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Capítulo 28 - El Peso del Pasado

  La oscuridad. Absoluta, fría, silenciosa. Martín flotaba, o eso creía, en una nada infinita. No había arriba ni abajo, ni cuerpo que sentir, solo una conciencia desprendida, confusa. ?Dónde estoy? ?El ritual falló? ?Estoy... muerto? El pánico intentó aferrarse a él, pero no había corazón que latiera desbocado, ni pulmones que se agitaran. Solo el vacío. Recordó la vorágine, las voces, la energía oscura invadiéndolo... La posesión. Había ocurrido. ?Y ahora qué?

  Un eco lejano resonó en la negrura, un rugido cargado de furia primordial. No era un sonido, sino una sensación, una vibración que atravesó la nada. Luego, un olor acre, metálico. Sangre. Y humo.

  La oscuridad se desgarró. De repente, Martín era otro. Sentía el suelo firme bajo unas garras poderosas, no pies. El viento helado azotaba un pelaje áspero y oscuro, no su piel. Olía el miedo de sus presas, el olor ferroso de la batalla inminente. Sus músculos vibraban con una fuerza salvaje, listos para desgarrar. Miró hacia abajo y vio unas zarpas enormes, manchadas de tierra y... sangre seca. Levantó la cabeza, y su visión era aguda, penetrante, los colores del bosque nocturno vibraban con una intensidad depredadora. A través de estos ojos ajenos, vio a otros Hombres Bestia a su lado, con expresiones feroces, listos para la carga. Y frente a ellos... humanos. Con armaduras brillantes, antorchas y el hedor de la codicia.

  ?IRA! La emoción lo inundó, pura, abrasadora, magnificada mil veces. No era su ira por la injusticia del ritual fallido; era una furia antigua, arraigada en la traición, en la pérdida, en la profanación de lo sagrado. Sintió el impulso irrefrenable de lanzarse, de destruir, de hacer pagar a ellos. Era la conciencia del espíritu dominante, el guerrero Hombre Bestia lobo cuya imagen había vislumbrado, reviviendo el instante antes de la masacre que lo había condenado. Martín era un pasajero en esa tormenta de odio, sintiendo cada latido de furia como propio, aunque una peque?a parte de su ser gritara horrorizada: ?Esto no soy yo!

  Mientras la conciencia de Martín estaba atrapada en ese torbellino de furia ancestral, en el claro de la aldea, su cuerpo poseído se erguía. Los ojos rojos brillaban con malicia pura, la sonrisa cruel aún grabada en su rostro. El aura rojiza pulsaba a su alrededor, crepitando con energía oscura. El cuerpo de Martín, imbuido de la fuerza sobrenatural del espíritu, tensó los músculos. Un rugido distorsionado, mezcla de la voz de Martín y el gru?ido del espíritu, hizo temblar el aire, una promesa de la venganza inminente.

  El espíritu, ahora anclado en un cuerpo físico, sintió el frágil círculo de plata que aún intentaba contenerlo. Era una molestia, una jaula. Con un gesto de puro desdén, el Martín poseído levantó un pie y lo estrelló contra el suelo justo sobre la línea de polvo brillante.

  ?CRACK!

  El círculo se fragmentó. La contención mágica del ritual, ya debilitada, se hizo a?icos. La energía acumulada por los chamanes, ahora sin un cauce definido, explotó hacia afuera en una onda de choque caótica: el Backlash del Ritual.

  Una luz blanca y cegadora surgió del círculo roto, seguida por una ráfaga de fuerza bruta que barrió el claro. El polvo de plata voló por los aires, las piedras del ritual salieron disparadas, y los chamanes fueron lanzados hacia atrás, sus cánticos interrumpidos por gritos de dolor y sorpresa. Rokan cayó pesadamente, golpeándose la cabeza. Althaea y Gorak, que estaban más cerca de Martín, fueron derribados, sintiendo el impacto como un golpe físico. Los aldeanos más alejados, incluyendo a Kaern y Lhawra, retrocedieron aún más, cubriéndose los rostros ante la explosión de energía descontrolada.

  El Martín poseído también sintió el impacto. La onda de choque lo golpeó de lleno. El aura rojiza parpadeó violentamente, y el cuerpo se tambaleó hacia atrás, un gru?ido de dolor y sorpresa escapando de sus labios. El espíritu, momentáneamente aturdido por la energía caótica liberada, perdió por una fracción de segundo su férreo control sobre el cuerpo. Los ojos rojos parpadearon, mostrando un atisbo del marrón original debajo.

