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14 PORQUE REGRESA EL MAL

  Me senté sin pedir ningún permiso. Aijet invitó a Maya a sentarse, cosa que ella aceptó, aunque Félix estaba claramente nervioso. Esta faceta de ni?o tierno no le quedaba después de todo.

  —?Entonces también vinieron a apoyar a Alma? —nos cuestionó Aijet juntando sus dedos índices de manera nerviosa—. Es que... bueno, es como en Your Lie in April cuando todos van al concierto de Kaori y... ah, no, espera, ese es diferente. Más bien es como en K-On! cuando el club de música...

  —Aijet —la interrumpió Félix con una sonrisa.

  —?Ah! Lo siento, me emocioné —se sonrojó un poco.

  —Llegaron juntos, ya veo —comentó viendo a Maya de una manera sospechosa—. Como... como Sakuta y Mai en Bunny Girl Senpai, ?no? Que al principio no querían admitir nada pero todos sabían y... —se detuvo, sus ojos brillando con esa chispa de cuando conectaba algo con anime—. ?Esperen! ?Tuvieron una cita? ?Oh por Dios, es como el episodio donde...!

  —?Decías algo de Alma, no? No sabía que tenía evento. No nos enteramos de nada —Maya sacó su celular para ver sus redes sociales.

  —Fue de último momento —le puso la mano en el celular llamando su atención hacia ella—. Lo organizó el nuevo, hasta parecía que ya lo tenía planeado.

  Se dio un golpecito en la barbilla con el dedo.

  —Te digo, ese tal Marsigs es un petulante, un nefasto. ?No será primo tuyo, Zev? Todos los de tu etnia son unos presumidos —reclamó Félix.

  Para su suerte, este Marsigs estaba allá atrás acompa?ado del brazo de Shaki.

  —Félix, me sorprenden tan hirientes palabras saliendo de tu boca. Después de todo, yo aconsejé y te invité al evento. Tus palabras me parecen desatinadas y desafortunadas —usó un tono de dolor que cualquiera hubiera pensado que sí le afectaron dichas palabras.

  No creo que haya sido el caso.

  Esto no podría ser una coincidencia para nada. ?Qué tenemos todos nosotros en común que nos podría unir? No estaba del todo claro para mí. Veamos: Aijet y Shaki son de mi mismo grupo.

  ?Pero es todo? Félix es solo una coincidencia aquí.

  —Akenev, ?Akenev está aquí? —pregunté.

  —Sí, también está Silvana. Vinieron a apoyar —contestó Aijet—. Ahorita hay que ir todos juntos —sugirió y dio un aplauso como felicitándose por su idea.

  Asentí. Rápidamente le ofrecí un asiento a Marsigs y Shaki. Hice el movimiento de una manera en que ellos quedaron juntos y yo al lado de Maya, lo que hizo incómodas las cosas para Félix porque había más personas y Marsigs quedó a su lado.

  Le di un peque?o golpecito con la mano en las piernas a Maya, que me vio algo sorprendida. Le hice una se?a discreta para que revisara su celular.

  "Maya, ?qué tenemos en común todos los presentes? Sé que Akenev, Aijet y Shaki son Sateanos como yo. ?Pero Félix, Alma y Silvana?"

  Tan pronto lo leyó, se quedó pensando, analizando la respuesta que estaba por venir. Claro, si alguien tiene una respuesta es ella. Y creo que la consiguió, ya que dio un peque?o salto y se disculpó porque asustó un poco a todos. Agarró su celular y respondió.

  "?Tú! Tú eres el común denominador. Félix es tu amigo, Alma y Silvana se volvieron populares porque nos enfrentamos a Akenev, y tú has estado en toda esta situación."

  La pregunta es: ?qué se pretende al juntarnos a todos? ?Qué es lo que están buscando hacer aquí? ?Y quién?

