Un sonido agudo, electrónico y despiadadamente insistente, perforó las capas de una oscuridad fría y silenciosa donde flotaba a la deriva. No era el siseo incorpóreo de las sombras hambrientas ni el grito psíquico que había amenazado con desgarrar su mente. Era un pitido repetitivo, familiar hasta la médula, casi irritante en su normalidad: la alarma de su teléfono móvil.
Martín abrió los ojos de golpe, su cuerpo reaccionando con un espasmo de adrenalina residual, el corazón martilleando contra sus costillas como un tambor de guerra enano. La confusión fue instantánea, un choque violento entre el horror recién abandonado y la realidad que ahora lo asaltaba. Esperaba la opresión de la piedra milenaria, el brillo azulado de runas ancestrales, el frío que calaba los huesos, la mirada preocupada de Althaea o la curiosidad depredadora de Thorian. En su lugar, la suave luz del amanecer se filtraba por las rendijas de la persiana de su habitación, trazando patrones familiares sobre el desorden reconfortante de su escritorio, la pila de basura electronica junto a la cama, el sonido de su impresora 3D trabajando en un trabajo que le habian pedido. El aire olía a sábanas limpias, a polvo doméstico y al aroma inconfundible del café recién hecho.
Se incorporó con una rapidez que lo dejó sin aliento, sentándose en el borde de la cama, sus pies desnudos buscando instintivamente la solidez tranquilizadora de la alfombra. Miró sus manos bajo la luz matinal: piel pálida pero normal, dedos sin cortes ni quemaduras por energía arcana, u?as limpias. No había rastro del disco metálico frío en su cinturón inexistente, ni del amuleto de turmalina y amatista contra su pecho. Pasó una mano temblorosa por su frente, esperando encontrar sudor frío o la marca de un golpe, pero solo sintió su propia piel, cálida y viva.
?Un sue?o?
La idea surgió, tímida al principio, casi increíble después de la intensidad, la realidad sensorial de la pesadilla. ?Podía ser? ?Karak Dhur, Althaea, el código mágico, las sombras... todo producto de una mente agotada por el estrés del último proyecto en el trabajo? ?Una febril invención nacida de demasiadas noches de codificación tardía y quizás esa combinación cuestionable de pizza y bebida energética?
Se levantó, sus piernas sintiéndose extra?amente ligeras, casi débiles en comparación con la tensión muscular constante que recordaba de la huida por los túneles. Caminó hacia la ventana, apartando la persiana con cuidado. Afuera, el sol comenzaba a ascender sobre los tejados del vecindario, pintando el cielo con tonos anaranjados y rosados. Un coche pasó por la calle, el sonido familiar de su motor un bálsamo para sus oídos acostumbrados al silencio muerto o al estruendo industrial. Un perro ladró a lo lejos. Era... normal. Absolutamente, aplastantemente normal.
Una risa nerviosa escapó de sus labios, seguida por una oleada de alivio tan profunda, tan visceral, que sintió cómo las lágrimas le quemaban los ojos. Se apoyó en el alféizar, respirando hondo, dejando que la realidad familiar lo envolviera, lo anclara.
Fue un sue?o. Dios mío, solo fue un sue?o.
Un sue?o increíblemente detallado, aterrador, lleno de sensaciones que aún parecían vibrar bajo su piel —el frío de las sombras, el peso de la lanza de Althaea, el zumbido del Magitek—, pero un sue?o al fin y al cabo. La lógica se impuso. Hombres Bestia, magia como código, ciudades bajo monta?as... era el material de las novelas de fantasía que devoraba, no de la realidad.
El teléfono en su mesita de noche seguía pitando, recordándole la tiranía implacable de la rutina diaria. Lo tomó y silenció la alarma con un gesto automático. La pantalla mostraba la hora: 7:00 AM. Hora de levantarse, ducharse, preparar el café, sacar a Maya, ir al trabajo. La misma rutina de siempre. La misma vida predecible y segura.
