La oscuridad se disipó como una niebla arrastrada por el viento, dejando a Martín tendido en el suelo de una peque?a caba?a, exhausto y tembloroso. El aura rojiza que lo había envuelto se extinguió, y sus ojos, ahora de un marrón apagado, parpadearon confundidos. Podía sentir el peso de su propio cuerpo, un dolor sordo y generalizado, como si cada músculo hubiera sido golpeado, y el eco de una furia que no era suya. A su alrededor, los rostros de Althaea, Gorak y los demás aldeanos reflejaban una mezcla de alivio y preocupación. ?Qué había pasado? ?Qué había hecho? Las preguntas se agolpaban en su mente, borrosas y fragmentadas como un sue?o roto.
Abrió los ojos y, por un instante, no supo dónde estaba. No era su caba?a, sino la caba?a de curación, más peque?a e inundada por el olor a hierbas y ungüentos. La luz del sol se filtraba a través de las pieles, creando un ambiente tenue. Intentó incorporarse, pero el dolor lo obligó a recostarse.
Los recuerdos del ataque a la aldea, la lucha, la aparición del aura rojiza... y la voz, lo asaltaron, fragmentados y confusos. Se llevó una mano al cuello, donde el amuleto de Talia, ahora tibio, parecía vibrar suavemente contra su piel.
?En qué me he convertido?, se preguntó, con un nudo de horror en la garganta. ?Por qué yo? ?Qué quiere este espíritu? ?Podré controlarlo, o volveré a perder el control y lastimar a mis amigos?
La puerta de la caba?a se abrió, y Althaea entró. Su expresión combinaba alivio por ver a Martín despierto y preocupación por su estado.
—"?Cómo... sientes?"—, preguntó en Varyan, con voz suave.
—"Cansado"—, murmuró Martín. —"Confuso. Yo... ataqué..."—.
—"El espíritu te dominaba"—, dijo Althaea, con firmeza. —"Tus acciones no reflejaban tu verdadera voluntad"—.
Martín asintió, intentando aferrarse a esas palabras, pero el alivio no llegaba. Recordó los rostros de los aldeanos, su miedo, su desconfianza.
—"Debo... hablar con Rokan"—, dijo. —"Con... chamanes. Necesito... entender"—.
Althaea lo ayudó a levantarse y a salir de la caba?a. La aldea estaba en una tensa calma. Los aldeanos reparaban los da?os, atendían a los heridos, y... miraban a Martín. Algunos, como Arven y Maedra, le ofrecieron una sonrisa cautelosa, un peque?o gesto de aceptación. Otros, como Kaern y Lhawra, lo observaban con abierta hostilidad, sus ojos reflejando una mezcla de miedo y reproche. Los ni?os, Renn, Kael y Lyra, se escondieron detrás de los adultos.
Martín sintió una punzada de dolor y soledad. Se había esforzado por integrarse, por ayudar... y ahora, esto.
—"No te preocupes"—, dijo Althaea, notando su expresión. —"Ellos... entenderán. Con... tiempo"—.
Pero Martín no estaba tan seguro. Las miradas de desconfianza, el miedo en los ojos de los ni?os... todo eso pesaba sobre él. ?Cómo podrán volver a confiar en mí después de lo que pasó?, se preguntó.
Gorak se acercó, con su habitual expresión adusta. —"Rokan... te espera"—, dijo.
Martín asintió y siguió a Gorak hacia el árbol ancestral, donde Rokan y los otros dos chamanes de la aldea estaban reunidos.
—"Martín"—, dijo Rokan, con solemnidad. —"Tú... has visto. Has... sentido. Ahora... debes entender"—.
Martín les contó todo. La visión de la aldea en llamas, la voz fría y antigua del espíritu, la sensación de furia y poder abrumadores, la lucha, el vacío posterior... Mientras hablaba, sentía que el disco de metal en su bolsillo vibraba, como si estuviera en sintonía con sus palabras. El disco ahora palpitaba con un ritmo que se asemejaba a las extra?as fluctuaciones de la energía que había sentido durante la posesión.
—"Ese espíritu... busca venganza"—, dijo Rokan, cuando Martín terminó su relato. —"Por... ataque de hace muchos a?os. Aldea... casi destruida. Muchos... murieron"—.
—"Pero... ?por qué yo?"—, preguntó Martín. —"?Por qué... ahora?"—.
