home

search

Capítulo 66- Corazón de Piedra, Voluntad Quebrada

  El grito psíquico que emanó del núcleo de Astracita resonó no en el aire, sino directamente en las mentes del grupo, una onda de choque mental que trajo consigo una cacofonía de desesperación y malicia pura. Fue la se?al. La marea oscura que se había estado reuniendo en la periferia de la vasta caverna se lanzó hacia adelante, ya no con sigilo, sino con una velocidad depredadora y silenciosa que helaba la sangre.

  Las Sombras Vivientes que ahora los rodeaban eran una legión comparadas con las pocas que habían enfrentado en el túnel. Eran más grandes, sus formas más coherentes, tejidas con una oscuridad más densa que parecía devorar la luz de las lámparas Magitek. Sus incontables ojos blancos brillaban con una inteligencia fría, una coordinación siniestra que convertía su avance en un movimiento envolvente y deliberado. El frío antinatural que irradiaban se intensificó, mordiendo la piel expuesta y haciendo que el vaho de sus alientos se congelara en el aire pesado de la caverna.

  —"?Formación!"—, rugió el Sargento Grimbold, su voz, aunque tensa, resonando con la autoridad del combate. Los cuatro guardias enanos reaccionaron con la disciplina grabada a fuego por generaciones de defensa subterránea. Formaron un círculo apretado alrededor de Martín, Althaea y Thorian, sus escudos levantados, las hachas de guerra rúnicas brillando débilmente con energía contenida, listos para recibir el impacto. Sus rostros bajo los yelmos eran máscaras de determinación pétrea, pero sus ojos revelaban la tensión de enfrentarse a un enemigo que desafiaba toda lógica y experiencia previa.

  —"?Escudos arriba! ?No dejen que los flanqueen!"—, gritó Thorian, activando nuevamente su propio escudo personal, aunque sabía que su duración sería limitada contra el drenaje energético. Su mente científica luchaba por imponerse al instinto de supervivencia. —?"Naturaleza etérea, absorción energética... ?Posible vulnerabilidad sónica!"—, murmuró, ajustando los guanteletes.

  Althaea se movió con fluidez letal, colocándose ligeramente adelantada, su lanza lista no para estocadas directas, sino para barridos amplios, buscando romper la cohesión de las formas sombrías. Sus ojos ámbar barrían la marea oscura, identificando los puntos de mayor concentración, anticipando los movimientos. El amuleto en su cuello vibraba cálidamente, un escudo parcial contra el asalto psíquico que intentaba reavivar las cenizas de su pasado.

  El primer impacto fue silencioso pero brutal. Varias sombras chocaron contra los escudos enanos casi simultáneamente. No hubo el estrépito del metal contra la carne, sino un sonido sordo, como el de tela mojada golpeando piedra, seguido por el chisporroteo visible de la energía de los escudos siendo drenada a un ritmo alarmante. Los guardias gru?eron por el esfuerzo de mantener la línea, sintiendo el frío penetrante filtrándose incluso a través de sus armaduras rúnicas.

  —"?Resistan!"—, gritó Grimbold, su hacha describiendo un arco descendente que atravesó una sombra sin efecto aparente, aunque la criatura retrocedió momentáneamente por la pura fuerza del golpe desplazando el aire.

  Thorian lanzó una descarga sónica desde uno de sus guanteletes. La onda de sonido invisible golpeó a un grupo de sombras, haciéndolas fluctuar visiblemente, sus formas distorsionándose por un instante, pero no se disiparon. —"?Efecto limitado! ?Resistencia sónica considerable!"—, informó con frustración.

  Althaea usó el asta de su lanza para barrer las piernas de una sombra que intentaba deslizarse por debajo de la línea de escudos. La criatura perdió momentáneamente su forma humanoide, convirtiéndose en una nube oscura y baja antes de volver a condensarse, pero el movimiento le dio a un guardia cercano el tiempo justo para clavar su hacha en el suelo donde la sombra había estado, un golpe inútil pero instintivo.

  Martín, con el clamor psíquico amenazando con fragmentar su concentración, levantó la linterna de luz pulsátil. Sabía que no podía abusar de ella, pero necesitaban crear espacio, romper el asalto inicial. Apretó el selector al modo de pulso medio y barrió la caverna con una serie de destellos rítmicos.

  ?FLASH! ?FLASH! ?FLASH!