  —Bueno, chicos, he aquí todos reunidos como compa?eros y considero que en futura instancia como amigos. Deberíamos ir ya al evento de Alma. En cualquier segundo estará iniciando el evento.

  Mi mejor oportunidad para descubrir qué quiere este tipo es actuar de manera agradable, aunque no sé si lo pueda hacer de manera tan buena con Marsigs. No es mi tipo.

  —Me han dicho que tú ayudaste con eso, Marsigs. Si todos en Concordia son así como tú, seguramente han mejorado bastante como ciudad —lo adulé un poco para suavizarlo.

  —Bueno, es notorio que somos superiores en Concordia. Hemos avanzado gracias a Victor Zelk y su proyecto de integración de seres de otra dimensión. No es cualquier logro el que hemos alcanzado. Por eso venimos a educar a ciudades potenciales.

  —?Acabas de decir que son superiores, idiota? —Félix preguntó claramente molesto y llamando la atención de la gente.

  —?Superiores? —me reí de manera alta y exagerada.

  Marsigs hizo una mueca de molestia.

  —Si fueras tan superior, tu plan de reunirnos a todos aquí no sería tan obvio —lo se?alé, diciéndole que era culpable de algo que todavía yo no sabía.

  —?Creíste que no nos íbamos a dar cuenta? —secundó Maya.

  Esto es difícil de interpretar porque no sé si Maya me está dando apoyo o sencillamente se está haciendo la interesante para no quedar en segundo lugar. Probablemente es lo segundo.

  Para eso son las citas, para decidir si quiero una novia tan competitiva. ?Sí la quiero? Tengo que analizar si tiene más grande la frente o la retaguardia... Haber, no. ?En qué estaba? Necesito concentrarme de nuevo.

  —?En serio no lo sabes? Si solo basta con voltear a ver alrededor —le dije.

  Aquí el plan es que él voltee a ver hacia algún lado.

  Pero el maldito no quiso quitarme la mirada. Sé que soy irresistible, pero no es para tanto.

  —Zev Reyes, no creo que seas lo que dices. Al contrario, mis intenciones solo... —aseguró él.

  —No, miren, no debemos estar peleando. Hemos pasado muchas cosas juntos últimamente. No podemos desconfiar así nada más de alguien porque sí. ?Qué no aprendimos nada de superar nuestras inseguridades en la pruebita de la valentía? —Shaki mencionó.

  —Además, en la prueba de velocidad aprendimos a llegar, no a ser los primeros. No debemos acusar a Marsigs sin pruebas, Zev —dijo Aijet.

  Maldita sea. Veo a todos y cómo hemos cambiado. Creo que lo mejor es hacerme el maduro.

  —La otra opción es que esto sea una prueba de Rygandal. No dudo que aparezca repentinamente —dijo Félix.

  Todos volteamos a ver a nuestro alrededor como buscándolo, pero no sucedió nada. Nuestro querido maestro elfo no estaba presente.

  —Calmen su paranoia, Zev. El evento ya va a iniciar. Quisiera reunirme con Akenev —reclamó Marsigs en un tono sumamente molesto.

  —Vamos ya, pues, es lo mejor —concordé, aunque estaba seguro de que algo iba mal.

  Bajamos las escaleras eléctricas. No podía dejar de pensar que esto había sido sumamente planificado por alguien. Ya no podría creer que fuese solo una coincidencia.

  —Yo tampoco creo que sea una coincidencia, pero de momento no podemos más que disfrutar la salida —Maya sugirió.

  En ese momento Félix dibujó un corazón que Maya claramente vio. Le dije que no estuviera molestando, moviendo la mano como si espantara una mosca. Luego Aijet le llamó la atención diciendo que se comportara.

  Mira nada más, La gorda dándole órdenes a Félix. Bueno, no estoy siendo muy amable. Aijet no merecía que la calificáramos así ni hoy ni ayer.

  Ahí estaba Akenev, lista, grabando y en vivo como siempre.