Una sonrisa genuina, la primera en lo que pareció una eternidad, se dibujó en su rostro. La normalidad, esa misma rutina que a veces le parecía monótona, ahora se sentía como el regalo más precioso, el puerto más seguro tras una tormenta inimaginable. Estaba en casa. Estaba a salvo. Y aunque el eco de la pesadilla aún persistía, la luz del sol y el olor del café eran promesas de que la oscuridad había quedado atrás, relegada al reino efímero de los sue?os.
El alivio inicial se asentó en una sensación de profunda gratitud mientras Martín se movía por los rituales familiares de su ma?ana. El agua caliente de la ducha sobre su piel, el aroma del champú de siempre, el tacto suave de la toalla... cada peque?a sensación era una reafirmación de la normalidad, un ancla contra los recuerdos turbulentos de la pesadilla. Se vistió con su ropa habitual —vaqueros, una camiseta algo arrugada, su sudadera favorita—, sintiendo el peso familiar de la tela, tan diferente de las túnicas improvisadas o el cuero rígido que recordaba haber llevado en el sue?o.
Bajó las escaleras, el crujido familiar del tercer escalón un sonido reconfortante. En la cocina, la cafetera ya había terminado su ciclo, llenando el aire con ese aroma que siempre asociaba con el inicio del día. Se sirvió una taza grande, negra y con leche sintiendo el calor familiar en sus manos. Mientras esperaba que el café se enfriara un poco, escuchó un movimiento suave a sus pies.
Maya, su perra, una mezcla de labrador leal y torpe, lo miraba con sus grandes ojos marrones llenos de expectación matutina, la cola golpeando suavemente contra el suelo. A su lado, casi invisible contra las baldosas oscuras, estaba Nyx, su gata negra, observándolo con esa indiferencia felina que extra?amente también le resultaba reconfortante.
—"Hola, chicas"—, murmuró Martín, agachándose para acariciar las orejas suaves de Maya y rascar detrás de las orejas a Nyx, quien respondió con un ronroneo apenas audible. La simple fisicalidad de sus mascotas, su calor, su presencia incondicional, era otro bálsamo para los nervios aún crispados por los ecos del sue?o.
Abrió la puerta trasera y Maya salió disparada hacia el peque?o patio trasero, ladrando alegremente a una ardilla que se burlaba de ella desde la valla. Martín sonrió. Sacó el cuenco de Maya, lo llenó con el pienso habitual y observó cómo su perra devoraba el desayuno con entusiasmo. Mientras esperaba, apoyado en el marco de la puerta, respirando el aire fresco de la ma?ana, notó algo. Un sonido. El silbido agudo del viento al pasar entre los árboles del vecino. Por un instante fugaz, ese sonido no fue viento, sino el eco distante de un grito psíquico, el clamor de las sombras en la caverna... Sacudió la cabeza bruscamente. Solo el sue?o, se dijo a sí mismo. Demasiado estrés últimamente.
Volvió adentro justo cuando su madre bajaba las escaleras, bostezando, envuelta en su bata. —?"Ya estás levantado, hijo? ?Dormiste bien?"—. Su voz, cálida y familiar, era otro ancla a la realidad.
—"Sí, mamá. Dormí... mucho"—, respondió Martín, forzando una sonrisa. No quería preocuparla con los detalles de su "pesadilla". —"El café está listo"—.
Desayunaron juntos en silencio, leyendo las noticias en sus tabletas, una rutina tranquila que contrastaba violentamente con las comidas apresuradas y funcionales que recordaba haber compartido con Althaea junto a fogatas improvisadas. Al mirar la pantalla de su tableta, por un segundo, las letras parecieron desenfocarse, reorganizándose momentáneamente en patrones extra?os, líneas brillantes que recordaban inquietantemente al "código" que había visto en el sue?o. Parpadeó con fuerza y la imagen volvió a la normalidad. Debo estar agotado, pensó, frotándose los ojos. Necesito tomarme las cosas con más calma en el trabajo.
Se despidió con un beso en al mejilla de su madre, cogió las llaves del coche y salió hacia la cochera. El olor familiar del interior del coche, el tacto del volante, el sonido del motor al arrancar... todo contribuía a la sensación de estar de vuelta, de pertenecer. Condujo por las calles conocidas, el tráfico matutino, los semáforos, los mismos edificios de siempre. Pero mientras esperaba en un semáforo, mirando distraídamente un callejón oscuro entre dos edificios, le pareció ver una sombra moverse de una forma... antinatural. Fluida, deslizante. Apartó la mirada rápidamente, el corazón latiéndole un poco más deprisa. Imaginación, se reprendió. Consecuencias de un sue?o demasiado intenso.
