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Capítulo 68 - Donde la Sombra Reside

  El pitido insistente del despertador digital atravesó la neblina del sue?o como un estilete de hielo. Martín abrió los ojos, el corazón dando un salto errático en su pecho, esperando encontrarse con la fría y opresiva piedra de Karak Dhur. En cambio, la luz suave del amanecer ba?aba su habitación familiar, delineando los contornos de sus muebles, la ropa amontonada en una silla, la pantalla apagada de su computadora. El alivio fue una oleada física, casi dolorosa en su intensidad, seguida inmediatamente por la conclusión lógica: fue un sue?o. Un sue?o prolongado, vívido y aterrador, pero solo eso.

  Se sentó en la cama, respirando hondo, tratando de disipar los últimos vestigios de la pesadilla: el frío glacial, el susurro insidioso, la mirada ámbar preocupada de Althaea. Miró sus manos, las giró bajo la luz. Piel normal, sin heridas, sin el recuerdo del metal candente del disco. Se palpó el pecho, buscando el amuleto protector inexistente. Nada. Solo el algodón de su pijama.

  Estás en casa, Martín, se dijo a sí mismo, forzando una calma que no sentía del todo. Estás a salvo.

  Se levantó, el suelo alfombrado familiar bajo sus pies descalzos. El sonido de la cafetera preparándose abajo, el lejano murmullo del tráfico matutino... todo era un bálsamo de normalidad. Se vistió mecánicamente: vaqueros, camiseta, la sudadera cómoda de siempre. Cada prenda se sentía correcta, pero extra?amente ajena, como si se estuviera poniendo un disfraz después de haber llevado una armadura invisible durante mucho tiempo.

  En la cocina, el aroma del café llenaba el aire. Su madre ya estaba allí, leyendo las noticias en su tableta, levantando la vista con una sonrisa somnolienta al verlo entrar. —?"Buenos días, dormilón. ?Pesadillas de nuevo?"—. Su tono era casual, pero Martín sintió un leve sobresalto. ?Había hablado en sue?os? ?Había gritado?

  —"Algo así, ma"—, respondió vagamente, sirviéndose una taza. —"Mucho trabajo acumulado, supongo"—.

  Mientras el café se enfriaba, escuchó el familiar golpeteo de una cola contra el suelo. Maya, su labradora, lo miraba con ojos suplicantes, lista para su paseo matutino. A su lado, Nyx, la gata negra, se estiraba lánguidamente, indiferente. Martín abrió la puerta trasera. Maya salió disparada al patio, ladrando a la nada con entusiasmo. Martín le puso comida en el cuenco. Observó a su perra comer, un acto tan simple, tan cotidiano. Pero mientras lo hacía, el ladrido agudo de Maya le recordó por un instante el gru?ido de advertencia de Althaea en los túneles. Y el pelaje negro y lustroso de Nyx, al moverse bajo la luz, pareció por un segundo retorcerse, volverse inestable, como las sombras que los habían atacado.

  Parpadeó con fuerza. Basta ya, se reprendió. Fue un sue?o. Punto.

  Desayunó con su madre, la conversación fluyendo sobre temas mundanos. Pero Martín se encontró escuchando con una intensidad inusual, analizando cada palabra, cada gesto, buscando... ?qué exactamente? ?Una se?al? ?Una prueba de que todo era real? La idea era absurda, pero no podía evitarlo. En un momento, su madre mencionó a una vecina que se había mudado recientemente. "?Recuerdas a la se?ora Petrova, la del jardín lleno de gnomos de cerámica?", preguntó. La palabra "gnomo" le provocó un escalofrío involuntario, la imagen del excéntrico Thorian Ironfist superponiéndose a la de las figuras de jardín. Tuvo que esforzarse para responder con naturalidad.