  En ese instante de vulnerabilidad, Torvin, que había estado observando desde las sombras del borde del claro, vio su oportunidad. La rabia y el miedo que lo consumían encontraron un foco. El ritual había fallado, tal como temía. El humano era ahora una bestia poseída, una amenaza incontrolable. Recordó las palabras que le había dicho a Martín, o quizás las que Martín le había dicho a él en un momento de lucidez antes del ritual, una petición desesperada: "Si algo sale mal... si me pierden... deténme, Torvin. Tú serás el único que no dudará."

  Impulsado por el odio, por el recuerdo de su madre, por la visión del monstruo que había surgido y por esa oscura promesa, Torvin actuó. Agarró con fuerza la pesada hacha de guerra que siempre llevaba consigo, un arma forjada por su propio clan, y cargó hacia el centro del claro, hacia el Martín poseído que aún se tambaleaba por el backlash. Su rostro era una máscara de furia y determinación.

  —"?Por la aldea! ?Por mi madre!"—, rugió Torvin, levantando el hacha, el metal brillando bajo la luz residual del círculo roto, listo para asestar el golpe mortal.

  —"?TORVIN, NO!"—, gritó Althaea, poniéndose en pie a duras penas, su voz quebrada por la desesperación al ver la intención del guerrero. Gorak, a su lado, también se levantaba, sus ojos fijos en la inminente tragedia, preparándose para intervenir. El hacha de Torvin descendía, un arco de metal letal bajo la luz fragmentada...

  Y para la conciencia de Martín, atrapada en las memorias del guerrero lobo, el grito de Althaea fue un ancla inesperada. La furia hirviente, la visión de los enemigos humanos, comenzó a distorsionarse, a retroceder. La sensación de poder salvaje se desvaneció, reemplazada por una opresión asfixiante, un calor insoportable, y el olor acre y nauseabundo del humo.

  Ya no sentía garras ni pelaje. Ahora, sentía el ardor del fuego lamiendo su piel, el crujir ensordecedor de la madera consumiéndose, el aire denso que quemaba sus pulmones con cada bocanada desesperada. Estaba en otra aldea, una envuelta en llamas bajo un cielo nocturno te?ido de rojo. Gritos, no de batalla, sino de puro terror y agonía, llenaban el aire.

  No... no otra vez...

  Esta vez, la perspectiva era diferente. Más baja, más ágil quizás, pero infinitamente más vulnerable. No era la furia del guerrero lobo lo que lo embargaba, sino un DOLOR abrumador, una angustia que le retorcía las entra?as. Miró hacia abajo y vio manos más peque?as, cubiertas de hollín, tratando inútilmente de apartar vigas en llamas que bloqueaban la entrada de una choza.

  "?Renn! ?Kael! ?Lyra!" La voz que escapó de sus/sus labios no era la suya, era más joven, quebrada por el pánico. Reconoció los nombres. Eran los ni?os con los que había empezado a conectar en la aldea actual. Pero aquí, en este recuerdo, eran otros ni?os, atrapados. Sus ni?os. O los ni?os que intentaba salvar.

  El calor era infernal. Podía sentir su piel ampollándose, el cabello chamuscándose. Cada inhalación era una tortura de humo y cenizas. Intentó usar magia, la poca que este cuerpo joven conocía, una conexión instintiva con el bosque, pero las llamas parecían alimentarse de ella, creciendo con más voracidad.

  "?Ayúdenme!", gritó, pero su voz se perdió entre el rugido del fuego y los lamentos de los moribundos. Vio caer a guerreros, a ancianos, consumidos por el odio de los atacantes humanos que avanzaban sin piedad. Vio a su hermana... ?Althaea? Sí, una versión más joven, luchando con una ferocidad desesperada antes de ser forzada a huir.

  Pero él no podía huir. Los ni?os estaban dentro.

  Empujó una viga ardiendo con todas sus fuerzas, sintiendo la carne de sus manos quemarse hasta el hueso. El dolor era cegador, pero la imagen de los rostros asustados de los ni?os lo impulsaba. Logró abrir un peque?o hueco.

  "?Salgan! ?Rápido!"

  Vio una manita asomar entre el humo, luego otra. Tiró de ellas, ayudándolos a salir, uno a uno. Dos ni?os lograron escapar, tosiendo y llorando, corriendo hacia la oscuridad del bosque. Pero faltaba uno.

  "?Lyra!", gritó de nuevo, asomándose al infierno humeante de la choza. La vio, acurrucada en un rincón, paralizada por el terror.