Rokan se?aló el amuleto de Talia. —"Amuleto... atrajo espíritu. Tú... magia... abrió puerta"—.
No puede ser, pensó Martín, solo es un recuerdo, no tiene nada de especial.
Martín negó con la cabeza, descartando la idea del amuleto.. Recordó de nuevo la advertencia de Althaea.
—"Yo... no respeto"—, murmuró, sintiéndose culpable. —"Yo... tomo. No... doy"—. ?Habrá sido mi forma de usar la magia? ?Habré abierto una puerta sin darme cuenta? ?Es por eso que me eligió a mí?.
—"Espíritu... usó tu furia"—, intervino Gorak. —"Tu... frustración. Tu... miedo. Pero... tú también... usaste espíritu"—.
—"Tú... luchaste"—, explicó Gorak. —"Protegiste... ni?os. Ancianos. Tú... no querías venganza, en el fondo"—.
—"Pero... ataqué a los tuyos"—, dijo Martín. —"A Althaea... a Borak..."—.
—"Estabas bajo la influencia de una fuerza externa"—, dijo Rokan, con un tono que buscaba calmar la angustia de Martín. —"El espíritu nubló tu juicio y controló tus movimientos. Espíritu... fuerte. Pero... tú... más fuerte. Lo... expulsaste"—.
—"Necesito... entender"—, dijo Martín. —"Necesito... hablar con él. Pero... no así. No... poseído"—.
—"Entiendo. Pero... peligroso. Espíritu... querrá volver"—, respondió Rokan, con preocupación en su voz.
Martín recordó sus conocimientos de programación. —"Podemos... crear un... entorno controlado", propuso. —"Como... un firewall. Una jaula... para el espíritu"—.
Los chamanes lo miraron con curiosidad. Nunca habían escuchado esas palabras, pero intuían que Martín tenía una idea.
—"Tu magia... diferente"—, dijo Rokan, pensativo. —"Pero... quizás... útil. Hablaremos... Prepararemos... ritual"—.
—"Pero, ?por qué hablar con él?"—, preguntó Althaea, que había permanecido en silencio hasta ahora. —"?Por qué no... destruirlo?"—.
Martín negó con la cabeza, con firmeza. —"Atacó a los bandidos, sí... Pero luego, a ustedes. ?Por qué? ?Qué pasó hace a?os? Además, cuando estaba poseído, sentía su dolor, su furia... y no eran míos. Eran... de otra época. De otra persona"—. Martín hizo una pausa. —"Necesito respuestas. ?Por qué atacó? ?Por qué a su propia gente?.
Rokan asintió, comprendiendo la necesidad de Martín de obtener respuestas. —"Espíritu... guarda secretos"—, dijo. —"Secretos... quizás importantes"—.
La decisión de invocar al espíritu generó una gran tensión en la aldea. Kaern y Lhawra, los ancianos más conservadores, se opusieron con vehemencia.
—"?Es una locura!"—, exclamó Kaern, con el rostro enrojecido por la ira. Su mirada, normalmente severa, ahora reflejaba un miedo genuino. —"?Ese humano ya demostró lo peligroso que es! ?Ahora quieren traer a la bestia a nuestra propia casa!"—.
—"No podemos permitirlo"—, a?adió Lhawra, con voz temblorosa, mientras sus manos se aferraban a su bastón como si buscara apoyo. —"Es una profanación. Un insulto a los-"
—"?Basta!"—, la interrumpió Martin. —"Respeto a los espíritus, respeto sus creencias. ?Pero no pueden culparme de algo que no hice de forma consiente! Y ustedes... no son nadie para hablar de espíritus. ?Dónde estaban ellos, a los que tanto respeto le tienes,cuando la aldea fue atacada por primera vez? ?Dónde estaban cuando los bandidos atacaron? ?Dónde estaban cuando el espíritu me poseyó?"— La voz de Martín estaba cargada de frustración y resentimiento. "La aldea se defendió sola"—.
Un silencio tenso cayó sobre el lugar. Los aldeanos, divididos entre el miedo y la gratitud, observaban la escena. Kaern apretaba los pu?os, visiblemente afectado por las palabras de Martín, mientras que Lhawra bajaba la mirada, incapaz de sostener la intensidad de la mirada del humano.
Incluso Gorak, que había aceptado entrenar a Martín, expresó sus dudas, su rostro normalmente impasible ahora mostrando una arruga de preocupación en su frente. —"Espíritu... antiguo. Poderoso. No sabemos... qué puede hacer"—, dijo.