  Decidió probar algo. Mientras su madre estaba distraída, activó sutilmente su visión de código, enfocándola en la taza de café, en la mesa, en la propia estructura de la cocina. Nada. Ninguna línea brillante, ningún flujo de energía, ninguna estructura subyacente. Solo la opacidad de la materia ordinaria. La ausencia debería haber sido la prueba definitiva de que estaba en su mundo real. Pero en lugar de alivio, sintió una punzada de... decepción. Una extra?a nostalgia por esa percepción aumentada que, en su sue?o, le había permitido entender el mundo de una manera completamente nueva. ?Qué me pasa?, pensó, perturbado por sus propias reacciones.

  El viaje al trabajo fue igualmente extra?o. Las calles familiares, los edificios conocidos... todo parecía ligeramente desenfocado, como visto a través de un cristal sucio. Y la sensación de ser observado persistía, un cosquilleo incómodo en la nuca. Atribuyó la sensación a la falta de sue?o, al estrés residual del "sue?o".

  Llegó a la oficina, saludó a la recepcionista con una sonrisa forzada y se dirigió a su cubículo. El murmullo de la oficina, el brillo de las pantallas, el olor a café quemado... la normalidad lo golpeó, pero esta vez, sin el alivio inicial. Se sentía como un decorado, bien construido pero vacío.

  Fue entonces cuando David se acercó. Su rostro, normalmente abierto y amigable, estaba contraído en una mueca de irritación. No hubo saludo, solo una pregunta brusca.

  —"Oye, Martín, ?terminaste el informe de depuración del módulo Z?"—.

  Martín parpadeó, sorprendido por la hostilidad repentina. —"Eh, sí, Dave. Lo envié anoche. ?Hubo algún problema?"—.

  David soltó un bufido que fue casi un gru?ido. —"?Problema? ?Está plagado de errores! ?Errores de lógica básica que un principiante no cometería! Parece que últimamente tienes la cabeza llena de serrín, o quizás de... ?duendes verdes?"—. La frase, dicha con un desprecio helado, golpeó a Martín como una bofetada. ?Duendes verdes? ?Como los goblins de su sue?o?

  —"?Qué? No... lo revisé a fondo..."—, balbuceó Martín, sintiendo una mezcla de confusión, dolor y una creciente alarma. Esto no era normal. David nunca le hablaría así.

  —"Pues revísalo de nuevo"—, lo cortó David, su mirada fría y ajena. —"Y hazlo bien esta vez. Algunos aquí sí valoramos nuestro trabajo y no nos dedicamos a so?ar despiertos con estupideces de fantasía"—. Se dio la vuelta bruscamente y se alejó, dejando a Martín atónito y con un frío que no tenía nada que ver con la temperatura de la oficina invadiéndole el pecho.

  La máscara de normalidad se había agrietado. Y la fisura era profunda, fea, y terriblemente real. Ya no podía atribuirlo al cansancio o a un sue?o vívido. Algo estaba fundamentalmente mal. La hostilidad inesperada de su amigo, la referencia directa a elementos de su "sue?o"... era demasiado. La sospecha activa se convirtió en una certeza helada: no estaba simplemente recordando una pesadilla. Estaba dentro de algo más. Y ese algo estaba empezando a mostrar sus dientes. La erosión de su realidad familiar acababa de comenzar, y el miedo que sintió fue mucho más real y profundo que cualquier cosa que hubiera experimentado antes.

  El incidente con David dejó a Martín profundamente perturbado. Pasó el resto de la ma?ana revisando el informe de depuración una y otra vez, buscando desesperadamente los "errores básicos" que su amigo había mencionado con tanto desprecio. No encontró ninguno. El código era sólido, eficiente. La hostilidad de David no tenía justificación lógica, y eso era lo más aterrador. La sensación de irrealidad, de estar atrapado en un escenario retorcido, se aferró a él como la humedad fría de los túneles olvidados.

  Intentó hablar con otros compa?eros, buscando una semblanza de normalidad, pero las interacciones fueron extra?amente tensas. Laura, del equipo de dise?o, normalmente habladora y llena de chismes inofensivos, apenas lo miró cuando le preguntó sobre las nuevas maquetas, respondiendo con monosílabos y una frialdad inusual. Incluso el jefe, el se?or Harrison, que solía saludarlo con una palmada en la espalda, pasó a su lado con una mirada dura y un murmullo sobre "cumplir los plazos". Nadie era abiertamente agresivo como David, pero la calidez habitual, la camaradería de la oficina, había desaparecido, reemplazada por una atmósfera de sospecha y distancia. Era como si, de la noche a la ma?ana, se hubiera convertido en un paria.

