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Capítulo 60 - Donde la Piedra Susurra

  El aire en el nivel tres de Karak Dhur vibraba con la normalidad industriosa de siempre, pero para Martín, Althaea y Thorian, cada eco de martillo, cada zumbido de maquinaria, sonaba diferente ahora, te?ido por el conocimiento del secreto que portaban y la peligrosa misión que estaban a punto de emprender. Aprovecharon el bullicio del cambio de turno, un momento en que los pasillos se llenaban de enanos terminando sus jornadas y otros comenzándolas, para deslizarse discretamente hacia la zona de los montacargas de servicio que descendían a los niveles inferiores.

  Thorian, con su autorización de emergencia (obtenida para investigar el "incidente sísmico"), logró que el mismo operario viejo y de una sola ceja los bajara de nuevo, aunque esta vez el enano los miró con una curiosidad renovada y un ligero encogimiento de hombros, como diciendo "allá ustedes con sus locuras de ingeniero". El descenso fue aún más tenso que la primera vez. Ya no era solo la aprensión ante lo desconocido, sino la certeza de dirigirse hacia un peligro específico y prohibido.

  Cuando la plataforma se detuvo en la oscuridad silenciosa de los niveles olvidados, sintieron de inmediato la diferencia. El aire era más frío, más pesado, y el silencio era tan profundo que casi dolía en los oídos. La única luz provenía de sus lámparas Magitek, incluyendo la nueva linterna de luz pulsátil que Thorian había insistido en llevar "por si acaso".

  —"Bien"—, susurró Thorian, su voz anormalmente baja, rompiendo la quietud. —"Según el plano que el umgi 'encontró', el acceso al conducto de ventilación auxiliar debería estar... por aquí. Detrás de ese derrumbe parcial"—. Se?aló con su lámpara un montón de rocas y vigas metálicas retorcidas que bloqueaban parcialmente un túnel lateral.

  Navegaron por los túneles polvorientos, sus pasos ahora deliberadamente silenciosos. Althaea se movía con la gracia tensa de una cazadora acechando, sus ojos ámbar penetrando la oscuridad, su oído captando el más leve sonido —el goteo de agua lejana, el roce de sus propias ropas, el latido nervioso del corazón de Martín—. Martín seguía de cerca, usando el disco no para buscar activamente, sino como un sensor pasivo, atento a cualquier vibración o lectura energética anómala. Thorian, aunque claramente fuera de su elemento habitual del taller, avanzaba con una determinación enfocada, sus sensores portátiles barriendo el entorno.

  Llegaron al derrumbe. Era antiguo, las rocas cubiertas de polvo espeso. Con cuidado, comenzaron a apartar los escombros más peque?os, buscando la entrada al conducto mencionada en el plano. Fue Althaea quien la encontró primero, una abertura estrecha y rectangular oculta tras una gran losa de piedra que parecía formar parte de la pared.

  —"Aquí"—, murmuró, se?alando la abertura. El aire que salía de ella era viciado y olía a metal oxidado y a algo más, un olor indefiniblemente rancio, como de aire atrapado durante siglos.

  El conducto era incluso más estrecho y claustrofóbico de lo que habían imaginado. Tuvieron que entrar de lado, arrastrando sus mochilas. El interior estaba completamente oscuro, salvo por la luz de sus lámparas, que revelaba paredes metálicas cubiertas de óxido y una gruesa capa de polvo pegajoso. Avanzaron lentamente, a menudo a gatas, por el conducto que descendía en un ángulo pronunciado. El silencio aquí era casi absoluto, solo roto por su propia respiración y el roce metálico de su equipo contra las paredes.

  Martín consultaba mentalmente el mapa del pergamino, tratando de recordar la distancia y los giros. Sabía que debían buscar una sección específica donde el conducto pasaba junto a la pared exterior del túnel principal del Sector 7B.

  Después de lo que pareció una eternidad arrastrándose en la oscuridad confinada, Martín sintió una vibración familiar a través del disco. Débil, pero inconfundible. La misma firma energética oscura y pulsante que había percibido desde detrás del sello rúnico principal.

  —"Estamos cerca"—, susurró, su voz sonando extra?amente fuerte en el espacio cerrado. —"Lo siento... lo veo. La energía está al otro lado de esta pared"—. Se?aló la pared metálica a su derecha.