Pero Rokan, Althaea y la madre de Althaea defendieron la idea.
—"Debemos entender, no temer"—, dijo Rokan, con calma.
—"Martín luchó contra el espíritu. Merece respuestas"—, a?adió Althaea, con firmeza.
—"Y quizás... podamos evitar que esto se repita"—, dijo la madre de Althaea, con sabiduría.
La discusión fue larga y acalorada, pero finalmente, la mayoría del consejo de ancianos accedió, aunque con condiciones estrictas.
El ritual se llevaría a cabo en el claro, el mismo lugar donde Martín había sido poseído. Rokan y los demás chamanes trabajarían con Martín para crear el "entorno controlado", combinando la magia Silvan con la "magia de código" del humano. Y, lo más importante, Martín tendría que demostrar que podía controlar su propia magia, que podía sentir el bosque, antes de intentar comunicarse con el espíritu.
Mientras tanto, Martín lidiaba con las secuelas de la posesión. El dolor físico había disminuido, pero el cansancio y la confusión persistían. Tenía flashbacks recurrentes de la lucha, veía los rostros aterrorizados de los aldeanos, la sangre en sus manos...
Althaea lo visitaba a menudo en su caba?a, trayéndole comida y compa?ía. Intentaba animarlo, pero Martín se sentía culpable y avergonzado.
—"Te ataqué"—, le dijo un día, con voz apagada. —"A ti... a Borak... a todos..."—.
—"El espíritu te controlaba, Martín. La furia que sentiste no era tuya, sino de ese espíritu vengativo"—, respondió ella, con suavidad, intentando tranquilizarlo.
—"Pero... ?y si vuelve? ?Y si no puedo... detenerlo?"—, preguntó Martín, con miedo en sus ojos. ?Qué pasa si pierdo el control de nuevo? ?Y si la próxima vez no puedo detenerlo?.
—"Lo harás"—, dijo Althaea, con firmeza. —"Eres fuerte. Y... aprenderás. Gorak... te ense?ará"—.
Le habló de la magia Silvan, de la conexión con el bosque, del equilibrio entre tomar y dar. —"Tú... ves código"—, explicó. —"Nosotros... sentimos. Debes... aprender a sentir"—.
?Código?, pensó Martín. ?Cómo había adivinado Althaea su forma de ver la magia? Quizás la magia Silvan no era tan diferente de la suya, después de todo. Quizás solo eran diferentes formas de percibir la misma energía. Si ellos pueden sentir la magia, quizás yo también pueda, se dijo.
Martín asintió, sintiendo un atisbo de esperanza, pero la duda lo carcomía. ?Podría realmente aprender a sentir la magia como los Hombres Bestia? ?O estaba destinado a ser siempre un forastero, un humano con una magia extra?a y peligrosa?
Un día, la madre de Althaea lo visitó. Lo observó en silencio, con sus ojos penetrantes, evaluando su estado.
—"Althaea... confía en ti"—, dijo, con voz grave. —"Gorak... también. Pero... espíritu... deja marca. Debes... ser fuerte"—.
Martín asintió, sintiendo el peso de sus palabras. —"Yo... intentaré"—, dijo, con voz temblorosa.
La guerrera lo miró fijamente. —"No intentes, humano. Hazlo"—.
Mientras tanto, en sus escasos momentos de soledad, Martín reflexionaba sobre lo sucedido. ?Acaso los espíritus del bosque solo se preocupaban por sí mismos? ?Acaso solo les importaba el equilibrio y no el sufrimiento de los seres vivos?
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Pero a medida que pasaban los días, se dio cuenta que Gorak también estaba inquieto.
—"Debemos entrenar", dijo el Hombre Bestia una ma?ana. "Debes... aprender. A sentir... y a luchar."
Lo llevó a un lugar apartado del bosque, lejos de las miradas curiosas de los aldeanos. Comenzaron con ejercicios de respiración, una práctica que Martín encontraba extra?a al principio.
—"No... pensar", le corrigió Gorak, con paciencia. "Sentir. Bosque... habla. Tú... escuchar."
Le pidió que tocara diferentes árboles, que sintiera la corteza rugosa, la savia pegajosa, el pulso lento y profundo de la vida que fluía a través de ellos.
