El día siguiente inició con demasiado bullicio en la escuela.
Gracias a Félix se propagó el rumor de que el se?or Gregorio era una bestia, un zeca extra?o y monstruoso. No ayudó en nada que Rygandal hablara con Kochi y esta se pusiera a hacer preguntas en pleno patio.
Aparentemente, Ayaho era un antiguo líder zeca. Algo duro. Fue entonces que se hizo una revolución hace veinte a?os y aparentemente había muerto. El caso es que, por algún motivo, vino a nuestra dimensión y tomó forma humana hace sesenta a?os.
Aquí es donde se pone extra?o, porque los tiempos no cuadran. Al parecer hay un desfase temporal donde el tiempo avanza más lento en la dimensión de Rygandal comparado con el de aquí.
Genial. Como si las criaturas asesinas no fueran suficiente, ahora también tenemos paradojas temporales.
Ahora, el otro bullicio —y esto ya se volvió regla— es que si un güero guapo llega a la escuela, todo el mundo pierde la cabeza. Al menos en este caso el güero era humano.
Un joven llamado Marsigs, de la ciudad de Concordia, había venido en una prueba de intercambio y ya era la sensación de las chicas. Honestamente tenía porte, eso no se lo podíamos negar. El tipo definitivamente parecía sacado de una telenovela juvenil. Alto, cabello rubio perfectamente peinado, ojos azules que probablemente practicaba en el espejo, y esa sonrisa que parecía decir "sí, sé que soy guapo y me encanta que lo sepas".
Y sonreía con un maldito carisma. Parecía tener embobado a todos.
Yo no lo soportaba.
Había algo en él que no cuadraba. Tal vez era la forma en que sus ojos no sonreían cuando su boca lo hacía o cómo observaba a todos como si estuviera evaluándonos. Como si fuéramos un experimento.
—?Qué tiene ese tipo que no tenga yo? —le susurré a Félix mientras caminábamos al salón.
—Pues... altura, músculos, cabello que no parece que acabas de despertar, carisma, confianza, una ciudad entera que lo respalda...
—Okay, gracias. Ya entendí.
—De nada, hermano —me dio una palmada en el hombro—. Pero tranquilo, tú tienes... eh... personalidad.
Genial. Tengo personalidad. Eso definitivamente impresiona a las chicas.
—Joven Reyes, le pedí a Kochi que me ayudara, ya que no soy muy letrado en idioma zeca —Rygandal se acercó a mí con su libreta—. Pero según ella, las notas a las que tomó fotos decían lo siguiente: "Humanos con alta capacidad de ser sensibles a la energía dimensional. Por la edad, es ideal para experimentar sobre el proceso."
Negué con la cabeza. Eso no me decía mucho sobre por qué quería robarse a mi hermano o por qué esa cosa se escondió como un humano en nuestro mundo.
—Joven Reyes, espero que no haya más incidentes como ese que vivió. Sin embargo, no creo que Ayaho se quede de brazos cruzados —comentó Rygandal cruzando los brazos.
Maya se dirigió hacia nosotros con una sonrisa. Parecía que estaba contenta pese al incidente. La magia curativa realmente es buena.
—Maestro, Zev, buenos días. Aprovechando que están juntos, quisiera darles las gracias por ayudar con la situación del se?or Gregorio —dijo sonriendo.
—No es nada —le sonreí mientras actuaba con una humildad que no sentía.
La verdad sí fue mucho. Corrí peligro otra vez.
—Lo que ambos hicieron fue imprudente, aunque generoso, el llegar al fondo del asunto del ataque de Kochi —el maestro nos vio directamente y asintió.
Supongo que es su forma de dar una palmada en la espalda o algo así.
En ese momento sonó el timbre de la formación. Al parecer el director iba a dar unas cuantas palabras porque tomó el micrófono. Maya me acompa?ó hasta la fila y me soltó un "te veo en el recreo".
Okay, iniciamos bien el día. Ahora solo falta que me entreguen superpoderes para poder derrotar a Ayaho.
—Buenos días, jóvenes. Bueno, yo no sé si son buenas o malas noticias, porque ahí estaban molestando sus padres que no querían al maestro Rygandal y luego que su autonomía se perdía o no sé qué tanto con Kochi aquí presente, pero han estado seguros desde que ella llegó...
El director hizo una pausa.
Se escuchó desde lejos un "?pero casi la matan!" y no supimos si reír o sentir miedo.
—En fin, lo importante es que el programa de integración sigue y la escuela está recibiendo beneficios por ello. Gracias por su apoyo, chicos. Pueden ir al salón a la orden del maestro.
