Las puertas del reino se abrieron de par en par cuando los protagonistas, montados sobre la enorme ballena titán, hicieron su entrada. El silencio fue inmediato. Cientos de habitantes de Atlantis se detuvieron en seco, sus ojos reflejando tanto temor como asombro.
El mar parecÃa contener la respiración: una criatura colosal, luminosa en su majestuosidad, se deslizaba lentamente entre los pilares de coral. Y, sobre ella, una figura envuelta en sombras: Lumenox.
Los murmullos crecieron como un oleaje:
—?Es él… el enemigo!
—?Y esa bestia… qué es!
Los guardias levantaron sus armas, pero bastó con que Nymeria levantara una mano para que todos se quedaran inmóviles. Bajó con firmeza desde la ballena, su túnica ondeando como si el agua misma la obedeciera. SostenÃa la cabeza de Lumenox, forzándolo a arrodillarse ante todos.
El choque fue tal que hasta el propio rey, sentado en su trono de nácar y oro, se levantó al ver la escena. Su corazón palpitó con fuerza al posar los ojos en la ballena. HabÃa algo en ella… algo familiar. Un sentimiento que no supo descifrar lo atravesó como un rayo.
Nymeria habló con voz grave:
—Lumenox, dile la verdad.
El silencio pesaba como una losa. Lumenox alzó la mirada, su rostro temblando entre la sombra y la claridad de sus ojos. Con voz ronca, pero sincera, dijo:
—Yo… yo nunca quise destruir. Solo… solo querÃa el artefacto. No para el poder, sino para darle luz al lugar donde vivo. Un abismo olvidado, lleno de criaturas a las que todos temen. Ellos no tienen sol, no tienen belleza. Son condenados a la oscuridad… y yo solo querÃa regalarles vida.
Las palabras resonaron por todo el salón. Algunos de los presentes bajaron sus armas. Otros intercambiaron miradas de duda.
El rey descendió de su trono, caminando lentamente hasta quedar frente a Lumenox. Sus ojos, llenos de la sabidurÃa de los mares, lo atravesaron. Y entonces, con voz solemne, dijo:
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—Cometiste errores, hijo de las profundidades. Pero… yo también fallé. Fallé en proteger a mi pueblo y en entender el dolor que crecÃa en las sombras de este reino. Si de verdad tu deseo es la vida… entonces no eres mi enemigo.
El rey extendió su mano hacia Elyos.
—Hijo mÃo, tráeme el artefacto.
Elyos obedeció, y de entre cofres sellados con coral trajo un objeto único: una esfera. Mitad brillante, tan pura que cegaba como un diamante bajo la luz del mar. Mitad oscura, tan densa que parecÃa absorber toda claridad.
El rey la sostuvo y luego la ofreció a Lumenox.
—úsala. Y que el mar juzgue tu corazón.
Lumenox, con lágrimas invisibles entre la sombra que era su rostro, tomó la esfera. Por un instante dudó… y luego la presionó contra su pecho.
Un estallido de luz recorrió Atlantis. ???
Las aguas, antes sombrÃas, se llenaron de colores jamás vistos. Corales apagados florecieron con brillos azules, verdes y dorados. Criaturas marinas que vivÃan escondidas salieron a bailar en destellos de bioluminiscencia. El reino entero quedó envuelto en un espectáculo de belleza imposible de describir.
El pueblo, primero en silencio, estalló en aplausos y lágrimas. La ballena emitió un canto profundo, un sonido tan emotivo que estremeció hasta el alma.
Kael, con la boca abierta, murmuró:
—?Vaya… esto sà que es mejor que pelear!
Lyra, conmovida hasta el borde de las lágrimas, se aferró a su mano. Kaelion observó serio, pero en el fondo de sus ojos brillaba una chispa de respeto por Lumenox.
Nymeria, que pocas veces sonreÃa, dejó escapar una mueca ligera al ver a todos celebrar.
El rey alzó las manos y declaró:
—Hoy no hemos ganado una batalla… hemos ganado esperanza.
Y asÃ, mientras la luz del artefacto iluminaba incluso los rincones más oscuros de Atlantis, los protagonistas sintieron por primera vez en mucho tiempo algo que creÃan perdido: paz.
El capÃtulo cerró con Lumenox, ya no como enemigo, de pie junto a ellos. Por primera vez en su existencia, su sombra tenÃa un brillo propio.

