La lanza de Kael cayó hecha pedazos frente a él.
Un frío mortal recorrió su cuerpo, helándole hasta los huesos.
Todos los exterminadores conocían la verdad:
si tu arma se rompe, tu alma muere con ella.
El vínculo era absoluto, inquebrantable. Una ruptura significaba la disolución inmediata del portador.
Kael lo sabía.
Por eso, cuando vio las astillas brillar y desvanecerse, comprendió que era su fin. Sintió su corazón detenerse, su cuerpo ceder. Un vacío lo consumía desde dentro, como si su existencia se estuviera rompiendo junto a la lanza.
“?Así terminará?” pensó.
Un sudor frío le recorrió el rostro. El mundo se oscurecía.
Y entonces ocurrió.
Una chispa en su pecho, un fuego extra?o, como si algo dentro de él gritara por no desaparecer. Los fragmentos de su arma vibraron, se elevaron en el aire y, contra todo lo posible, comenzaron a reconstruirse.
El Capitán de la Luna Creciente fue testigo de aquello.
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Sus ojos endurecidos por a?os de batallas, que habían visto a incontables guerreros morir al perder su arma, se abrieron con un asombro frío. En su rostro se dibujó algo que rara vez permitía: preocupación.
Porque lo que estaba viendo no era un milagro.
Era una anomalía.
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?? Un día después…
Kael abrió los ojos en una cama blanca, con vendas alrededor de su torso y brazos. El olor a hierbas y medicamentos llenaba la habitación.
A su lado, un doctor revisaba unas notas.
—No sé cómo sigues vivo —dijo el hombre, ajustándose los lentes—. Cualquier otro habría muerto en el mismo instante en que su arma se quebró. Tu cuerpo debería estar… vacío. Pero tu pulso es fuerte. Demasiado fuerte.
Kael, aún débil, se incorporó un poco.
—Gracias por salvarme…
El doctor lo miró con un gesto incómodo.
—Yo solo atendí tus heridas. Lo que ocurrió contigo no tiene explicación médica.
Kael bajó la mirada. En su mano descansaba su lanza, entera otra vez, como si nunca hubiese sido destruida. El recuerdo de ese vacío mortal lo perseguía como una pesadilla.
Al salir de la enfermería, aún tambaleante, lo esperaba una figura en la puerta.
El Capitán.
Su armadura negra reflejaba la tenue luz del pasillo. No dijo nada al inicio, simplemente lo observó con una intensidad que atravesaba como cuchillas.
Kael tragó saliva.
—C-capitán…
El hombre no apartó la vista de él ni un instante. Finalmente, habló con una voz profunda, cargada de autoridad y tensión contenida:
—TENEMOS QUE HABLAR.

