HabÃa pasado un a?o desde aquella noche en la que su arma se quebró y su destino parecÃa condenado. Kael no habÃa dejado de entrenar ni un solo dÃa; la cicatriz en su pecho era el recordatorio de que la muerte habÃa estado demasiado cerca.
Pero ahora, no entrenaba por fuerza, sino por respuestas.
Durante meses, los rumores llegaron a sus oÃdos: una mujer que habitaba entre las Tierras Libres, a quien llamaban la Portadora. Un nombre que en boca de cualquiera se decÃa con respeto y miedo.
Muchos aseguraban que no era poderosa por su fuerza fÃsica ni por su control de armas, sino porque poseÃa el poder prohibido de devolver la vida a los muertos. Otros decÃan que su verdadera condena era aún mayor: podÃa desatar los recuerdos sellados en el alma de una persona.
Kael caminaba por un sendero desolado, su chaqueta roja ondeando con el viento, el polvo levantándose a cada paso. Su mirada era seria, fija, como si ya hubiera tomado una decisión que no podÃa revertir.
"Si ella existe... quizás pueda decirme por qué yo soy distinto. Por qué mi alma puede sostener más de un arma."
En lo profundo, sabÃa que no buscaba poder. Buscaba sentido. El eco de Lyra aún lo acompa?aba, las palabras que compartieron, las promesas no dichas. Tal vez, en el fondo, también querÃa saber si su destino y el de ella estaban ligados desde antes de que se conocieran.
Mientras tanto, lejos de él, en otra ciudad, Lyra también seguÃa el rastro de la Portadora. Su interés no era por sus habilidades, sino por su pasado. La joven del Nexo sabÃa que en su vida habÃa huecos oscuros, piezas faltantes. Su madre, su padre, la verdad que nunca conoció. Y la Portadora, decÃan, podÃa devolver esos recuerdos sellados por las máquinas del Nexo.
Ni Kael ni Lyra lo sabÃan aún, pero sus caminos estaban convergiendo de nuevo.
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La voz del capitán de la Luna Creciente resonaba en la mente de Kael, cuando le advirtió meses atrás:
—"La Portadora no es un mito. Pero cuidado, chico… no es la vida lo que otorga, es el precio lo que arrebata."
Kael apretó los dientes. La determinación brillaba en sus ojos rojos.
—No importa el precio… necesito saber quién soy realmente.
Y en ese instante, como si el destino se riera en silencio, un murmullo entre los viajeros del camino habló del mismo nombre que Lyra estaba siguiendo.
La Portadora.
El temor de todos.
El único lazo entre sus historias.
Lyra llevaba horas caminando por la ciudad devastada, sus ojos atentos a cada rincón, siempre con esa calma frÃa que la caracterizaba. Su misión era clara: encontrar a aquella persona con el poder imposible. Pero el camino estaba lejos de ser sencillo.
De pronto, el suelo tembló. El aire se volvió pesado, sofocante. Un olor a ceniza llenó sus pulmones. Ella se giró lentamente, y lo vio.
Una criatura envuelta en llamas vivientes, su piel parecÃa carbón ardiendo y sus ojos eran brasas ardientes llenas de odio. Con cada paso, el fuego devoraba el suelo, los edificios se desmoronaban en cenizas, y un rugido constante acompa?aba su andar.
Se detuvo justo a seis pasos de Lyra. La temperatura era insoportable, pero ella no retrocedió.
El ser ladeó la cabeza, observándola como si la hubiera estado cazando por siglos, y entonces habló con una voz profunda, como metal retorciéndose en fuego:
—Te estuve buscando...
El silencio se hizo denso. Lyra, con su espada de luz aún enfundada, lo miró fijamente sin mover un solo músculo. El azul suave de sus ojos contrastaba con aquel infierno viviente frente a ella.
Ella no contestó de inmediato. Solo llevó la mano lentamente a la empu?adura de su espada, sin desenvainarla todavÃa. Su voz, calmada pero cargada de firmeza, cortó el aire:
—?Quién eres tú… y por qué a m�
El fuego de la criatura crepitó más fuerte, como si se alimentara de su propia furia. Una sonrisa sin labios apareció en su rostro carbonizado.