  Justo cuando iba a entrar a por ella, el techo de la choza cedió. Una lluvia de brasas y vigas ardientes cayó sobre él. El mundo se convirtió en un torbellino de dolor insoportable, un grito ahogado, y la oscuridad final. La última sensación fue la del fuego consumiéndolo todo, no solo su cuerpo, sino su esperanza, su espíritu, dejando solo una cáscara de agonía y la pregunta resonando en la nada: ?Por qué...?

  Martín sintió ese dolor como si fuera suyo, la quemadura en su propia piel, la asfixia en sus propios pulmones, la desesperación absoluta de fallar en proteger a los inocentes. Era el Dolor puro, la herida que nunca cicatrizó en el alma amalgamada del espíritu. Y reconoció la fuente de esa voz aguda y lastimera que había oído antes. Era el eco eterno del hermano de Althaea, reviviendo su muerte una y otra vez.

  El hacha de guerra de Torvin descendió, un arco letal de metal pulido brillando bajo la caótica luz residual del círculo roto. El aire pareció contener la respiración; el destino de Martín pendía de un hilo infinitesimal. Althaea aún estaba tratando de incorporarse, su grito ahogado por la impotencia al ver el arma a punto de impactar.

  Pero antes de que el filo encontrara su objetivo, un borrón grisáceo se interpuso. Gorak, moviéndose con una velocidad y precisión inesperadas para su tama?o, desvió el golpe con el mango de su propia maza. El impacto resonó en el claro, un choque brutal de madera endurecida contra acero. Chispas volaron. El hacha fue desviada apenas unos centímetros, abriendo un surco profundo en la tierra junto a la cabeza de Martín, quien permanecía momentáneamente paralizado, los ojos rojos parpadeando con confusión tras el backlash del ritual.

  —"??Qué haces, Gorak?!"—, rugió Torvin, la furia contorsionando su rostro mientras luchaba por recuperar el control de su arma, forcejeando contra la fuerza implacable del cazador. —"?Es un monstruo! ?Debo detenerlo!"—.

  —"?No!"—, gru?ó Gorak, su voz profunda retumbando con autoridad. Con un movimiento rápido, no solo bloqueó el hacha, sino que usó su maza para trabar el arma de Torvin y, con un tirón poderoso, lo desequilibró, haciéndolo caer de rodillas. Gorak plantó una pesada bota sobre el pecho de Torvin, inmovilizándolo. —"?él... me lo pidió!"—.

  La confusión se reflejó en el rostro de Gorak mezclada con la ira. —?"Pedirte... qué?"—.

  —"Que lo detuviera... si fallaba"—, explicó Torvin, su mirada fija en los ojos rojos y vacíos de Martín, que comenzaban a enfocarse de nuevo, la malevolencia del espíritu resurgiendo. —"Que lo matara. Sabía... el riesgo. Y me eligió a mi... porque sabía... que no dudaría"—.

  Althaea, que había logrado ponerse en pie, escuchó las palabras de Torvin con un horror renovado. Miró a Martín, luego a Torvin, y una comprensión dolorosa la invadió. Martín, en su lógica pragmática, había preparado un plan de contingencia... y había elegido a Torvin como su ejecutor. La revelación era una daga en su corazón, pero también explicaba la acción desesperada del guerrero.

  Rokan, apoyado en uno de los chamanes más jóvenes, observaba la escena con gesto grave, intentando recuperar el aliento tras la explosión de energía. Kaern y Lhawra murmuraban entre ellos, sus rostros pálidos de miedo, viendo confirmados sus temores sobre el peligro del forastero y la imprevisibilidad de la magia.

  El Martín poseído, recuperándose del aturdimiento, comenzó a moverse de nuevo. Un gru?ido bajo surgió de su garganta, y sus ojos rojos se fijaron en Gorak, que aún mantenía a Torvin inmovilizado. El peligro no había pasado. El espíritu seguía al mando, y ahora tenía un nuevo objetivo.

  —"Debemos... contenerlo"—, dijo Gorak, sin apartar la vista de Martín, mientras mantenía a Torvin bajo su bota. —"?Rokan! ?Ahora!"—.

  Rokan asintió débilmente, haciendo un gesto a los otros chamanes. A pesar de sus heridas, debían intentar reforzar algún tipo de contención, o al menos, ganar tiempo...

  Entendido. Volvemos a la perspectiva interna de Martín, justo cuando su cuerpo poseído se prepara para atacar a Gorak.