Sin embargo, a pesar de sus esfuerzos por aferrarse a la normalidad, una peque?a semilla de inquietud había sido plantada. Esas fugaces notas discordantes, esos ecos sensoriales del sue?o, eran como peque?as grietas en la superficie tranquilizadora de su rutina. Eran fáciles de descartar por ahora, fáciles de atribuir al cansancio o al estrés, pero estaban allí, una sutil advertencia de que quizás el velo entre el sue?o y la vigilia no era tan sólido como deseaba creer.
La familiaridad del edificio de oficinas, con su aire acondicionado ligeramente ruidoso y el murmullo constante de teclados y conversaciones de fondo, debería haber sido reconfortante. Sin embargo, al cruzar las puertas automáticas, Martín sintió una extra?a oleada de... alienación. El entorno pulcro, las luces fluorescentes, los cubículos ordenados... todo parecía demasiado artificial, demasiado estructurado después de la crudeza orgánica del bosque de Oakhaven o la grandeza opresiva de Karak Dhur que aún persistían en su memoria onírica. Sacudió la cabeza de nuevo, forzándose a entrar en modo laboral.
—"?Hombre, Martín! ?Por fin apareces!"— La voz jovial de David, su compa?ero de equipo y amigo más cercano en la oficina, lo sacó de sus pensamientos. David se acercó con dos tazas de café humeante. —"Pensé que te había abducido una secta de programadores de ensamblador o algo así. ?Todo bien? Pareces... pálido"—.
Martín aceptó el café, agradecido por la normalidad de la interacción, aunque la mención de "secta" le provocó un escalofrío involuntario al recordar la espiral retorcida. —"Estoy bien, Dave. Solo... una noche larga. Ya sabes, código rebelde"—, improvisó, intentando sonar casual.
—"?Ja! Ni me lo digas"—, rio David. —"Esa nueva app de logística que nos encargó el jefe es un monstruo. Estuve atascado con el módulo de optimización de rutas toda la ma?ana. ?Le echaste un vistazo ayer?"—
Martín asintió, dirigiéndose a su puesto de trabajo. Encendió su computadora, el zumbido familiar del ventilador y el brillo del monitor una visión casi extra?a. Abrió el entorno de desarrollo, las líneas de código Python apareciendo en la pantalla. Por un momento, se quedó mirando fijamente. El código le parecía... plano. Lógico, ordenado, predecible... pero carente de la vibrante complejidad tridimensional, de la energía inherente que había "visto" en las runas Magitek o en los flujos naturales de la magia Silvan de su sue?o. Era como pasar de ver una escultura real a mirar un dibujo técnico.
—"?Martín? ?Estás ahí?"—, preguntó David, asomándose por encima del separador del cubículo.
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—"Eh... sí, sí. Perdona"—, parpadeó Martín, volviendo a la realidad. Se obligó a concentrarse en las líneas de Python. Recordó el problema del módulo de optimización. Era un algoritmo complejo, pero seguía una lógica clara. Comenzó a teclear, sus dedos moviéndose con la memoria muscular de a?os de práctica. Encontró el error de lógica en el código de David en pocos minutos, un bucle mal cerrado que causaba un cálculo ineficiente.
—"Aquí está"—, le dijo a David, se?alando la línea en la pantalla. —"Este while debería tener una condición de salida diferente para evitar iteraciones innecesarias en rutas ya descartadas"—.
David revisó el código. —"?Ah, claro! ?Maldita sea, qué tonto! ?Gracias, tío! ?Me has salvado horas!"—. Volvió a su puesto, murmurando sobre índices y condiciones.
Martín continuó trabajando en su propia sección de la aplicación. La programación le resultaba fácil, casi automática. Era su mundo, su lenguaje. Pero mientras escribía funciones y depuraba errores, no podía evitar comparar. La lógica fría del código informático frente a la energía viva y a veces caótica del "código" mágico que recordaba. La precisión de las variables definidas frente a la fluidez impredecible del maná. La satisfacción de compilar un programa sin errores frente a la sensación de poder (y peligro) al manipular directamente la estructura de un hechizo.
