**Punto de vista de Víctor**
Al observarla detenidamente, en pocos minutos me doy cuenta de que su respiración está acelerada y el sudor recorre su frente. Eso quiere decir que lo que la picó no es venenoso; mejor dicho, no representa un riesgo inmediato. A pesar de que ella es una maga y debería saberlo, su miedo le impide pensar con claridad. Es algo común en las personas que han formado su núcleo: la embriaguez de esa peque?a muestra de poder las ciega por completo y, cuando regresan a la realidad, no son capaces de reaccionar a tiempo. Por eso, parte de los nuevos aventureros no sobrevive.
—Cálmate, Kanea. Dime, ?cómo era la serpiente?
—Yo... yo... no puedo respirar... debiste... estar atento.
—Debes decirme. Ese tipo de cosas no se pueden prever. Tienes que calmarte o morirás.
—Fue... una serpiente de color verde oscuro —dijo Kanea, entre respiraciones irregulares.
—De acuerdo, esto te va a resultar difícil, pero debes decirme las plantas y hierbas que se necesitan para crear un antídoto lo más rápido posible.
Al pronunciar esas palabras, Kanea sigue sin responder. Utilizo todas mis fuerzas para penetrar esa ligera coraza formada por su núcleo en respuesta a sus emociones.
—?Kanea! Debes calmarte. Tu energía mágica se está desperdiciando; no tienes tantas reservas de maná y, si sigues así, tu cuerpo lo resentirá.
—Yo... yo... está bien... uffff... no se necesitan muchas cosas. Solo debes traer unos hongos que crecen cerca de los árboles; son poco comunes, así que busca bien. También necesitas una especie de moho que crece cerca del río. Cuando llegues allí, puedes seguir a los sagresos; son animales que comen únicamente ese tipo de moho, pero son un poco asustadizos, así que debes ser sigiloso.
—De acuerdo... te llevaré a un lugar seguro para que te refugies mientras yo voy a buscarlo.
Con esas palabras, levanto a Kanea sobre mis hombros. A pesar de nuestra diferencia de tama?o, el ejercicio constante en las instalaciones para entrenar a aventureros me permite soportar bien el peso extra. Al adentrarnos un poco más entre los árboles, encuentro un árbol hueco y viejo, capaz de resistir unos cuantos ataques de animales de poder medio. Sin embargo, en cuanto a los grandes... bueno, ni siquiera en su mejor estado estarían a salvo. En cuanto a los realmente preocupantes, no están tan cerca de la ciudad; a pesar de ser animales, saben evitar problemas.
Al parar junto a ese hueco, ella toma mi brazo.
—Espera... espera... yo...
—Tranquilízate. Si te preocupa que no regrese, eso no ocurrirá.
—Más te vale, porque si no, mi maestro no te dejará morir —dice Kanea, con una mirada de temor e ira.
—No te preocupes.
Al salir del árbol, examino los alrededores del bosque y comienzo a cubrir las huellas para evitar encuentros no deseados. Si bien hasta ahora nos han entrenado en todo tipo de escenarios, aún no nos han ense?ado la peor parte de ser aventureros. Por irónico que suene, no son los monstruos ni los bandidos; en realidad, son los propios aventureros, o mejor dicho, los mercenarios. Aunque están ubicados en la misma ciudad, no pertenecen al gremio. Así que, si ocurre algún accidente relacionado con ellos, no estará registrado.
This story has been stolen from Royal Road. If you read it on Amazon, please report it
Al terminar de cubrir las huellas, comienzo a buscar los hongos que necesito para el antídoto. Pasando entre algunos árboles, finalmente encuentro el primer hongo. Al recogerlo, noto que, al igual que la serpiente que mordió a Kanea, es de color verde oscuro. Después de buscar unos cuantos más, me dirijo a mi siguiente objetivo: el río. Al llegar, percibo a un sagreso del bosque tomando agua. Este animal solo se alimenta de plantas. Recordando lo que me dijo Kanea, debo seguirlo un poco, sin que me note, y quizás me lleve al moho que estoy buscando.
Con ese pensamiento, el animal comienza a moverse río arriba. Después de unos minutos, llegamos a una parte del río donde la corriente no es tan agresiva. Allí comienza a adentrarse en el agua y a comer el hongo que busco. Hago algo de ruido para espantar al animal y lo consigo. Al volver la mirada al cielo, noto que ya ha pasado el mediodía. Suspirando, recuerdo el tiempo transcurrido desde que la serpiente mordió a Kanea. A pesar de presentar los síntomas, todo estará bien siempre y cuando no me demore demasiado. Si paso demasiado tiempo, podría ser peligroso, pero con el antídoto, solo tendrá algo de fatiga durante los siguientes días.
Habiendo recogido suficiente material para el antídoto, tomo un momento para calcular cuánto tiempo me llevará conseguir los ingredientes que necesito. Esa búsqueda solo tomará una hora más, en el peor de los casos. Es un tiempo más que suficiente para afirmar que no podré encontrar a tiempo uno de los dos materiales necesarios para el antídoto.
