home

search

Capítulo 61 - El Coste de la Verdad

  El triunfo oscuro y malicioso de la voz en sus mentes fue el preludio inmediato al caos. Apenas habían tenido tiempo de procesar la confirmación de sus peores temores sobre la cámara y el dispositivo de Astracita, cuando las sombras que acechaban en la periferia de la vasta caverna se lanzaron al ataque. No fue una carga ruidosa, sino un deslizamiento silencioso y antinatural desde todas direcciones, una marea oscura que convergía sobre el peque?o círculo de luz de sus lámparas.

  Estas Sombras Vivientes eran claramente diferentes a las que habían enfrentado en los túneles. Eran más grandes, sus siluetas humanoides más definidas aunque igualmente inestables, como si estuvieran tejidas con una oscuridad más densa, más hambrienta. Sus múltiples ojos blancos brillaban con una frialdad calculadora que sugería una mayor inteligencia, una coordinación siniestra en su avance envolvente. El frío que emanaban era más intenso, un aura palpable que bajó la temperatura de la caverna varios grados en cuestión de segundos.

  —"?Formación defensiva! ?Espalda contra espalda!"—, gritó Thorian, su voz resonando con la autoridad del ingeniero acostumbrado a emergencias, mientras activaba su escudo personal. Una cúpula de energía azulada crepitó a su alrededor, justo a tiempo para recibir el impacto silencioso de dos sombras que se lanzaron contra ella. El escudo resistió, pero la luz azul vaciló visiblemente bajo el contacto, y Thorian soltó un gru?ido al sentir el drenaje inmediato de energía.

  Althaea ya estaba en movimiento, su lanza describiendo un círculo protector a su alrededor y la de Martín. Se colocó instintivamente para cubrir el flanco más expuesto, sus ojos ámbar barriendo la oscuridad, anticipando los vectores de ataque. Su postura era baja, equilibrada, lista para reaccionar.

  Martín, con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas y el eco del susurro aún resonando en su cabeza, reaccionó por instinto y por la urgencia del momento. Recordó el plan, la herramienta que habían forjado precisamente para esto. Levantó la linterna Magitek modificada, apuntándola hacia el grupo más cercano de sombras que avanzaban.

  —"?Aléjense!"—, gritó, y apretó el activador rúnico.

  Un intenso pulso de luz blanca y pura estalló desde la linterna, barriendo la caverna por una fracción de segundo. El efecto sobre las sombras fue inmediato y dramático. Las criaturas siseaaron, un sonido horrible como el de aire escapando de pulmones muertos, y retrocedieron violentamente, sus formas oscuras retorciéndose y parpadeando como una imagen mal sintonizada. Algunas de las más cercanas al epicentro del pulso parecieron disolverse parcialmente, perdiendo cohesión antes de retirarse a las sombras más profundas para recuperarse.

  —"?Funciona!"—, exclamó Martín, sintiendo una oleada de alivio.

  —"?Pero mira la linterna!"—, advirtió Althaea, se?alando el dispositivo.

  El cristal de enfoque de la linterna brillaba ahora con un ligero tono rojizo por el sobrecalentamiento, y la runa de poder en la empu?adura parpadeaba de forma irregular. El pulso había sido efectivo, pero claramente había forzado el mecanismo.

  —"?No podemos abusar de ella!"—, gritó Thorian, mientras golpeaba su escudo con un peque?o martillo sónico, intentando desprender a las dos sombras que seguían adheridas, aunque ahora parecían debilitadas y menos agresivas tras el pulso de luz. —"?El cristal no soportará muchos pulsos de esa intensidad!"—.

  Las sombras que habían retrocedido comenzaron a reagruparse en la penumbra, sus ojos blancos fijos en ellos, esperando, adaptándose. La luz intensa las había da?ado, las había hecho retroceder, pero no las había destruido. Y eran demasiadas.

  Althaea aprovechó la breve pausa para actuar. Con la lanza en guardia, se movió con rapidez hacia una sombra aislada que intentaba deslizarse por una pared cercana. No intentó clavarle la lanza, sabiendo que sería inútil. En lugar de eso, usó el asta larga como una vara, barriendo la pared con un movimiento rápido y preciso. La sombra, incapaz de mantener su forma etérea contra el barrido físico constante, se disipó momentáneamente, retirándose hacia una grieta.

  —"?Hay que mantenerlas en movimiento! ?Interrumpir su forma!"—, gritó Althaea, compartiendo su táctica improvisada.