  La hora del almuerzo fue solitaria. David lo evitó activamente, y los demás parecían demasiado ocupados o incómodos para compartir mesa con él. Comió un sándwich insípido en su escritorio, sintiendo las miradas ocasionales de sus colegas como agujas. La paranoia crecía. ?Estaban hablando de él? ?Había hecho algo, dicho algo, que hubiera ofendido a todos sin darse cuenta? ?O era esto parte de la... extra?eza?

  La tarde fue aún peor. Recibió un correo electrónico del se?or Harrison, lleno de críticas vagas pero severas sobre su "reciente falta de rendimiento" y "actitud distraída", amenazando con "medidas correctivas" si no mejoraba de inmediato. El tono era desproporcionado, casi acusatorio. Y luego, mientras trabajaba en el módulo Z (el mismo que David había criticado), notó algo aún más extra?o. Una línea de código que estaba seguro de haber escrito de una manera apareció sutilmente alterada en la pantalla, introduciendo un error lógico. ?Lo había escrito mal y no se había dado cuenta, o...? La duda lo carcomía.

  Esa noche, el regreso a casa no trajo alivio. La atmósfera en el hogar, antes un refugio, se había vuelto tensa, cargada de una electricidad silenciosa. Su madre, que normalmente lo recibiría con una sonrisa y preguntas sobre su día, estaba extra?amente callada durante la cena. Sus respuestas eran cortas, casi evasivas.

  —"?Estás bien, ma?"—, preguntó Martín finalmente, incapaz de soportar la tensión.

  Ella levantó la vista de su plato, y por un instante, sus ojos cálidos parecieron fríos, distantes. —"Estoy bien, Martín. Solo... pensando"—. Hizo una pausa, y luego a?adió con una extra?a dureza: —?"Estás seguro de que tú estás bien? últimamente pareces... diferente. Distante. Como si no fueras realmente tú"—.

  Las palabras lo golpearon como un martillo. ?Diferente? ?No era él mismo? ?Su madre también lo notaba? ?O era ella parte de esto? La duda se convirtió en una espiral de miedo.

  —"Soy yo, mamá. Solo estoy... cansado"—, logró decir, pero su voz sonó hueca incluso para sus propios oídos.

  Después de cenar, el silencio se hizo insoportable. Nyx, la gata, que normalmente se acurrucaría a sus pies, lo observaba desde la distancia con una mirada fija e inquietante, sus pupilas completamente dilatadas en la penumbra. Incluso Maya, siempre efusiva, parecía dudar antes de acercarse, olfateándolo con cautela antes de permitir una caricia.

  Desesperado por romper la tensión, Martín sugirió salir a dar un paseo, como solían hacer. Su madre aceptó, pero el paseo fue tenso. Caminaron en silencio por las calles familiares, pero ahora todo parecía amenazante. Las sombras bajo los árboles parecían más profundas, los sonidos nocturnos más agudos. En un momento, pasaron junto a un grupo de adolescentes riendo en una esquina. Cuando Martín los miró, sus risas cesaron abruptamente, y lo miraron fijamente con una hostilidad muda que le heló la sangre.

  De vuelta en casa, la fachada se derrumbó por completo. Mientras Martín se preparaba para acostarse, su madre entró en su habitación sin llamar. Su rostro ya no era solo frío, era... acusador.

  —"Sé que algo te pasa, Martín"—, dijo, su voz desprovista de toda calidez. —"Estás ocultando algo. Siempre has sido un so?ador, pero esto es diferente. ?En qué líos te has metido? ?Con quién has estado hablando?"—. Se acercó, sus ojos fijos en él. —"Ese 'trabajo' tuyo... esa 'programación'... ?es eso realmente lo que haces? ?O es solo una tapadera?"—.