Creí que hoy iba a estar contento, pero cuando estábamos dirigiéndonos al salón vi cómo el güero, como diría nuestro querido director, iba detrás de nosotros.
Genial. Está asignado a nuestro salón.
Se escuchaban las disque discretas risitas de algunas compa?eras que estaban emocionadas de verlo acercarse.
Al entrar al salón y tomar asiento, él entró detrás de nosotros y se quedó al frente.
Todo el salón se quedó en silencio. Incluso Félix Guillermo dejó de hacer ruido, lo cual era básicamente un milagro.
—Estudiantes, como ya será una obviedad para ustedes, tenemos a un estudiante nuevo en nuestro salón. El se?or Marsigs —Rygandal hizo una se?a con la palma abierta, como si fuese una presentación.
Marsigs dio un paso al frente. Su postura era perfecta. Demasiado perfecta.
—Gracias, maestro —su voz era clara, segura, ensayada—. Compa?eros, hoy me presento ante ustedes desde Concordia, agradeciendo que sigan los pasos de nuestra ciudad en un ejemplo armónico de integración con los seres de otra dimensión.
Hablaba como político. Como si estuviera dando un discurso en la televisión.
—En Concordia —continuó—, hemos aprendido que la convivencia con seres de otras dimensiones no solo es posible, sino necesaria para nuestra evolución como especie. Ustedes, aquí en Monte Armonía, están siendo pioneros en este hermoso camino de coexistencia.
A lo bajo, Félix me susurró:
—?Por qué todos los de tu raza son unos presumidos?
Me reclamó como si fuese mi culpa.
—?Cómo que raza? Ni que fuéramos perros —le dije molesto.
—No, sí, pero ?quién les pone los nombres? Todos raros —se unió a la conversación óscar.
—Ay, por favor, para mí es más raro el nombre de óscar —le dije elevando un poco la voz.
—Zev, ?es cierto que sacrificaron perros y con eso abrieron portales que trajeron los seres de otra dimensión? —soltó Ezequiel de la nada.
Entre Félix, óscar y yo lo volteamos a ver muy extra?ados.
—?De dónde sacaste esa estupidez? —preguntamos al mismo tiempo Félix y yo.
—La verdad sacrificamos ni?os gorditos como tú o Santiago —lo molesté por la tontería que acababa de decir.
—Oye, ?y a mí por qué me metes? —preguntó Santiago molesto, sin ninguna discreción.
Marsigs interrumpió sus palabras. Se nos quedó viendo seriamente, con una mueca de enojo que duró exactamente dos segundos antes de transformarse en una sonrisa falsa. Perfecta y practicada.
—Compa?ero —su voz sonó controlada, pero había algo afilado debajo—, usted, sí, el de lentes.
Me se?aló directamente. Como si yo fuera el único con lentes en todo el salón. Spoiler: no lo soy.
—?Podría repetir lo que acabo de decir?
Me lo pidió como si fuera el docente. Como si tuviera autoridad sobre mí.
El salón se quedó en silencio otra vez. Podía sentir todas las miradas sobre mí.
—Claro que no —respondí, manteniendo el contacto visual—. Sabes que no te estaba poniendo atención. Ni que fueras tan importante como para no perderme ni una palabra.
Marsigs se quedó quieto. Su sonrisa se congeló en su cara. Por un momento, solo por un momento, vi algo oscuro en sus ojos. Algo que no era amable ni carismático.
Luego, como si alguien hubiera presionado un botón, la sonrisa regresó. Más amplia, más falsa.
—Entiendo —dijo con una risa ligera—. Supongo que no todos tienen la capacidad de atención necesaria para procesos complejos de integración dimensional.
?Me acababa de llamar idiota? ?Con palabras bonitas?
Maya se rio. Una risa peque?a, casi imperceptible, pero la escuché.
Marsigs también la escuchó. Sus ojos se movieron hacia ella. La evaluó. Como si estuviera calculando algo.
Todos se vieron como diciendo "Aquí pasa algo raro".
—Bueno —Marsigs continuó, pero su tono había cambiado—, como estaba comentando, aunque nos gustaría que fuesen directamente, todas las escuelas excepcionales están invitadas al Gran Encuentro de Integración. Pero solo elegiremos unas cuantas para asistir a este evento histórico organizado por Victor Zelk.
Sonrió como si hablara de su padre. Incluso infló el pecho al decirlo.
—Por lo tanto, siguiendo las tradiciones élficas de su maestro Rygandal, sin duda esto sería su siguiente prueba. La prueba de...
Y entonces pasó algo extra?o.
Marsigs empezó a temblar. No como cuando tienes frío. Como cuando algo está luchando dentro de ti.