  —Miren nada más quién llegó. Ni más ni menos que el fabuloso, el mejor salón de secundaria de Monte Armonía. Chicos, saluden al público —Akenev nos empujó y ahí estábamos todos en la toma.

  —Estamos aquí reunidos ahora para presenciar la canción inédita de Alma, una canción que escucharán por primera vez en vivo y sus amigos están aquí presentes —saltó Akenev emocionada cuando lo dije, sonriendo a la cámara.

  —Marsigs no es nuestro amigo —dijo entre dientes Félix mientras le daba la espalda a la cámara.

  —Uy, no, no, nada de rivalidades hoy, chicos. Tenemos suficiente con Silvana y Maya —volteó a ver la cámara con cara de sorpresa.

  —Claro, todos saben que voy a ganar esa prueba de inteligencia —comentó Silvana haciéndose la orgullosa.

  —Sabes que, aunque estudiemos juntas no voy a dejar que ganes —aunque intentó sonar amable, realmente le costó guardar su competitividad.

  Ese tipo de ahí... siento que lo conozco. Además, se anda fijando mucho en Maya. Ella es mi novia, tarado. Bueno, novia no, pero lo será. Creo.

  —Marsigs viene de Concordia y sabe mucho sobre seres dimesionales como lo es nuestro maestro Rygandal —Akenev se uso juto a Marsigs de manera coqueta. —Cuentanos algo de los elfos Marsigs, danos un dato curioso.

  Shaki le dio la mirada de la muerte. Es esa que te hace tu madre cuando sabe que le estas mintiendo y no dejas de mentir.

  —Uno puede rastrear a cuál de las casas pertenece un elfo según las pruebas que hace. Por el orden que me han dicho y considerando que están en la inteligencia, sin duda Rygandal es de la casa del Gran Maestro Xian —comenzó a decir Marsigs—. Seguramente de la estirpe plateada. Verán, los seis colores de dicha casa representan una escuela mágica. En el caso de plata es cómo usan los elementos...

  —Cállate, nadie te preguntó, engreído presumido —Félix le gritó.

  Tenías que ser muy rápido para notarlo, pero Akenev dibujó una cara de molestia en su rostro.

  Ese tipo que está volteando o es un pervertido que no sabe disimular o yo lo conozco de algún lado. Su cara se me hace muy familiar y parecía que ya le dio pena que lo viera porque se fue entre el público.

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  —Ya está lista Alma, está esperando que le des la se?al —zarandeó Silvana de manera amistosa a Akenev.

  Ella volteó para verificar que la cantante estaba lista. Definitivamente lista.

  —Con ustedes Alma, en exclusiva cantando "Lo que nos une" —se escuchó una ronda de aplausos.

  Alma inició el espectáculo. Todos estaban poniendo atención, fascinados por aquella voz acompa?ada de una música pregrabada de tonos de la música típica de México, las llamadas rancheras.

  Nadie creyó que el espectáculo incluyera efectos especiales porque cuando Alma cantó y mencionó la palabra viento, una ráfaga se sintió cerca del escenario y la elevó, seguida de unas burbujas que fueron explotando, creando un efecto de luz arcoíris encima del escenario.

  Todos aplaudieron ante tal efecto. Alma realmente voló.

  Y ya sabemos lo que eso significa: "Si algo raro pasa, Rygandal está detrás" era nuestro nuevo lema.

  Los aplausos no se dejaron esperar. Fue algo único. Alma se estaba preparando para otra canción que el público estaba pidiendo de las que ha cantado en su TikTok. La gente tenía su predilecta porque la mayoría repitió la respuesta.

  Detrás del escenario, sin perder la compostura, salió el maestro Rygandal.

  Esto ya no podía ser coincidencia. Esta reunión es muy extra?a.

  —Estudiantes, veo que vinieron a apoyar a Alma. Es bueno ver que su vínculo es fuerte —Rygandal nos sonrió a cada uno.