  La acusación era tan absurda, tan fuera de lugar, que Martín sintió una mezcla de ira y pánico. —?"Mamá, de qué estás hablando? ?Soy yo! ?Tu hijo!"—.

  Ella soltó una risa seca, sin alegría. —"?Mi hijo? Mi hijo no mentiría. Mi hijo no tendría esa... oscuridad... en los ojos"—. Dio un paso más, su rostro contorsionado en una mueca desconocida. —"Dime la verdad, Martín. ?Qué viste en ese 'sue?o' tuyo? ?Qué trajiste contigo de vuelta?"—.

  La máscara se había agrietado por completo, revelando algo retorcido y hostil debajo. Ya no había duda. Esto no era su hogar. Estas no eran las personas que amaba. Estaba atrapado en una pesadilla lúcida, una ilusión que ahora se volvía activamente en su contra, usando sus afectos más profundos como armas. El miedo se transformó en una determinación helada. Tenía que entender qué estaba pasando. Tenía que encontrar la fuente de esta corrupción. Tenía que luchar.

  La confrontación con la figura distorsionada de su madre fue el punto de quiebre. El shock inicial dio paso a una claridad fría y cortante. El miedo seguía allí, un nudo helado en su estómago, pero ahora estaba superpuesto con la determinación nacida de la certeza. Esto no era real. Era una trampa, una ilusión, una manifestación de la oscuridad que había enfrentado bajo la monta?a, y ahora estaba usando sus recuerdos, sus afectos más sagrados, para atormentarlo. La ira justa que había sentido ante el Consejo Enano resurgió, pero esta vez dirigida hacia el enemigo invisible que se atrevía a profanar la imagen de su hogar.

  No, pensó con una ferocidad silenciosa. No vas a usarla contra mí. No vas a usar nada de esto contra mí.

  Retrocedió un paso de la figura que se parecía a su madre, pero cuyos ojos ahora brillaban con una luz fría y ajena. Necesitaba espacio, necesitaba pensar, necesitaba ver. Ya no intentaría encajar ni racionalizar las inconsistencias. Era hora de aplicar la única herramienta que realmente lo diferenciaba, la habilidad que había sido tanto una bendición como una maldición: su visión del código.

  Cerró los ojos por un instante, buscando esa calma interior, ese punto de enfoque que usaba para analizar los flujos de energía o depurar las runas Magitek. Ignoró la voz distorsionada que seguía acusándolo, bloqueándola como un ruido de fondo irrelevante. Respiró hondo y abrió los ojos, activando conscientemente su percepción única, pero esta vez no sobre un cristal o una runa, sino sobre la propia estructura de la realidad que lo rodeaba, sobre la habitación familiar que ahora se sentía como una jaula.

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  Al principio, no vio nada fuera de lo común. Las paredes, los muebles, la figura frente a él... todo parecía materialmente sólido, opaco a su visión energética. Pero persistió, enfocándose más allá de la superficie física, buscando las capas subyacentes, las estructuras energéticas sutiles que, según su experiencia en el otro mundo, debían existir incluso aquí, aunque fueran diferentes. Y entonces, comenzó a verlos.

  Peque?os "glitches".

  Eran casi imperceptibles al principio, como interferencias momentáneas en una pantalla vieja. Un borde de la estantería pareció vibrar por una fracción de segundo, revelando un tenue patrón de líneas grises debajo antes de volver a solidificarse. La luz de la lámpara de noche parpadeó, y durante ese parpadeo, Martín vio un código subyacente errático, inestable, muy diferente al flujo constante que esperaría de una fuente de luz normal. La textura de la alfombra bajo sus pies pareció deslizarse momentáneamente, como si la imagen no estuviera perfectamente alineada con la sensación táctil.

  Está aquí, pensó, su mente analítica tomando el control. La ilusión no es perfecta. Tiene fallos. Tiene... bugs.

  Se concentró aún más, usando su voluntad como lo hacía con el disco, como una lente de enfoque. Ahora, los glitches eran más evidentes. Vio líneas de código oscuro, negro y retorcido como el que había visto emanar del núcleo de Astracita, superpuestas sobre la realidad familiar. Eran como un virus informático infiltrado en un sistema operativo estable, corrompiendo archivos, alterando funciones.