  La imagen de Gorak, inmovilizando a Torvin, se distorsionó ante los ojos rojos del Martín poseído. El instinto asesino del espíritu hervía, listo para desatarse contra el obstáculo más inmediato. Pero justo cuando el cuerpo de Martín comenzaba a moverse, la conciencia flotante fue arrancada de nuevo de la percepción externa.

  El calor abrasador y el dolor de la memoria anterior se desvanecieron bruscamente, reemplazados por una sensación diferente: una FURIA helada y cortante. Ya no era el pánico del ni?o ni la agonía del fuego, sino la rabia impotente de un guardián profanado.

  Martín se encontró en un lugar distinto, aunque igualmente te?ido por la tragedia. Era una especie de templo o santuario, excavado en la roca o construido con maderas nobles, ahora parcialmente destruido. El aire olía a polvo, a piedra rota y a la energía residual de una magia violenta. Estaba de pie (o sintiendo como si lo estuviera) frente a un altar destrozado. Donde antes debió haber un objeto de poder, ahora solo quedaba un pedestal vacío y fragmentos esparcidos por el suelo.

  Podía sentir la vibración de la tierra bajo sus pies (?o garras? la forma era inestable, cambiante), el eco de una batalla reciente. Miró sus manos, o las manos de este nuevo recuerdo: fuertes, callosas, manchadas con la sangre de enemigos... y la suya propia. Una herida profunda le cruzaba el pecho, un dolor sordo que era eclipsado por la rabia que lo consumía.

  Lo han tomado. La realización golpeó a Martín con la fuerza de un martillo. El artefacto sagrado del clan, el corazón de su poder, el símbolo de su conexión con los ancestros... robado. Profanado por manos impuras. Humanos. El pensamiento era veneno puro.

  No era solo un robo, era una violación. Sintió la humillación, la impotencia de no haber podido protegerlo. Recordó haber luchado, haber derribado a varios atacantes, pero eran demasiados, y su magia oscura... antinatural... lo había debilitado. Habían entrado, habían destrozado el altar, habían arrancado el artefacto de su lugar sagrado, riéndose mientras lo hacían.

  La tristeza por la pérdida, que debió existir, estaba completamente ahogada por una furia volcánica. Quería perseguirlos, cazarlos, destrozarlos miembro a miembro. Quería recuperar lo que era suyo, lo que le pertenecía a su pueblo. Quería hacerles sentir una fracción del ultraje que él sentía.

  ?Pagarán! El grito resonó, no en el aire, sino en la esencia misma que Martín habitaba. Era la voz ronca y llena de furia que había oído antes. La rabia era tan intensa que distorsionaba la percepción, el mundo parecía te?irse de rojo, cada sombra parecía ocultar a un enemigo.

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  Martín sintió el impulso de destruir algo, cualquier cosa. Golpeó la pared de roca con un pu?o fantasmal, y aunque no había impacto físico para su conciencia, sintió la liberación momentánea de la tensión, seguida inmediatamente por una oleada aún mayor de frustración. Estaban lejos. Habían escapado con el artefacto. Y él estaba allí, herido, derrotado, con el corazón de su clan arrancado.

  La furia se convirtió en un fuego frío que quemaba desde dentro, buscando una salida, una víctima. Ya no importaba quién. Solo importaba el acto de destruir, de liberar esa presión insoportable. Si no puedo castigar a los culpables, pensó la voz furiosa, ?entonces que arda el mundo!

  Martín sintió cómo esa furia implacable comenzaba a fusionarse con la agonía del recuerdo anterior, creando una mezcla tóxica y destructiva. El dolor del ni?o quemado alimentaba la rabia del guardián profanado. La pérdida personal se unía a la profanación sagrada. Era una espiral descendente de odio y desesperación, el núcleo mismo del espíritu vengativo que ahora controlaba su cuerpo.

  La oscuridad comenzó a cerrarse de nuevo sobre su conciencia, pero esta vez, no era un vacío frío, sino una negrura hirviente, llena de la promesa de una destrucción sin límites.

  Los ojos rojos del Martín poseído se clavaron en Gorak con una intensidad depredadora. La breve pausa causada por el backlash había terminado, y la Furia, recién revivida en la conciencia atrapada de Martín, ahora impulsaba al cuerpo huésped con un renovado vigor destructivo. Ignorando a Torvin que luchaba inútilmente bajo la bota del cazador, el espíritu vio a Gorak como el principal obstáculo para su venganza.

  Con un rugido que era una mezcla inhumana de la voz de Martín y el gru?ido de una bestia herida, el cuerpo poseído se lanzó hacia adelante. No era la torpeza de Martín; era la velocidad antinatural conferida por el espíritu, un borrón rojizo cruzando el claro. El pu?o, envuelto en esa aura oscura y pulsante, se dirigió directamente al rostro de Gorak.