  Martín entendió. Alternaba pulsos cortos y menos intensos de la linterna —ahora con más cuidado, tratando de no sobrecargarla— con movimientos defensivos, usando el propio cuerpo de la linterna o su cuchillo para intentar desviar o dispersar a las sombras que se acercaban demasiado. Thorian, habiendo logrado finalmente desprender a las dos sombras de su escudo (que ahora brillaba con mucha menos intensidad), comenzó a usar descargas sónicas de corto alcance y peque?os pulsos eléctricos de sus guanteletes modificados, buscando más desorientar que da?ar.

  Establecieron una precaria defensa triangular en el centro de la plataforma, espalda contra espalda, la luz parpadeante de la linterna de Martín y los destellos energéticos de Thorian manteniendo a raya a la mayoría de las sombras, mientras Althaea usaba su lanza para interceptar a las que lograban acercarse demasiado. Era una lucha agotadora y desesperada, una batalla de desgaste contra un enemigo etéreo y numeroso, en el corazón de una cámara cargada de energía oscura y hostil. Y sabían que solo era cuestión de tiempo antes de que sus defensas —la linterna, el escudo, sus propias fuerzas— comenzaran a fallar.

  Mientras luchaban por mantener a raya la marea oscura de Sombras Vivientes, la otra amenaza, la más insidiosa, intensificó su asalto. El susurro mental que emanaba del núcleo de Astracita en el centro de la cámara ya no era un murmullo de fondo ni una tentación sutil; se convirtió en un ataque directo, una cacofonía de voces que resonaban directamente en sus cráneos, buscando explotar sus miedos y debilidades individuales.

  Los amuletos de turmalina y amatista que llevaban colgados al cuello vibraron al instante, emitiendo una suave calidez protectora contra la piel. Funcionaban. Sentían cómo el amuleto actuaba como un filtro, un amortiguador que bloqueaba las intrusiones más burdas y reducía el volumen ensordecedor del asalto psíquico a un zumbido persistente y malévolo. Pero la protección no era absoluta. La energía del núcleo era demasiado fuerte, demasiado cercana, y los susurros más afinados, los que tocaban sus vulnerabilidades más profundas, lograban filtrarse a través de la barrera rúnica.

  Para Martín, el asalto fue particularmente brutal. Su mente, ya sensible a las energías y marcada por la experiencia previa con el espíritu vengativo, era un blanco fácil. Las voces se arremolinaban, adoptando tonos familiares y temidos.

  ?Crees que puedes protegerla?, siseó una voz que sonaba inquietantemente como la de Kaern, el anciano desconfiado de Oakhaven. Eres débil, umgi. Siempre lo serás. La arrastraste a esta oscuridad. Su sufrimiento será tu culpa.

  Vuelve a casa, Martín, susurró otra voz, esta vez con la calidez enga?osa de su madre. Abandona esta locura. Este mundo te consumirá. Tu hogar te espera. Solo tienes que... rendirte... dejar que nosotros te guiemos...

  El poder... puedes controlarlo, insistió una tercera voz, fría y calculadora, reminiscente de la Furia del espíritu. Deja de luchar. Abrázalo. Destrúyelos a todos. A las sombras, a los enanos... incluso a ellos. Son un lastre. Solo tú importas.

  Martín apretó los dientes, sacudiendo la cabeza para intentar despejar las voces. El amuleto ardía contra su pecho, una peque?a ancla de calma en medio de la tormenta psíquica. Se obligó a concentrarse en la realidad física: la luz parpadeante de la linterna, el gru?ido de esfuerzo de Althaea a su lado, el olor acre de las descargas energéticas de Thorian. Disparó otro pulso de luz hacia una sombra que se acercaba, pero su mano tembló, su puntería menos precisa. La lucha interna lo estaba desgastando terriblemente.

  Althaea también sufría. Para ella, el susurro tomó la forma de imágenes y sensaciones. Vio de nuevo su aldea envuelta en llamas, sintió el calor abrasador, escuchó los gritos de su gente, el llanto ahogado de su hermano peque?o. El frío toque de una sombra que rozó su pierna se sintió como la quemadura del fuego antiguo. Una oleada de desesperación y culpa la invadió. Fallaste, pareció susurrarle el viento helado de la caverna. Fallaste en protegerlos entonces. Volverás a fallar ahora. Eres fuerte, sí, pero la oscuridad siempre gana.