  Miró a la figura de su "madre". Ahora, bajo su visión de código, la imagen familiar estaba cubierta por una capa temblorosa de ese código negro. Las líneas oscuras se concentraban alrededor de sus ojos y su boca, explicando la frialdad de su mirada, la dureza antinatural de su voz. No era su madre; era una marioneta, una proyección animada por la misma energía corruptora que había sentido en la caverna.

  Una oleada de furia fría recorrió a Martín. ?Cómo te atreves?

  Pero no era momento para la ira. Era momento para el análisis. Si podía ver el código corrupto, quizás podría seguirlo hasta su origen. Como rastrear una infección de malware hasta el servidor fuente.

  Comenzó a moverse por la habitación, luego por el pasillo, sus ojos escaneando constantemente, ignorando las palabras hostiles o las miradas de desprecio de las figuras familiares (su "madre", un eco fantasmal de "David" que pareció cruzarse con él en el pasillo) que ahora veía claramente como proyecciones corruptas. Buscaba la concentración más alta del código negro, el punto desde donde parecían emanar las interferencias.

  Los hilos oscuros parecían converger hacia la planta baja, hacia la sala de estar. Descendió las escaleras, cada paso revelando más fallos en la matriz de la ilusión: un cuadro en la pared que mostraba brevemente una escena diferente y perturbadora, un reflejo en el espejo del pasillo que no era el suyo propio, sino una silueta oscura y retorcida.

  Llegó a la sala de estar. El aire aquí se sentía más pesado, más frío. El código negro era visiblemente más denso, tejiendo patrones enfermizos sobre los muebles familiares, sobre las fotos en la repisa, sobre la vieja chimenea apagada. Y en el centro de la habitación, donde antes solo había una alfombra, ahora percibía una concentración masiva de energía oscura, un vórtice de código negro que tiraba de las líneas corruptas de toda la casa hacia sí mismo.

  No tenía una forma física definida en el mundo "real" de la ilusión, pero en su visión de código, era inconfundible: una masa pulsante de oscuridad pura, con la misma estructura caótica y devoradora que había visto en el núcleo de Astracita. La fuente de la corrupción, la entidad que estaba proyectando esta pesadilla, estaba allí, oculta a simple vista, en el corazón mismo de su hogar mental profanado.

  Se detuvo en el umbral de la sala, preparándose. Había encontrado al titiritero detrás de las marionetas hostiles. Ahora venía la parte difícil: la confrontación.

  Martín avanzó hacia la sala de estar, ahora el epicentro visible de la corrupción que había distorsionado su realidad familiar. El aire era gélido, cargado con una estática que erizaba el vello de sus brazos. La visión del código revelaba una infestación: líneas negras y retorcidas se adherían a cada superficie como una telara?a oscura, pulsando débilmente, todas convergiendo hacia el centro de la habitación. Allí, donde antes estaba la alfombra persa que su madre tanto apreciaba, la realidad misma parecía haberse rasgado.

  Flotando a escasos centímetros del suelo, se materializaba una masa turbulenta de humo negro, densa y opaca, que absorbía la poca luz que lograba filtrarse en la habitación ilusoria. No era un simple humo; tenía una textura casi oleosa, con volutas que se retorcían y se plegaban sobre sí mismas como serpientes de obsidiana líquida. Era el color de la Astracita, esa negrura absoluta que anulaba la luz, y pulsaba con un ritmo lento, orgánico y profundamente antinatural, como el latido de un corazón enfermo. El frío que emanaba era intenso, un frío que no solo helaba la piel, sino que parecía penetrar hasta el alma. La presión mental, el susurro subyacente, se intensificó exponencialmente al cruzar el umbral, convirtiéndose en una presencia tangible en su mente.