  La luz blanca y pura golpeó a las sombras más cercanas. Siseos agudos llenaron el aire. Las criaturas retrocedieron, sus formas parpadeando erráticamente, algunas disolviéndose en los bordes. El asalto frontal se detuvo por un instante, dándoles un respiro precario. Pero la linterna en la mano de Martín ya se sentía caliente, y la runa de poder parpadeaba con advertencia.

  El asalto, sin embargo, no era solo físico. El grito psíquico continuaba, incesante, erosionando su voluntad. Uno de los guardias más jóvenes soltó un grito ahogado, sus ojos desorbitados detrás del yelmo. —"?No... no puedo ver! ?Todo es... oscuridad!"—, balbuceó, bajando su escudo por un instante.

  —"?Mantén la línea, muchacho! ?Es una ilusión! ?Lucha!"—, le gritó Grimbold, pero el da?o estaba hecho. Una sombra aprovechó la abertura y se deslizó hacia el guardia vulnerable.

  La defensa era desesperada. Estaban rodeados, superados en número, enfrentando a un enemigo que atacaba tanto el cuerpo como la mente, y su mejor arma, la luz, era un recurso limitado. La marea oscura presionaba, implacable, y la sensación de que sus defensas se agrietaban bajo el asalto era cada vez más fuerte. La cámara resonante se había convertido en una trampa mortal.

  El grito de pánico del joven guardia, Kargan, fue un sonido crudo y humano que desgarró la atmósfera inhumana de la caverna. El asalto psíquico, esa cacofonía de susurros que prometían y amenazaban al mismo tiempo, había encontrado una fisura en su joven y quizás menos experimentada voluntad. Su escudo vaciló, bajando apenas unos centímetros, pero fue suficiente. En la danza mortal y silenciosa de las Sombras Vivientes, ese instante de vulnerabilidad fue una invitación abierta.

  La sombra que se deslizó por la abertura ignoró por completo el hacha que Kargan intentó levantar, un gesto torpe y tardío. No hubo impacto, no hubo lucha física. La criatura etérea simplemente fluyó sobre él, una nube de oscuridad helada que lo envolvió desde los hombros hasta la cabeza, adhiriéndose como una mortaja viviente. El grito de Kargan se ahogó en su garganta, reemplazado por un estertor gutural. Sus ojos, visibles a través de la rendija de su yelmo, se abrieron desmesuradamente por un instante, reflejando un terror primordial ante algo que solo él podía ver en las profundidades de su mente invadida. Luego, la luz en ellos se extinguió. Vacío.

  Su cuerpo se quedó rígido, una estatua de piedra y metal en medio del caos. El hacha resbaló de sus dedos entumecidos, golpeando la plataforma de Astracita con un ruido metálico que sonó obscenamente fuerte en el silencio relativo que siguió a su grito. Se quedó allí, inmóvil, rodeado por la oscuridad que lo consumía, ajeno a la batalla, a sus compa?eros, a todo. La sombra que lo envolvía pareció oscurecerse aún más, hinchándose ligeramente, como una sanguijuela espiritual alimentándose de su esencia, de su miedo, de su voluntad rota.

  —"?Kargan!"— El rugido del Sargento Grimbold fue un trueno de angustia y furia. Instintivamente, dio un paso para ayudar a su subordinado, pero el movimiento rompió la integridad del círculo defensivo. Dos sombras, rápidas y silenciosas, se lanzaron hacia la brecha, obligando a Grimbold a retroceder con una maldición, levantando su escudo para bloquearlas. El dilema del comandante quedó grabado en su rostro endurecido: la obligación de proteger al grupo entero contra el impulso visceral de salvar a uno de los suyos.

  —"?Está atrapado!"— La voz de Thorian, aunque te?ida de urgencia científica, no pudo ocultar un matiz de alarma genuina al interpretar las lecturas de su sensor. —"?Picos psiónicos extremos! La entidad está... anulando su sistema nervioso central a nivel energético. ?Una parálisis inducida por sobrecarga sináptica-arcana! ?Fascinante y aterrador!"—. El ingeniero comprendió de inmediato que no era un simple desmayo o un bloqueo por miedo; era una subyugación activa.