Su sonrisa se torció. Sus ojos parpadearon rápido, demasiado rápido.
El salón se enfrió. Podía ver mi propio aliento.
De manera muy discreta, observé cómo un haz de luz verde salía de la figura de Rygandal. Era sutil, casi invisible, pero estaba ahí. Como un hilo conectándose a Marsigs.
—Continúe, joven Marsigs —la voz de Rygandal sonó exactamente igual que siempre. Calmada. Serena.
Pero había algo diferente en sus ojos.
Marsigs parpadeó. El temblor se detuvo. La temperatura regresó a la normalidad.
—La quinta prueba —continuó como si nada hubiera pasado— será la prueba de la Inteligencia y no solo definirá su calificación, sino su pase a la ciudad de Concordia.
Miré a Maya. Ella también había visto lo de la luz.
Nos volteamos a ver con esa mirada que significa "?viste eso?" y "definitivamente algo está mal aquí".
Genial. Entonces la quinta prueba será una muy tradicional. Simplemente un examen estandarizado.
Mejor no nos pongan nada, la neta.
—Bueno, hagan que Marsigs se sienta aceptado en estas dos semanas de intercambio —nos pidió Rygandal y le se?aló un asiento al nuevo compa?ero.
—Ay, claro que sí, le daremos la bienvenida —dijo Shaki de manera muy coqueta y nada disimulada.
Rygandal entonces sacó su libreta y tomó más notas.
?Me pregunto qué tanto escribe?
Las clases siguieron de forma normal con los cuchicheos de todos sobre Marsigs y este haciendo como si no escuchara, como si no estuviera consciente de que había llamado la atención.
Cuando llegó la hora del receso, actué de forma natural, discreta, como si no me acordara de lo que me dijo Maya.
Pero claro que me acordaba. Solo estaba esperando que ella me hablara.
Ella pronto caminó a mi lado.
—Hola, Zev. Mira, te traje algo de comer —comentó Maya. Ense?ó un contenedor que tenía comida para dos personas en efecto.
Fuimos a una de las mesas que estaban en la cafetería y nos sentamos juntos. Olía delicioso. Era carne con verduras y puré de papa. Además, trajo unos refrescos.
—No debiste molestarte, Maya. No es necesario, no te salvé yo —síndrome de impostor, llegó en el peor momento posible.
Ella me miró sorprendida, luego levantó una ceja.
—No, sí te agradezco y todo, pero esto no tiene nada que ver con eso. Yo quería comer contigo —lo dijo de manera sincera.
Obviamente esto no salió de la nada. Estaba aquí porque seguramente se sentía comprometida y agradecida por lo del monstruo ese, Gregorio o Ayaho, como se llame.
Me distraje porque vi de lejos cómo Félix levantaba el pulgar.
Sacó una libreta con la leyenda: "Invítala a salir, a salir".
?Por qué no?
—Es que yo no quiero que me agradezcas, Maya. Si en verdad solo es por querer pasar el tiempo conmigo, tengamos una cita —bueno, ahí salió.
Qué podría salir mal.
El miedo. El miedo que ya había enfrentado y sí, dirás que es un miedo ridículo, claro, pero para mi edad es una gran cosa. No deberías hacerlo menos. Todos tenemos miedo. Es más, hay gente que le teme a las cucarachas y esas no hacen nada.
Maya se detuvo en seco. Ni se llevó la comida que tenía en el tenedor a la boca. Se quedó en silencio un momento y me vio fijamente.
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—?A dónde iríamos? —preguntó como si se tratara de una evaluación.
Momento de pensar rápido. ?A dónde la puedo llevar? Solo se me ocurren lugares relacionados a mis gustos y el cine. El cine es el peor lugar para una primera cita. Después de todo, no puedes hablar ahí.
—A Tres Libros con Café —solté. Fue lo primero que se me ocurrió.
Ella me vio sorprendida. Aún no me daba una respuesta.
—Claro, si vamos ma?ana. Es sábado, es más fácil —tenía la mirada hacia el techo—. Sí, ma?ana está bien.
Ah, así de fácil fue tener una cita con Maya Castillo.
Bueno, tan fácil no. Casi nos matan en el proceso.
Ya estaba saliendo de ba?arme. Me estaba preparando para la cita. Papá se había ofrecido a llevarme. Le acepté el ride para no llegar tarde.
—?Qué usaré para mi cita? —dije en voz alta para mí mismo.
—El cerebro, hermanito. Usa el cerebro —contestó Stay mientras jugaba videojuegos.
—?Y si usas un pantalón negro? —sugirió Grith mientras veía mi ropa intensamente.
Realmente no sabía si estaba pensando o solo lo dijo al azar.