  Su agarre en la lanza flaqueó por un instante. Una sombra aprovechó la abertura y se deslizó hacia ella. Althaea reaccionó en el último segundo, un rugido gutural escapando de sus labios mientras desviaba a la criatura con un golpe brutal del asta. El amuleto en su cuello pareció pulsar con más fuerza, ayudándola a anclar su mente en el presente, en la lucha inmediata. Su rostro se contrajo en una máscara de determinación feroz, usando la furia nacida del recuerdo no para sucumbir, sino para luchar con más ahínco.

  Thorian, por su parte, experimentó el asalto de una manera diferente. No eran recuerdos dolorosos ni voces familiares las que lo acosaban, sino la pura y fría tentación del conocimiento prohibido. El susurro le hablaba de los secretos encerrados en el núcleo de Astracita, del poder inimaginable que podría desatar si lograba entender y controlar esa energía.

  Imagina los dispositivos que podrías crear, siseaba una voz lógica y persuasiva en su mente. Superarías a todos los ingenieros de la historia. Podrías remodelar Karak Dhur... el mundo entero. Solo necesitas... mirar más de cerca. Ignora a los otros. El conocimiento es tuyo para tomarlo.

  The tale has been stolen; if detected on Amazon, report the violation.

  El ingeniero enano gru?ó, golpeando su casco con el pu?o. Reconoció la táctica: explotar su ambición científica, su orgullo. Su amuleto (basado en los mismos principios pero quizás calibrado de forma diferente por él mismo) zumbaba con fuerza, filtrando lo peor de la influencia. —"?Propaganda psiónica de bajo nivel!"—, murmuró para sí mismo, aferrándose a su escepticismo técnico. —"?Intentan explotar los neurotransmisores asociados al deseo de descubrimiento! ?Predecible!"—. Pero a pesar de su racionalización, Martín vio cómo la mirada de Thorian se desviaba con demasiada frecuencia hacia el núcleo oscuro en el centro de la cámara, una chispa de codicia intelectual luchando contra su pragmatismo.

  La combinación del asalto físico de las sombras y la presión mental constante del susurro estaba llevando al trío al límite. Los amuletos ayudaban, mitigaban el impacto, pero no lo anulaban. Era como luchar en una tormenta de nieve cegadora mientras te gritan insultos al oído. Su coordinación comenzaba a fallar, sus defensas se debilitaban, y las sombras, sintiendo su oportunidad, presionaban el ataque, sus ojos blancos brillando con una anticipación hambrienta en la penumbra creciente.

  La situación se deterioraba rápidamente. La linterna Magitek de Martín parpadeó una última vez y la intensidad de sus pulsos de luz disminuyó drásticamente, el cristal de enfoque ahora visiblemente sobrecalentado y emitiendo un leve olor a quemado. Las sombras, liberadas de la principal fuente de luz que las mantenía a raya, presionaron su ataque con renovada audacia, deslizándose entre los huecos de su defensa. El escudo personal de Thorian chisporroteó y se extinguió con un gemido electrónico, dejando al ingeniero expuesto. Althaea luchaba con la fiereza de una leona acorralada, su lanza un borrón en la penumbra, pero estaba claramente siendo superada por el número creciente de atacantes etéreos.

  Y el susurro... el susurro era ahora un clamor en sus mentes, debilitando su voluntad, nublando su juicio. Martín sintió que la tentación de ceder, de aceptar el poder oscuro que le ofrecían las voces, se hacía más fuerte a medida que su propia energía disminuía. Vio a Althaea tropezar, distraída por un instante por una imagen mental particularmente vívida, y una sombra se abalanzó sobre ella. Thorian logró interponerse, disparando una descarga eléctrica desde su guantelete que hizo retroceder a la sombra, pero el ataque lo dejó momentáneamente vulnerable por el flanco.

  No podemos seguir así, pensó Martín con desesperación. Nos están desgastando. Nos separarán y nos consumirán uno por uno. Necesitamos detener la fuente. El núcleo.

  Miró hacia el centro de la cámara, hacia el pedestal de Astracita donde el núcleo oscuro pulsaba con una energía maligna, el epicentro del susurro y, sospechaba, la fuente que alimentaba o controlaba a las sombras. Destruirlo parecía imposible y probablemente catastrófico. Pero ?y si pudiera... contenerlo?

  Recordó la barrera rúnica principal que sellaba el Sector 7B desde el exterior. Recordó el complejo pero ordenado código azul que había percibido, un código dise?ado para contener energía negativa. Era una locura, una posibilidad remota basada en una observación fugaz y en su comprensión aún incompleta del "código" mágico. Pero era la única idea que tenía.