  Alma inició a cantar de nuevo, animando la plaza. Más gente se detenía al ver que había tanta emoción.

  —?Se?orita, me permite bailar? —le preguntó a Maya extendiendo la mano para que la tome.

  —No, Zev —negó totalmente—. Yo sé cómo bailas. Primero toma unas clasecitas.

  Todos se rieron.

  La buena actitud hubiera seguido si no fuese porque todos quedaron sorprendidos cuando alguien agarró a Alma por la cintura y amenazó con un cuchillo en su cuello.

  —Miren, esto es muy sencillo. Nadie intente hacer nada. Yo solo quiero llevarme a Alma. Yo soy su fan. Ella me va a conocer y no quiero que se muevan porque si no, activo la bomba.

  ?Dijo bomba? ?Qué le pasa a ese lunático? ?Está hablando en serio?

  Vi que Rygandal lo miraba fijamente, pero su haz de luz que salía cuando usaba magia, que era muy sutil, en esta ocasión salía de forma caótica y como si fuese humo.

  —Maestro, ?le sucede algo? —pregunté.

  Rygandal se llevó sus manos a la cabeza. Se sacudió un poco. Luego suspiró. Al parecer se había rendido en lo que estaba haciendo.

  —No sé qué sucede, pero alguien usó un Tortura Murmullos. Es un hechizo que hace que escuche voces en la cabeza. ?Pero quién lo está usando? —Rygandal inicio a buscar a alguien.

  —?Maestro, cree que ese se?or esté utilizando algo de magia? Debe ense?arme cómo contrarestarlo —Maya preguntó, sugirió e intentó ser la primera en aprender magia.

  Lo que se me hace totalmente injusto porque yo también debería ser capaz de aprender. No tiene que ser ella la primera en todo.

  —Bueno, un Tortura Murmullos es un hechizo que se compra y activa, pero eso quiere decir que él tendría que ser de Transgea. Por supuesto, al ser un humano puede pasar desapercibido aquí —concluyó el maestro elfo.

  —Voy a retirarme y no quiero que nadie me siga —aquel sujeto tenía la ventaja de la altura del escenario.

  Aunque no se veía muy sano. Estaba pálido y demasiado flacucho, más que yo. ?Cómo es posible que tuviera a Alma tan cautiva? Se notaba que la pobre estaba luchando.

  Dos policías venían hacia él. Sus ojos hundidos y mirada débil mostraron el miedo.

  ?Sabes qué le pasa a un animal que tiene miedo? Decide hacer cosas extremas.

  Fue entonces que sacó un control extra?o. Presionó un botón y un bote de basura cercano explotó.

  BOOM

  La gente se asustó. Algunos gritaron y una estampida inició.

  Bueno, creo que es momento de hablar de la ley de Murphy que dice que si algo puede salir mal, saldrá mal.

  Alguien decidió aplicarla en todos los aspectos el día de hoy porque se escuchó cómo se rompieron unos vidrios del techo y de ahí un buitre horroroso inició a volar sobre nosotros, dirigiéndose directamente hacia Alma.

  Ayaho.

  El nombre me heló la sangre.

  Rygandal corrió lo más rápido que pude verlo moverse. Sus movimientos eran fluidos, casi como si flotara. Llegó justo a tiempo para interponerse entre Ayaho y Alma.

  Aquel hombre enorme, el fan acosador, no supo qué hacer. Soltó a Alma como si quemara. Se acobardó, pidiéndole ayuda a Dios con una voz quebrada.

  Los pobres imbéciles como él se asustan con cualquier cosa.

  Ayaho descendió como un misil. Sus garras extendidas, su pico abierto en un graznido que hizo vibrar el aire y entonces agarró a Rygandal.

  Lo agarró de sus ropas con una violencia que arrancó la tela, logro que varios objetos rodaran lejos, hizo que varios espectadores gritaran.