—Claro, el negro va con todo —dije mientras tomaba el más nuevo de ellos.
—Siempre usas negro —se?aló Stay mientras pasó de estar sentado a parado.
—?Y si usas esa gris? —apuntó Grith a una camisa.
—?Muy formal, no? —le pregunté como si supiera algo de moda.
—Usa... una... camisa... blanca... y... desabrochada —sugirió Stay mientras saltaba con un canguro frente al televisor.
—Oye, no es mala idea —le tomé la palabra y me vestí así.
Grith, con una sonrisa enorme, me trajo los tenis más blancos que tengo.
—Pulcro —dijo con una sonrisa.
Se la devolví y le di una palmadita en la cabeza.
Y una pulsera negra para amarrar. Me vi en el espejo una última vez.
?Peinarme? Nah, no es mi estilo.
Me despedí de mamá y mis hermanos. Mi padre iba a su propio paso. Yo lo estaba poniendo nervioso.
—Tranquilízate. No pasa nada porque te espere dos minutos —me dijo.
Ahora viene la técnica infalible de mis padres: echarme la culpa a mí cuando me quieren hacer un favor y no lo hacen a tiempo.
—Además, deberías prepararte con tiempo para evitar retrasos —agregó.
Claro. Sabía que me llevarían a su propio ritmo, así que estoy saliendo con setenta minutos de anticipación.
—?Cuánto dinero quieres? —me preguntó y yo lo miré con curiosidad.
No había pensado en eso.
Debió de ver en mis ojos la situación porque empezó a negar con la cabeza.
—Ochocientos pesos y cuídalos. Quiero que me devuelvas algo de feria —ordenó.
Yo le dije que sí, pero ya que se apurara.
—Pareces demasiado emocionado. Cálmate, se te va a notar. Debes ir más calmado, relajado —comentó mi padre.
Se viene en el camino una sesión de consejos no solicitados.
Bueno, debo admitir que fueron buenos los consejos. Aunque me sentí algo apenado con mi padre, el miedo fue desapareciendo. Hizo que me sintiera más seguro.
Me bajó en el centro de la ciudad y me dirigí afuera de la cafetería. Iba con tiempo de sobra, así que empecé a imaginar la conversación. Diferentes frases como "Hola, guapa", o más casual, como simplemente saludar, o tal vez un cumplido.
Es increíble las estupideces que piensa uno cuando tiene unos minutos de sobra.
Bueno, al fin decidí. Le diré "Espero superar la adrenalina de meternos a una casa ajena". Sonreiría, ella también y ya me relajaría.
Pero como todo lo que imaginas, normalmente no sucede. Tan pronto vi a Maya llegar con dos minutos de anticipación, mi cerebro se apagó.
Ella llevaba una blusa blanca. La muy tramposa la usaba muy pegada, lo que resaltaba su cuerpo y me distrajo totalmente. Utilizaba una falda azul que la hacía ver bien y llegaba a medio muslo. Usaba unos botines negros que se veían muy cómodos.
—Llegaste temprano —dijo ella, cruzándose de brazos. Dibujó una mueca en sus labios de molestia.
—Y tú exacta. O sea que esperabas que llegara tarde y te gané.
—No recuerdo haber aceptado un reto —arqueó una ceja.
—Ay, por favor, para ti todo es una competencia. Tú esperabas llegar primero —le di un golpecito con mi dedo índice en la frente.
Ella soltó una sonrisa a medias. Me quitó con un manotazo el dedo y se lo sobó de una forma exagerada.
—Mira, sé que esto te va a encantar con lo competitiva que eres —inicié a caminar hacia la entrada.
—?Una competencia en un café? Eso sí es nuevo —mencionó mientras caminaba con esa mirada analítica.
Entramos al café. Este estaba dividido en dos secciones grandes: el café y una librería.
—Muy bien, Maya —di una vuelta teatral de manera exagerada—. Bienvenida a las pruebas Zevaticias, marca registrada.
—Ah, mira, no sabía que tendríamos pruebas. Casi como un elfo que yo conozco. ?No es eso apropiación cultural? —dijo con un cachete inflado.
—Te respondería, pero no sé qué es eso —cerré los ojos y me volteé apuntando a la sección de la librería.
Ella negó con la cabeza.
—Basta, basta. ?Cuál es el reto? —preguntó con una peque?a sonrisa dibujada.
—La que está aquí será nuestra mesa. Tenemos tres minutos e iremos a sentarnos con un libro que tenga una protagonista mujer fuerte —esperaba que fuera una buena idea.
Ella asintió. Me veía de manera curiosa, como si no se lo esperara y fuese una excelente idea la que tengo en mente.
