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La guerra a empezado.

  El campo de batalla se habĂ­a convertido en un infierno.

  Fuego, polvo y cuerpos caĂ­an por doquier. Los gritos se mezclaban con los rugidos de las explosiones, y el aire olĂ­a a metal, sudor y desesperaciĂłn.

  Eisvar combatĂ­a al frente junto a Kael y Noli, su cuerpo cubierto por una armadura de escarcha que se formaba y derretĂ­a con cada golpe. Su control del hielo era impecable: lanzas cristalinas atravesaban a los enemigos mientras un halo de neblina helada lo seguĂ­a a cada paso.

  Pero entre el caos… una sombra veloz lo golpeĂł de lleno.

  El impacto fue tan fuerte que lo lanzĂł contra un muro, rompiendo el metal a su paso.

  Eisvar se levantĂł, jadeando.

  â€”?QuĂ© demonios fue eso…?

  Una voz grave resonĂł entre el humo.

  â€”No esperaba verte tan crecido, peque?o sol.

  Eisvar se congelĂł. Esa voz… no la habĂ­a olvidado.

  Del polvo emergiĂł una figura imponente: una armadura negra con bordes incandescentes, ojos carmesĂ­ y una sonrisa que helaba la sangre.

  â€”Tanto tiempo… Eisvar —dijo el comandante, revelando un tatuaje en el cuello con su nombre—. Jarder.

  Eisvar sonriĂł, pero su mirada estaba vacĂ­a.

  â€”AsĂ­ que sigues vivo… QuĂ© bueno, asĂ­ puedo matarte con mis propias manos.

  Jarder rio, con ese tono cruel que Eisvar escuchaba en sus pesadillas.

  â€”?AĂşn recuerdas mi nombre? Me conmueve… supongo que me extra?aste.

  Las palabras lo golpearon más fuerte que cualquier ataque.

  El hielo en su cuerpo empezĂł a temblar, y sin poder evitarlo, su mente regresĂł atrás.

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  ---

  ?? A?os atrás...

  Un peque?o pueblo cerca del Nexo.

  Casas de piedra, risas, ni?os corriendo entre los campos dorados.

  Y allĂ­, en medio de todos, un chico de cabello amarillo como el sol brillaba entre la multitud.

  Era Eisvar, el “ni?o de la luz”.

  Todos lo adoraban. Su sonrisa era un faro de esperanza.

  Pero aquel brillo atrajo la oscuridad.

  Una tarde, los cielos se tornaron rojos.

  Jarder llegĂł con su ejĂ©rcito. PedĂ­a una sola cosa: al chico del alma cambiante.

  Eisvar podĂ­a cambiar temporalmente su espĂ­ritu a otro cuerpo, controlando a cualquier ser vivo por unos minutos.

  Era un don… o una maldiciĂłn.

  Su familia intentĂł protegerlo.

  Sus padres se interpusieron, rogando, luchando.

  Pero Jarder solo riĂł.

  Y frente a los ojos del peque?o, los redujo a cenizas.

  Eisvar fue capturado.

  Encadenado.

  Torturado dĂ­a tras dĂ­a en los laboratorios del Nexo.

  Pero allĂ­ no estaba solo.

  Entre los gritos y las sombras conociĂł a Noli, otro prisionero… y a su hermana menor.

  Juntos soportaron el infierno. Hasta que un dĂ­a, Noli, consumido por la rabia, desatĂł su poder y abriĂł una grieta para escapar.

  Eisvar lo siguiĂł, corriendo con lo poco que le quedaba de esperanza.

  Solo ellos dos y una ni?a lograron huir.

  Fueron perseguidos.

  Heridos.

  Y cuando todo parecĂ­a perdido, una figura los salvĂł.

  Un hombre gigante con mirada dura pero amable: zolat.

  â€”Si quieren vivir… sĂ­ganme.

  Desde entonces, los criĂł como sus propios hijos.

  Y en memoria de su promesa de protegerlos, fundĂł ADAS.

  Con el tiempo, Eisvar, harto de su poder original, hizo algo prohibido:

  creĂł un contrato con su propia alma.

  EntregĂł su don de luz…

  a cambio del frĂ­o eterno.

  El hielo, el sĂ­mbolo de su dolor.

  El poder que pertenecĂ­a a los ghouls, pero que ahora corrĂ­a por sus venas.

  ---

  ?? De vuelta al presente...

  El suelo bajo Eisvar se congelĂł al instante.

  Jarder lo miraba divertido.

  â€”AsĂ­ que cambiaste tu don… quĂ© desperdicio.

  â€”No lo entiendes —gru?Ăł Eisvar, su aliento volviĂ©ndose vapor—.

  Mi poder no es un don. Es la prueba de que sobrevivĂ­ a ti.

  En un parpadeo, Eisvar apareciĂł frente a Ă©l.

  Su pu?o cubierto de hielo chocĂł con la armadura del comandante, lanzando una onda que partiĂł el terreno en dos.

  Jarder apenas se moviĂł.

  â€”?Eso fue todo? QuĂ© decepciĂłn.

  De un golpe lo lanzĂł contra el suelo. Eisvar cayĂł, levantándose tambaleante.

  â€”?Sabes quĂ© es lo mejor de ti, Eisvar? —dijo Jarder con una sonrisa cruel—.

  Que incluso con todo tu odio… todavĂ­a sigues siendo ese ni?o dĂ©bil que gritaba el nombre de sus padres.

  Eisvar apretĂł los dientes.

  Sus ojos, antes dorados, se tornaron completamente azules.

  El frĂ­o se expandiĂł como una tormenta viva, cubriendo kilĂłmetros de terreno.

  â€”Esta vez… no pienso perder.

  El suelo se alzĂł en picos helados. Jarder cargĂł hacia Ă©l, riendo como un demonio.

  Cada golpe sacudĂ­a el campo, cada impacto levantaba una nube de hielo y fuego.

  Pero Jarder era demasiado fuerte.

  Eisvar jadeaba, sus manos sangraban.

  Y el comandante sonriĂł.

  â€”?Listo para morir otra vez?

  â€”No —respondiĂł Eisvar con voz baja, extendiendo su mano.

  â€”?Entonces quĂ© harás, peque?o sol?

  Eisvar sonriĂł con el rostro cubierto de heridas.

  â€”HarĂ© que sientas el invierno… que tĂş creaste.

  El aire se congelĂł. Una tormenta blanca se alzĂł hacia el cielo.

  Jarder frunciĂł el ce?o, sorprendido.

  â€”?Qué… quĂ© es esto?

  Eisvar levantĂł la mirada, su voz resonando como un trueno:

  â€”?El poder de mi pueblo! ?El frĂ­o que nunca muere!

  Una explosiĂłn de hielo puro lo envolviĂł todo.

  Las sombras se quebraron. Jarder apenas alcanzĂł a cubrirse mientras el mundo se volvĂ­a blanco.

  El comandante sonrió…

  â€”Interesante… entonces será mejor que te prepares.

  Su cuerpo empezĂł a emitir fuego carmesĂ­.

  â€”Te mostrarĂ© por quĂ© fui llamado… el Infierno Viviente.

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