  El grupo observó con impotencia cómo Kargan permanecía inmóvil, un monumento a su vulnerabilidad. La sombra adherida a él pulsaba débilmente, un corazón oscuro latiendo con la vida que robaba. La visión galvanizó a las otras sombras. Sintiendo la primera víctima, oliendo la debilidad, intensificaron su asalto contra el perímetro reducido. Los escudos de los otros dos guardias comenzaron a parpadear bajo el drenaje constante. Althaea tuvo que moverse más rápido, su lanza un torbellino defensivo para cubrir el hueco dejado por Kargan, pero era evidente que no podrían mantener esa defensa improvisada por mucho tiempo.

  —"?Tenemos que sacarlo de esa cosa!"—, gritó Althaea, esquivando un tentáculo de sombra que buscaba su rostro. Podía sentir el frío emanando de Kargan incluso a distancia, una ausencia de vida que le recordó demasiado a las secuelas de batallas perdidas. —"?Lo está consumiendo!"—.

  —"?Mantengan la línea!"—, ordenó Grimbold, su voz ronca por el esfuerzo y la emoción contenida. Bloqueó otra sombra con su escudo, el impacto haciendo vibrar su brazo. —"?No podemos romper la formación! ?Sería un suicidio!"—. Su deber como sargento chocaba dolorosamente con la imagen de su joven guardia siendo devorado por la oscuridad.

  —"?Retirada táctica!"— La voz de Thorian fue cortante, pragmática hasta la crueldad. —"Es la única opción viable. Perdemos a uno, o nos arriesgamos a perderlos a todos. ?Retrocedan hacia el túnel, ahora!"—. Se?aló hacia la abertura por la que habían entrado, ahora pareciendo terriblemente lejana.

  La orden flotó en el aire cargado de frío y miedo. Los dos guardias restantes intercambiaron miradas angustiadas. La disciplina les decía que obedecieran al ingeniero (respaldado implícitamente por la situación), pero abandonar a un hermano de armas, a un joven como Kargan, iba en contra de cada fibra de su ser enano. Vacilaron, sus escudos temblando bajo la presión de las sombras.

  Fue en ese instante de duda colectiva, de lógica fría contra instinto de lealtad, que Martín tomó su decisión. Observó la figura inmóvil de Kargan, recordó su propia impotencia en Oakhaven, la sensación de ser una carga. Recordó su desafío al Consejo, sus palabras sobre miedo y negligencia. No podía, no quería, ser parte de una decisión que abandonara a alguien a esa oscuridad. El riesgo era enorme, la lógica de Thorian impecable, pero algo dentro de él, quizás la empatía nacida de su propio sufrimiento o simplemente la decencia humana fundamental, se rebeló. Tenía que intentarlo.

  La lógica fría de Thorian y la cruda realidad táctica dictaban retirada, abandonar al caído para salvar al resto. Pero mientras las palabras del ingeniero aún resonaban en la caverna opresiva, algo en Martín se negó a aceptar esa ecuación. Vio la figura inmóvil de Kargan, envuelto en la sombra parásita, un joven guardia sacrificado en el altar de la necesidad estratégica. Vio la angustia impotente en el rostro del Sargento Grimbold. Vio la determinación desesperada en la defensa de Althaea. Y tomó una decisión que iba en contra de toda prudencia, pero que se sentía irrevocablemente correcta.

  —"?No lo abandonaremos!"—, gritó Martín, su voz sorprendentemente firme cortando la tensión. Ignoró la mirada de incredulidad de Thorian y la advertencia silenciosa en los ojos de Althaea.

  En un movimiento rápido y decidido, rompió él mismo la precaria formación defensiva, esquivando a un Thorian que intentó detenerlo y corriendo hacia el enano caído. Las sombras más cercanas se giraron hacia él, atraídas por el movimiento repentino, pero los guardias restantes y Althaea reaccionaron instintivamente, cerrando filas para interceptarlas, dándole a Martín una ventana de oportunidad mínima y extremadamente peligrosa.

  Llegó junto a Kargan, sintiendo el frío antinatural intensificarse a medida que se acercaba a la sombra que lo envolvía. El joven enano estaba completamente catatónico, sus ojos vacíos mirando al frente sin ver. El susurro mental se intensificó en la mente de Martín, ahora mezclado con una sensación triunfal y burlona por parte de la sombra adherida. Otro tonto... otra alma para la oscuridad...

