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Banquete marino...

  Las calles de Atlantis estaban iluminadas como nunca. Cristales marinos, medusas brillantes y cardĂşmenes de peces luminiscentes se mezclaban en un espectáculo digno de un sue?o. El pueblo celebraba a gritos, danzando en medio del agua como si el mar mismo vibrara de alegrĂ­a.

  Kael era el alma de la fiesta, subido en un escenario improvisado, contando su “gran haza?a” contra el tiburĂłn (aunque todos sabĂ­an que habĂ­a sido más gritos que gloria). Lyra reĂ­a sin parar, tapándose la cara de la vergĂĽenza ajena, mientras Kaelion murmuraba con sorna:

  â€”Si ese tiburĂłn tuviera oĂ­dos… ya se habrĂ­a suicidado para no volver a escucharlo.

  Elyos compartĂ­a vino marino con los guardias, quienes lo animaban a seguir hablando de cĂłmo el artefacto habĂ­a iluminado todo. Incluso Lumenox, por primera vez, estaba entre la multitud, aceptando la comida y las sonrisas tĂ­midas de algunos ni?os que, a pesar de sus sombras, se atrevĂ­an a acercársele.

  Nymeria observaba todo desde un balcĂłn de coral. Algo no cuadraba. HabĂ­a un murmullo distinto, una vibraciĂłn casi imperceptible que no venĂ­a de la celebraciĂłn. Era… algo parecido al amor.

  VolteĂł y sus ojos se fijaron en la ballena titán, que flotaba tranquila en un lago sagrado del reino, iluminada por algas fosforescentes. Nymeria descendiĂł lentamente, con la solemnidad que le era propia, y se acercĂł con respeto.

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  â€”Gran madre… siento en ti una melodĂ­a diferente. ?Me permites ver?

  La ballena parpadeĂł lentamente, y en un gesto casi humano, inclinĂł la cabeza. Nymeria colocĂł su mano sobre su piel, y en un segundo, su mente fue arrastrada a un ocĂ©ano de recuerdos.

  Vio al hijo perdido. Vio la tragedia que la rompiĂł. Vio cĂłmo el mar se la habĂ­a arrebatado. Pero vio algo más… un brillo, un lazo profundo, un secreto que la unĂ­a directamente al corazĂłn de Atlantis.

  Nymeria abriĂł los ojos de golpe. Algo imposible, algo demasiado grande para revelarlo en pĂşblico.

  Se enderezĂł, con expresiĂłn grave, y fue directamente hacia el castillo. AlzĂł la voz con firmeza:

  â€”Rey de Atlantis. Elyos. Lumenox. Y tĂş tambiĂ©n, madre ballena. Necesito que me acompa?en. Es hora de que sepan la verdad.

  La mĂşsica seguĂ­a sonando afuera. Kael intentaba ense?arles a unos atlantes un “baile de superficie” que habĂ­a inventado en ese mismo instante, mientras Lyra lo seguĂ­a solo para no dejarlo hacer el ridĂ­culo solo. Kaelion, resignado, bebĂ­a en silencio. Nadie notaba lo que estaba ocurriendo bajo el resplandor de las fiestas.

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