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El miedo de un pasado oscuro.

  El silencio en la sala de entrenamiento no era silencio: era un zumbido húmedo lleno de sudor, respiraciones entrecortadas y el eco metálico de los pasos que se apagaban. Kael se inclinó sobre Kira con la urgencia de quien teme lo peor. Sus manos le tocaron los hombros con suavidad, llamándola del vacío donde parecía perdida.

  â€”Kira, despierta. —susurró—. Mira, estoy aquí. Mira, soy yo.

  Ella abrió los ojos con lentitud, como si despertara de un sue?o que no quería abandonar. Miró a Kael a los ojos y, por primera vez en lo que llevaba la prueba, su voz fue apenas un hilo.

  â€”Tengo miedo.

  Las palabras cayeron entre las ruinas virtuales y resonaron con la crudeza de una confesión. Kael lo sintió como un golpe en el pecho: no había duda, el miedo no era de ahora. Aquella palabra encendió una línea de fuego en él, no de rabia, sino de protección.

  Sin pensar más, sin dejar que los segundos se enredaran en dudas, Kael se movió.

  Fue como si la gravedad cambiara su favor. Sus pies tocaron el suelo, y ya no fue la manera de moverse de un joven que había entrenado: era la fluidez de alguien que había aprendido a viajar por el filo de lo imposible. Nadie en la sala —nadie en las cámaras— esperó aquello. Las sombras se apagaron y los ghouls que se abalanzaban a la vez sólo alcanzaron a ver una línea, una ráfaga, y luego el silencio.

  En cuestión de segundos los cuerpos cayeron: sin el clamor esperado, sin que la alarma de la sala llegara al afuera. Kael había sido más rápido que la vista y, quizá, más rápido que la propia intención de quien los observaba. Cuando la última sombra cayó, Kael respiró profundo, se giró hacia Kira y, con calma contenida, preguntó:

  â€”?Estás bien?

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  Ella se dejó caer de rodillas, las manos temblorosas buscando el suelo como si fuera un ancla. Las lágrimas comenzaron a surcar su rostro con una violencia que la dejaba temblando de nuevo. Lloró por lo que había visto, por lo que había vivido, por el peso que llevaba en la pulsera al lado de su corazón. Kael no dijo nada; le ofreció su mano y la ayudó a incorporarse.

  Desde la sala de control, la voz por los altavoces cortó la quietud con ironía medida. Zolat no había dejado de mirar.

  â€”Bien hecho… —dijo con una voz que pretendía ser dura—. Veo que aún tienes reacción. Pero si no superas esto, Kira, nunca serás útil en el campo.

  La frase fue una cuchillada. Kael clavó la mirada en la pantalla, en el ángulo en que la cámara mostraba a zolat. Su enojo fue inmediato, una llama que no buscaba confrontar tanto como entender.

  â€”?Por qué lo hiciste? —exigió—. Si sabías que ella estaba así, ?por qué ponerla en esto?

  Zolat se encogió de hombros, y su expresión mostró la calma de quien ha visto demasiadas cosas como para sorprenderse.

  â€”Porque si no lo enfrenta ahora, lo hará con gente que no se preocupe por ella —respondió—. No por utilidad, Kael. Por su vida. El trauma la va a detener más que cualquier enemigo.

  La respuesta mordió, pero también llevaba verdad. Kael respiró, exhaló, y en vez de seguir la discusión en altavoz, se agachó otra vez junto a Kira. Le ofreció algo que zolat no podía: paciencia.

  Una hora después, zolat dio un descanso de treinta minutos. El eco del campo se apagó y quedaron los latidos, las respiraciones, la tarea de recomponer lo roto. En el comedor improvisado, Kael llevó una bandeja de comida que había conseguido en los suministros: arroz, algo de pescado y frutas. Lo puso delante de Kira con una sonrisa tímida.

  â€”No tiene que contármelo todo ahora —dijo—. Pero si quieres hablar, estaré aquí. Y si no quieres, también.

  Kira lo miró con una mezcla de gratitud y vergüenza, limpió sus ojos con el dorso de la mano y asintió, dejando que la comida fuera ancla y no recuerdo. Aquello, peque?o, bastó para que su respiración volviera a ser humana.

  Mientras tanto, en la sala contigua, Noli estaba sentado en silencio. No era la mirada desafiante la que le marcaba el rostro esta vez, sino un estudio frío y detallado. Recordó —con una sorpresa que intentó ocultar— la forma en que Kael se movió: no sólo fuerza; algo oscuro lo rodeaba. No era maldad pura, era una sombra con bordes carmesíes, como si su habilidad brotara desde una herida de la que aún mana vida.

  La combinación le repugnó y le intimidó. Aquella oscuridad pura debía ser suya, pensó Noli, y el que la llevara otro era una afrenta. Su orgullo rugió, prometiéndose no dejar que alguien le arrebatara el puesto que, en su cabeza, le pertenecía.

  Una alarma tenue tintineó: la sala volvería a activarse. Zolat anunció en el altavoz, sin dramatismo, que la siguiente fase no esperaría a nadie.

  Noli sonrió con dureza y se puso de pie, dispuesto a demostrarlo. Al salir rumbo a la puerta, miró por un segundo hacia el comedor. Kael, sentado al lado de Kira, no miró atrás. Dentro de aquel gesto sencillo, Noli vio algo poderoso y peligroso. Por primera vez en el campamento, sintió el filo del verdadero miedo: la sensación de haber encontrado a su rival.

  En la sala de control, zolat observó a Noli con la misma frialdad que había mostrado antes, pero por debajo había otra lectura: sabía que aquel orgullo rompería al joven si no se templaba. Sabía, también, que la energía y poder alrededor de Kael no era un simple cuento.

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