En un momento, al intentar compilar una sección particularmente compleja, el programa arrojó un error inesperado, una excepción críptica que no tenía sentido inmediato. Una oleada de frustración lo recorrió, desproporcionada para un simple bug de software. Por un instante, sintió el impulso absurdo de levantar el disco inexistente en su cinturón, de ver el error en el flujo de datos, de depurarlo energéticamente... Tuvo que cerrar los ojos y respirar hondo, recordándose dónde estaba. Es solo un programa, Martín. No es un sello rúnico a punto de explotar.
Murmuró una palabra en voz baja, una interjección aprendida en Oakhaven, algo gutural que no pertenecía al vocabulario de la oficina. David, desde el cubículo de al lado, levantó la cabeza. —?"Dijiste algo?"—.
—"No, no. Nada"—, se apresuró a decir Martín, sintiendo un ligero rubor. —"Solo... pensando en voz alta"—.
La jornada laboral transcurrió así, en una extra?a dualidad. Por fuera, era el programador competente de siempre, resolviendo problemas, escribiendo código, interactuando con sus compa?eros. Pero por dentro, una parte de él seguía en los túneles oscuros de Karak Dhur, analizando flujos de energía, sintiendo el frío de las sombras, escuchando el eco de un susurro. La normalidad que tanto había anhelado se sentía ahora como un disfraz, una fachada que ocultaba una realidad mucho más extra?a y peligrosa que apenas comenzaba a asimilar, incluso si aún intentaba convencerse de que todo había sido solo un sue?o.
El trayecto de vuelta a casa fue un respiro bienvenido después de la tensión subyacente de la oficina. Conducir por rutas familiares, escuchar la radio, ver el paisaje urbano deslizarse por la ventanilla... todo contribuía a reforzar la sensación de normalidad, aunque la sombra de la duda persistía, como una mancha en el rabillo del ojo que desaparecía al intentar mirarla directamente.
Al entrar en casa, el olor reconfortante de la cena casera lo recibió. Su madre estaba en la cocina, tarareando suavemente mientras removía algo en una olla. La simple visión de ella, segura y real en el entorno familiar, disipó momentáneamente las últimas brumas de inquietud.
—"Hola, ma"—, dijo Martín, dejando su mochila junto a la puerta.
—"?Hola, cari?o! ?Qué tal el trabajo?"—, preguntó ella, girándose con una sonrisa cálida. —?"Mucho código hoy?"—.
—"Lo normal"—, respondió él, devolviéndole la sonrisa. —"?Necesitas ayuda con algo?"—.
—"Ya casi está. ?Por qué no pones la mesa?"—.
La cena fue tranquila, un momento de conexión genuina que Martín había anhelado desesperadamente en su... sue?o. Hablaron de cosas triviales: el trabajo de él, los planes de ella para el jardín, las últimas noticias del vecindario. La conversación era fácil, cómoda, el ritmo familiar de una vida compartida. Y sin embargo, mientras escuchaba a su madre hablar de las nuevas rosas que quería plantar, Martín no pudo evitar que su mente divagara hacia Althaea, hacia sus conversaciones silenciosas junto al fuego, hacia la forma en que ella le había ense?ado a sentir la vida en el bosque. ?Eran estas rosas tan diferentes de las plantas que había aprendido a sanar con un toque de energía Silvan?
Después de cenar, como solían hacer a veces, decidieron dar un paseo en coche por la costanera. El aire del rio, el sonido de las olas rompiendo suavemente contra la orilla, las luces de la ciudad reflejándose en el agua oscura... era un escenario pacífico, casi idílico.
—"Pareces cansado últimamente, hijo"—, comentó su madre con suavidad, mientras miraba el mar. —"Como si no estuvieras durmiendo bien. O como si hubieras estado... luchando contra demonios"—. Soltó una risita, ajena al escalofrío que sus palabras provocaron en Martín.