Pero Martín solo sentía la textura, la temperatura... y el código. Veía los hilos de luz verde, las runas, las funciones, las variables... como si estuviera leyendo un programa de computadora. Podía analizar la estructura, identificar los patrones, pero no podía conectarse a ella de la misma forma que Gorak.
—"?Por qué... no puedo?"—, preguntó, frustrado. —"?Por qué solo... veo?"—.
Gorak se encogió de hombros, con una expresión que denotaba que no entendía completamente la pregunta. —"Hombres Bestia... nacen con bosque. Tú... otra cosa"—, respondió, con simpleza.
Siguieron practicando. Gorak le ense?ó a identificar plantas, no por su apariencia, sino por su sensación, por el zumbido sutil de su energía. Le mostró cómo seguir el rastro de un animal, no solo por las huellas visibles, sino por la perturbación casi imperceptible que dejaba en el aire, en la energía del bosque.
Martín se esforzaba, pero la frustración crecía. Veía el código, lo analizaba, lo comprendía a su manera... pero no podía sentirlo como Gorak. Sentía un leve dolor de cabeza, un eco de la visión de la aldea en llamas, y el disco de metal en su bolsillo vibraba, como si estuviera reaccionando a sus intentos fallidos.
Mientras practicaba el combate cuerpo a cuerpo con Borak, el guerrero más joven, Martín se dio cuenta de que su cuerpo recordaba los movimientos de la posesión. La velocidad, la fuerza, la ferocidad... todo estaba allí, latente en sus músculos, como si el espíritu hubiera dejado una huella en su propio ser.
Al principio, se resistió a esos recuerdos. Le aterraba la idea de volver a perder el control, de convertirse de nuevo en una marioneta de la furia.
Pero Gorak, con su sabiduría práctica, lo instó a no rechazar esa parte de sí mismo.
—"Espíritu... usó tu cuerpo"—, dijo. —"Pero... movimientos... son tuyos ahora. Puedes... aprender. Controlar. Usar... para bien"—.
Y así, Martín comenzó a integrar los movimientos de la posesión en su propio estilo de lucha. Aprendió a canalizar la fuerza, la velocidad, la precisión, pero sin la furia ciega, sin el odio que lo había consumido.
Pero, al hacerlo, los recuerdos volvían.
Veía a Althaea, a Borak, a los demás guerreros, con los ojos llenos de miedo. Se veía a sí mismo, envuelto en el aura rojiza, atacándolos sin piedad.
En una ocasión, mientras practicaban con bastones de madera, Martín realizó un movimiento instintivo, un barrido rápido y potente que nunca había aprendido conscientemente. El movimiento fue tan repentino que Borak apenas tuvo tiempo de bloquearlo.
Martín se detuvo en seco, jadeando, con el corazón latiéndole con fuerza.
—"?Qué... qué fue eso?"—, preguntó, confundido y asustado.
Borak lo observó con atención, con una mezcla de sorpresa y preocupación en sus ojos. —"Movimiento... rápido. Fuerte. Como... espíritu"—, respondió.
Martín sintió un escalofrío. Era como si la posesión hubiera dejado una huella en su cuerpo, una memoria muscular que podía activarse sin su control consciente.
—"No quiero... usarlo"—, dijo Martín, con voz temblorosa. —"No quiero... volver a ser así"—.
—"Tú... controlas"—, dijo Gorak, con firmeza. —"No... espíritu. Tú... decides"—.
Le explicó que debía aprender a canalizar esa fuerza, a integrarla en su propio estilo de lucha, pero sin dejar que la furia del espíritu lo dominara. Que debía aprender a controlar sus propios movimientos, no a reprimirlos.
—"Es como... código", dijo Martín, intentando encontrar una analogía que le ayudara a entender. —"Instrucciones... que puedo usar. Pero... yo decido cuándo. Yo... decido cómo"—.
Gorak asintió, comprendiendo la comparación. —"Sí. Tú... decides"—, repitió.
Siguieron entrenando, y Martín, poco a poco, fue aprendiendo a controlar esos movimientos, a utilizarlos conscientemente, sin dejarse llevar por la oscuridad.
Pero los flashbacks no cesaban.
Mientras entrenaba, mientras meditaba, mientras intentaba dormir... las imágenes volvían, ya no de un solo punto de vista, ahora eran varias, desde todos los ángulos, podia sentir el terror de cada uno de ellos, como gritaban, como se desesperaban, como sus ultimas voluntades de vivir eran consumidas por el fuego. La aldea en llamas, los rostros aterrorizados, la voz del espíritu... todo se repetía en su mente, como una pesadilla recurrente.