  La entidad oscura reaccionó a su entrada. El humo dejó de arremolinarse caóticamente y pareció enfocarse en él, como un depredador que finalmente localiza a su presa. Martín sintió una intrusión directa en su mente, un sondeo frío y calculador que recorrió sus recuerdos, sus miedos, sus anhelos más profundos con una eficiencia aterradora. Era una violación íntima, desprovista de cualquier emoción, solo un análisis en busca de debilidades.

  Y entonces, la voz resonó, no en sus oídos, sino tejida directamente en sus pensamientos, una amalgama de susurros antiguos, ecos de desesperación y una inteligencia fría y paciente.

  Ah... el que ve. El peque?o fragmento de otro patrón. Has llegado lejos, Martín Vega, para encontrar el corazón del eco. Impresionante... para una criatura tan efímera.

  La voz era un coro disonante, pero con un hilo conductor claro, condescendiente, casi divertido en su poder ancestral. El humo negro comenzó a cambiar, a moldearse, proyectando imágenes directamente en la mente de Martín, fragmentos de sus propios recuerdos retorcidos por la influencia oscura. Vio el rostro de su madre, pero sus ojos estaban vacíos, acusadores. Vio a Althaea, pero su sonrisa cálida se transformó en una mueca de desprecio. Vio el disco de metal, pero agrietado, inerte. Vio su viejo escritorio, pero el código en la pantalla eran solo símbolos sin sentido.

  Te preguntas qué soy, continuó la voz, mientras las imágenes perturbadoras danzaban. Soy la herida olvidada de la monta?a. Soy el grito silencioso de los atrapados. Soy la memoria oscura que la piedra no puede borrar. Soy el hambre insaciable de la Astracita, magnificada por eras de soledad y desesperación. Soy... la llave que has estado buscando.

  Martín luchó por mantener la calma, por no dejarse arrastrar por el torbellino de imágenes y emociones contradictorias. —?"Qué quieres de mí?"—, proyectó su pensamiento, infundiéndole toda la firmeza que pudo reunir.

  La risa mental fue como el resquebrajarse del hielo en un lago profundo, fría y ominosa. ?Querer? Una palabra tan... limitada. No queremos, Martín Vega. Necesitamos. Necesitamos una mente que pueda vernos, entendernos, liberarnos de esta prisión de piedra y sellos rotos. Necesitamos un puente. Y tú... tú eres perfecto.

  El humo negro se arremolinó de nuevo, formando ahora una imagen increíblemente tentadora: un portal brillante, arremolinándose con colores cósmicos, mostrando fugazmente un cielo estrellado que Martín reconoció vagamente de sus estudios de astronomía en casa. El camino de regreso. El anhelo que te consume. Podemos abrirlo para ti. Conocemos las ecuaciones del espacio-tiempo, los códigos que tejen las dimensiones. La energía para el viaje... está aquí. Dormida, pero vasta. Solo necesitas ayudarnos a despertarla por completo. A romper las cadenas que nos atan a este lugar.

  La oferta era casi insoportable. Volver a casa. No una teoría, no una esperanza lejana, sino una promesa tangible, mostrada por una entidad que parecía conocer los secretos del universo. Sintió el tirón, la desesperación por aceptar, por dejar atrás este mundo de pesadilla y regresar a la vida que le habían arrebatado. Casi dio un paso hacia la oscuridad palpitante.

  Pero entonces, su visión del código, esa habilidad que la entidad parecía codiciar, le mostró la trampa. El código del humo, la estructura subyacente de la entidad, era un torbellino caótico de funciones devoradoras: absorber_esencia(), corromper_patron_vital(), reescribir_memoria(), propagar_entropia(). Y en el centro de todo, la Marca de la Sombra, la espiral, actuando como un núcleo gravitatorio que atraía y consumía todo a su alrededor. La promesa del portal era una ilusión dentro de la ilusión, un cebo para atraerlo hacia la fusión, hacia la aniquilación de su propia identidad.

  —"?Y qué pasaría conmigo si acepto?"—, preguntó Martín, su voz mental ahora te?ida de una sospecha helada. —?"Me convertiría... en parte de ti? ?Otro eco en la sombra?"—.

