El sheriff salió de la comisaría en la entrada del pueblo y miró con horror la columna de humo de lo que había sido la casa de Miroslava. Lo peor era que aquellas llamas amenazaban con saltar al resto de los edificios si el viento arreciaba. Aunque también le preocupó mucho ver las nueve siluetas en medio de la calle apuntándose con pistolas. Cinco jinetes, tres figuras juntas y un hombre en medio de todos.
—?Quédate adentro! —le ordenó a su hija. Se ajustó el cinturón y dio pasos confiados hacia el centro del pueblo, desenfundando de una vez—. ?Qué demonios está sucediendo?
Aquel segundo en el que los cinco cazarrecompensas voltearon a ver al sheriff fue suficiente. De la taberna salió una lluvia de balas. Rex y Víctor arrastraron a Verónica de vuelta a la cobertura del callejón, y James se lanzó hacia las puertas batientes, protegido por los disparos.
El caos fue inmediato y rompió las filas de los jinetes. Una bala golpeó a uno de los caballos, que se agitó y tiró a Blanco antes de echar una coz hacia el caballo del anciano, quien no pudo mantener el control de su montura y se azotó contra Cruz y Raúl. El sheriff, que no tenía dónde cubrirse, corrió hacia el lado opuesto de la calle y trató de ocultarse tras el barandal de la peletería.
Cuando los disparos cesaron, tres de los caballos habían huido, dejando a Raúl y Cruz de pie junto a Blanco, que estaba de nalgas y sobándose por haber caído mal; el anciano estaba terminando de calmar a su montura, pero Pepe yacía en el suelo con tres heridas de bala en el torso.
—?Quítense de ahí! ?Están recargando! —gritó Rex desde el callejón.
Un coro de disparos volvió a escucharse. Raúl y Cruz echaron a correr, pero el anciano, quien había estado observando el cuerpo de Pepe, no se espabiló a tiempo y cayó junto al joven con un grito ahogado y varias balas en la espalda. Blanco se arrastró hacia atrás, pero ya en el suelo fue más fácil acertarle en las piernas y colapsó, quejándose.
James salió de la taberna con pistola en mano, acompa?ado por Ridge Blackwater y cuatro hombres más, entre los que estaba Jerry Chu. Se veía más enojado que confiado, y miró a Blanco, quien seguía tratando de moverse.
En silencio y sin titubear, James caminó hasta Blanco y le asestó una patada en el torso. Se escuchó el tronido de sus costillas.
—?Quieres saber cuánto valemos yo y mis hombres todavía? —gru?ó, pateándolo de nuevo—. ?Menos ahora que me los mataron! ?Cazarrecompensas de mierda! —Otra patada—. No eres tan valiente sin tu quintilla, ?eh?
Los hombres de James se mantuvieron cerca de él, apuntando a los alrededores en caso de que el sheriff o cualquiera de los otros se asomara.
—?Tenían que meter sus malditas narices donde no les corresponde! —bramó James de nuevo, pateando a Blanco en el rostro y rompiéndole la nariz. La tierra empezó a salpicarse de rojo—. Rumbo Largo y sus pueblitos de mierda son míos, y ni tú ni tus amigos ni el puto fantasma de Rex Ford me pueden detener, ?oíste?
Blanco apenas pudo balbucear algo que sonaba como un “sí”, pero James lo volvió a patear.
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—Ben James —gritó el sheriff desde su poca cobertura—. ?Desiste ahora! ?Estás bajo arresto!
En un parpadeo, James apuntó y disparó a una varilla del barandal tras el cual se ocultaba el sheriff, haciendo volar astillas. Desde el callejón salieron Rex y Víctor, y calle abajo se asomaron Cruz y Raúl también. Estos últimos vieron a Rex y Víctor ser capturados por los hombres de James, quienes los esperaban afuera del callejón con todas las ventajas posibles.
La calle, hasta su final más extremo y oscuro, en el que se encontraban Cruz y Raúl, estaba repleta de caballos desorientados.
El más cobarde de los cazarrecompensas se empe?ó en tranquilizar a uno para intentar montarlo y largarse del lugar.
—Podemos regresar —dijo Cruz.
—?No! No podemos hacer nada. Este plan fue un desperdicio.
—Pero mataron a nuestros hombres.
—Pues yo no voy a morir en manos de ese patán.
Cruz golpeó a Raúl en la cara. Los dos estaban cansados y aturdidos, por lo que Raúl no tuvo balance y fue sencillo tumbarlo a la tierra. Cruz se colocó encima de él con la pistola apuntándole al cuello.
—?Estábamos bien! —gru?ó entre dientes—. ?íbamos sólo a capturar a Chu, Manitoc y Ridge! Pero tu codicia nos llevó a ir por más. Este plan, que dices que fue un “desperdicio”, fue tu plan. Y ahora están muertos por tu culpa. ?Cobarde!
Raúl se tomó un momento para recuperar el aliento, pero habló. Su voz ahora venía acompa?ada de una serenidad extranjera. Parecía que sus ademanes, a los que Cruz estaba acostumbrado, habían desaparecido.
—Tú eres igual de codicioso que yo. Te escondes detrás de tus trajes y tus modales. Dejas que el anciano haga tu trabajo sucio. ?Pero crees que no reconozco a otra rata cuando la veo enfrente?
Cruz se quedó sin palabras.
—?Yo soy el cobarde? Por favor. Tienes una conciencia igual de sucia que la mía.
Alejó la pistola de su cuello, logró montar uno de los animales y cabalgar hacia la oscuridad. “Harás lo mismo si eres sabio” fue lo último que le dijo a Cruz. éste miró la conmoción a la distancia, iluminada por un fuerte destello naranja causado por el incendio.
James terminaba de torturar al cadáver de Blanco. Se preguntaba si estaba satisfecho. Decidió que no. Se hincó sobre el cadáver y le soltó seis plomazos directos a la cara, hasta que la cabeza de Blanco quedó hecha puré. La sangre terminó de salpicar a James sin que éste se inmutara.
Rex, Víctor y Verónica quedaron obligados a estar de rodillas por Ridge Blackwater, Jerry Chu y otros dos hombres. El que sobraba ayudaba a mantener a Rex en línea, pues era el más difícil de aplacar. Sin embargo, si Víctor o la se?orita Lombarde intentaban algo, se liberaba de Rex por un instante y les daba un golpe en el estómago.
Contemplaron a James beber un sorbo de su cantimplora, enjuagándose el sabor de vísceras que le había quedado. “Nunca me voy a acostumbrar” dijo con una sonrisa y se limpió la cara con un pa?uelo.
—Terminemos con esto rápido, porque tengo un sheriff del cuál deshacerme.
James cabeceó al hombre que ayudaba con Rex para indicarle que abandonara su posición y se fuera en busca del sheriff.
—Mujer —dijo James—, tú estás de suerte. Mi empleador te quiere con vida.
Se giró hacia Víctor.
—Sin embargo, tú. No me sirves de nada.
—?Déjalo en paz! —gritó Rex.
Pero James ignoró esto. Ordenó a Ridge Blackwater, quien era el que estaba sometiendo a Víctor, que le disparara a su prisionero. Blackwater hizo caso hasta que, antes de apretar el gatillo, de la taberna salió su enamorada.
—?Ridge, no!