—Excelente reto. Sé que no lees, así que voy a ganar —ella dijo y fue directamente a buscar algo.
Bien, bien. Si ella cree que va a ganar, está en toda la razón, pero no voy a darme por vencido nada más porque sí. No, claro que no. Me dirigí buscando un libro que me diera una pista de lo que hay: una mujer ahí y que es fuerte.
Ah, lo tengo. Seguramente este.
Me fui a sentar con una sonrisa en el rostro mientras movía el libro como diciendo que ya gané. A ver, ahora leamos la sinopsis.
Demonios, debí leerla primero. No me va a creer.
Ella llegó con La Hipótesis del Amor y no sé mucho de libros, pero según yo es algo muy popular. Me sorprendió que la haya elegido. Después yo le ense?é el mío y levantó una ceja.
—Zev, dime la verdad. ?Has leído ese libro? —usó los brazos sobre la mesa y me miraba fijamente.
—Claro que he leído...
Olvidé el nombre. Volteé discretamente a ver el título y la autora.
—Una Mujer Sin Corazón de Angélica L. Cota. Claro que sí. No iba a escoger un libro al azar nada más.
—?De qué trata? —dijo de manera inquisidora.
—Claro, es sobre una mujer que necesita un trasplante de corazón —lo dije con seguridad total.
Ella se me quedó viendo con incredulidad. Tomó el libro por sorpresa y eso no se valía. No debía leer la sinopsis.
Hizo la mirada hacia arriba, viéndome con esos ojos de "te atrapé en la mentira".
—?Lo has leído? —pregunté.
—No, pero definitivamente lo voy a comprar —se llevó los dedos a la boca y lo dejó a lado de la mesa.
Bueno, la cita iba genial hasta que me di cuenta de que tenía que hacer alguna conexión humana con la persona que tenía enfrente.
Jamás había llegado tan lejos. Es más, jamás había tenido una cita con anterioridad. Y ahí estaba yo, dándole vueltas y vueltas al café que me acababan de servir, como si eso me fuera a inspirar de alguna manera.
Es más, ni sé por qué pedí café. Yo prefiero el chocolate.
Mientras tanto, Maya estaba igual de nerviosa o desinteresada. Jamás había visto a alguien agitar tanto las bolsas de azúcar que le va a echar a su café.
Intenté darle un trago al café. Demonios, está caliente y no creo que me guste amargo. En lugar de pensar en algo, ahora estoy concentrado en el mal sabor.
Para colmo, Maya estaba agarrando el celular y luego puso una cara de asco.
—Ay, no. Mira, ese tipo que sigue a Alma pone comentarios bien intensos. No sé por qué no lo ha bloqueado. Me da mucho miedo, además de que se ve mayor —negó con la cabeza Maya.
Al menos la cara de asco no era para mí. Cuando dejó el celular, me vio directamente e inició a platicar.
Bendito Dios que ella inició.
—No sabía que eras bueno para organizar citas, Zev. Pensé que me llevarías al cine o a jugar videojuegos —me dio una mirada que intentaba descifrar qué me había pasado en la cabeza.
—?Cómo crees que al cine? Si lo que quiero es conocerte, platicar —omitiré el detalle donde sí había planeado ir a un arcade—. Además, me interesaba mucho que hoy saliera bien, que hubiera resultados.
—?Resultados? —dijo de manera suave, algo coqueta—. ?Qué resultado esperas hoy?
Tomé aire, intentaba dar una gran respuesta.
—El que tú esperabas.
Ajá, seguramente ese diálogo no lo tienen en tu libro de romance.
—?Lo leíste ahorita en alguna novela de romance?
Maldita sea. Bueno, sí, lo leí en lo que buscaba el libro.
Seguimos hablando. De todo. De nada. De cómo Alma necesitaba bloquear a ese acosador en redes sociales. De cómo el profesor de matemáticas tenía una mancha de café permanente en su camisa. De cómo mi mamá hacía el mejor puré de papa del mundo y Maya insistía en que el de su abuela era mejor.
Era fácil hablar con ella. Más fácil de lo que pensé.
—Okay, pregunta seria —dije, dándole vueltas a mi café—. ?Por qué aceptaste salir conmigo?
Maya dejó de agitar su café. Me miró directo a los ojos.
—?Quieres la respuesta honesta o la que te haga sentir bien?
—La honesta.
—Porque me gustas desde hace tiempo y estaba esperando que te dieras cuenta.
Casi escupo mi café.
—Espera, ?qué?
—?Creías que competía contigo en todo solo porque sí? —levantó una ceja—. Zev, literalmente busco cualquier excusa para interactuar contigo. Pensé que era obvio.