  Martín levantó la linterna de luz pulsátil. Recordó las alternativas que había considerado, la combinación de luz y palabra. Apuntó el cristal modificado, no directamente a los ojos del enano , sino al torso, donde la masa oscura parecía más densa.

  Apretó el activador, seleccionando un pulso concentrado de intensidad media, rezando para que el cristal resistiera y que la luz tuviera algún efecto contra la parálisis psiónica.

  ?FZZZT!

  Un haz de luz blanca y pura golpeó a la sombra directamente. La criatura siseó, retorciéndose, su forma fluctuando violentamente bajo el impacto energético. El frío alrededor de Kargan pareció disminuir momentáneamente, pero el enano no reaccionó. La parálisis era demasiado profunda.

  Did you know this story is from Royal Road? Read the official version for free and support the author.

  Martín apretó los dientes. Necesitaba algo más. Apuntó de nuevo y, al mismo tiempo, gritó con toda la fuerza de sus pulmones, su voz resonando en la caverna, intentando perforar la niebla mental que aprisionaba al guardia:

  —"?Kargan! ?Guardia de Karak Dhur! ?Despierta!"—. Su voz se quebró por el esfuerzo y la tensión. Apeló a lo único que pensó que podría atravesar la influencia: el deber, el orgullo enano. —"?Tus hermanos luchan! ?Tu sargento te necesita! ?Dejarás que esta oscuridad te consuma sin luchar? ?Dónde está la fuerza de la monta?a? ?Levántate, maldita sea! ?LUCHA!"—.

  Combinó el grito con otro pulso de luz, esta vez más intenso, forzando el cristal de la linterna.

  ??FWOOSH!!

  La luz fue casi cegadora. La sombra adherida a Kargan soltó un chillido psíquico de pura agonía que resonó en la mente de todos, y su forma se contrajo violentamente, como si la luz y la fuerza de la llamada de Martín hubieran creado una disonancia insoportable. Y entonces, ocurrió.

  Un espasmo recorrió el cuerpo de Kargan. Sus ojos parpadearon. Un gru?ido profundo surgió de su garganta. La conexión de la sombra pareció debilitarse, su control vaciló por un instante crucial.

  ?Había funcionado! Un alivio momentáneo inundó a Martín. Pero en el mismo instante en que su atención se había centrado por completo en el rescate, en forzar la reacción de Kargan, había bajado su propia guardia.

  Una sombra diferente, más grande y rápida que las demás, que había estado acechando en la periferia esperando su oportunidad, se deslizó desde un ángulo ciego. Althaea intentó interceptarla, pero estaba demasiado lejos, ocupada conteniendo a otras dos. Thorian estaba concentrado en mantener una barrera sónica precaria. Los otros guardias luchaban por mantener la línea.

  Nadie vio venir el ataque hasta que fue demasiado tarde. La sombra se abalanzó sobre Martín por la espalda, sus apéndices etéreos y helados envolviéndolo. Sintió un frío paralizante recorrerle la espina dorsal, un frío que no era solo físico, sino que parecía chupar su energía vital, su calor, su propia conciencia a una velocidad aterradora. El mundo giró, los sonidos de la batalla se distorsionaron, y la oscuridad comenzó a invadir los bordes de su visión. Sintió el disco en su cinturón vibrar débilmente, intentando resistir, pero la energía que lo drenaban era demasiado abrumadora. Sus piernas cedieron, y cayó de rodillas, la linterna escapándose de sus dedos debilitados, mientras la sombra se aferraba a él, arrastrándolo hacia la inconsciencia.

  El grito desesperado de Martín al ser envuelto por la sombra helada resonó en la caverna, un sonido que cortó la cacofonía de la batalla y el asalto psíquico. Para Kargan, el joven guardia que acababa de ser arrancado de la parálisis mental por la intervención del humano, ese grito fue como un golpe físico que lo devolvió violentamente a la realidad.

  Parpadeó, la confusión y el terror inducidos por la sombra aún nublando sus sentidos, pero la imagen frente a él fue brutalmente clara: el umgi, el forastero que momentos antes le había gritado para que luchara, ahora estaba de rodillas, siendo consumido por una de esas criaturas de pesadilla, su rostro contorsionado por el dolor y la debilidad. La linterna Magitek que había usado para ayudarlo yacía en el suelo a su lado, su luz parpadeando débilmente.

