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Sombras en la llarida

  La ciudad en ruinas conocida como Llarida se extendĂ­a como un cementerio de hierro y piedra. Los edificios estaban corroĂ­dos por el tiempo, las calles cubiertas de cenizas y polvo. Nadie en su sano juicio se atrevĂ­a a entrar allí… salvo dos almas, cada una por un motivo distinto.

  Por un lado, Kael, encubierto bajo una capa oscura, avanzaba con cautela. Sus ojos rojos brillaban entre las sombras, buscando respuestas que lo atormentaban desde hacĂ­a un a?o.

  Por el otro, Lyra, cubierta por un abrigo largo de tonalidades grises que ocultaba su equipo, se deslizaba entre las ruinas. Su meta era distinta: descubrir la verdad de su pasado.

  Ninguno sabĂ­a que el otro estaba allĂ­.

  Ninguno reconocĂ­a la presencia del otro.

  Pero en lo más profundo de sus almas, un eco les gritaba que algo familiar estaba cerca.

  Fue entonces cuando la tierra retumbĂł.

  Un rugido hueco atravesĂł la ciudad, seguido de grietas que se extendieron por las calles. De aquellas aberturas comenzĂł a salir un hedor putrefacto, y del polvo surgieron manos huesudas, cuerpos descarnados, ojos vacĂ­os iluminados por una flama azul espectral.

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  Los muertos se levantaban.

  Kael desenvainĂł su nueva arma en un instante.

  Lyra sacĂł de su espalda la funda de la espada de luz, que brillĂł con un zumbido metálico.

  Los dos, sin verse directamente, cayeron en combate contra aquella horda interminable. Espadas chocando, fuego y destellos de energĂ­a iluminaban la ciudad muerta.

  Y mientras la batalla se desataba, a lo lejos, sobre un edificio derrumbado, un hombre encapuchado observaba en silencio.

  Con una voz grave, casi un susurro llevado por el viento, murmurĂł:

  â€”“AsĂ­ que ella cumple su palabra… Los está probando. Los ha puesto a luchar contra la muerte misma.”

  Sus ojos brillaron al contemplar la escena, y en un tono cargado de reverencia y temor, a?adiĂł:

  â€”“Ese es su estilo… ese es el poder de Nymeria, la Portadora.”

  En ese instante, sin que Kael ni Lyra lo supieran, el juego habĂ­a comenzado. No estaban en una simple ruina. Estaban en el escenario que Nymeria habĂ­a preparado para medir su valĂ­a.

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