—No... no lo era.
—Eres un poco denso para ser el "protagonista" —se rio.
—Oye, en mi defensa, tú eres intimidante. Eres la presidenta estudiantil, eres increíblemente inteligente, y básicamente puedes hacer cualquier cosa que te propongas.
—Y tú enfrentaste a un monstruo interdimensional con un cuchillo de cocina —me recordó—. Creo que estamos a mano en lo de ser intimidantes.
Touché.
—Entonces... ?cuánto tiempo?
—?Cuánto tiempo qué?
—Que te gusto.
Maya se sonrojó. Fue la primera vez que la vi así: vulnerable.
—Desde la segunda prueba. Cuando resbalé al final del circuito y en lugar de burlarte, te reíste conmigo. No de mí. Conmigo.
No sabía qué decir. Mi cerebro había dejado de funcionar.
—?Y tú? —preguntó ella—. ?Cuándo te diste cuenta de que te gustaba?
—Honestamente, creo que desde siempre. No lo acepté hasta que casi pierdo la oportunidad de decírtelo.
Nos quedamos en silencio. Un silencio bueno. De esos que se sienten cálidos.
—?Sabes qué es lo mejor de esta cita? —dijo Maya después de un momento.
—?Qué?
—Que no intentaste impresionarme con cosas materiales o ser alguien que no eres. Trajiste libros y competencia. Trajiste las cosas que disfruto y lo hiciste tuyo también.
Sentí cómo se me calentaban las orejas.
—Bueno, quería que conocieras al Zev real, el que es genial y perfecto.
—Me gusta el Zev real —dijo con una sonrisa—. Aunque sea un poco desastroso.
—Oye.
—Un mucho desastroso.
—Ahí está mejor.
Y los dos nos reímos.
Al terminar el café, le dije que teníamos otra parada. Ella estaba dudosa, pero dijo que movería sus deberes para ma?ana, así que procedimos con la cita.
—Recuerdas que me dijiste lo de videojuegos, que creíste que era tan predecible.
—Así es y me voy a disculpar porque realmente no esperaba lo del café. ?Qué sorpresa me tienes? —me puso la mano en el hombro.
—Pues parte de mi impredecibilidad es ser predecible e iremos a un arcade —intenté hacerlo sonar más emocionante.
—Bueno, eso no lo esperaba —comentó con un tono tranquilo.
—Si te gano en cualquiera de las máquinas, vas a tener que contestar cualquier pregunta que yo te haga —agregué como idea de último momento.
Ella solo asintió, pero tenía ese brillo en sus ojos cuando quería ganar. Esa competitividad y fuego que se le encendía al querer ser el número uno.
—Bien, bien. Cuando quieras y en el juego que quieras —me vio intentando leer mi reacción.
De veras que esta chica es competitiva. Pero hoy se va a topar con pared.
La pregunta era qué juego elegir.
—Nunca gano en esos de disparos —apuntó a una máquina que era un juego de fantasía oscura. Tenía vampiros, zombies... y ya, no sé qué más. Nunca llego tan lejos.
—Perfecto —dije con una sonrisa—. El que haga más puntos gana, aunque sea cooperativo.
—Espera, ?cuál es la apuesta esta vez?
—La que gane puede pedir un favor. Cualquier favor y la otra persona tiene que hacerlo sin preguntar.
Maya me miró con esos ojos que significaban "esto es peligroso pero me gusta".
—Trato.
Nos posicionamos frente a la máquina. Metí las monedas. La pantalla se iluminó con zombies y vampiros sedientos de sangre pixelada.
El juego empezó.
Maya era... increíble. Sus reflejos eran perfectos. Disparaba sin dudar, sin pensar. Como si su cuerpo supiera qué hacer antes de que su cerebro lo procesara.
—?Cómo haces eso? —pregunté mientras intentaba no morir en el primer nivel.
—A?os de práctica —dijo sin apartar la vista de la pantalla—. Mi hermano tiene una consola. Solía jugar con él todo el tiempo.
—Espera, ?tienes hermano?
—Dos. Mayores. ?Creías que era hija única?
—Sí, honestamente.
—Pues no. Y son insoportables y competitivos. ?De dónde crees que saqué mi necesidad de ganar en todo?
Eso explicaba mucho.
Llegamos al jefe final. Un Frankenstein gigante con hachas en ambas manos.
—Okay, este es el momento —dije, concentrándome.
—No vas a ganarme, Zev.
—Ya lo veremos.
Disparamos. Una y otra y otra vez. El monstruo perdía vida lentamente. Maya iba ganando por veinte puntos.
Y entonces hice trampa.