  Y se lo llevó volando directo hacia la tienda departamental.

  El barrandal de viidrio del segundo piso explotó en mil pedazos. Vidrio llovió hacia el piso de abajo. La gente corría en todas direcciones. Gritos y llanto Caos total.

  —Vamos, Zev, no nos podemos quedar aquí nomás —dijo Félix, su voz temblando, pero firme.

  Quería impresionar a Aijet y lo estaba logrando.

  —ándale, Zev, no te quedes ahí pasmado —Maya ya estaba corriendo hacia la tienda.

  Claro que ella no se iba a quedar atrás.

  Volteé a ver a Marsigs. Esperando que hiciera algo. Que dijera algo. Que fuera el héroe que todos pensaban que era.

  Pero solo estaba ahí parado. Temblando.

  —No pienso enfrentarme a eso —dijo con una voz que intentaba sonar firme pero se quebraba en cada palabra.

  —Genial —murmuré—. El chico perfecto de Concordia no es tan perfecto después de todo.

  Me fui corriendo detrás de Félix y Maya.

  La tienda departamental era un desastre.

  Maniquíes destrozados, ropa esparcida por todos lados, vidrios rotos que crujían bajo mis pies y en el centro de todo, cerca de las escaleras electricas, estaba Ayaho.

  Era peor de lo que recordaba. Más grande y monstruoso. Sus plumas azules descoloridas estaban erizadas, algunas rotas y goteando esa sangre negra y espesa como petróleo. Sus ojos amarillos brillaban con una locura que hacía que mi estómago se retorciera.

  Tenía a Rygandal en una garra.

  Lo levantó como si no pesara nada. Como si fuera un mu?eco de trapo y lo estrelló contra un mostrador de joyería.

  El vidrio estalló. Relojes y collares volaron por el aire. Rygandal rebotó y cayó al suelo. No se movió por unos segundos.

  —Levántate —susurré—. Por favor, levántate.

  Se levantó despacio. Sangre corría por su frente, por su sien, manchando su camisa blanca. Pero sus ojos... sus ojos brillaban con esa luz esmeralda que solo aparecía cuando usaba magia.

  Levantó ambas manos.

  El departamento de electrodomésticos al otro lado de la tienda empezó a vibrar. Primero suave, luego violento. Licuadoras temblaban en sus cajas. Tostadoras saltaban en sus estantes. Microondas parpadeaban con luces de advertencia.

  Diez, hasta veinte, creo que cincuenta aparatos flotando en el aire, girando alrededor de Rygandal como satélites alrededor de un planeta. La luz verde emanaba de sus manos en ondas visibles, parecia radiactivo.

  Ayaho graznó. Un sonido que hizo temblar las paredes. Se preparó para atacar.

  Rygandal cerró el pu?o y todo se lanzó a la vez.

  El sonido era apocalíptico. Una licuadora giró como un boomerang y golpeó a Ayaho en la cabeza. El vidrio de la jarra explotó. Una tostadora le dio en el ala derecha con tanta fuerza que escuché huesos rompiéndose. Un microondas se estrelló contra su pecho y explotó en una lluvia de chispas y metal retorcido.

  Ayaho retrocedió. En pasos tambaleantes.

  Sangre negra goteaba de una docena de heridas. Plumas caían con suavidad contrastante. Su ala derecha colgaba en un ángulo extra?o.

  —Maldito... elfo... —cada estaba cargada de enojo.

  Se sacudió. Las plumas r volaron. La sangre salpicó el piso en gotas pesadas al tocar el suelo.

  Y entonces nos vio. A los tres. Parados al final del pasillo como idiotas.

  Félix a mi izquierda, con los pu?os apretados y la mandíbula tensa. Maya a mi derecha, con esos ojos determinados que significaban que no iba a huir y yo en el medio, preguntándome qué demonios estábamos haciendo.