  Thorian acercó uno de sus sensores. Las lecturas confirmaron la detección de Martín. —"Sí... la firma anómala. Y... ?por la forja! ?También detecto la resonancia de una runa de pasaje! ?El plano era correcto!"—. Su voz contenía una mezcla de triunfo científico y una nueva tensión.

  Examinaron la pared metálica bajo la luz de sus lámparas. No había ninguna puerta visible, ninguna junta, solo la superficie oxidada y polvorienta.

  —"La runa debe estar oculta"—, dijo Thorian. —"O quizás requiere una activación específica... una frecuencia energética, una palabra clave..."—.

  —"O quizás..."—, intervino Martín, recordando la descripción de la runa en el plano y activando su visión del código. Enfocó su percepción en la pared, buscando la firma energética de la runa que Thorian mencionaba. Y la encontró. No era visible físicamente, pero su código brillaba débilmente tras la capa de óxido, un complejo patrón azulado similar al del sello principal, pero mucho más peque?o y claramente dise?ado para abrir, no para sellar. Vio sus conexiones, sus parámetros de activación. —"...quizás necesita la firma energética correcta. Una firma autorizada en la época en que se creó"—.

  —"?Y cómo demonios vamos a replicar eso?"—, gru?ó Thorian.

  Martín miró el disco en su mano. Había interactuado con la energía del espíritu, con el Magitek, con la magia Silvan. ?Podría... imitar o proyectar una firma energética específica? Era una teoría arriesgada.

  —"Tal vez... yo pueda intentarlo"—, dijo Martín, con más confianza de la que sentía. —"Con el disco. Si puedo 'leer' el código de la runa, quizás pueda 'escribir' la se?al que necesita para abrirse"—.

  Thorian y Althaea lo miraron, conscientes del riesgo. Pero estaban allí, en el umbral secreto, y no había otra opción aparente.

  —"Hazlo"—, dijo Thorian, su voz tensa. —"Pero con cuidado, umgi. No sabemos qué hay al otro lado de esa pared"—.

  Martín asintió, respiró hondo y extendió el disco hacia la pared, concentrándose en el código parpadeante de la runa de pasaje oculto.

  El aire en el estrecho conducto de ventilación se cargó de una tensión expectante. Thorian y Althaea retrocedieron ligeramente, dando espacio a Martín mientras este se arrodillaba frente a la pared metálica donde, invisible a simple vista, residía la antigua runa de pasaje. La única luz provenía de las lámparas que sostenían Thorian y Althaea, proyectando sombras alargadas y nerviosas. El silencio era casi absoluto, roto solo por la respiración contenida de los tres y el débil zumbido que ahora emanaba del disco de metal en la mano de Martín.

  Martín cerró los ojos por un instante, calmando su mente, enfocándose. Recordó los diagramas rúnicos que había estudiado en el taller de Thorian, la forma en que las líneas de código representaban flujos de energía y comandos específicos. Extendió el disco hacia la pared, sintiendo la conexión, la interfaz entre su mente y la estructura energética oculta tras el óxido.

  Abrió los ojos y activó su visión del código. La runa de pasaje brilló ante él, un intrincado dise?o azulado, mucho más complejo que las runas funcionales del Magitek moderno. Vio sus nodos principales, sus circuitos de enlace, y lo que parecían ser "parámetros de entrada": espacios vacíos en el código esperando una se?al específica, una firma energética que actuara como llave.

  —"La veo"—, susurró Martín. —"Es... antigua. Requiere una firma energética específica. Como una contrase?a"—. Se concentró, intentando analizar la estructura del código de la runa, buscando alguna pista sobre la naturaleza de la firma requerida. Vio conexiones débiles con la energía residual de la propia roca de la monta?a, y también con... ?firmas de clanes enanos específicos de la Tercera Edad? Era demasiado complejo para descifrarlo completamente.

  —"?Puedes... imitarla?"—, preguntó Thorian en voz baja, fascinado por la descripción.

  —"No directamente"—, respondió Martín. —"No sé cuál es la firma exacta. Pero quizás... pueda enga?arla. Puedo ver los parámetros que espera. Si genero una se?al con el disco que parezca una firma autorizada, que cumpla con la estructura básica que la runa busca..."—. Era un hackeo, en esencia. Un intento de enviar datos formateados correctamente sin tener la contrase?a real.

