El silencio de la noche era tan pesado que incluso el viento se detuvo.
Bajo la tenue luz de la luna, dos siluetas se encaraban en un claro apartado, lejos del rugido del combate de Lyra contra el ghoul.
Kael sostuvo con firmeza la empu?adura de su espada, el brillo plateado recorriendo el filo como si respondiera a la tensión del momento. Sus ojos se clavaron en su hermano, buscando un atisbo de humanidad que pudiera reconocer.
Frente a él, Kaelion inclinó la cabeza hacia un lado, una sonrisa torcida dibujándose en su rostro. Y entonces, sin previo aviso, de su frente emergieron dos cuernos negros, pulidos como obsidiana, que despedÃan una energÃa oscura y vibrante. En su mano derecha, la sangre misma tomó forma, condensándose hasta convertirse en una espada carmesà que goteaba como si aún palpitara.
Kael no pudo evitar abrir los ojos con sorpresa.
—?E-eso… desde cuándo puedes…?
Kaelion se adelantó un paso, arrastrando la hoja sobre el suelo, dejando un surco rojizo que hervÃa al contacto con la tierra. Su voz salió profunda, cargada de burla, pero también de un peso doloroso:
—No me decepciones…
Y de inmediato, su expresión cambió. La burla se esfumó, dando paso a un rostro endurecido por la furia y la amargura contenida.
—Esta noche… Vengare a mis padres
Kael frunció el ce?o, confusión y angustia se mezclaron en sus ojos.
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—?De qué hablas? ?Tus padres…!
Pero no hubo respuesta. Solo un rugido ahogado, el de una herida que nunca sanó.
Entonces comenzó.
Las dos figuras se lanzaron al frente con la velocidad de dos bestias desatadas. El choque de acero y sangre resonó como un trueno en la oscuridad, sacudiendo el aire con cada impacto.
Kael bloqueó la primera embestida, el filo de su espada rechinando contra la hoja de sangre de Kaelion, y en ese instante pudo sentirlo: una furia salvaje, un odio visceral, como si cada golpe llevara siglos de resentimiento acumulado.
—?CLANG! ?CLANG! ?CLANG!
Las chispas iluminaron la noche como peque?os relámpagos mientras ambos intercambiaban golpes a una velocidad inhumana.
Kael intentaba leer los movimientos de Kaelion, pero lo que encontró en esos ojos encendidos no era estrategia, ni cálculo… era puro instinto asesino, una tormenta que no dejaba espacio a la razón.
Kaelion giró bruscamente, atacando con una estocada baja, la espada de sangre vibrando como si rugiera con él. Kael apenas logró desviar el golpe, el impacto lo hizo retroceder varios metros, sus botas arrastrando la tierra.
Kael respiró agitado, con la frente perlada de sudor.
—No… no entiendo, Kaelion… ?por qué cargas con esa furia?
Pero Kaelion no respondió. Solo lo miró con esos ojos encendidos de odio, apretando con más fuerza su arma, y volvió a lanzarse contra él.
Y asÃ, bajo la luna roja que parecÃa presenciar el destino de los dos Primos, comenzó un combate que sacudirÃa no solo el suelo donde pisaban, sino también los lazos que alguna vez los unieron.