La empujé suavemente con mi hombro.
—?Qué te pasa? —gritó, pero estaba riendo.
—Todo es válido en el amor y la guerra.
—?Esto no es ninguna de las dos!
Me empujó de vuelta. Con más fuerza. Perdí el equilibrio. Mis pies se resbalaron y estaba a punto de caer de espaldas cuando ella me agarró del brazo.
El tiempo se detuvo.
Estaba sosteniendo mi brazo. Yo estaba inclinado hacia atrás. Nuestras caras estaban a centímetros de distancia.
Podía ver cada detalle. Las pecas que tenía en la nariz. El peque?o lunar debajo de su ojo izquierdo. El reflejo de las luces del arcade en sus ojos avellana.
—Gracias —susurré.
—De nada —susurró de vuelta.
No nos movimos. Ninguno de los dos.
Podía escuchar mi corazón latiendo en mis oídos. ?Ella podía escucharlo también? Porque estaba fuerte.
—Zev —dijo Maya, todavía en susurro.
—?Sí?
—Gané.
Parpadeé. Volteé a ver la pantalla. El monstruo estaba muerto. Su puntaje era más alto que el mío por cincuenta puntos.
—Ah.
—Y ahora tengo derecho a un favor.
—Cierto.
Me jaló para que recuperara el equilibrio. Quedamos parados. Frente a frente. Todavía demasiado cerca.
—?Sabes qué voy a pedir? —preguntó.
—No tengo idea.
Se puso de puntas. Se acercó a mi oído.
—Que la próxima vez que tengamos una cita, no hagas trampa.
Su aliento me hizo cosquillas en el oído.
—?Próxima vez?
—?Creías que con una era suficiente? —se alejó con una sonrisa—. Zev, apenas estamos empezando.
Y ahí estaba yo, paralizado, viéndola caminar hacia la salida del arcade como si no acabara de destruir completamente mi capacidad de pensamiento coherente.
—?Vienes o te vas a quedar ahí parado como estatua? —gritó desde la puerta.
—Voy, voy —corrí hacia ella.
Me tomó de la mano. Como si fuera lo más natural del mundo. Como si lo hubiéramos hecho mil veces antes.
Caminamos así, con las manos entrelazadas, hacia las mesas de comida.
—?Cómo le haces para que parezca que todo te sale bien, incluso contra seres dimensionales? —se me quedó viendo muy fijo como si esperara un secreto.
Me acerqué a ella y susurré en su oreja:
—?Quieres que te diga el secreto? —hice la voz más grave de lo normal.
Ella solo asintió lento.
Le tomé la mano para que viniera afuera. Inicié a buscar una banca.
—Recuerdas cómo Félix dice que soy un pretencioso y todos los de mi grupo étnico lo son y los rumores de rituales extra?os —le pregunté. No sé qué tanta atención le ponía a esos comentarios.
—Sí, sé que a mucha gente no les agrada, desde los nombres que tienen ni que sean tradicionales los hace algo petulantes, como si fueran mejor que otros, aunque me parece que solo son unos cuantos.
Nos sentamos en una banca y ella volteó su cara hacia mí esperando la respuesta.
Volteé a ver a todos lados como confirmando que nadie nos escuchara. Cosa que es imposible porque la plaza no estaba exactamente vacía.
—Félix tiene razón. Hacemos rituales y sacrificios animales y con ello mi suerte aumenta —comenté con una seriedad en mi cara. Hice la mejor poker face que conocía.
Ella se quedó en silencio, luego se hizo un poco para atrás. Levantó una ceja.
Negó con la cabeza.
—Nah, no lo haces —fue todo lo que ella respondió.
—Claro que no lo hacemos. Solo robamos ni?os y los comemos —bromeé de nuevo.
Un ni?o que pasaba por ahí alcanzó a escuchar la conversación y puso una cara de extra?ado.
—Ya dime, tonto. Solo estás asustando ni?os —me dio un empujoncito.
Levanté ambas manos, cerré los ojos.
—Si no me quieres creer es tu problema. Yo ya te dije la verdad —la volteé a ver directamente a sus ojos avellana—. Sencillamente he tenido suerte. Supongo que soy el protagonista o algo así.
Bueno, es hora de que yo haga una pregunta.
Ella se paró, se llevó las manos a la cintura y negó con el dedo.
Me levanté ignorándola. Seguimos caminando.
—?Qué odias más de la gente? —pregunté mientras me llevé la mano a la boca en se?al de ir por comida—. Aunque sea algo ligero, para no pasar hambre al rato o en el camino.
Ella asintió y nos dirigimos hacia las comidas.