él forzó una sonrisa. —"Solo mucho trabajo, ma. El proyecto nuevo es exigente"—. Pero la mención casual de "demonios" resonó de forma incómoda, recordando las sombras, la energía oscura, la sensación de maldad que había percibido en la caverna.
Miró la luna llena que comenzaba a ascender sobre el horizonte marino, su luz plateada trazando un camino brillante sobre las olas oscuras. La imagen era hermosa, serena. Pero por un instante, esa luz plateada se superpuso en su mente con el brillo frío y azulado del sello rúnico en las profundidades de Karak Dhur. Sacudió la cabeza, apartando la visión. Solo cansancio, se repitió a sí mismo, aunque la convicción sonaba cada vez más hueca.
De vuelta en casa, la fatiga del día (y quizás algo más) lo venció. Se echó una siesta en el sofá, pero el descanso no fue reparador. Sue?os fragmentados lo asaltaron: túneles oscuros, ojos blancos brillantes observándolo desde las sombras, el tacto helado de algo etéreo sobre su piel. Se despertó sobresaltado, con el corazón latiendo con fuerza y una sensación persistente de frío que no lograba quitarse, a pesar del calor de la manta que su madre le había echado encima.
Se preparó un café fuerte, necesitando la cafeína para despejar la niebla de su mente. Mientras esperaba, volvió a llenar el cuenco de Maya y le lanzó una pelota en el patio. La perra corrió alegremente, ajena a la creciente inquietud de su due?o. Martín la observó jugar, pero su mente estaba en otra parte. ?Estaría Althaea bien? ?Seguiría sintiendo ese frío en el brazo? La preocupación por su amiga del "sue?o" surgió con una fuerza inesperada, una punzada de lealtad que se sentía absurdamente real.
Más tarde, intentó distraerse jugando online con sus amigos. Las risas, las bromas, la competencia familiar... deberían haber sido suficientes para anclarlo en la realidad. Pero incluso allí, la sensación de vacío persistía. Las victorias virtuales se sentían insípidas comparadas con la cruda supervivencia en el bosque o la tensión del combate real contra los goblins. La camaradería digital parecía una imitación pálida de la confianza forjada en el peligro compartido con Althaea, Gorak o incluso el pragmático Thorian.
Durante la cena tardía con su madre, la conversación fue más forzada. Martín estaba más callado, su mente divagando. Notó que su madre lo observaba con una leve preocupación en los ojos, pero no hizo más preguntas. Después, sacó a Maya para un último paseo nocturno por el vecindario tranquilo. Las farolas proyectaban largas sombras en las aceras silenciosas. Cada sombra parecía demasiado oscura, demasiado profunda. Cada rincón oscuro parecía ocultar una posible amenaza. Se encontró tensándose al oír un ruido repentino, buscando instintivamente un arma que no llevaba.
La rutina reconfortante del hogar, el refugio que tanto había anhelado, comenzaba a sentirse frágil, casi como un decorado. Las peque?as fisuras de disonancia se estaban convirtiendo en grietas más profundas. La sombra del "sue?o", lejos de disiparse con la luz del día, parecía estar creciendo, proyectándose sobre la realidad misma, susurrando dudas en la quietud de su mente. La paz que había sentido al despertar se estaba erosionando, reemplazada por una inquietud persistente que le decía que algo, algo fundamental, seguía estando terriblemente mal.
El fin de semana llegó como una promesa de descanso y normalidad, una oportunidad para sacudirse por completo los persistentes ecos de la pesadilla. El sábado por la ma?ana, Martín y su madre mantuvieron su tradición de ir a la playa cercana, no para nadar en el agua aún fría de la estación, sino para caminar por la orilla y tomar un termo de té caliente sentados en la arena, observando el ir y venir de las olas.
El aire salado, el sol pálido en el rostro, el sonido rítmico del mar... todo debería haber sido relajante. Soltaron a Maya, quien corrió libre por la extensión de arena, persiguiendo gaviotas imaginarias y revolcándose en la arena con pura alegría canina. Verla correr así, tan libre, tan despreocupada, evocó en Martín una punzada inesperada. Pensó en Althaea, en la forma en que se movía por el bosque, una criatura salvaje y libre en su propio elemento, y luego recordó la tensión en sus hombros en los túneles de Karak Dhur, el malestar en su rostro ante la opresión de la piedra. La imagen de Maya corriendo libre contrastaba dolorosamente con la sensación de encierro que Althaea debía estar sintiendo, incluso si solo era en un sue?o. ?Por qué le importaba tanto un personaje de un sue?o?