Saliendo a toda prisa, me dirijo al primer ingrediente: las hojas del árbol de abel. Tras unos minutos corriendo por el bosque, noto un árbol un poco más grande que los demás. Cada hoja tiene la peculiaridad de contar con dos puntas, como si de cada corazón brotaran dos caminos. A simple vista, parecen solo hojas usadas como decoración en tiempos de fiestas por esta zona, pero gracias a una alquimista anónima, logré encontrar un propósito para estas hojas. Apretando una de las hojas, miro al cielo. Esa alquimista hizo mucho en la guerra, pero nadie la conoció; incluso en los círculos cerrados, nadie la conocía. Sin poder evitarlo, una pregunta sale de mis labios:
—?Será que en esta vida podría preguntar quién eres? Quisiera entender por qué decidiste ese anonimato y qué te pasó después.
A pesar de la información que existe actualmente, hay posibilidades de que no se haya explorado todo lo que este tipo de árbol pueda ofrecer. Pero eso será investigado en el futuro. Por ahora, tengo la oportunidad de aprovecharlo. Apretando la hoja, refuerzo mi determinación. Con ese pensamiento, tomo varias raíces junto con las hojas como ingredientes. Al obtener las suficientes, me dirijo a mi siguiente objetivo: las raíces de un tipo de muérdago blanco. Este tipo crece cerca de las profundidades del bosque, y los aventureros lo evitan, ya que aquí encuentran demasiados peligros debido a la excesiva cantidad de maná; por eso, nadie aún lo explora. Al llegar al lugar que necesito, una ligera sensación de incomodidad y una extra?a brisa provocan un escalofrío en mí. Sin querer darle más importancia, veo un árbol un poco más grande que los que he visto hasta ahora; es una se?al de que estoy por entrar en las profundidades del bosque, y eso es lo que necesito. Revisando el árbol, me doy cuenta de que cerca de una de las raíces está el muérdago. Sacando una cuchilla enredada con una cuerda que tomé prestada de las instalaciones, empiezo a intentar obtener ese muérdago.
Después de unos intentos, lo consigo. Al tomarlo entre mis manos, la ligera incomodidad se transforma en miedo. Una sensación de temor recorre mi cuerpo, seguida de dos rugidos extremadamente fuertes, algo ya conocido para mi mente, pero desconocido para mi cuerpo, que queda paralizado. Cuando logro recuperar el control, comienzo a correr, enfrentándome a esa sensación. Después de unos minutos sin resultados, busco en los alrededores alguna forma de cubrirme mientras esa sensación se vuelve más intensa cada segundo. Tras unos segundos más de búsqueda, lo veo: un hueco cerca de la base de un árbol. Al llegar, trato de cubrirme y calmar mi respiración. La intención de esos animales no es nada en comparación con los enemigos que enfrentaré. Después de unos minutos, la sensación de miedo alcanza su nivel más alto; al fijarme detenidamente, una sensación de asombro me invade: uno de ellos es un dragón caído y el otro, tal vez, un animal de rango S. Estos dos animales luchan ante mí, entre rasgu?os y mordidas. El otro animal logra soltarse del dragón y comienza a correr lejos de él. Con esa acción, el dragón empieza a olfatear los alrededores durante unos segundos, como si la bestia que estaba cazando ya estuviera muerta, y tras una profunda inhalación, lo sigue furioso.
Al esperar unos minutos para salir, la sensación de miedo pasa a incomodidad y después desaparece. Salgo de ese escondite y comienzo a revisar mis alrededores solo para estar seguro. Un profundo suspiro se escapa de mis labios y no puedo evitar pensar que, a pesar de que este tipo de dragones que viven aquí cazan monstruos de rango S por su igualdad en tama?o y poder, evitan presas peque?as y débiles; es raro que lo hagan cerca del exterior del bosque.
—Podría ser que... no, no vale la pena pensar en algo sin pruebas.
Sin querer terminar esa idea, comienzo a regresar por mis pasos. Ya he tardado demasiado para poder entregarle el antídoto a Kanea. Si me demoro más de lo que debo, ella estaría en mayor riesgo. Al cruzar por el río, veo grandes manchas de sangre cerca de ahí y árboles caídos más allá; una clara se?al de que algo grande y lastimado cruzó por allí. Con esas se?ales, una idea surge en mí: si esa bestia luchó con el dragón y logró escapar, sus heridas tal vez son demasiado severas para que aguante. Si sigo ese camino, quizás pueda encontrar una escama de ese dragón, pero, si lo hiciera, Kanea podría sufrir las consecuencias de esa decisión. Con esa incertidumbre, aprieto el pu?o en frustración. Si tan solo tuviera maná, podría cubrir el tiempo de forma perfecta. Dando un suspiro, mis pies comienzan a dirigirse hacia ese camino lleno de sangre.
Una imagen se cuela en mi mente: una mujer de pelo azul y metalizado sentada en un bar, diciendo:
—Yo solo quisiera ayudar en la medida de lo posible.
Con esas palabras, una risa amarga escapa de mí y no puedo evitar relacionar esas palabras con lo que le está pasando a Kanea. De pronto, otra idea surge en mi mente: si Kanea sobrevive, podría convencerla para ayudarme a convertir estos materiales en lo que necesito; sería mucho más eficiente que si lo hiciera yo. Corrigiendo mi rumbo, me dirijo hacia donde está Kanea para poder ayudarla. Después de unos minutos, logro ver el árbol hueco en donde la dejé. Al entrar, la veo acostada en el suelo, pálida, con sus labios azulados y su tez pálida que contrasta entre ambos. Al revisar su cuello, su pulso es demasiado irregular, se?al de que el veneno ha comenzado a circular por todo su cuerpo.