  Gorak, aunque mantenía a Torvin inmovilizado, había estado anticipando el ataque. Soltó a Torvin con un gru?ido de advertencia —"?Quieto!"— y apenas tuvo tiempo de levantar su maza, no para atacar, sino para bloquear. El pu?o imbuido de energía oscura impactó contra la madera endurecida con una fuerza demoledora. El sonido fue como el de un rayo golpeando un árbol.

  La maza resistió, pero la onda de choque recorrió el brazo de Gorak, haciéndole retroceder un paso, sus músculos tensándose por el esfuerzo. El poder detrás del golpe era aterrador, mucho mayor que el de cualquier humano, incluso que el de un Hombre Bestia ordinario.

  —"?Rokan, haz algo!"—, gritó Althaea, que se había levantado y ahora corría para flanquear a Martín, buscando una apertura, desesperada por ayudar sin herir a su amigo.

  Rokan, apoyado en sus ayudantes, levantó las manos temblorosas. Su rostro estaba pálido, y la sangre le corría por la sien donde se había golpeado al caer. Comenzó a recitar un cántico diferente, más rápido, más urgente, en Sylvian. Los otros dos chamanes se unieron a él, sus voces tratando de tejer una red de energía contenedora alrededor del Martín poseído.

  Hilos de luz verde pálido surgieron del suelo alrededor de Martín, intentando enroscarse en sus piernas, en sus brazos, como las enredaderas que él mismo había invocado antes. Pero el aura rojiza que lo envolvía chisporroteó y repelió la magia Silvan con facilidad. La energía natural del bosque parecía incapaz de contener la furia concentrada del espíritu vengativo.

  —"?Es... demasiado fuerte!"—, jadeó uno de los chamanes jóvenes, retrocediendo cuando una chispa roja quemó su mano extendida.

  El Martín poseído ignoró los intentos de contención. Tras el primer golpe bloqueado, no se detuvo. Giró con una velocidad inhumana y lanzó una patada lateral dirigida a las costillas de Gorak. El cazador, forzado a soltar completamente a Torvin para defenderse, apenas pudo interponer el antebrazo. Sintió un crujido doloroso y un dolor agudo le recorrió el costado.

  Torvin, liberado y jadeando en el suelo, observó la escena con una mezcla de terror y una sombría satisfacción. El monstruo era real. Su intento de matarlo había sido justificado, aunque hubiera fallado.

  Althaea intentó intervenir, lanzándose con su lanza no para herir, sino para desviar la atención de Martín, para alejarlo de Gorak. Apuntó a las piernas, buscando desequilibrarlo.

  Pero el Martín poseído reaccionó con una velocidad aterradora. Se giró, interceptando la lanza con una mano desnuda, el aura rojiza chisporroteando al contacto con el arma. Con una fuerza increíble, arrancó la lanza de las manos de Althaea y la arrojó a un lado como si fuera una ramita. Luego, con la otra mano, la golpeó en el hombro, lanzándola contra el tronco de un árbol cercano. Althaea cayó al suelo, el aire escapando de sus pulmones, el dolor recorriéndola.

  Gorak rugió de furia al ver a Althaea herida. Olvidando por un instante la orden de Rokan de solo contener, levantó su maza, dispuesto a golpear.

  Pero el Martín poseído fue más rápido. Esquivó el golpe de la maza y, con un movimiento fluido y brutal que Martín jamás habría podido ejecutar, agarró a Gorak por el cuello con una mano y lo levantó del suelo, apretando con fuerza.

  Los pies de Gorak se separaron del suelo, sus manos ara?ando inútilmente el brazo que lo asfixiaba. Sus ojos se encontraron con los ojos rojos y llameantes de Martín, y por primera vez, el veterano cazador sintió el frío abrazo del miedo puro. La fuerza era inhumana, implacable.

  Rokan gritó algo en Sylvian, desesperado. Los chamanes redoblaron sus esfuerzos, pero la energía del espíritu parecía inagotable, alimentada por siglos de dolor y odio.

  Althaea, desde el suelo, observaba con horror cómo la vida comenzaba a abandonar los ojos de Gorak.

  Perfecto. Volvemos a la conciencia de Martín, justo cuando el cuerpo poseído está asfixiando a Gorak, un acto de violencia extrema que podría catalizar la memoria más conflictiva y dolorosa: la del enga?o y el remordimiento.

