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La lanza rota

  El rugido del Ghoul Colosal resonaba como un trueno entre ruinas.

  Kael se plantó firme, su lanza todavía brillando con la luz de su alma. No había tiempo para dudas: debía luchar.

  El monstruo embistió.

  Kael esquivó, giró y hundió su arma en un flanco. La criatura rugió, pero el golpe apenas lo ara?ó. Sus músculos eran demasiado duros, su piel como hierro.

  Kael apretó los dientes y siguió atacando, su lanza trazando arcos veloces, cada movimiento más desesperado.

  Pero el Ghoul era un abismo viviente: garras que cortaban el aire, un aliento pestilente que quemaba los pulmones, y una fuerza que lo hacía retroceder paso a paso.

  Finalmente, Kael reunió toda su energía, concentrándola en la punta de la lanza. Con un grito, saltó directo al corazón de la bestia.

  La hoja chocó contra el monstruo… y se partió en dos.

  El silencio fue brutal.

  Kael cayó de rodillas, mirando incrédulo el fragmento de madera y metal en su mano. Una lanza rota significaba una sola cosa: su vida estaba acabada. Los exterminadores que perdían su arma estaban condenados; sin ella, eran frágiles presas.

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  El Ghoul levantó su garra para aplastarlo.

  Kael no cerró los ojos.

  Pero entonces, un destello de acero atravesó la oscuridad.

  Un hombre descendió desde lo alto de las ruinas, su espada enorme envuelta en energía cortante. De un solo tajo, desvió la garra del monstruo y lo obligó a retroceder varios pasos.

  â€”Retrocede, muchacho —dijo una voz firme, grave y serena.

  Era el Capitán de la Luna Creciente.

  Su presencia era aplastante, su control absoluto. Se movía con una disciplina que contrastaba con la ferocidad del monstruo, golpeando con precisión quirúrgica cada vez que la bestia intentaba avanzar.

  En segundos, Kael fue arrastrado hacia atrás, fuera del alcance del Ghoul. El Capitán no quitó la vista del enemigo ni un instante.

  Kael jadeaba, temblando por la tensión. Miró su arma destruida… y algo extra?o ocurrió. El fragmento que sostenía comenzó a brillar, un calor recorrió su brazo y, en un parpadeo, la forma de la lanza cambió. La madera se reestructuró, el filo se forjó de nuevo, distinto, más resistente, como si el alma misma de Kael hubiera decidido darle un nuevo cuerpo al arma.

  El Capitán, al verlo, frunció el ce?o. Sus ojos, acostumbrados a la guerra, reflejaron por primera vez en mucho tiempo… preocupación.

  Kael lo notó.

  â€”?Qué ocurre? —preguntó, aún sin entender qué había hecho.

  El Capitán no respondió de inmediato. El Ghoul rugió, distrayendo la tensión del momento.

  Finalmente, con voz baja, casi como si hablara para sí mismo, murmuró:

  â€”Nadie… debería poder hacer eso.

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