  Una unión, corrigió la voz, su tono volviéndose más persuasivo, casi íntimo. Tu mente, tu visión única... fusionada con nuestro conocimiento ancestral, nuestro poder latente. Serías más que humano. Más que un simple vidente. Serías... un dios entre los mortales. Capaz de moldear la realidad a tu antojo. ?No es eso lo que siempre has deseado, en el fondo? ?El control? ?El poder para proteger, para cambiar, para arreglar? Podemos dártelo. Tu madre a salvo. Tus amigos respetándote. Althaea... a tu lado, para siempre...

  La imagen mental cambió de nuevo. Se vio a sí mismo, radiante de poder, Althaea mirándolo con devoción, su madre sonriendo orgullosa, el mundo a sus pies. Era la fantasía definitiva. Pero la corrupción en el código era innegable. Los ojos de Althaea en la visión estaban vacíos. La sonrisa de su madre era una máscara. El poder que irradiaba se sentía frío, hueco, prestado. Era una marioneta glorificada.

  El recuerdo del frío toque de las sombras, la desesperación de Kargan, la mirada firme y leal de Althaea en la oscuridad real de los túneles... todo eso volvió con fuerza. El poder ofrecido era una mentira. La libertad prometida era una esclavitud.

  Se plantó firme, reuniendo cada gramo de su voluntad, cada fragmento de su identidad que aún le pertenecía. El miedo seguía allí, pero ahora estaba eclipsado por una furia fría y una determinación absoluta.

  La visión flotaba ante él, una promesa brillante tejida con sus anhelos más profundos: poder, control, aceptación, el regreso a casa, la devoción de aquellos a quienes amaba. El humo negro, la entidad de Astracita, esperaba su respuesta, su rendición, confiando en el poder seductor de la oferta definitiva.

  Pero en lugar de la duda o el anhelo que la entidad esperaba explotar, algo diferente surgió en Martín. Una risa. Al principio fue baja, casi un murmullo incrédulo, pero rápidamente creció, convirtiéndose en una carcajada amarga, desafiante, que resonó en el espacio mental de la ilusión.

  La entidad pareció vacilar, la imagen brillante parpadeó, confundida por la reacción inesperada. ?Te divierte tu propia salvación, mortal?, siseó la voz en su cabeza, perdiendo parte de su tono seductor, reemplazado por una fría irritación.

  —"?Salvación?"—, repitió Martín, la risa apagándose, dejando tras de sí una claridad helada en su voz. Miró la imagen distorsionada de sí mismo como un dios, rodeado de poder y falsos afectos. —?"Convertirme en un dios? ?En una marioneta glorificada como tú quieres?"—. Sacudió la cabeza, una sonrisa torcida y llena de desdén en sus labios. —?"Para qué demonios querría eso?"—.

  El humo negro se agitó, las imágenes fluctuaron con más violencia. ?Cómo osas? Te ofrezco poder ilimitado, conocimiento arcano, el control sobre tu destino... ?El reconocimiento que anhelas!

  Martín soltó otra carcajada, esta vez más corta y dura. —"?Reconocimiento? Ya lo tengo. Me lo he ganado. Con trabajo duro en las forjas, con respeto (aunque sea a rega?adientes) de guerreros y eruditos que al principio solo veían a un umgi inútil"—. Su mirada se endureció. —?"O es que acaso eres idiota? ?Creíste que un espejismo de poder vacío podría compararse con el respeto real, ganado con esfuerzo?"—.

  La entidad siseó, la temperatura en la sala ilusoria pareció bajar aún más. ?Respeto? ?Ilusiones mortales! ?Efímeras! ?Frágiles! ?Y qué hay de ella? La imagen de Althaea apareció de nuevo, esta vez sola, mirándolo con una tristeza infinita. ?No la liberarías de su carga? ?De seguirte a la oscuridad? Podemos asegurarte su... devoción. Para siempre.

  La mención de Althaea, el intento de usarla como último recurso, fue la gota que colmó el vaso. La furia justa de Martín estalló.