  Si puedo replicar, aunque sea una fracción de ese código de contención... si puedo usar el disco para proyectarlo alrededor del núcleo... quizás pueda cortar o amortiguar su influencia, aunque sea por unos segundos. Darle a Althaea y a Thorian una oportunidad.

  Era un plan nacido de la desesperación, con una probabilidad de éxito ínfima y un riesgo de fracaso monumental. Si fallaba, podría provocar una reacción aún peor del núcleo. Si funcionaba, la concentración requerida lo dejaría completamente vulnerable. Pero no veía otra opción.

  —"?Althaea! ?Thorian!"—, gritó, su voz apenas audible sobre el caos y el susurro mental. —"?Voy a intentar algo! ?Con el núcleo! ?Necesito tiempo! ?Cúbranme!"—.

  Thorian, que acababa de repeler a otra sombra con una explosión sónica, lo miró con incredulidad. —?"Intentar qué, umgi!? ?Acariciarlo hasta que se duerma?"—.

  —"?Sellarlo! ?O algo parecido!"—, replicó Martín, sin tiempo para explicaciones detalladas. —"?Solo... cúbranme!"—.

  Althaea, aunque no entendía el plan, vio la determinación desesperada en los ojos de Martín. Confió en él. —"?Hazlo!"—, le gritó, mientras se interponía entre él y dos sombras que avanzaban. —"?Nosotros te cubrimos!"—.

  Thorian soltó una maldición en Khazalid, pero pareció entender la intención suicida (o genial) de Martín. Activó las últimas reservas de energía de sus guanteletes, creando un arco eléctrico crepitante frente a él y Althaea, formando una barrera temporal contra las sombras que presionaban. —"?Más te vale que funcione rápido, umgi!"—, gru?ó.

  Martín se arrodilló en el suelo polvoriento, ignorando el dolor de sus heridas y la cacofonía en su mente. Sacó el disco de metal, que vibraba débilmente, casi agotado por la exposición a la energía negativa. Lo sostuvo frente a él, apuntando hacia el pedestal de Astracita.

  Cerró los ojos, bloqueando el asalto psíquico con pura fuerza de voluntad, recurriendo a la calma que había aprendido a buscar en sus meditaciones. Accedió a su memoria visual, recuperando la imagen del código de la gran barrera rúnica azul. Era increíblemente compleja, una obra maestra de la hechicería de contención enana. No podía replicarla entera. Pero quizás... solo la estructura básica. Los principios fundamentales de contención y neutralización que había logrado discernir.

  Abrió los ojos, su mirada fija en el núcleo oscuro. Activó su visión del código, superponiendo la imagen mental del sello azul sobre el código negro y caótico que emanaba de la Astracita. Y entonces, comenzó a "escribir".

  No con runas físicas, sino con intención pura, canalizada a través del disco. Visualizó las líneas azules de contención formándose alrededor del pedestal, tratando de tejer una red, una jaula energética. Proyectó las funciones contener_energia(TIPO_NEGATIVO) y amortiguar_emision(TIPO_PSIONICO), simplificadas, reducidas a su esencia más básica. Era como intentar construir un cortafuegos complejo con solo unas pocas líneas de código apresuradas.

  Sintió la resistencia inmediata. La energía oscura del núcleo luchó contra su intento de imposición. El código negro se retorció, atacando sus construcciones mentales azules. El susurro en su cabeza se convirtió en un grito de furia pura. El disco en su mano se calentó peligrosamente, vibrando tan fuerte que apenas podía sostenerlo. Un hilo de sangre brotó de su nariz por el esfuerzo mental extremo.

  ?Casi... casi lo tengo...! pensó, forzando su voluntad, empujando su "código" azul contra la oscuridad.

  El aire en la cámara vibraba con la lucha invisible de energías. Martín, arrodillado, con la sangre goteándole de la nariz y el sudor empapándole la frente, mantenía su concentración férrea en el núcleo de Astracita. A través del disco, que ahora ardía en su mano, proyectaba con toda su voluntad las líneas temblorosas de código azul, intentando tejer una jaula energética alrededor de la fuente de oscuridad. Podía sentir la resistencia violenta del código negro, la furia del susurro mental que ahora era un chillido ensordecedor en su cráneo, amenazando con quebrantar su mente.