  Era arriesgado. Si la runa detectaba el intento como hostil, podría activar defensas desconocidas o simplemente bloquearse permanentemente. Pero era su única opción.

  —"Voy a intentarlo"—, dijo Martín. Althaea y Thorian contuvieron la respiración.

  Martín se concentró intensamente. Visualizó los parámetros de la runa: un pulso inicial de energía telúrica, seguido por una secuencia armónica específica y una firma de clan (eligió una genérica que había visto en diagramas antiguos, esperando que fuera suficiente). Usando el disco como interfaz, comenzó a "escribir" mentalmente esa secuencia de energía, proyectándola hacia la runa oculta.

  El disco vibró con fuerza en su mano, canalizando su intención. Sintió la resistencia de la runa antigua, como un mecanismo oxidado que se negaba a moverse. Insistió, ajustando la "sintaxis" de su se?al energética, buscando la resonancia correcta.

  De repente, con un clic suave y casi inaudible, algo cedió. La runa azulada en su visión brilló con más intensidad por un instante, aceptando la se?al falsificada. Un levísimo sonido de piedra rozando contra piedra resonó en el conducto, y una sección rectangular de la pared metálica, perfectamente disimulada, comenzó a deslizarse hacia un lado con una lentitud sorprendente, revelando una abertura oscura más allá.

  Thorian soltó un gru?ido de asombro y satisfacción. —"?Lo hiciste, umgi! ?Enga?aste a una cerradura rúnica de la Tercera Edad!"—.

  Althaea simplemente asintió, aliviada pero aún tensa, su mano firme en la lanza.

  La abertura reveló la entrada a un túnel tallado en la roca, diferente a los conductos de ventilación. Este era claramente un pasaje minero o de exploración, aunque igualmente antiguo y cubierto de polvo. Pero lo que golpeó a Martín de inmediato no fue la vista, sino las sensaciones.

  Una bocanada de aire frío y estancado salió del túnel, un frío que no era natural, sino que parecía absorber el calor, similar al que había sentido con el toque de las sombras y al analizar la Astracita. El olor era a polvo milenario, a roca húmeda, pero también a algo más... un olor metálico y ligeramente dulzón, casi imperceptible, que le provocó una sensación de náusea.

  A case of literary theft: this tale is not rightfully on Amazon; if you see it, report the violation.

  Y luego estaba el silencio. No era el silencio expectante del conducto, sino un silencio muerto, absoluto, como si el sonido mismo temiera entrar en aquel lugar. No había goteo de agua, ni el menor eco de la ciudad lejana. Era un vacío sonoro que resultaba profundamente inquietante.

  Pero lo peor era la sensación que percibía a través del disco y de su propia sensibilidad creciente. La energía oscura, la firma negativa que habían rastreado, era mucho más fuerte aquí. Ya no era un simple eco residual; era una presencia palpable, una presión constante en el aire, como la quietud cargada antes de una tormenta eléctrica violenta. Y el susurro... aunque aún no audible, Martín podía sentir su potencial, como una estática mental en el borde de su conciencia, esperando el momento de volver a hablar.

  —"?Sienten eso?"—, susurró Martín, su voz apenas audible.

  Althaea asintió gravemente, sus fosas nasales dilatándose, tratando de descifrar el olor extra?o, sus ojos ámbar fijos en la oscuridad impenetrable del túnel. —"Frío... incorrecto. Y silencio... demasiado silencio"—.

  Thorian también lo sintió, a su manera. Sus sensores manuales emitían lecturas bajas pero erráticas. —"Energía negativa ambiental significativamente elevada"—, murmuró, consultando su dispositivo. —"Y una leve... muy leve... distorsión espacial detectada. Como si... la realidad misma estuviera un poco... torcida aquí"—. Su excitación científica luchaba ahora visiblemente contra una creciente aprensión.

  Habían abierto la puerta secreta. Habían cruzado el umbral hacia el Sector 7B. Y la primera impresión era clara: este no era solo un lugar olvidado; era un lugar enfermo, contaminado por una presencia oscura y antigua que había estado esperando, silenciosamente, en las profundidades de la monta?a.