Se despertó sobresaltado, con el corazón latiéndole con fuerza y el cuerpo cubierto de sudor. El amuleto de Talia, en su cuello, estaba frío, pero vibraba con una energía oscura que le erizaba la piel.
Supo, entonces, que el entrenamiento con Gorak no era suficiente. Debía entender al espíritu, debía confrontarlo, debía encontrar una forma de controlar la oscuridad que ahora, de alguna manera, formaba parte de él.
Mientras tanto, Althaea, preocupada por Martín, había estado investigando por su cuenta. Habló con los ancianos de la aldea, consultó antiguos pergaminos, buscando alguna información sobre el espíritu de venganza, sobre el amuleto, sobre la forma en que Martín podría liberarse de su influencia.
Se dirigió a la caba?a de su madre, la sabia de la aldea, y la encontró sentada junto al fuego, con un pergamino antiguo en sus manos.
—"Madre", dijo Althaea, con voz preocupada. —"He estado buscando respuestas. Sobre el espíritu, sobre Martín..."—.
La madre de Althaea levantó la vista, sus ojos penetrantes fijos en los de su hija. —"?Y qué has encontrado?"—, preguntó.
Althaea le contó lo que había descubierto, hablando de las historias antiguas, de los espíritus vengativos.
—"Pero este espíritu... es diferente"—, dijo Althaea. —"No es una sola entidad, sino muchas. Es como si las almas de todos los que murieron en el ataque se hubieran unido en una sola fuerza de venganza"—.
—"Eso explicaría su poder"—, murmuró la madre de Althaea, pensativa. —"Y su furia descontrolada"—.
—"Y el amuleto..."—, continuó Althaea. —"No fue creado para contener a este espíritu. Martín lo llevaba consigo porque se lo dio su amiga... quizás, al estar tan unido a él, se convirtió en un recipiente"—.
—"Un recipiente fortuito"—, dijo la madre de Althaea. —"El espíritu está atrapado, pero también está buscando una forma de liberarse. Y Martín... él es el puente"—.
—"?Qué podemos hacer?"—, preguntó Althaea, con angustia en su voz. —"?Cómo podemos ayudar a Martín? ?Cómo podemos controlar al espíritu?"—.
La madre de Althaea suspiró. —"Es una situación difícil, hija mía. El espíritu es poderoso, y está alimentado por el dolor y la furia de muchas almas. Pero no podemos perder la esperanza. Debemos encontrar una forma de comunicarnos con él, de entender su sufrimiento, y de ayudarlo a encontrar la paz"—.
—"Martín quiere hablar con él"—, dijo Althaea. —"Quiere entender por qué lo atacó, por qué atacó a su propia gente"—.
—"Es arriesgado"—, advirtió la madre de Althaea. —"Pero quizás sea necesario. Si podemos entender la causa de su furia, quizás podamos encontrar una forma de calmarlo"—.
—"Rokan y los chamanes están preparando un ritual"—, dijo Althaea. —"Un ritual para invocar al espíritu de forma controlada. Martín quiere usar su magia, su 'código', para crear una especie de barrera, una jaula que lo contenga"—.
—"La magia de Martín es diferente a la nuestra"—, reflexionó la madre de Althaea. —"Pero quizás sea la clave. Quizás su forma de ver el mundo, de entender la energía, nos ayude a controlar al espíritu"—.
—"Pero... ?y si falla?"—, preguntó Althaea, con miedo en sus ojos. —"?Y si el espíritu es demasiado poderoso? ?Y si vuelve a poseer a Martín?"—.
La madre de Althaea le tomó la mano, con un gesto de consuelo. —"Debemos tener fe, hija mía. En Martín, en su fuerza, en su voluntad. Y en la sabiduría de los antiguos. Ellos nos dejaron herramientas, conocimientos, para enfrentar estas situaciones. Debemos usarlos"—.
—"Hablaré con Rokan"—, dijo Althaea, con determinación. —"Le contaré lo que he descubierto. Y prepararemos el ritual. Juntos, encontraremos una forma de ayudar a Martín y de liberar al espíritu de su tormento"—.
Una tarde, mientras Martín descansaba en su caba?a, Althaea entró, con una expresión grave.
