos. Encontraré la forma de comunicarme con vosotros, pero ya no puedo quedarme.
Corin pasó una mano por su cabello, abatido.
—Sabemos que tenéis razón, pero eso no lo hace más fácil. Prometednos al menos que procuraréis manteneros a salvo.
—Lo prometo —dijo Jana con firmeza—. Y os aseguro que hallaré la forma de enviaros una se?al. Seguiremos juntos, aunque estemos separados.
Aquellas palabras sonaban extra?as en su boca; siempre se la había conocido por su carácter gélido y acerado, y ahora se mostraba vulnerable. Esperaba que esa nueva faceta no la pusiera en peligro en las misiones venideras.
—Nosotros seguiremos buscando a los guardianes del tiempo y continuaremos la misión —a?adió Corin con determinación—. Y aguardaremos vuestra se?al.
Un silencio espeso los envolvió mientras se abrazaban por última vez. Luego, Elowen y Corin se apartaron, con los ojos llenos de esperanza y pesar. Vieron a Jana recoger sus escasas pertenencias, cada objeto guardado con la precisión de quien sabe que la preparación es clave.
Al llegar al límite del bosque, la silueta de una imponente fortaleza apareció entre las sombras. La duda la carcomía mientras se acercaba: un lugar arriesgado, escondido a plena vista. Las torres se alzaban hacia el cielo, las banderas ondeaban al viento con sus colores vivos sobre el fondo grisáceo. Bajo la luz del día, los muros oscuros parecían manos alargadas intentando atraparla.
Había regresado a casa.