  Los ojos de Ayaho se clavaron en nosotros y en ellos vi algo peor que rabia. Vi hambre.

  —Ustedes... —graznó—. Otra vez... ustedes...

  Su pico se abrió mostrando esos dientes amarillentos y rotos. Saliva goteaba.

  —Corran —dije.

  —?Qué? —Félix me miró como si estuviera loco.

  —CORRAN —grité.

  Pero ya era tarde. Ayaho extendió sus alas. Cada pluma temblaba con energía acumulada. Podía ver peque?os arcos de electricidad saltando entre ellas, azules y brillantes contra el negro.

  Y aleteó provacando al viento. Fue como si un huracán hubiera explotado dentro de la tienda.

  El viento me golpeó como un pu?o gigante en el pecho. No pude respirar ni pensar. Solo sentí cómo mis pies se despegaban del suelo.

  Vi a Félix volar hacia mi izquierda, sus brazos girando como aspas tratando de agarrarse de algo, de cualquier cosa. Chocó con una torre de sartenes con un sonido horrible. Metal contra metal contra carne. Se desplomó entre ollas y cucharones, inmóvil.

  Vi a Maya volar hacia mi derecha. Su rostro era puro shock. Sus manos extendidas buscando algo que la detuviera. Se estrelló contra un estante de ollas. Su cabeza golpeó el metal con unthunk que escuché incluso por encima del viento. Se deslizó hacia abajo como una marioneta con los hilos cortados.

  —?MAYA!

  Intenté gritar pero el viento robó mi voz.

  Yo volé hacia atrás. Vi el techo girando, vi las luces parpadeando, vi todo en destellos desordenados. L luego golpeé algo duro.

  El mundo se volvió negro por un segundo.

  Cuando abrí los ojos estaba en el suelo. Algo duro y frío debajo de mí. Sabor a cobre en mi boca. Sangre. Mi sangre.

  Me forcé a levantarme. Manos y rodillas primero. Luego de pie, tambaleándome como borracho.

  Y vi a Ayaho.

  Se había olvidado de nosotros. Estaba enfocado en Rygandal otra vez. El elfo intentaba levantarse pero estaba débil.

  Ayaho se elevó en el aire. Cinco metros. Diez. Hasta casi tocar el techo y dejó caer en picada como un misil viviente.

  Garras extendidas. Pico abierto. Alas pegadas al cuerpo para más velocidad.

  Rygandal levantó las manos. Débilmente. La luz verde parpadeaba. Casi se apagaba. No iba a ser suficiente.

  —?RYGANDAL! —grité.

  Pero mi voz se perdió en el caos.

  Ayaho se estrelló contra él.

  El suelo tembló. Una onda de choque se expandió. Productos volaron de los estantes. Más vidrio se rompió.

  No se podía ver nada; por unos segundos, el polvo parecía tener vida y formar una cortina a propósito para cubrirlo todo.

  Escucha a el zeca monstruoso dar un rugido que se me hizo tan familiar.

  Salió saltando hacia arriba. Atravesó el techo. Vidrio y concreto llovieron. El edificio entero se sacudió.

  Ya con mas tranquilidad lo único que me importaba era llegar a Maya.

  La encontré entre ollas destrozadas y sartenes abollados. Estaba consciente. Apenas.

  —Maya, ?estás bien? —pregunté.

  Ella levantó los ojos ante mi pregunta tonta.

  —Obvio no —susurró—. Deja, ayúdame.

  —Me duele todo, Zev. Pide ayuda —su voz era débil.

  Saqué mi celular con manos temblorosas. Marqué emergencias.

  —911, ?cuál es su emergencia?

  —Hay un... un monstruo gigante. Un zeca. Está atacando gente en el centro comercial. Necesitamos ambulancias. Necesitamos...

  —Se?or, las bromas al 911 son un delito...