  Mientras las manos poseídas de Martín apretaban el cuello de Gorak, la conciencia atrapada del propio Martín fue sacudida por una nueva y aterradora oleada de recuerdos. La furia helada y el dolor ardiente de las memorias anteriores se disiparon, dando paso a una sensación diferente, más insidiosa: una CULPA helada, una CONFUSIóN nauseabunda, y un profundo y aplastante REMORDIMIENTO.

  La escena cambió. Ya no era el templo profanado ni la aldea en llamas. Ahora se encontraba en un lugar oscuro y húmedo, quizás una cueva o un rincón apartado del bosque, bajo una luna nueva que apenas ofrecía luz. El aire olía a tierra mojada y a algo más... algo frío y antinatural.

  Sentía la tensión en sus propios músculos (los del guerrero lobo original, antes de la caída), la desconfianza mezclada con una desesperada esperanza. Frente a él/Martín se alzaba una figura alta, completamente envuelta en una túnica oscura con capucha que ocultaba su rostro. De la figura emanaba un frío que no era físico, sino espiritual, y una sensación de poder antiguo y retorcido.

  "Ellos vendrán", susurró la figura encapuchada, su voz era un siseo bajo, casi inaudible, pero cargado de una persuasión venenosa. "Los humanos. Quieren vuestro hogar, vuestro poder. Destruirán todo lo que amáis, como siempre hacen."

  Martín/El Guerrero sintió un nudo de miedo y rabia formarse en su pecho. Las historias de la crueldad humana eran bien conocidas.

  "Pero hay una forma de proteger a los tuyos", continuó la figura, extendiendo una mano huesuda de entre los pliegues de su túnica. En su palma descansaba un objeto peque?o, oscuro, como un fragmento de obsidiana tallada con una espiral retorcida que parecía absorber la poca luz. Era el mismo símbolo que Martín había visto antes, la "marca de la Sombra". "Este artefacto... os dará el poder necesario. La fuerza para repelerlos, para asegurar vuestro futuro. Solo debéis aceptarlo, dejar que su poder fluya a través de vosotros."

  Martín/El Guerrero dudó. Había algo incorrecto en la figura, en el objeto, un aura de corrupción que sus instintos le gritaban que rechazara. Pero el miedo por su clan, por su hogar, era más fuerte. La promesa de poder, de protección... era demasiado tentadora. Extendió su mano temblorosa y tomó el fragmento oscuro.

  Al instante en que sus dedos rozaron el objeto, un frío glacial le recorrió el brazo, extendiéndose por todo su ser. Sintió algo deslizarse en su mente, algo ajeno, invasivo. A través de la visión de código que ahora compartía con el guerrero, Martín vio cómo líneas negras y retorcidas, como un virus informático, surgían del artefacto y comenzaban a inyectarse en el código verde y natural del Hombre Bestia. Vio funciones como proteger_clan() siendo sobrescritas (override) por destruir_amenaza(objetivo=*), vio la variable confianza siendo puesta a null. Vio cómo la "marca de la Sombra" se incrustaba en el núcleo mismo de su ser digital, corrompiendo sus directivas fundamentales.

  //ERROR CRíTICO: Integridad del sistema comprometida.

  //Iniciando protocolo de defensa hostil...

  //Objetivo: ELIMINAR TODA AMENAZA PERCIBIDA.

  El guerrero intentó soltar el objeto, pero sus dedos no respondían. Sintió su voluntad siendo doblegada, su mente invadida por una paranoia y una agresividad que no eran suyas. La figura encapuchada rio, un sonido seco y cruel que resonó en la cueva.

  "Ahora eres fuerte", siseó. "Ahora... protégelos... de todos."

  Y entonces, la memoria saltó. Vio a través de los ojos del guerrero, ahora inyectados en sangre, cómo se volvía contra sus propios compa?eros, aquellos que intentaban razonar con él, aquellos que no entendían el "peligro" que él ahora percibía en todas partes. Vio sus propias garras atacar a amigos, a familia. Escuchó sus propios rugidos distorsionados por la furia corrupta. Cada golpe, cada grito de dolor de sus hermanos, era una pu?alada en su propia alma atrapada, que observaba con horror impotente.

  No... ?Qué he hecho? ?Fui enga?ado! El pensamiento resonó, lleno de una agonía insoportable. Era la voz débil, la del remordimiento, la que Martín había estado intentando alcanzar. Era la conciencia original del guerrero, sepultada bajo capas de corrupción, ira y dolor, reviviendo eternamente su error fatal, la traición a su propia gente causada por el miedo y un poder oscuro aceptado con desesperación.

