El helicĂłptero aterrizĂł en medio de un enorme terreno abierto. Los ojos de Kaelion y Lyra se abrieron con asombro: el campo era colosal, al menos cien metros de largo por cien de ancho.
—?Este es el lugar? —preguntó Kaelion incrédulo.
Zharet, serio como siempre, respondiĂł con calma:
—SĂ. Al fondo está mi casa. —Se?alĂł hacia una imponente mansiĂłn, elegante y sĂłlida, que contrastaba con el terreno salvaje que la rodeaba.
Con un movimiento natural, cargĂł con las pertenencias de ambos sin pedir permiso y a?adiĂł:
—Los evaluarĂ© rápido. Quiero ver en dĂłnde están parados. Corran los cien metros hasta el otro extremo. Tienen treinta minutos para hacerlo… pero para graduarse de aquĂ deberán lograrlo en quince minutos o menos. Además, tendrán que saltar cuatro metros y esquivar balas a un metro de distancia. Esa será la meta mĂnima para que puedan marcharse.
Kaelion silbĂł, divertido y nervioso. Lyra solo respirĂł hondo.
—Bien —concluyó Zharet—, posiciones.
Los chicos arrancaron con todas sus fuerzas, pero el terreno era extenso, agotador. Cuando al fin alcanzaron la meta, el reloj marcaba treinta minutos. Y al llegar, quedaron con la boca abierta.
Zharet ya los esperaba sentado, con gesto relajado. HabĂa llegado mucho antes que ellos, pero eso no era lo impresionante: en ese lapso, habĂa acomodado sus cosas en la mansiĂłn, preparado sus uniformes de entrenamiento, se habĂa duchado, vestido, dado cinco vueltas completas al campo y aun asĂ estaba descansando tranquilamente.
—?Qué…? —murmuró Kaelion, incrédulo.
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—Imposible… —susurró Lyra, agotada.
Zharet se levantĂł y, con tono severo, les advirtiĂł:
—Eso fue solo el inicio. El verdadero entrenamiento empieza ahora.
Tras un breve estiramiento, los guiĂł con disciplina militar:
—Diez minutos nadando en el lago. Luego, cien sentadillas. Después, treinta minutos trotando y, finalmente, varias vueltas completas al campo. Hoy entrenarán velocidad. Ma?ana vendrán los demás aspectos.
El sudor apenas comenzaba a recorrerles la piel. Kaelion sonriĂł, recordando lo que habĂa dicho: que querĂa sentir el calor de la batalla otra vez. Y Lyra, determinada, pensĂł en Kael.
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Muy lejos de allĂ…
El cuerpo vacĂo de Kael corrĂa como bestia descontrolada, sus ojos brillando con energĂa de materia X. Buscaba presas, algo que destrozar. Hasta que, de pronto, una figura lo interceptĂł.
Era un hombre alto, elegante, que sostenĂa un paraguas oscuro como si fuese parte de sĂ mismo.
—Asà que este es el que buscaba… —murmuró el extra?o.
—?RRAAAHH! —rugió Kael, lanzándose contra él.
El hombre no se inmutĂł. Con un movimiento impecable, se colocĂł en su espalda, lo sujetĂł y lo estampĂł contra el suelo con fuerza brutal. El impacto retumbĂł como un trueno.
Kael, inconsciente, quedĂł tendido en el suelo. El hombre suspirĂł.
—Qué desperdicio… sin alma, eres solo un cascarón.
En ese momento apareciĂł Nymeria, con el rostro tenso. Al ver al hombre, sus ojos se entrecerraron.
—zolat…
Ă©l sonriĂł con melancolĂa.
—Nymeria. Vine por lo que sabes.
Ella lo interrumpiĂł con dureza:
—No me importa lo que digas. Sabes bien que no aceptaré.
Las palabras lo golpearon como un cuchillo. BajĂł la mirada, triste, aunque su determinaciĂłn no se apagĂł.
—Aun asĂ, lo intentarĂ© —susurrĂł.
Nymeria recogiĂł el cuerpo de Kael y comenzĂł a marcharse. Pero al voltear, notĂł que zolat la seguĂa, silencioso, como una sombra.
De vuelta en el campo de entrenamiento, Lyra comenzaba a sentir cĂłmo sus piernas temblaban. Se obligaba a seguir, respirando con dificultad. Zharet pasĂł junto a ella y murmurĂł:
—Si te rindes, Kaelion tampoco avanzará. Tu fuerza será la suya.
Lyra apretĂł los dientes y acelerĂł, sorprendiendo incluso a Kaelion, que notĂł el brillo de fuego en sus ojos.
—Vaya… —sonrió él—. Asà que también tienes esa chispa.
Zharet observĂł de reojo, satisfecho.
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Mientras tanto, en la base, Nymeria dejĂł a Kael en una cámara reforzada con runas y tecnologĂa, para evitar que escapara si la materia X lo dominaba otra vez. Mientras cerraba los sellos, pensĂł en zolat.
“?Por qué justo ahora?… No puede ser casualidad”.
El recuerdo de viejas batallas vino a su mente: zolat siempre fue fuerte, pero nunca leal a ningún bando. ?Qué buscaba realmente?
ApretĂł los pu?os. No podĂa distraerse. Kaelion y Lyra estaban bajo el cuidado de Zharet, pero el enemigo se estaba moviendo más rápido de lo que esperaba.
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El capĂtulo cerrĂł con los tres hilos corriendo en paralelo:
Los chicos, iniciando un entrenamiento que pondrĂa su cuerpo y alma al lĂmite.
Nymeria, cuidando a Kael, ahora prisionero de su propio cascarĂłn.
Zolat, siguiéndola de cerca, con un objetivo desconocido pero inquebrantable.
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