  Avanzaron con extrema cautela por el túnel principal. La única luz era la de sus lámparas Magitek, cuyos haces cortaban la negrura absoluta, revelando un escenario congelado en el tiempo. El túnel era ancho, claramente una vía principal de minería en su época, pero ahora estaba cubierto por una capa de polvo tan espesa que amortiguaba incluso el sonido de sus botas. Las paredes estaban húmedas, cubiertas por extra?os líquenes pálidos que parecían absorber la luz en lugar de reflejarla, y en algunos tramos, la roca misma tenía una textura aceitosa y un color enfermizo, casi negruzco.

  El aire era frío —ese frío antinatural que drenaba el calor— y olía a polvo, a descomposición mineral y a ese leve rastro metálico y dulzón que a Martín le resultaba cada vez más perturbador. El silencio seguía siendo casi total, una ausencia de sonido que amplificaba la sensación de aislamiento y peligro latente. No había rastro de las criaturas subterráneas habituales —ni murciélagos, ni ratas de roca, ni siquiera los insectos luminosos que a veces se veían en otros túneles profundos—. Era como si la vida misma hubiera sido erradicada o huyera de este lugar.

  A medida que avanzaban, comenzaron a encontrar evidencias más concretas de la catástrofe que había llevado al sellado del sector. Herramientas de minería —picos, palas, martillos neumáticos rudimentarios— yacían esparcidas por el suelo, oxidadas y rotas, como si hubieran sido abandonadas en plena faena. Vagonetas descarriladas y volcadas bloqueaban parcialmente el camino, sus contenidos —rocas minerales, cristales sin valor— desparramados a su alrededor.

  Y luego, encontraron los primeros restos. Al principio, solo fragmentos óseos blanqueados por el tiempo, medio enterrados en el polvo. Pero a medida que se adentraban, las escenas se volvieron más macabras. Esqueletos enanos completos, aún vestidos con los jirones de sus ropas de trabajo o las placas oxidadas de armaduras de guardia, yacían en posturas extra?as: algunos parecían haber sido aplastados por derrumbes, otros estaban acurrucados en rincones como si hubieran muerto de miedo o frío, y unos pocos... unos pocos estaban congelados en medio de un gesto de ataque o defensa, sus cuencas vacías mirando hacia una amenaza invisible.

  Lo más perturbador era la ausencia de signos de lucha evidentes en muchos de ellos. No había marcas de garras, ni huesos claramente rotos por impacto (más allá de los derrumbes). Parecía como si simplemente... se hubieran detenido. Como si la vida hubiera sido succionada de ellos.

  Althaea examinó uno de los esqueletos con cuidado, su rostro una máscara de estoica concentración. —"Sin marcas de violencia física clara"—, murmuró, se?alando las costillas intactas. —"Pero la roca a su alrededor... está fría. Más fría de lo normal"—. Tocó la piedra cerca del esqueleto y retiró la mano rápidamente, como si la hubiera quemado el hielo.

  Thorian pasó uno de sus sensores sobre los restos. Las lecturas eran débiles pero inquietantes. —"Energía vital residual... casi nula. Drenada por completo. Y trazas de la misma firma negativa que detectamos antes, pero... impregnada en los huesos mismos"—. Miró a su alrededor con creciente alarma. —"Sea lo que sea que pasó aquí... no fue un simple accidente minero"—.

  Martín usó el disco para escanear los alrededores del esqueleto. Vio el código vital completamente apagado, pero también vio tenues hilos de código negro y gris oscuro aferrados a los huesos, como una infección energética persistente. Y el susurro... al acercarse a los restos, sintió un levísimo eco del susurro mental, no palabras, sino una sensación de desesperación y frío.

  Continuaron avanzando, el horror silencioso de la escena pesando sobre ellos. Encontraron más restos, a veces en grupos, como si una cuadrilla entera hubiera sido sorprendida. Y comenzaron a notar algo más: símbolos. La misma espiral retorcida de la Marca de la Sombra, grabada toscamente en las paredes del túnel en varios puntos, a menudo cerca de los restos óseos. No eran grabados antiguos y precisos como los del dispositivo en el mapa; parecían hechos con prisa, con desesperación, quizás por las propias víctimas en sus últimos momentos, o quizás por los perpetradores.

