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Capítulo 27 - Voces en la Vorágine

  El aire vibraba, cargado de una tensión palpable. El círculo trazado con polvo de plata por Rokan brillaba débilmente, un frágil límite entre el orden del ritual y el caos que amenazaba con desatarse. En el centro, Martín se mantenía en pie, con el disco de metal en alto. El objeto zumbaba y emitía un calor casi insoportable, como si estuviera a punto de fundirse. A su alrededor, los chamanes entonaban un cántico gutural en Sylvian, un mantra que buscaba contener la energía que estaban invocando. Fuera del círculo, observando con una mezcla de miedo y severidad, se encontraban Kaern y Lhawra, junto a otros aldeanos que no se atrevían a acercarse más.

  La presencia se condensó, no como una figura definida, sino como una vorágine de sombras y niebla rojiza, palpitante, amenazante. De ella surgían imágenes fragmentadas: un rostro gritando de dolor, una hoja ensangrentada, el tronco nudoso de un árbol ardiendo en la noche... y, recurrente, un símbolo distorsionado, como una runa corrupta.

  Martín tragó saliva, pero mantuvo su postura firme. Extendió la mano, con el disco apuntando a la vorágine, y habló con voz clara y potente, aunque un ligero temblor la recorría.

  —"Te hemos llamado", dijo. —"Pero no para que sigas causando destrucción. Queremos entender. ?Por qué atacas? ?Qué buscas realmente?"—.

  La vorágine se agitó. Las imágenes se hicieron más frenéticas, más violentas. Y de ese caos emergieron voces, múltiples, superpuestas, un coro disonante que ara?aba los oídos.

  "?Venganza!", siseó una de ellas, una voz profunda y gutural. Martín vio líneas de código rojo brillante, dentadas y agresivas, parpadeando con furia, dominando la estructura visible. El clamor aumentó con ecos de lamentos agudos y rugidos furiosos que clamaban "?Destrucción!" y juraban que "?Ellos... pagarán!", mientras el código rojo se volvía aún más caótico, como un sistema sobrecargado a punto de colapsar.

  Pero, débil, casi ahogada por las demás, Martín percibió otra voz, un susurro apenas audible, te?ido de algo que parecía... ?arrepentimiento?: "No... esto... no...". Y junto a ese susurro, vio algo nuevo: tenues hilos de luz plateada, parpadeando erráticamente, casi invisibles bajo el torrente rojo, como líneas de código comentadas o subrutinas defectuosas que aún retenían una función olvidada de duda o culpa.

  Martín intentó concentrarse en esa voz, en esos destellos plateados de código conflictivo. —?"Ellos'? ?Quiénes son 'ellos'?"—, preguntó, ignorando los rugidos de las otras voces, manteniendo su voz firme y directa.

  La vorágine se agitó. "Humanos...", respondió la voz cargada de ira. "Destruyeron... nuestro hogar...". Imágenes de una aldea en llamas, de Hombres Bestia cayendo bajo las espadas y el fuego, asaltaron la mente de Martín, no como una visión externa, sino como una punzada de dolor en su propio pecho, un eco de la agonía del espíritu. Gimió una voz quebrada por el sufrimiento: "?Traición...!", y Martín sintió una opresión en el corazón, como si él mismo estuviera experimentando la pérdida. Una emboscada, un enga?o, la sensación helada de ser apu?alado por la espalda. "?Robaron...!", rugió otra voz, vibrante de rabia, mostrando un artefacto brillante arrebatado de un altar. Una sensación de vacío, de algo irremplazable, sagrado, perdido para siempre.

  —"?Esta aldea no es responsable!", replicó Martín, su voz elevándose ligeramente, la frustración comenzando a te?ir su tono mientras se?alaba a su alrededor con un gesto enfático. Observaba cómo el código rojo de la 'venganza' se dirigía ciegamente contra todo, sin distinguir objetivos, una función brutalmente ineficiente. —"?Estás atacando a inocentes! ?Esto no resuelve nada, solo causa más dolor!"

  Las voces se agitaron, discordantes, superponiéndose en un clamor caótico. "?Todos... culpables!", rugió la voz dominante de la Ira. "?Todos... deben... sufrir!".

  —"?Sufrir por qué?!", insistió Martín, dando un paso al frente, su postura ahora desafiante, su voz más fuerte, más segura, la ira justa comenzando a hervir en él. El esfuerzo por mantener la voz firme le provocaba un dolor punzante en la cabeza, y sentía cómo la energía caótica del espíritu presionaba contra sus propias defensas mentales. —"?Por los crímenes de otros? ?Eso no es justicia, es solo crueldad! ?Una atrocidad que repite exactamente lo que te hicieron a ti!"