  Martín sintió ese remordimiento como propio, una carga aplastante de culpa y desesperación. Comprendió la complejidad del espíritu: no era solo ira, no era solo dolor, era también el tormento de saberse responsable, de haber sido el instrumento de la destrucción que juró evitar.

  La memoria se desvaneció, dejando a la conciencia de Martín flotando de nuevo, pero ya no en la oscuridad vacía, sino en una tormenta de emociones conflictivas: la furia del guardián, el dolor del hermano, el remordimiento del enga?ado. Ahora comprendía. Ahora sentía el peso completo del pasado que lo poseía.

  Entendido. Procederemos a la fase donde Martín, tras experimentar las memorias y comprender la naturaleza compleja del espíritu (Ira + Dolor + Remordimiento/Culpa), intenta recuperar el control o, al menos, influir desde dentro. Será un proceso gradual, mostrando la resistencia del espíritu.

  Mientras el cuerpo poseído de Martín apretaba con fuerza inhumana el cuello de Gorak, la conciencia de Martín, recién emergida del torbellino de culpa y remordimiento del guerrero enga?ado, flotaba en la oscuridad interna. Pero ya no era una oscuridad vacía. Ahora estaba llena de ecos: el rugido de la furia, el lamento del dolor, y el susurro persistente de la culpa. Había sentido su pasado. Comprendía.

  No es solo un monstruo, pensó Martín, sintiendo una extra?a y dolorosa empatía. Está roto. Enga?ado. Sufriendo.

  En el exterior, la escena era desesperada. Gorak luchaba por respirar, sus ojos comenzaban a vidriarse. Althaea gritaba el nombre de Martín, golpeando inútilmente el brazo que aprisionaba a Gorak. Rokan y los chamanes cantaban con fervor, pero el aura rojiza alrededor de Martín apenas vacilaba.

  Fue entonces, en ese abismo de conciencia compartida, que Martín decidió luchar. Ya no era solo por sí mismo, ni siquiera por volver a casa. Era por Gorak, por Althaea, por la aldea... y, extra?amente, también por el propio espíritu atormentado.

  No puedes seguir así, proyectó Martín su pensamiento hacia la conciencia dominante del espíritu. No era un grito, sino una súplica firme, cargada con la empatía nacida de haber compartido su dolor. Esta no es la forma. Estás repitiendo el ciclo. Te enga?aron para destruir, ?y ahora tú destruyes a otros?

  El espíritu, concentrado en su víctima externa, pareció vacilar por una fracción de segundo. Las imágenes caóticas en la vorágine interna parpadearon. La presión sobre el cuello de Gorak disminuyó infinitesimalmente.

  "?Silencio!", rugió la voz de la Ira en la mente compartida, pero esta vez, el susurro del Remordimiento sonó casi al mismo tiempo: "Tiene... razón...".

  Escúchame, insistió Martín, aferrándose a esa peque?a fisura. Vi lo que te hicieron. La traición, el robo, la marca... la Sombra. Sé quién es el verdadero enemigo. No son ellos. No es Gorak. No es Althaea.

  El cuerpo poseído se estremeció. Los ojos rojos parpadearon, mostrando breves destellos del marrón original. La mano que sujetaba a Gorak tembló.

  "?Mientes!", gritó la Ira. "?Todos... culpables!".

  No, replicó Martín, proyectando la imagen de Althaea, su rostro lleno de angustia. Ella no es culpable. él tampoco. Proyectó la sensación de gratitud que sintió cuando Gorak lo aceptó, cuando le ense?ó. Son familia. Son... inocentes.

  La palabra "inocente" pareció resonar profundamente en la esencia del espíritu, especialmente en la parte ligada al dolor del hermano de Althaea. Las imágenes de los ni?os atrapados en la choza en llamas parpadearon en la conciencia compartida.

  El cuerpo de Martín gru?ó, un sonido de conflicto interno. Aflojó ligeramente el agarre sobre Gorak, permitiéndole tomar una bocanada de aire desesperada.

  "?No! ?Venganza!", luchaba la Ira.

  "Proteger... fallamos...", susurró el Remordimiento.

  "Dolor... tanto dolor...", gimió el Dolor.

  Martín sintió la lucha interna del espíritu como si fueran corrientes eléctricas contradictorias recorriendo su propia mente. Era una batalla por el control, no solo de su cuerpo, sino de la propia identidad fragmentada del espíritu.

  Podemos encontrar a los responsables, proyectó Martín, con una nueva idea. La marca. El símbolo. Podemos seguir esa pista. Juntos.