  Algo ancestral y profundamente arraigado en el espíritu enano —una mezcla de honor, deber y una terca negativa a deberle nada a nadie, especialmente a un umgi— surgió en Kargan con la fuerza de una veta de mithril recién descubierta. Había sido salvado. Su voluntad había sido restaurada por la acción de este humano. Y ahora, ese mismo humano estaba siendo destruido por la misma amenaza de la que él acababa de escapar. La deuda era clara. La respuesta, instintiva.

  Con un rugido que no tenía nada que envidiar al de un oso de las cavernas, Kargan se lanzó hacia adelante. Ignoró el frío residual en sus propios miembros, ignoró el peligro de las otras sombras que aún presionaban la línea defensiva. Su único objetivo era la criatura oscura que se aferraba a Martín.

  Levantó su pesado escudo de torre, no para bloquear, sino como un ariete. Golpeó a la Sombra Viviente con toda la fuerza de sus músculos enanos, impulsado por la adrenalina y un furioso sentido de la reciprocidad. El impacto, aunque no da?ó físicamente a la entidad etérea, la desestabilizó, interrumpiendo momentáneamente su drenaje sobre Martín.

  La sombra siseó, volviéndose hacia el nuevo atacante, sus ojos blancos brillando con fría malevolencia. Pero Kargan no le dio tiempo a reaccionar. Dejó caer el escudo y agarró la linterna Magitek que Martín había soltado. Recordando el efecto que la luz había tenido sobre la criatura que lo había atrapado, apretó el activador, dirigiendo el haz (ahora más débil, pero aún funcional) directamente hacia los "ojos" brillantes de la sombra a quemarropa.

  ?FZZT!

  El impacto lumínico a tan corta distancia fue devastador para la sombra ya desestabilizada. La criatura emitió un chillido agudo y desgarrador, y su forma oscura se disolvió como humo en un vendaval, dejando solo una mancha de frío antinatural en el aire y un Martín inconsciente desplomado en el suelo.

  La acción de Kargan, aunque impulsiva, había creado la brecha que necesitaban desesperadamente. Althaea, viendo a Martín liberado, reaccionó al instante. Se lanzó hacia él, comprobando sus signos vitales con manos expertas mientras lo levantaba con sorprendente facilidad. —"?Está vivo! ?Pero muy frío! ?Tenemos que sacarlo de aquí!"—, gritó hacia los demás.

  El Sargento Grimbold, que había presenciado la valiente (y temeraria) acción de su joven guardia, no necesitó más órdenes. —"?Retirada! ?Formación de diamante! ?Kargan, tú y Bror"— se?aló al otro guardia joven —"cubran los flancos! ?Durin!"— el guardia veterano que cerraba la marcha —"?tú marcas la retaguardia! ?Ironfist, con la shatra y el umgi al centro! ?Muévanse!"—.

  La retirada fue un caos controlado. Mientras Althaea y un Thorian sorprendentemente eficiente (dejando de lado por un momento sus sensores para ayudar a cargar a Martín) llevaban al humano inconsciente, los tres guardias enanos formaron una barrera móvil. Kargan, ahora luchando con una furia redimida, usaba su escudo y su hacha con precisión brutal, golpeando y desviando a las sombras que intentaban cortarles el paso. Bror cubría el otro flanco, y Durin, el veterano, se encargaba de contener a las sombras que los perseguían desde atrás, usando su hacha y ocasionales disparos de su pistola rúnica.

  La linterna de luz pulsátil, ahora en manos de Grimbold, era usada con más estrategia: pulsos cortos para desorientar, guardando la energía para los momentos críticos. Las sombras, aunque aún numerosas y hostiles, parecían ligeramente menos coordinadas sin la influencia directa del núcleo (quizás la acción de Martín había interrumpido algo más que solo el susurro).

  Llegaron a la abertura secreta del conducto de ventilación. Althaea y Thorian pasaron primero con Martín. Los guardias se cubrieron unos a otros mientras retrocedían hacia el estrecho pasaje. Kargan fue el penúltimo en entrar, lanzando una última mirada desafiante a las sombras antes de deslizarse dentro. Grimbold fue el último, disparando un último pulso de luz hacia el túnel antes de activar la runa para cerrar la pared metálica tras ellos.