  La vorágine se convulsionó violentamente. La voz débil, la del remordimiento, se hizo un poco más fuerte, luchando por emerger entre el tumulto. "Enga?o... fuimos enga?ados...". Una imagen fugaz: un Hombre Bestia, con rasgos de lobo, recibiendo un objeto oscuro de manos de una figura encapuchada. Una sensación de falsa seguridad, de confianza ingenua y brutalmente traicionada.

  Martín vio las líneas plateadas intensificarse momentáneamente, generando 'errores' visibles en el flujo rojo dominante. Se aferró a ese hilo de duda como a un salvavidas. —?"Quién te enga?ó?"—, preguntó, su voz ahora cargada de una mezcla de determinación y una incipiente compasión. —?"Quién te hizo creer que la respuesta era atacar a tu propia gente?"—.

  Las imágenes se volvieron más caóticas, un torbellino de confusión y dolor. Pero en medio del caos, un símbolo, una espiral retorcida con un punto oscuro en el centro, apareció brevemente, quemándose en la visión de Martín. El disco vibró con más fuerza, proyectando una débil imagen holográfica del símbolo en el aire.

  —"?Qué es eso?"—, preguntó Althaea, tensa, acercándose un paso más, su mano firmemente en la empu?adura de su lanza.

  —"No lo sé... pero creo que es importante"—, respondió Martín, sin apartar la mirada del símbolo flotante.

  —"Esa... marca", susurró la voz llena de remordimiento, y el código plateado pareció retorcerse alrededor del símbolo oscuro proyectado. —"La marca... de... la Sombra"—. Una sensación de oscuridad pegajosa, de corrupción reptante, de algo antinatural invadiendo la mente y el espíritu, retorciendo la intención.

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  Pero la voz de la Ira ahogó las palabras con un rugido ensordecedor. —"?Mientes!", bramó. —"?Solo... dolor! ?Solo... venganza!"—.

  —"?No todos los humanos son iguales!"—, replicó Martín, con firmeza, su voz resonando en el claro, tratando de superar el estruendo. —"?Yo no soy como los que te hicieron da?o!"—.

  —"?Mientes!"—, gritó la voz iracunda. —"?Todos... mienten! ?Todos... traicionan!"—.

  —"??Y por qué los atacaste!? ??A tu propia gente!?", insistió Martín, su voz ahora un látigo de frustración y rabia contenida. "??A los que debías proteger!?"—.

  La voz llena de remordimiento intentó hablar, un sonido ahogado, pero la Ira la silenció. —"?Ellos... débiles! ?Merecían... morir!"—.

  —"No...", susurró la voz rota, coincidiendo con un parpadeo desesperado de las líneas plateadas que casi se extinguían. —"Nosotros... enga?ados... Creímos... proteger..."—. Una imagen desgarradora: el mismo Hombre Bestia lobo, ahora con los ojos inyectados en sangre, la marca de la Sombra brillando débilmente en su frente, atacando a sus propios compa?eros, a su propia familia. Una sensación de confusión total, de horror absoluto, de no comprender cómo había llegado a ese punto.

  —"La ira y la tristeza pueden confundirse", dijo Martín, su voz bajando el tono, intentando razonar, aunque la frustración lo carcomía. "Veo el rojo brillante de tu furia dominándolo todo, pero también veo estos otros hilos... rotos, parpadeantes... como un código que lucha, que llora. ?Estás seguro de que es solo ira lo que hay ahí dentro?"—.

  La vorágine se agitó violentamente, como si las palabras de Martín hubieran tocado una fibra sensible, provocando un cortocircuito en su esencia caótica.

  —"?Silencio!"—, gritó la voz dominante de la Ira. —"?Solo... dolor! ?Solo... venganza!"—.

  —"?La tristeza no es debilidad!", insistió Martín, su determinación inquebrantable a pesar del peligro. "Esas líneas plateadas que veo, ese código que lucha por no ser borrado... no es debilidad. Es la prueba de que algo más quedó atrapado en esta tormenta de furia." Cada palabra era una lucha contra la opresión que emanaba de la vorágine, sintiendo un frío que le calaba los huesos.

  —"?Débil! ?La tristeza... es debilidad!"—, rugió la Ira, y el código rojo pareció intensificarse, intentando ahogar por completo los destellos plateados.

  —"No", replicó Martín, su voz firme. —"La tristeza es parte de ser completo. Negarla... solo te rompe aún más. Es como un error no corregido, corrompe todo el sistema."

  Las voces se agitaron, discutiendo, contradiciéndose en un cacofónico debate interno. La vorágine tembló, la niebla rojiza pulsando irregularmente, como si estuviera a punto de estallar.

  —"?Mientes!"—, gritó la Ira, con una furia renovada y desesperada.

  Martín, sintiendo que el diálogo se agotaba y el peligro crecía, decidió actuar. Extendió la mano, el disco brillando con una luz cegadora, y se concentró en el código caótico del espíritu. Lo veía ahora con más claridad: un torbellino de líneas rojas (ira), entrelazadas con hilos negros (dolor) y algunos destellos plateados (remordimiento), todo girando alrededor de un núcleo oscuro y pulsante: la "marca de la Sombra".