Mientras tomaban el té, su madre le hablaba animadamente de un libro que estaba leyendo. Martín intentaba seguir la conversación, asentía en los momentos adecuados, pero su mirada se perdía en el horizonte grisáceo del mar. Las olas rompiendo contra las rocas le recordaban el sonido amortiguado de las sombras golpeando los escudos enanos. El brillo del sol sobre el agua le traía a la mente el destello cegador de la linterna Magitek. Apartó esos pensamientos con esfuerzo. Es solo un sue?o. Ya pasó. Pero la convicción flaqueaba.
El almuerzo fue en un peque?o restaurante con vistas al mar. Comida normal, conversación normal. Pero Martín se encontró observando a la gente a su alrededor con una nueva perspectiva. ?Cuántos de ellos ocultaban secretos? ?Cuántos llevaban máscaras de normalidad sobre vidas de desesperación silenciosa? El mundo familiar de repente parecía lleno de profundidades ocultas, de sombras que antes no había notado.
Por la noche, se reunió con sus amigos de siempre para una noche de pizza y videojuegos. Intentó sumergirse en la camaradería, en las bromas, en la competencia amistosa. Rió, jugó, habló de las mismas cosas de siempre. Pero sentía una distancia, una desconexión. Sus preocupaciones, las que ahora lo consumían en silencio, eran tan ajenas a este mundo, a esta vida, que se sentía como un actor interpretando un papel que ya no le encajaba. Cuando uno de sus amigos hizo una broma sobre "niveles subterráneos" en el juego, Martín sintió un escalofrío recorrerle la espalda y tuvo que esforzarse para no reaccionar de forma extra?a.
El domingo transcurrió en una atmósfera similar de normalidad forzada. Ayudó a su madre a preparar una comida más elaborada, lasa?a casera, su favorita. El olor llenó la casa, familiar y reconfortante. Comieron juntos, hablaron de planes para la semana siguiente. Pero mientras su madre hablaba, Martín se encontró mirando sus manos, esperando casi ver el brillo del "código" en los ingredientes, en el flujo de calor del horno. No vio nada, por supuesto. Era solo comida. Era solo su cocina. Pero la ausencia de esa percepción extra?a, que en su "sue?o" se había vuelto tan fundamental para entender el mundo, ahora se sentía como una ceguera, una limitación.
Esa tarde, mientras ordenaba su habitación, encontró un viejo cuaderno de bocetos de su época de estudiante. Lo abrió y, entre dibujos técnicos y dise?os de personajes de videojuegos, encontró una página donde había garabateado símbolos extra?os, espirales, runas improvisadas... símbolos que ahora le resultaban inquietantemente familiares. Recordó haberlos dibujado durante una noche de insomnio hacía meses, inspirado por alguna novela de fantasía o un juego. Pero al verlos ahora, la espiral retorcida de la Marca de la Sombra parecía mirarlo directamente desde la página. ?Era solo una coincidencia? ?O había algo más profundo, una conexión que su mente consciente aún se negaba a aceptar?
Se preparó para el lunes, para el inicio de otra semana de trabajo, de rutina. Pero la sensación de refugio se había evaporado por completo. La normalidad ya no era reconfortante, era... insuficiente. Vacía. Las peque?as fisuras de disonancia se habían ensanchado hasta convertirse en grietas profundas en la fachada de su realidad.
Mientras se acostaba esa noche, mirando el techo familiar en la oscuridad, la pregunta ya no era una duda susurrada, sino un grito silencioso en su mente: ?Fue realmente un sue?o? ?O es esto el sue?o? ?Qué es real? La comodidad de su hogar se había transformado en una jaula dorada, y la sombra de la duda, el eco del hogar perdido en otro mundo, se cernía sobre él, más oscura y persistente que nunca. Ya no podía simplemente descartarlo. Necesitaba respuestas, y sabía, con una certeza creciente y aterradora, que no las encontraría aquí.

