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El tiroteo de San Domingo (Parte 11)

  Rex se subió el pa?uelo del cuello para taparse la nariz y la boca e inhalar menos humo, se abalanzó sobre el hombre y le rodeó el cuello por detrás, jalándolo consigo hacia el exterior y usándolo de escudo humano. Un par de balas vinieron desde las escaleras y le dieron al rehén de Rex, quien vio el destello de sus agresores y supo dónde estaban, atestándoles un tiro a cada uno. El hombre bajo su agarre gru?ó de dolor y se tambaleó un poco, pero no murió de inmediato, lo que le permitió a Rex dar unos pasos más con él y recibir cuatro disparos más sin ser herido. Ya no tenía una buena línea de visión y el humo se estaba volviendo espeso.

  —Salgan por la ventana —bramó a sus dos compa?eros en el cuarto de huéspedes.

  Ya se escuchaba el crujir de las llamas en el piso inferior y no tardarían en propagarse al segundo. Rex sintió que su rehén por fin expiraba y se puso de cuclillas para no soportar tanto peso; desde esa altura vio a los dos últimos hombres que seguían apuntando desde las escaleras. Justo antes de que les disparara, James se asomó para soltar una ráfaga de balas que obligó a Rex a soltar su escudo humano y rodar hacia atrás. Tosió un poco y supo que lo mejor sería no volver a asomarse sin cobertura, por lo que se arrastró de vuelta al cuarto de huéspedes, donde Víctor ya había saltado por la ventana, pero Verónica seguía asomándose hacia el suelo.

  —?Tienes miedo?

  —No —se quejó ella rápido—. Pero ?qué tal que Víctor no me atrapa?

  —No tenemos tiempo.

  Rex empujó a su compa?era con suficiente fuerza para defenestrarla. Verónica ahogó un peque?o grito y cayó encima de Víctor, quien más que atraparla amortiguó su caída con un bufido. Rex aterrizó junto a ellos y rodó, inmediatamente poniéndose sobre una rodilla para apuntar detrás suyo hacia la esquina de la casa, donde podrían asomarse James y sus hombres restantes cuando salieran.

  Víctor soltó un gru?ido mientras se levantaba y ayudaba a Verónica. Desenfundó su pistola de nuevo.

  —Hay que salir de la calle —le dijo a Rex, manteniendo cerca a su compa?era.

  Rex asintió, retrocediendo sin dejar de mirar la casa de Miroslava que ya estaba ardiendo con mayor intensidad. Los tres se alejaron a paso veloz hasta llegar al otro lado de la calle. James y sus hombres por fin se asomaron detrás de la columna de humo apuntando y disparando. Los silbidos de las balas obligaron a Víctor a agacharse mientras asía a Verónica del brazo, y pronto los tres entraron al peque?o callejón entre la taberna y la oficina postal.

  —?Ridge! —gritó James desde la calle, dirigiéndose a su compa?ero oculto—. ?Deja de jalártela y sal! ?Tenemos trabajo!

  —Maldición —musitó Víctor—. Casi me había olvidado de Blackwater.

  —?Cómo supo James que estabas aquí? —le preguntó Verónica a Rex, aprovechando el respiro de las balas y el incendio. Pero Rex le indicó que guardara silencio, a lo que Verónica se ofendió.

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  —?No me hagas…!

  Víctor le puso una mano en la boca. Ambos tenían la misma sospecha. Se aproximaba el galope de cinco caballos. Eran los cazarrecompensas. Se detuvieron ante a la casa en llamas y llamaron al Monstruo por nombre.

  —?Ben James! —sonó la voz del anciano—. Estás bajo arresto.

  De la pistola de uno de los hombres de James salió una bala que rozó por el hombro a Cruz. Gru?ó sin quedar muy herido. Pero rápidamente los otros cuatro apuntaron sus pistolas, dejando indefenso a James.

  Cuando Cruz terminó de recuperarse del rasgu?o, también apuntó.

  Ben James desconocía quiénes eran estos cinco, sin embargo, sabía cuándo desistir en situaciones que no le favorecían. Eventualmente se recuperaría, pensó, después de deshacerse de estos estorbos.

  Levantó ambas manos e indicó a sus dos hombres que hicieran lo mismo. Rex, Víctor y Verónica miraban desde el callejón. No tenían que seguir presionando sus espaldas contra la pared, pues ya no había balas volando de las que protegerse.

  El anciano siguió hablando.

  —Vaya, vaya. Ben “El Monstruo” James. Me pregunto cuánto nos darán por tu cabeza en la gran ciudad.

  —Si tus hombres valen tres mil en promedio —analizó Blanco con su usual soberbia—, y cuentas con aproximadamente cien bajo tu comando. Trescientos mil debe ser el mínimo.

  El anciano indicó con un cabeceo a Pepe y a Cruz que mataran a los dos secuaces que quedaban de James. Más con sorpresa que con miedo, James miró esto suceder. Luego se distrajo, pues Rex y sus acompa?antes salieron de su escondite.

  —Oh, es verdad —dijo el anciano—. Ese de ahí es Rex Ford, ?cierto? Ustedes tienen una especie de ri?a. Drake Manitoc nos contó todo.

  Esta fue la primera vez, en mucho tiempo, que Rex veía a Ben James a los ojos. éste último parecía llenarse de excitación, como si disfrutara la tortura que su mera presencia ocasionaba. Sabía que sólo con mirar a Rex era suficiente para hacerlo sufrir. Por otro lado, Rex deseaba matarlo, pero le estorbaba un grupo de incompetentes montados en caballos y un anciano que no paraba de monologar.

  —No te preocupes —aseguró el viejo, dirigiéndose hacia James todavía—. Rex no viene con nosotros.

  —Es un terrible cazarrecompensas —a?adió Blanco.

  —Si me arrestan —habló finalmente James, con tranquilidad en la voz—, él no me va a poder matar. —Y sonrió, se?alando a Rex—. Y entonces él va a tener una nueva ri?a con ustedes.

  —?Conque sí?

  El anciano se volteó, caballo y todo. Los otros cuatro siguieron apuntándole a James.

  —?Quieres tirar a la basura trescientas mil monedas, hijo?

  —No saben con quién se están metiendo —interrumpió Víctor.

  Raúl, el charlatán, echó una carcajada.

  —Me parece que sí lo sabemos.

  Ya para ese momento, cualquier casa vecina, a natural falta de prudencia, empezaba a abrir sus cortinas para asomarse por la ventana. Los más discretos eran revelados por la luz de la luna, aunque otros menos cautelosos encendían su propia luz.

  “Papá” sacudió la hija del sheriff a un hombre que dormía.

  —?Papá, despierta!

  El sheriff se incorporó, atolondrado, pero reconociendo la voz de su hija.

  —Hay disparos en el pueblo.

  Se frotó los ojos. Estiró su cuello. “Pásame mis…” pero la mujer ya lo tenía todo a la mano.

  —Corazón, existe un momento en la vida de un sheriff donde éste tiene que despabilarse o si no estira la pata. Necesito que me bofetees.

  —?Qué?

  —Acabo de despertar. Vamos.

  La hija no titubeó.

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