  La oferta de una venganza dirigida, de una justicia en lugar de una destrucción ciega, pareció resonar. La vorágine interna se agitó con violencia. El aura rojiza alrededor del cuerpo de Martín fluctuó intensamente.

  "?Juntos...?", susurró el Remordimiento, con un atisbo de esperanza.

  "?Nunca!", rugió la Ira, sintiendo que perdía terreno.

  El cuerpo de Martín se convulsionó. Soltó a Gorak, quien cayó al suelo tosiendo y jadeando. Pero en lugar de calmarse, el espíritu pareció entrar en pánico. La energía oscura se arremolinó, inestable.

  —"?Está luchando consigo mismo!"—, exclamó Rokan, viendo la fluctuación del aura. —"?Martín... está intentando recuperar el control!"—.

  El cuerpo poseído se llevó las manos a la cabeza, gritando con una mezcla de todas las voces, un sonido desgarrador de pura agonía y conflicto. El aura rojiza comenzó a desprenderse de él en jirones, como humo oscuro, mientras simultáneamente intentaba aferrarse.

  Martín, sintiendo una oportunidad, enfocó toda su voluntad. No en el código, no en la manipulación, sino en su propia identidad. Soy Martín Vega. No soy un instrumento de venganza. No soy odio. Soy... yo.

  Imaginó la luz, no la del bosque, sino la luz de su propio ser, de sus recuerdos, de sus esperanzas. Una luz tenue, humana, pero suya. La empujó contra la oscuridad invasora, contra la furia, el dolor y el remordimiento que amenazaban con ahogarlo.

  El espíritu rugió, sintiendo la resistencia. La conexión entre él y el cuerpo de Martín se volvió inestable, como una se?al de radio interfiriendo. El cuerpo se sacudió violentamente.

  —"?Ahora! ?El sello!", gritó Rokan a los otros chamanes.

  Ellos reanudaron un cántico diferente, un cántico de sellado, dirigiendo la energía no hacia Martín, sino hacia el amuleto que colgaba de su cuello, el cual había vuelto a brillar con una luz roja intensa cuando el espíritu perdió el control momentáneo.

  El espíritu sintió la atracción del amuleto, su prisión original. Luchó contra ella, intentando mantener su agarre sobre Martín, su nueva y poderosa vasija.

  Martín sintió como si lo estuvieran partiendo en dos. Una parte de él era arrastrada hacia el amuleto junto con la esencia principal del espíritu, mientras otra luchaba por quedarse, por reafirmar el control sobre su propio cuerpo.

  Con un último grito que fue mitad Martín, mitad espíritu, una explosión final de energía rojiza surgió del cuerpo y fue absorbida por el amuleto. El brillo del amuleto se intensificó hasta volverse casi cegador, y luego se apagó de golpe, volviéndose frío al tacto.

  El cuerpo de Martín se desplomó en el suelo, inerte, como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos.

  Althaea corrió hacia él, ignorando su propio dolor. —"?Martín! ?Martín, respóndeme!"—, gritó, sacudiéndolo suavemente.

  Gorak, recuperando el aliento, se acercó con cautela. Rokan y los chamanes detuvieron sus cánticos, agotados, observando la escena con aprensión.

  Martín abrió los ojos lentamente. Eran marrones de nuevo, pero nublados por el agotamiento y la confusión. Miró a Althaea, a Gorak, al claro devastado por el backlash.

  —"?Qué... qué pasó?"—, murmuró, su voz apenas un susurro ronco. Sentía el cuerpo como si le hubiera pasado un camión por encima, y su mente era un torbellino de ecos ajenos: furia, dolor, culpa...

  —"Lo... lo expulsaste"—, dijo Althaea, con lágrimas de alivio corriendo por sus mejillas. —"O... Rokan lo hizo. No lo sé. Pero... se ha ido"—.

  Martín se tocó el cuello. El amuleto estaba frío, silencioso. Pero él sabía que no se había ido del todo. Podía sentir un eco, una presencia residual en el fondo de su mente. Y las memorias... las memorias seguían allí, grabadas a fuego.

  —"No se ha ido"—, dijo Martín, con una certeza que lo heló. —"Sigue aquí. En el amuleto. Y... una parte... sigue en mí"—. Miró a su alrededor, a los rostros expectantes y temerosos. —"Necesito... hablar con él"—.

  Martín lo vio todo: la traición, la caída, la culpa.

  Y ahora, lleva una parte de eso en su interior. No como huésped. Como espejo.

  Solo cambian de lugar.

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