  En una cámara lateral más peque?a, encontraron lo que parecía haber sido un puesto de avanzada de la guardia o un refugio de mineros. Mesas volcadas, armas rotas, y más esqueletos. Pero aquí, en una de las paredes, había un grabado más elaborado, aunque da?ado: la espiral, y junto a ella, una figura humanoide tosca con algo oscuro (?Astracita?) en la mano, y otras figuras arrodilladas o huyendo de ella. Era una representación cruda pero clara de un ataque, de una corrupción.

  —"El culto"—, susurró Martín, se?alando el grabado. —"Estuvieron aquí. Usaron la Marca... y probablemente la Astracita"—.

  —"Y causaron esto"—, completó Althaea, su mirada recorriendo los restos silenciosos con una mezcla de furia y compasión.

  Thorian examinó el grabado con intensidad. —"La Tercera Edad... hubo muchos cultos oscuros que surgieron y cayeron. Pero uno que usara este símbolo y tuviera acceso a Astracita... y que operara dentro de Karak Dhur..."—. Sacudió la cabeza. —"Esto es herejía. Traición. Si el Consejo supiera..."—. Se interrumpió, consciente de que ellos ahora poseían ese conocimiento prohibido.

  La exploración del Sector 7B ya no era solo una búsqueda de respuestas para Martín o una investigación científica para Thorian. Se había convertido en la exhumación de una tragedia olvidada, de un crimen antiguo que parecía tener ecos terribles en el presente. Los ecos silenciosos del pasado resonaban en cada herramienta oxidada, en cada hueso blanqueado, en cada espiral grabada en la piedra, advirtiéndoles del peligro que les aguardaba más adelante, en la cámara donde la fuente de esa oscuridad aún latía.

  El aire se volvía progresivamente más frío y cargado de una estática palpable a medida que seguían el túnel principal del Sector 7B, guiados ahora tanto por el mapa mental de Martín como por las lecturas cada vez más intensas de los sensores de Thorian. Los restos y los grabados ominosos se hicieron menos frecuentes, como si incluso los perpetradores de la antigua tragedia hubieran evitado el epicentro. El silencio seguía siendo casi absoluto, pero ahora estaba te?ido por una sensación diferente: una quietud expectante, como la calma en el ojo de un huracán. Y el susurro... ya no eran solo ecos débiles; era una presencia constante en el fondo de sus mentes, un murmullo polifónico que intentaba encontrar grietas en su concentración, susurrando dudas, miedos y falsas promesas. Los amuletos que Thorian y Martín habían construido vibraban suavemente contra su piel, emitiendo una leve calidez protectora que mantenía la influencia a raya, pero la presión era innegable.

  Finalmente, el túnel desembocó en una vasta caverna natural, mucho más grande que las cámaras laterales que habían visto hasta ahora. A diferencia de las cavernas trabajadas de los niveles superiores, esta conservaba sus formaciones geológicas originales —estalactitas que colgaban como dientes de piedra del techo invisiblemente alto, estalagmitas que se alzaban del suelo como monumentos olvidados— pero había sido claramente modificada.

  El centro de la caverna había sido nivelado, formando una plataforma circular de piedra pulida y oscura, y sobre ella descansaba la estructura que habían visto en el diagrama del pergamino.

  Era aún más inquietante en persona. Un pedestal bajo y ancho, hecho de un material que solo podía ser Astracita —negro absoluto, absorbiendo la luz de sus lámparas y creando un halo de oscuridad a su alrededor—, dominaba el centro. El símbolo de la espiral retorcida, la Marca de la Sombra, estaba profundamente grabado en su superficie superior, y parecía pulsar con una luz interna oscura, casi invisible pero perceptible como una falta de luz. Sobre el pedestal, no flotando pero tampoco descansando directamente, se encontraba el núcleo: una esfera irregular del mismo material negro, del tama?o aproximado de la cabeza de Martín, que emitía el frío antinatural y la energía negativa que impregnaba toda la caverna.

  Rodeando el pedestal, en el suelo de la plataforma, estaban los restos corroídos y rotos de los circuitos rúnicos que el diagrama había mostrado. Finos canales tallados en la piedra, que alguna vez debieron contener filamentos de metal conductor o cristales de canalización, estaban ahora vacíos u obstruidos por polvo y fragmentos. Algunas runas de contención y proyección aún eran visibles, pero estaban da?adas, agrietadas, su poder claramente comprometido. El dispositivo estaba incompleto, o había sido da?ado, quizás durante el mismo evento que llevó al sellado del sector, o quizás por el paso de incontables siglos.