—"Martín"—, dijo. —"Creo que... sé algo más. Sobre... espíritu"—.
Le contó lo que había descubierto. Que el espíritu no era una entidad única, sino el alma combinada de varios guerreros Hombres Bestia, muertos durante el ataque a la aldea hacía muchos a?os. Que ese guerrero y varios más habían sido traicionados, que su furia y su sed de venganza habían sido tan intensas que sus espíritus se habian quedado atrapados, buscando una forma de manifestarse.
—"Y el amuleto..."—, dijo Althaea. —"Creo que solo se dio porque se aferró a tus sentimientos"—.
Martín escuchó en silencio, sintiendo un escalofrío. Ahora entendía un poco mejor la voz, las imágenes, la furia.
—"Pero... ?por qué yo?"—, preguntó.
Althaea negó con la cabeza. —"No lo sé. Quizás... tu magia, la forma en la que la usas, sin respeto... Quizás... solo fue el destino"—.
—"Debo hablar con él"—, dijo Martín, con determinación. —"Debo... entender. Y... debo liberarlo"—.
Althaea lo miró, preocupada. —"Es peligroso, Martín. El espíritu... es poderoso"—.
—"Lo sé"—, respondió él. —"Pero... no puedo seguir así. No puedo... vivir con este miedo. Con esta... oscuridad"—.
Althaea suspiró, pero asintió. Sabía que no podía detenerlo.
—"Te ayudaré"—, dijo. —"Hablaré con Rokan. Prepararemos... el ritual"—.
Los preparativos para el ritual fueron tensos y llenos de incertidumbre. Rokan y los demás chamanes estaban preocupados, pero también intrigados por la propuesta de Martín.
—"Nunca... hemos hecho esto antes"—, dijo Rokan. —"Invocar... espíritu... de esta forma. Es... arriesgado"—.
—"Pero... necesario"—, respondió Martín. —"No puedo... controlar mi magia. No puedo... vivir con este miedo. Y... creo que el espíritu... merece ser escuchado"—.
Explicó su idea de crear un "entorno controlado", utilizando su conocimiento de programación para construir una especie de "firewall" mágico, una "jaula" que contendría al espíritu y evitaría que se descontrolara o poseyera a alguien más.
*Martín, con el disco en la mano, se concentró. El familiar zumbido, como el de un sistema al límite de su capacidad, se hizo presente. Pero esta vez, la imagen era diferente. En lugar de hilos de luz verde, vio un torrente de símbolos rojizos, líneas de código retorcidas y caóticas que gritaban "dolor", "furia", "venganza" en un bucle infinito. El disco vibró con más fuerza, aislando una sección del código, resaltando una función: "venganza(objetivo=aldea)". Martín intentó, mentalmente, modificar esa función, a?adir un parámetro, un "si(objetivo=inocente)entonces ignorar", pero el código se resistió, como si tuviera una protección, un cortafuegos propio.
Los chamanes, aunque escépticos, estaban dispuestos a intentarlo. La habilidad de Martín para "ver" el código mágico, aunque diferente a la magia Silvan, podría ser la clave para controlar al espíritu.
Pero no todos estaban de acuerdo.
Kaern y Lhawra, los ancianos más desconfiados, se opusieron con vehemencia.
—"?Es una locura!"—, exclamó Kaern, con el rostro enrojecido por la ira. Su mirada, normalmente severa, ahora reflejaba un miedo genuino. —"?Ese humano ya demostró lo peligroso que es! ?Ahora quieren traer a la bestia a nuestra propia casa!"—.
—"No podemos permitirlo"—, a?adió Lhawra, con voz temblorosa, mientras sus manos se aferraban a su bastón como si buscara apoyo. —"Es una profanación. Un insulto a los-"
—"?Y una falta de respeto más grande es la de los espíritus!"—, respondió Martin, ya un poco cansado de sus quejas. —"Respeto sus tradiciones y sus creencias, pero, ?donde estaban los espíritus cuando nos atacaron, eh? ?Dónde?"
La discusión fue acalorada. Algunos aldeanos, asustados por la posesión de Martín, apoyaban a Kaern y Lhawra. Otros, recordando cómo Martín había salvado a los ni?os y ancianos, estaban dispuestos a darle otra oportunidad.
Incluso Gorak, que había aceptado entrenar a Martín, expresó sus dudas.
—"Espíritu... antiguo. Poderoso. No sabemos... qué puede hacer"—, dijo.