—Que todos esperan que todo me salga bien, como si no tuviera derecho a fallar. Yo hago las cosas bien por mí, a mi manera y a mi gusto. Pero si fallo, que no es que quiera, aclaro, pues qué tiene. Ni modo —vi que su tono cambió. Había cerrado un pu?o. Realmente era algo que le molestaba.
—La se?orita presidenta realmente tiene vulnerabilidades, pero ahí vas, Maya. Todos los a?os a ser la presidenta estudiantil —reclamé. No me parecía coherente que se quejara y luego repitiera el proceso.
Se paró en seco. Se quedó viendo fijamente hacia las mesas de comida, sin decir ni una palabra.
Okay, no creí que fuera a afectarla tanto con ese comentario.
—Maya, lo siento, yo no quería...
Ella no dijo nada. Se limitó a tomarme del brazo y apuntar hacia una mesa. Cero discreciones de su parte.
Yo también hubiera hecho lo mismo.
Imagínate lo siguiente: Félix, un ni?o problema que llegó a la secundaria de pura suerte porque se encontró un maestro que le puso atención y cari?o. Pese a eso, su contexto no le permitió que mejorara mucho. Ese chico problemático tiene buen corazón y una voz demasiado alta para alguien que no lo necesita.
Bueno, uno pensaría que cualquiera de sus citas sería una chica igual de problemática o, mínimo, traviesa. Algo rebelde. Sin embargo, ese no fue el caso.
Ahora que lo pienso, tal vez era obvio que el primero que le ofreciera atención tendría oportunidad. Aijet no se da cuenta de que Félix no le hubiera prestado atención si no hubiera enflacado. En dos meses ya había tenido un cambio radical.
Y ahí estaban. En una mesa, juntos. En una cita.
—?Hola, chicos! ?Cómo están? —grité desde lejos para que pudieran verme.
Félix casi se ahoga y no era para menos, ya que andaba con mirada de borrego tierno cuando veía a Aijet. Por su parte, ella saludó con mucho ahínco. Claro, se había vuelto algo más social.
Yo dibujé una sonrisa y saqué mi celular para guardar para la posteridad el momento en que Félix estaba usando una pulsera con las letras "J" y "A".
—Zev, ?qué haces aquí? —preguntó Félix con una voz que intentaba sonar casual pero sonaba culpable.
—Lo mismo podría preguntar yo —se?alé la pulsera con la barbilla—. Bonito accesorio.
Félix se puso rojo y escondió la mano debajo de la mesa.
—Es que... bueno... Aijet me la regaló y...
—Es una pulsera de la amistad —interrumpió Aijet con esa inocencia característica—. Como en Naruto cuando Naruto y Sasuke tienen ese vínculo inquebrantable, ?sabes? Aunque técnicamente ellos no usan pulseras, pero el concepto es similar. Aunque si lo piensas bien, en Fairy Tail sí hay un episodio donde...
Maya me apretó el brazo.
—No los molestes. Se ven lindos —me susurró al oído.
Lindos. Okay. Si tú lo dices.
Nos sentamos en otra mesa cercana, pero lo suficientemente lejos para darles privacidad. Aunque no pude evitar observarlos de reojo.
Félix estaba nervioso. Se notaba porque no paraba de mover las piernas debajo de la mesa. Aijet hablaba animadamente, probablemente comparando su comida con algún episodio de anime.
—?Crees que funcione? —preguntó Maya de repente.
—?Qué cosa?
—Lo de Félix y Aijet.
Me lo pensé un momento.
—Honestamente, no lo sé. Félix es... Félix. Y Aijet es dulce pero vive en su mundo de anime. Pero tal vez eso es lo que necesita. Alguien que lo vea diferente.
Maya asintió, pensativa.
—A veces las personas nos sorprenden —dijo con una sonrisa peque?a—. Como tú, por ejemplo.
—?Yo?
—Sí. Pensé que esta cita sería un desastre. Que me llevarías a un arcade y ya. Pero esto... —se?aló alrededor—. El café, los libros, la competencia. Fue... diferente.
Sentí cómo se me calentaban las orejas.
—Bueno, quería impresionarte.
—Lo lograste.
—Entonces... ?habrá una segunda cita? —pregunté, intentando sonar casual.
Maya me miró con esos ojos avellana que me hacían sentir como si estuviera cayendo.
—Depende. ?Vas a seguir siendo impredecible?
—Puedo intentarlo.
—Entonces sí.
Sonreí como idiota. No pude evitarlo.
Desde la otra mesa, escuché a Félix gritar:
—?AIJET, NO! ?ESO ES MIO!
Maya y yo nos volteamos a ver y nos reímos.
Sí, definitivamente este fue un buen día.