  —"Increíble..."—, susurró Thorian, acercándose lentamente, sus sensores trabajando a toda máquina. —"El pedestal... es Astracita sólida. ?La cantidad! ?El tama?o! ?Esto valdría una fortuna... si no fuera una abominación! Y el núcleo... la fuente de la energía negativa y psiónica es ese núcleo"—. Sus lecturas confirmaban la intensidad de las emisiones. —"Los circuitos están rotos... incompletos. No está funcionando a plena capacidad. ?Gracias a la Monta?a por eso! Si estuviera operativo..."— No terminó la frase, pero la implicación era aterradora.

  Martín activó su visión del código, enfocándose en el núcleo de Astracita. El código negro era abrumadoramente denso, activo, un torbellino caótico de funciones de corromper(), drenar() y susurrar_duda(). Era mucho más potente que la energía residual del espíritu, como comparar un programa malicioso simple con un sistema operativo corrupto entero. Y en el centro del código, vio la Marca, la espiral, actuando como el main_loop, el núcleo del programa maligno. Podía sentir la presión mental intensificarse drásticamente al enfocar su atención allí.

  // ??PELIGRO!! Analizando Núcleo de Astracita - Dispositivo Central Sector 7B

  // Fuente Energética: Núcleo_Astracita_Activo (Potencia ALTA)

  // Código Dominante: Negro_Entrópico_Psiónico_Activo

  // Funciones Principales Detectadas:

  // - bucle: corrupcion_ambiental { drenar_energia_vital(radio_amplio); proyectar_entropia(piedra_circundante); }

  // - bucle: influencia_mental { emitir_susurro_psionico(frecuencia_subconsciente); buscar_vulnerabilidad_mental(objetivos_cercanos); }

  // - función: manifestar_eco_sombra(umbral_energia_negativa) -> Sombra_Viviente // ??Genera las sombras?!

  // - función: anclar_espiritu(esencia_espiritual, marca_vinculante) // ?Usado por el culto?

  //

  // ??MARCA DE LA SOMBRA DETECTADA EN EL NúCLEO DEL CóDIGO!! (Bucle principal de corrupción)

  // Circuitos Rúnicos Externos: DA?ADOS / INCOMPLETOS. ?El dispositivo no opera a plena capacidad!

  // Interacción con Disco: ?EXTREMA PRECAUCIóN! El disco muestra signos de resonancia peligrosa con la energía del núcleo.

  


  Genera las sombras..., comprendió Martín con horror. Y ancla espíritus... El culto lo usó para atrapar almas y alimentar esta cosa... y para corromper.

  Mientras procesaban la magnitud de su descubrimiento, Althaea, cuyos sentidos estaban alerta a peligros más inmediatos, emitió un gru?ido bajo. —"No estamos solos"—, susurró, su lanza ya en posición defensiva.

  Martín y Thorian se giraron bruscamente. De las sombras más profundas de la caverna, de detrás de las estalagmitas, de las grietas en las paredes, comenzaron a deslizarse ellas. Sombras Vivientes. Pero estas eran diferentes a las que habían enfrentado en el túnel. Eran más grandes, sus formas más definidas, sus ojos blancos brillando con una inteligencia fría y hambrienta. Y eran muchas más. No media docena, sino quizás veinte o treinta, rodeándolos silenciosamente, cerrando cualquier vía de escape.

  Y en el centro de la plataforma, el núcleo de Astracita comenzó a pulsar con una luz oscura más intensa, y el susurro mental se convirtió en un grito cacofónico en sus mentes, lleno de triunfo y malicia.

  Tontos... vinieron directamente a la fuente...

  Ahora... serán parte de la sombra...

  Bienvenidos... al eco eterno...

  Habían encontrado el corazón de la sombra bajo la monta?a. Y ahora, parecía que la sombra había venido a reclamarlos a ellos. Estaban atrapados en la cámara del dispositivo, rodeados por sombras hostiles y bajo el asalto directo de la influencia corruptora de la Astracita.

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