  —?NO ES BROMA! —grité—. Revisen redes sociales. Revisen las noticias. Esto está pasando AHORA.

  Silencio del otro lado. Luego:

  —Espere un momento.

  Podía escucharlos tecleando. Hablando con alguien más.

  —Joven, confirmo que tenemos múltiples reportes de la misma situación. Unidades en camino. Manténgase seguro.

  Colgaron. Respiré. Por fin.

  —Ya vienen —le dije a Maya—. Ya vienen, aguanta.

  Ella asintió débilmente.

  Fue entonces que vi a Rygandal acercandose. Caminaba despacio, cojeaba. Tenía cortes por todas partes.

  —Maestro Rygandal —grité.

  —Veo, Zev, que ya pidió ayuda. Les agradezco su preocupación por mí, pero no debieron de ser tan imprudentes —su voz sonaba cansada—. Quédate con Maya. Yo iré a ver a los demás.

  —?Y Ayaho?

  —Huyó. Otra vez —Rygandal cerró los ojos un momento—. Es más fuerte de lo que recordaba. O yo soy más débil de lo que creía.

  Y se fue. Dejándome solo con Maya.

  La vi. Realmente la vi. Cabello despeinado lleno de polvo. Maquillaje corrido por el sudor y tal vez algunas lágrimas. Su blusa tenía una rasgadura en el hombro. Su falda estaba manchada de sangre que esperaba no fuera suya.

  —Bueno, si alguien pregunta, yo voy a decir que te di una buena zarandeada —intenté bromear.

  Ella rio. Una risa peque?a que terminó en una mueca de dolor.

  —Idiota —susurró—. Por fa, no te vayas hasta que lleguen los médicos.

  —No, claro que no.

  Me senté a su lado. Con cuidado. Como si fuera de cristal.

  Le tomé un mechón del cabello. Estaba sucio. Lleno de polvo. Pero aun así era suave. Lo acomodé detrás de su oreja.

  —Sabes, no me gusta que me agarren el cabello —dijo.

  Quité la mano rápidamente.

  —Lo siento, yo...

  —No dije que no lo hicieras —me interrumpió.

  Volteó a verme. Sus ojos avellana me miraban con una intensidad que hizo que olvidara dónde estábamos. Qué acababa de pasar. Todo.

  Solo existíamos nosotros dos.

  —Zev —susurró.

  —?Sí?

  —Gracias por quedarte.

  —?A dónde más iba a ir?

  Ella sonrió. Una sonrisa real. Sin competitividad. Solo... felicidad.

  En ese momento, rodeado de destrucción, de caos, de peligro... Pensé que tal vez, solo tal vez, todo había valido la pena.

  —?ZEV, SE ESTáN BESANDO? —gritó Félix desde algún lugar entre las ollas.

  El momento se rompió.

  —Zev, deja de estar besando a Maya —Félix seguía gritando—. ?Yo también quiero que me beses, Zev! ?Zev, me duele todo! ?Ayuda, Zev!

  Maya y yo nos miramos y nos reímos.

  No pudimos evitarlo. Era ridículo. Era perfecto. Era... nosotros.

  —No, Zev... —Maya susurró, todavía riendo—. No me uses de tapadera. Ve con tu verdadero amor, que es Félix.

  Mi cara se puso del color de un tomate.

  —Yo... tú... ?eso no...!

  Pero ella seguía riendo. Y yo también. Hasta que escuchamos las sirenas.

  Los paramédicos llegaron. Atendieron a Maya primero. Luego a Félix. Luego a otros heridos que habían quedado atrapados en la tienda.

  Las noticias llegaron también. Cámaras y reporteros. Todos queriendo saber qué había pasado.

  La policía tomó declaraciones. Hicimos nuestro mejor esfuerzo por explicar lo inexplicable.

  Y yo...Yo busqué a Rygandal. Pero no estaba en ningún lado.

  Genial. Perfecto.

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