Las calles estaban vacías.
Rex entreabrió la puerta para asomarse. Podía oír los pasos de los hombres de James apresurándose hacia arriba y las sombras en las escaleras se alargaban cada segundo. Miró a Víctor y con un simple cabeceo le indicó que se colocara en la puerta; él corrió hacia el cuarto de Miroslava, unos pasos antes del de huéspedes y del lado contrario de la pared. Un pasillo estrecho era lo único que tenían a su favor, y solo funcionaría con dos o tres de los enemigos antes de que estos se dieran cuenta de su desventaja.
Dos de los hombres de James aparecieron por las escaleras, y tan rápido como pusieron pie en el segundo piso, una bala le dio a cada uno en el pecho. Las armas de Víctor y Rex habían disparado casi al unísono. Los cuerpos cayeron por los escalones y un tercer forajido alcanzó a asomarse para recibir un disparo en la frente y desplomarse por igual.
—?Pendejos! —gritó James desde el piso de abajo—. Es un cuello de botella. No suban más.
Los pasos se detuvieron. Víctor miró a Rex desde lados opuestos del pasillo, preguntando en silencio qué harían ahora.
Rex pensó y miró hacia el interior de la habitación donde se encontraba. Necesitaban algo más para distraer a los bandidos de abajo. Con suerte, la joven del establo ya habría huido con Raya y James no tendría más rehenes, pero aun así estaban atrapados en el segundo piso. Sus ojos se tardaron solo un segundo en recorrer la habitación: cama, armario, tocador, buró. Sábanas, ropa, papeles, maquillaje.
“?Perfumes!” Pensó Rex, corriendo hacia el tocador y rebuscando en los cajones. No encontró lo que buscaba y fue hacia el armario —a veces la se?orita Lombarde guardaba sus perfumes con su ropa para que tuvieran un leve aroma; quizás Miroslava haría lo mismo. Una canastita contenía tres frasquitos de líquido aromatizado, todos a la mitad, y todos llenos de alcohol.
—?Alcohol? —había preguntado aquella vez cuando Verónica le explicaba cómo se hacían los perfumes—. ?Como el whiskey?
—No exactamente —había explicado ella—. El whiskey está muy rebajado. Por eso solo tiene un cuarenta por ciento de alcohol; es agua, malta y levadura. Pero el perfume es etanol, aceites y un solo poco de agua.
—?Etanol? —repitió él, desconociendo la palabra.
—Alcohol puro. —Sostuvo el frasquito en su mano—. Alrededor del ochenta por ciento.
Los frascos frente a Rex eran muy peque?os para armar una botella de fuego convencional, pero no necesitaba una explosión grande —solo fuego rápido.
Encontró unas medias de Miroslava y puso dos de las botellas dentro, amarrando un nudo y sopesando su honda improvisada, si es que podía llamársele así. Roció pesadamente la punta de la media con perfume y guardó el frasquito. Tendría que bastar. El impacto rompería las botellas del interior y, con suerte, eso esparciría el fuego.
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De su caja sacó un fósforo y lo prendió contra su bota. El fuego hizo un peque?o rugido. James estaba gritando amenazas desde el piso de abajo, donde sin duda había todavía media docena de bandidos apuntando a las escaleras por si bajaba alguno de ellos. Rex quemó la punta de la media y le dio un par de vueltas desde el otro extremo. El fuego no se apagó.
Salió de la habitación de Miroslava dándole vueltas a su peque?a media incendiaria y caminó hacia el rellano de las escaleras, lo suficiente para tener un tiro limpio a la base de éstas sin que le pudieran disparar. Arrojó su proyectil improvisado y se escuchó el romper de los cristales en un muro. El torso de uno de los hombres de James recibió una rociada de aquel alcohol. Por la naturaleza del líquido, las llamas no se le apagaron.
—?Fuego? —rio James—. ?No puedes asustarme con fuego, Rex, soy el mismísimo diablo!
Llamó a uno de sus hombres, de nombre Toni y de sonrisa maníaca, y le ordenó que empezara a quemar el resto del lugar. Rex y sus acompa?antes morirían por haberse acorralado.
Escuchó que ya no había más disparos del piso de arriba, lo que significaba que habían cambiado a la defensiva. Vio los tres cadáveres en las escaleras. Indicó a otros dos de sus hombres que fueran más sigilosos esta vez. Hicieron caso, sacaron sus pistolas y, con los reflejos más alerta, empezaron a subir sin emitir sonido alguno.
A través del pasillo, Víctor y Rex podían verse, pues ambas puertas de las habitaciones se abrían hacia adentro. Procuraban no asomarse de más o algún hombre de James dispararía.
Rex enunció con la boca que empujaran el colchón viejo. Víctor preguntó “?Qué?” y Rex enfatizó. Víctor le dijo, en una combinación de gestos y miradas, que aquello no iba a funcionar como barrera contra las balas y simplemente terminaría muerto. A lo que Rex contestó que estaba al tanto. Sólo quería que lo empujasen.
Horizontalmente, Víctor y la se?orita Lombarde deslizaron el colchón, el cual no recorrió más de un metro antes de topar con pared y quedarse atascado a media puerta. Al chocar con la pared, más polvo salió de éste, pues era un colchón increíblemente viejo. Fue suficiente para que los hombres de James dispararan. Reaccionaron como era de esperarse, sin importarles a qué estaban disparando. Con cada bala, una nube de polvo empezó a crecer que, combinada con el humo causado por el fuego, se volvía gigantesca.
La oscuridad de aquella noche se convirtió en aliada del forajido. Cuando éste salió, el polvo lo cubría y el incendio del piso de abajo iluminaba las siluetas de los dos hombres. Rex ni siquiera tuvo que mostrar sigilo alguno. Lo único que éstos hombres vieron, antes de morir, fueron dos destellos amarillos desde la nube de polvo, como ojos de una bestia furiosa.
James se estaba hartando de ver a sus hombres ser derrotados. Mandó al más experto. éste sacó su propia pistola, se encaminó a las escaleras y disparó al humo, sabiéndose los trucos de Rex. Rex se apartó del pasillo y regresó al cuarto donde estaban Verónica y Víctor. Empujó rápidamente el resto del colchón hacia afuera, que por estar lleno de agujeros de bala fue fácil. Cerró la puerta y apartó rápidamente a sus compa?eros de ésta. Sabía que dispararían a la madera antes de abrirla. Estruendo tras estruendo, empezaron a brotar astillas.
La puerta fue pateada por el hombre, rompiéndose en las áreas afectadas por su pistola. El picaporte cayó con facilidad.
El hombre entró, imponente, sin importarle recibir disparos. Hubo una ráfaga de tres balas y una dio por accidente a uno de los sacos de tela donde la se?orita Miroslava guardaba las tizas. Una nueva nube blanca, ahora más fina y difícil de respirar, aturdió a todos. Rex, además, había perdido su puntería perfecta por alejar a sus dos amigos de la entrada momentos antes.
El hombre tenía la oportunidad perfecta para matarlos. La suerte, sin embargo, hizo que Víctor chocara contra uno de los muebles, tirando uno de los pinceles al piso. Rodó hasta colocarse perfectamente debajo de la suela del hombre. Y cuando aquel dio un paso para matarlos, se resbaló. La pistola salió volando de sus manos.