  Mientras tanto, la precaria defensa de Althaea y Thorian estaba a punto de colapsar. El arco eléctrico del ingeniero se extinguió con un último chisporroteo, dejándolo vulnerable. Althaea luchaba con la desesperación de una leona protegiendo a sus cachorros, su lanza un borrón, pero las sombras eran demasiadas y comenzaban a filtrarse por los huecos, sus dedos etéreos y helados buscando alcanzarlos.

  —"?Martín! ?Lo que sea que vayas a hacer, hazlo AHORA!"—, gritó Althaea, esquivando por poco el toque drenante de una sombra que se deslizó por su espalda.

  Reuniendo hasta la última pizca de su concentración, Martín forzó la conexión. Visualizó la última línea de su improvisado código de contención encajando en su lugar, formando un círculo inestable pero completo alrededor del pedestal.

  ?VZZZT!

  La reacción fue instantánea y violenta. El núcleo de Astracita pareció contraerse sobre sí mismo por un instante, y luego emitió un pulso masivo de energía oscura y psiónica, no dirigido hacia afuera, sino como una onda de choque interna contra la barrera que Martín intentaba imponer.

  El disco en la mano de Martín se puso al rojo blanco por una fracción de segundo, y él gritó, soltándolo instintivamente mientras una descarga brutal de energía negra y dolor puro recorría su brazo y lo lanzaba hacia atrás, golpeándose contra la pared de roca. El mundo se volvió blanco por el dolor.

  Pero su acción, aunque fallida en contener completamente, había tenido un efecto. El pulso violento del núcleo, aunque dirigido contra la barrera de Martín, también se propagó hacia afuera de forma caótica. Golpeó a las Sombras Vivientes con una fuerza disruptiva. Las criaturas chillaaron al unísono, sus formas oscuras fluctuando salvajemente, perdiendo cohesión como si su propia fuente de poder se hubiera vuelto contra ellas. Por unos segundos cruciales, quedaron desorientadas, paralizadas, algunas incluso parecieron disolverse parcialmente en la oscuridad.

  El susurro mental cesó abruptamente, reemplazado por un silencio repentino y ensordecedor en sus cabezas.

  —"?Ahora!"—, rugió Thorian, recuperándose del shock del pulso energético. Vio la ventana de oportunidad. —"?Al túnel! ?YA!"—.

  Althaea no necesitó que se lo dijeran. Corrió hacia Martín, que yacía aturdido y dolorido junto a la pared, lo levantó con brusquedad pero con eficacia, y prácticamente lo arrastró hacia la salida secreta por la que habían entrado. Thorian, tras lanzar una última mirada de frustración y fascinación hacia el núcleo ahora silencioso pero ominosamente pulsante, los siguió a toda prisa.

  Llegaron a la abertura del conducto de ventilación justo cuando las Sombras Vivientes comenzaban a reformarse, sus ojos blancos volviendo a fijarse en ellos con una nueva y fría determinación. Thorian activó la runa de pasaje con una mano temblorosa mientras Althaea empujaba a Martín dentro del estrecho túnel.

  —"?Cierra!"—, gritó Thorian una vez que estuvieron los tres dentro.

  Martín, con sus últimas fuerzas, extendió una mano hacia la runa desde el interior del conducto y proyectó la misma se?al falsificada que había usado para abrirla. Con un chirrido de piedra contra piedra, la pared metálica se deslizó de nuevo a su lugar, sellando la entrada un instante antes de que las primeras sombras alcanzaran la abertura.

  Se quedaron allí, en la oscuridad absoluta y claustrofóbica del conducto, jadeando, heridos, escuchando los siseos frustrados de las sombras al otro lado de la pared sellada. Estaban a salvo, por el momento, pero el coste había sido inmenso. Martín sentía el brazo por donde la energía del núcleo lo había golpeado como si estuviera en carne viva, y su mente era un caos de ecos y dolor. Althaea estaba pálida y temblorosa, luchando contra los recuerdos traumáticos reavivados por el asalto psíquico. Incluso Thorian parecía afectado, su habitual arrogancia científica reemplazada por una seriedad sombría al haber vislumbrado el verdadero poder que yacía tras el sello.

  Habían encontrado la fuente. Habían confirmado la presencia de la Astracita y la Marca. Habían sobrevivido al primer encuentro directo. Pero habían salido profundamente marcados, con la certeza aterradora de que la sombra bajo la monta?a era mucho más poderosa y peligrosa de lo que habían imaginado, y que su intento de contenerla, aunque les había salvado la vida, podría haberla enfurecido aún más. El eco de los susurros y la sensación del frío antinatural los acompa?arían en su tensa retirada hacia los niveles superiores.

Recommended Popular Novels