  El sonido de la piedra deslizándose y sellando el pasaje fue el sonido más dulce que habían oído en mucho tiempo. Estaban fuera de la cámara, fuera del alcance inmediato de las sombras y del núcleo de Astracita. Pero no estaban fuera de peligro. Tenían que navegar de vuelta por los túneles olvidados, llevando a un compa?ero inconsciente cuyo cuerpo estaba peligrosamente frío, sin saber si las sombras podrían seguirlos o si la propia monta?a decidiría reclamarlos antes de que alcanzaran la seguridad relativa de los niveles superiores. La deuda de piedra había sido pagada, pero el precio final de su incursión aún estaba por verse.

  El silencio dentro del estrecho conducto de ventilación era ahora casi absoluto, roto únicamente por la respiración agitada y el sonido amortiguado del metal rozando contra la piedra mientras el grupo comenzaba el arduo ascenso. La atmósfera, sin embargo, era radicalmente diferente a la del descenso. La excitación nerviosa y la curiosidad habían sido reemplazadas por un agotamiento profundo, una tensión sombría y la urgencia silenciosa de poner la mayor distancia posible entre ellos y la cámara de los horrores que dejaban atrás.

  Navegar por el conducto en sentido inverso, y además cargando el peso muerto de Martín, fue una tarea agotadora y claustrofóbica. Althaea, con su fuerza sorprendente y su agilidad natural, se encargó de la mayor parte del esfuerzo, ayudada por un Thorian que, a pesar de su corpulencia y su habitual desdén por el esfuerzo físico no científico, empujaba y tiraba con una determinación sombría. Los guardias enanos, aunque acostumbrados a los espacios confinados, luchaban con sus pesadas armaduras, pero su disciplina se mantuvo firme, asegurando el perímetro improvisado incluso dentro del túnel metálico.

  Martín seguía inconsciente, su cuerpo inerte y alarmantemente frío al tacto. Althaea lo había envuelto en su propia capa de viaje y en una manta térmica de emergencia que Thorian llevaba en su equipo, pero el frío que la sombra le había infligido parecía emanar desde dentro, una escarcha vital que ninguna manta podía disipar por completo. Su respiración era superficial, apenas perceptible, y su rostro, visible a la luz de las lámparas, estaba pálido como la cera. Althaea le tomaba el pulso constantemente, su expresión una mezcla de preocupación intensa y una determinación feroz.

  Nadie hablaba. Las palabras parecían superfluas, inadecuadas para expresar el horror presenciado o la incertidumbre que les aguardaba. Cada miembro del grupo estaba perdido en sus propios pensamientos. Kargan, el joven guardia rescatado, tenía la mirada fija en el suelo metálico, su rostro marcado por la experiencia cercana a la muerte y la nueva y extra?a deuda que sentía hacia el humano inconsciente. Grimbold, el sargento veterano, parecía haber envejecido a?os en unas pocas horas, el peso de la responsabilidad y el descubrimiento de la antigua traición grabado en sus facciones duras. Thorian, aunque seguramente su mente bullía con datos y teorías, mantenía un silencio inusual, quizás procesando los límites de su ciencia frente a una oscuridad tan primordial.

  Finalmente, tras lo que pareció otra eternidad de arrastrarse y escalar, alcanzaron la rejilla oxidada que marcaba la salida del conducto. Con un esfuerzo coordinado, lograron abrirla y emergieron de nuevo a los túneles mineros olvidados, el espacio ligeramente más amplio sintiéndose como una liberación inmensa después de la opresión del conducto.

  El camino de regreso hacia la plataforma del montacargas fue recorrido con la misma tensión silenciosa, aunque ahora con una urgencia renovada por llevar a Martín a un lugar donde pudiera recibir ayuda. Siguieron la ruta que Thorian había memorizado, evitando las zonas más derrumbadas, sus lámparas barriendo constantemente las sombras, aunque no encontraron más rastro de las Sombras Vivientes. Parecía que las criaturas estaban confinadas a las inmediaciones del Sector 7B, o quizás el pulso energético caótico del núcleo las había desorientado temporalmente.

  Llegaron a la plataforma del montacargas. Estaba vacía, silenciosa, como la habían dejado. Thorian usó un dispositivo de se?alización rúnica para llamar al operario. La espera, aunque probablemente corta, se sintió interminable, cada segundo marcado por la respiración superficial de Martín y la creciente preocupación en el rostro de Althaea.