  "Esa marca... es la fuente, la corrupción", pensó, su mente trabajando a toda velocidad. Veía la marca como un bloque de código malicioso, inyectado en el sistema original, generando bucles infinitos de ira y dolor. "No puedo editar la venganza, es demasiado complejo, demasiado arraigado. Pero quizás... si uso mi percepción del código para aislar la 'marca', buscando interrumpir su conexión corruptora con el resto de la esencia espiritual..."

  Intentó enfocar su voluntad, usando el disco como catalizador, para visualizar y desviar el torrente de energía oscura que emanaba del código de la marca, esperando cortar el suministro a la furia del espíritu. Era como intentar construir una presa en medio de un torrente embravecido.

  Pero el código del espíritu era salvaje, inestable. La "marca" pulsó con una fuerza maligna, rechazando violentamente su intento de intrusión. Una descarga de energía oscura, cruda y dolorosa, lo golpeó a través del disco. Sintió como si le hubieran clavado agujas al rojo vivo en el cerebro.

  —"?Argh!"—, gritó Martín, el dolor agudo atravesándole la cabeza, como si estuvieran taladrando su cráneo. La energía del espíritu lo recorrió, una descarga brutal que le quemó el brazo y lo obligó a soltar el disco.

  El disco rodó por el suelo, su brillo parpadeando erráticamente antes de apagarse, olvidado momentáneamente en la creciente oscuridad. La descarga no solo le quemó el brazo, sino que pareció resquebrajar las últimas defensas de su mente. Su intromisión había enfurecido al espíritu más allá de todo control, abriendo la puerta a la invasión final.

  La vorágine, sintiendo su intento de intrusión como un ataque directo, reaccionó con una violencia desatada. El aura rojiza se intensificó, expandiéndose, y las voces múltiples se fusionaron en un rugido ensordecedor y lleno de odio.

  "?No puedes controlarme!", gritó el espíritu, una amalgama de todas las voces, ahora completamente dominadas por la Ira. "?Soy la furia de los caídos! ?La venganza de la sangre derramada! ?Serás mi instrumento!".

  La energía oscura se lanzó hacia Martín como una ola negra, golpeándolo con una fuerza que lo dejó sin aliento. Sintió que su cuerpo se tensaba, que sus músculos se contraían contra su voluntad, como si miles de hilos invisibles tiraran de él, una marioneta en manos de un titiritero furioso.

  —"?Martín!"—, gritó Althaea, corriendo hacia él, con la lanza en alto, la desesperación en su rostro. Pero Gorak la detuvo, agarrándola del brazo con una fuerza férrea.

  —"?No! ?Es demasiado tarde!"—, rugió el Hombre Bestia, con una mezcla de miedo y resignación en sus ojos. —"El espíritu... lo está tomando..."—.

  Rokan y los chamanes intensificaron sus cánticos, sus voces quebradas por la desesperación. El círculo de plata brilló con una intensidad cegadora, pero las grietas comenzaron a aparecer en el suelo a su alrededor, como si la tierra misma estuviera a punto de romperse bajo la presión.

  Martín sintió la oscuridad invadirlo, pero se aferró a la imagen de Althaea, al calor de la fogata comunal, al recuerdo de la sonrisa de los ni?os. 'No soy esto', pensó con desesperación, luchando contra la marea de odio que amenazaba con ahogarlo. 'No soy venganza... Soy Martín...'. Pero cada pensamiento era una débil chispa contra un huracán de furia antigua. Podía sentir su propia conciencia siendo empujada hacia un rincón oscuro, mientras la furia y el odio del espíritu lo inundaban todo.

  —"?No...!"—, logró murmurar, con un hilo de voz, su cuerpo temblaba violentamente, y sudores fríos recorrían su frente. ...Althaea... no... perdón... fue su último pensamiento coherente antes de que la oscuridad lo reclamara por completo.

  Pero la fuerza del espíritu era abrumadora. Sus ojos, antes marrones, comenzaron a brillar con un rojo intenso y antatural. Una sonrisa cruel, retorcida, que no era suya, se dibujó lentamente en su rostro.

  "Ahora...", siseó la voz del espíritu, a través de los labios de Martín, distorsionada y llena de un odio palpable, "...la venganza... comenzará."

  Desde el borde del círculo, Kaern retrocedió horrorizado, el miedo confirmando sus peores advertencias. A su lado, Lhawra ahogó un gemido, aferrándose a su bastón como si la tierra misma fuera a tragársela. El ritual había fallado. La bestia había sido liberada.

  El precio fue Martín.

  El capítulo termina, pero la grieta está abierta: entre lo que somos y lo que el dolor nos convierte.

  Y ahora, la sombra tiene un rostro. Y un cuerpo.

  La pregunta es: ?cuánto más puede romperse alguien antes de volverse otra cosa?

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