Pero Althaea, con una determinación que sorprendió a todos, defendió a Martín.
—"él luchó contra el espíritu"—, dijo. —"Lo rechazó. Y ahora... quiere entenderlo. Quiere... ayudar. Debemos... darle una oportunidad"—.
—"No es solo por él"—, a?adió Rokan. —"Si podemos... comunicarnos con el espíritu... quizás podamos aprender algo. Algo que... nos ayude a proteger la aldea. A entender... la magia"—.
Finalmente, después de una larga discusión, la mayoría del consejo de ancianos accedió, pero con condiciones estrictas.
El ritual se llevaría a cabo en el claro, el mismo lugar donde Martín había sido poseído. Rokan y los demás chamanes trabajarían con Martín para crear el "entorno controlado", combinando la magia Silvan con la "magia de código" del humano.
Y, lo más importante, Martín tendría que demostrar que podía controlar su propia magia, que podía sentir el bosque, antes de intentar comunicarse con el espíritu.
Los días previos al ritual fueron una prueba de fuego para Martín. Entrenaba con Gorak, no solo en el combate, sino también en la percepción. Aprendía a escuchar el viento, a sentir la energía de los árboles, a seguir el rastro de los animales...
Y, poco a poco, algo cambiaba.
Ya no solo veía el código. Comenzaba a sentirlo.
Una tarde, mientras meditaba junto al árbol ancestral, sintió una conexión, una vibración, un latido que parecía surgir del corazón mismo del bosque.
Abrió los ojos, sorprendido. Y vio, no solo los hilos de luz verde, sino una energía más profunda, más sutil, que impregnaba todo a su alrededor.
—"Lo... siento"—, murmuró, con asombro.
Quizás... quizás sí puedo aprender a sentir la magia, pensó. Quizás no estoy tan lejos de entender este mundo después de todo.
Pero el entrenamiento no era solo sobre la magia. También era sobre el control de su propio cuerpo, de su propia mente.
Borak lo ayudaba a canalizar los movimientos de la posesión, a integrarlos en su propio estilo de lucha, sin la furia, sin la oscuridad.
Pero, al hacerlo, los recuerdos volvían. Y con los recuerdos, el dolor, la culpa, el miedo.
Una noche, mientras entrenaban, Martín se vio a sí mismo, envuelto en el aura rojiza, atacando a Althaea.
Se detuvo en seco, con el corazón latiéndole con fuerza.
—"No puedo"—, dijo, con voz temblorosa. —"No puedo... hacerlo otra vez"—.
Borak lo observó con seriedad. —"Debes... controlar. No... reprimir. Espíritu... usó tu miedo. Tu... furia. Pero... tú eres más fuerte"—.
Martín intentó seguir su consejo, pero no era fácil. La oscuridad seguía ahí, acechando en su interior, esperando una oportunidad para volver a tomar el control.
Mientras tanto, se podia ver a Rokan y los chamanes, trabajando en el claro. Rokan trazaba un círculo en el suelo con polvo de plata, mientras los otros dos chamanes colocaban piedras y ramas en puntos estratégicos alrededor del círculo. En el centro del circulo, Rokan estaba colocando un cuenco, donde estaban mesclando distintas hiervas.
Se podia ver a la madre de Althaea supervisando, por momentos corrigiendo a uno de los dos chamanes jovenes, sobre la posicion de una de las piedras.
Tambien se puede ver a Martín intentando concentrarse, buscando el "latido" de la magia.
Rokan y los chamanes, con los rostros pintados, comenzaron el cántico.
Martín, de pie en el centro del círculo, sintió la energía, una mezcla de la magia Silvan y de su propia "magia de código". El disco vibraba.
Con un movimiento de cabeza le dijo a Rokan que estaba listo para el siguiente paso.
El amuleto de Talia vibró, emitiendo calor y una luz rojiza.
El aire se volvió denso, y un silencio sepulcral cayó.
Y entonces, lo sintió.
Una presencia fría y antigua, llena de dolor y furia, se manifestaba en el centro del círculo."
En este capítulo, se empieza a vislumbrar que la magia, el código, y la memoria… no están tan separados.
Quizás el enemigo no es solo el espíritu.
Quizás es la historia que nadie quiso contar.
Y la pregunta que queda flotando es:
?Puede alguien que ve el mundo como código... comprender el alma de un espíritu?