  Cuando la plataforma finalmente descendió con su chirrido familiar, el viejo operario enano los miró con los ojos muy abiertos al ver el estado del grupo: sucios, agotados, y llevando a un humano inconsciente y pálido. No hizo preguntas. Simplemente accionó la palanca, y la plataforma comenzó su lento ascenso hacia la luz y el ruido de los niveles superiores.

  La transición fue casi discordante. A medida que ascendían, el frío antinatural comenzó a disiparse, reemplazado por el calor familiar de las forjas y la maquinaria. El silencio muerto dio paso al murmullo distante, luego al estruendo controlado, de la vida en Karak Dhur. La oscuridad profunda fue vencida por la luz constante de los cristales de los niveles habitados.

  Cuando las puertas del montacargas se abrieron en el nivel tres, la normalidad de la ciudad los golpeó como una pared. Enanos yendo y viniendo, el sonido de martillos, el olor a carbón y metal caliente... todo parecía surrealista después del horror silencioso de las profundidades.

  El Sargento Grimbold tomó el mando de inmediato. —"?Guardias! ?Aseguren el montacargas! ?Nadie más baja hasta nueva orden! ?Bror, ve a buscar a los Sanadores del Gremio, informa de un herido grave por 'exposición energética desconocida' en los niveles inferiores! ?Kargan, Durin, conmigo! ?Llevaremos al umgi y a la shatra directamente al taller de Ironfist! ?Es el lugar más seguro y discreto por ahora!"—.

  La aparición del grupo, especialmente llevando a Martín inconsciente, atrajo miradas curiosas y preocupadas de los enanos cercanos, pero la presencia autoritaria de Grimbold y sus guardias mantuvo a raya a los curiosos. Avanzaron rápidamente por los corredores, Althaea negándose a soltar a Martín, Thorian caminando a su lado con una expresión indescifrable, hasta que llegaron de nuevo a la puerta del taller.

  Una vez dentro, y con la puerta asegurada, depositaron a Martín con cuidado sobre la mesa de trabajo más limpia que encontraron. Althaea comenzó a quitarle las capas exteriores de ropa, buscando otras heridas, mientras Thorian activaba sensores médicos rudimentarios sobre él.

  —"Signos vitales débiles pero estables"—, informó Thorian, sus dedos expertos volando sobre la consola médica. —"Temperatura corporal peligrosamente baja. Y detecto... una disrupción bio-energética severa. Como si su propia energía vital hubiera sido... drenada o apagada"—. Miró a Althaea. —"Lo que sea que esa sombra le hizo... fue profundo"—.

  Grimbold observaba la escena, su rostro grave. Se volvió hacia Thorian. —"Maestro Ironfist, espero un informe completo y preciso de lo ocurrido para el Consejo. Incluyendo la naturaleza exacta de esas... sombras... y la condición del forastero"—. Su mirada se detuvo en Martín por un instante, una mezcla de la antigua desconfianza y quizás, solo quizás, una nueva y complicada forma de respeto o deuda. —"Mientras tanto, permanecerá aquí, bajo su custodia. Y la mía"—. A?adió, dejando claro que la supervisión ahora sería mucho más estricta. —"Nadie entra ni sale sin mi autorización expresa"—.

  El sargento y sus guardias (excepto Bror, que había ido por los sanadores) tomaron posiciones discretas pero firmes fuera del taller, sellando efectivamente el lugar.

  Dentro, Althaea velaba a Martín, su mano descansando sobre el pecho inmóvil de él, sintiendo el débil latido de su corazón, su rostro una máscara de preocupación y determinación silenciosa. Thorian, por su parte, ya estaba de vuelta en su consola principal, comparando las lecturas del estado de Martín con los datos que había recopilado sobre la energía de la Astracita y las sombras, su mente ya trabajando en la siguiente fase del rompecabezas, a pesar del peligro y el coste.

  Habían regresado de las profundidades, pero la sombra bajo la monta?a había dejado su marca. Martín yacía inconsciente, víctima directa de la oscuridad que habían ido a investigar. Y ahora, atrapados entre la amenaza latente en las profundidades y la sospecha vigilante de las autoridades enanas, su lucha por la verdad y la supervivencia acababa de entrar en una fase nueva y aún más peligrosa. El corazón de piedra de la monta?a guardaba sus secretos, pero la voluntad de aquellos que habían vislumbrado su oscuridad estaba lejos de haberse quebrado por completo.

Recommended Popular Novels