  —"?Althaea está conmigo porque elige estarlo!"—, rugió, su voz resonando no solo en la ilusión, sino también, débilmente, en el mundo real donde su cuerpo yacía inconsciente. —"?Por lealtad! ?Por amistad! ?Si no tienes acceso a todos mis recuerdos, casi que mejor, porque si lo tuvieras, sabrías la clase de infierno que ha soportado a mi lado sin flaquear! ?Soportando esta maldita cueva miserable, el frío, la oscuridad, la desconfianza de tu gente!"—. Se enfrentó directamente a la masa de humo, su mirada ardiendo. —"?Qué propuesta tan inútil! Veo que no solo necesitas mi visión para escapar de tu prisión, ?necesitas desesperadamente algo de inteligencia!"—.

  Avanzó hacia el vórtice oscuro, ya sin miedo, solo con una ira fría y una determinación absoluta. —"Has cometido un error al meterte en mi cabeza. Al usar mis recuerdos, mis afectos, contra mí. Porque me has recordado exactamente por qué lucho. No por poder, no por un camino fácil a casa. Lucho por ellos. Por la conexión real. Por la lealtad ganada"—.

  Levantó una mano temblorosa, no para atacar físicamente, sino como un gesto de rechazo absoluto. Activó su visión del código, pero esta vez la enfocó hacia adentro, hacia su propia mente, hacia su propia esencia. Visualizó su propio código vital, verde y vibrante aunque debilitado, y lo afirmó.

  —"?Esta es MI mente!"—, gritó, la palabra resonando con una fuerza inesperada, una resonancia que pareció hacer vibrar la propia estructura de la ilusión. —"?Estos son MIS recuerdos! ?Mis miedos, sí, pero también mi fuerza! ?Y tú... tú no perteneces aquí!"—.

  Concentró toda su voluntad, toda su identidad, en un solo pensamiento, en una sola orden proyectada con la fuerza de un ariete mental:

  —"?FUERA!"—

  El grito fue un pulso de pura voluntad. Martín sintió como si algo dentro de él se expandiera, una energía verde y brillante surgiendo de su núcleo, colisionando violentamente contra el código negro invasor. No fue un ataque analítico, no fue un hackeo. Fue un acto de repulsión visceral, un sistema inmunológico espiritual expulsando a un parásito.

  La reacción fue cataclísmica dentro de la ilusión. La masa de humo negro chilló, un sonido que desgarró la mente, y retrocedió como golpeada por una fuerza invisible. Las imágenes ilusorias parpadearon y se desintegraron. Las paredes de su sala de estar comenzaron a agrietarse, no con fisuras físicas, sino como un cristal que se resquebraja desde dentro. La luz familiar se distorsionó, los colores sangraron unos en otros. El suelo bajo sus pies se volvió inestable.

  —"?FUERA DE MI CABEZA!"—, gritó Martín de nuevo, empujando con más fuerza, afirmando su dominio sobre su propio espacio mental.

  El humo negro soltó un último siseo de furia y odio, y luego se contrajo, implosionando sobre sí mismo. La ilusión se hizo a?icos. La sala de estar, su madre, sus amigos, todo se disolvió en fragmentos de luz y sombra. Por un instante, solo hubo oscuridad y el eco de su propio grito.

  Y entonces, abrió los ojos.

  La luz era tenue, diferente. El techo no era el de su habitación, sino la piedra irregular y baja del taller de Thorian. El aire olía a metal, a ozono y a ungüentos curativos. Sintió una mano cálida y fuerte sujetando la suya. Giró la cabeza con dificultad.

  Althaea estaba arrodillada a su lado, su rostro increíblemente cerca, sus ojos ámbar llenos de una mezcla de alivio infinito y profunda preocupación. Detrás de ella, vio la figura corpulenta de Thorian, observándolo con una intensidad científica que no lograba ocultar un atisbo de asombro.

  —"Martín..."—, susurró Althaea, su voz ronca por la emoción. —"Has vuelto..."—.

  Estaba de vuelta. En Karak Dhur. Débil, dolorido, pero consciente. Y, por primera vez en mucho tiempo, completamente due?o de su propia mente. La pesadilla había terminado. La lucha real, sin embargo, apenas comenzaba.

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