Gregorio, si bien era un anciano molesto que quería la destitución de Rygandal, era imposible que le hiciera da?o a Kochi. Primero, tendría que ser más rápido que un zeca, y vaya que eso sería humanamente imposible. Segundo, el da?o que Kochi recibió era físico. No hay forma de que la haya atravesado de esa manera.
Humanamente imposible. Estaba pensando en ello cuando los molestos ademanes de Félix para llamar mi atención empezaron a distraerme. Para hacerlo peor, Rygandal nos observaba y tomaba alguna nota en su libreta.
Félix empezó a gritar mi nombre. Lo vi con cara de fastidio.
—Cállate, idiota. Estoy haciendo algo que tú no sabes hacer.
—Uy, perdón. No sabía que estabas de mal humor —me volteó la cara, todo ofendido.
Maya se sentó a nuestro lado. Hace unos meses eso sería imposible. Félix dibujó una sonrisa traviesa en su cara porque sabía toda la situación y cómo Maya se había molestado conmigo.
Cosa que parece haber quedado en el olvido cuando mi padre vino a no insistir en la destitución de Rygandal.
—Tenemos una misión y ustedes me acompa?arán —dijo Maya de forma asertiva, bajando la voz.
No era pregunta. Mis opciones eran quedar mal u obedecer. Como sé que Félix prefiere estar en cualquier otro lado que no sea su casa y va a decir que sí, yo también voy a aceptar la misión. No importa qué cosa aburrida sea, lo haré por Maya.
—Iremos a la casa del se?or Gregorio a buscar pistas de lo que le hizo a Kochi, y tu papá nos ayudará a presentar la queja formal —informó Maya.
Félix asintió emocionado. Yo estaba sorprendido de la rebeldía que no conocía de Maya, pero me agradaba el plan.
—Bien, entonces iremos primero a hablar con Ezequiel.
Me levanté, poniendo mi pie en la banca y apuntando hacia el horizonte como si fuera el protagonista de un anime.
Maya y Félix me vieron algo desilusionados.
—Sí, no es mala idea —Maya cedió—. Deberíamos hablar con él, con Kochi y, claro, con el director. Algo debe saber.
—Empecemos con el sonso de Ezequiel mientras podamos —sugirió Félix—. Luego entramos tarde y hablamos con Kochi. Si nos cuestiona, le decimos que vamos con el director y no creo que haga nada en sus condiciones.
Maya y yo nos volteamos a ver, sorprendidos porque no es un mal plan el que sugirió Félix.
—Detectives, adelante. Vamos con Ezequiel —dije de manera asertiva.
Maya dibujó una sonrisa y Félix se levantó y me abrazó. Era su forma de decir que estaba de acuerdo con mi emoción.
Así que fuimos con Ezequiel.
—?Qué hacías afuera, maldito? —preguntó Félix de manera algo agresiva.
—No lo sé —comentó Ezequiel.
—?Cómo que no sabes, Ezequiel? —Una cosa es que no quiera decir algo y otra que no sepa qué hacía afuera.
—Vamos a concentrarnos. Preguntemos directamente —dijo Maya suspirando.
—?Qué existía el 7 de julio de 1998? —le pregunté yo.
—Ni siquiera había nacido —gritó de manera nerviosa.
—Ah, sí. Creo que ninguno de nosotros.
Creí que solo haría que dijera la verdad sobre lo que vio. Claramente no funcionó.
Maya nos dio un codazo a ambos. Nos rega?ó, nos dijo que nos concentráramos y ella tomó la batuta.
—Ezequiel, exactamente, ?qué fue lo que viste? —Maya preguntó directamente.
—Verán, yo venía del otro edificio... —dudó en dar más detalles, se puso nervioso—. Vi cómo Kochi bajó a hablar con el viejo de Gregorio.
Guardó silencio un momento.
—Yo creo que tiene un crush en el otro salón —dije, aunque no tuviera importancia.
—A ver, vamos a concentrarnos en lo importante —Maya cambió la plática de nuevo hacia lo de Kochi—. Sigue, Ezequiel.
—No sé qué fue exactamente lo que vi, pero una sombra grande cubrió a Kochi. De hecho, ni siquiera vi lo que sucedió. Luego desapareció y Kochi estaba en el suelo.
—?Algo más? —pregunté.
Ezequiel entonces sacó una pluma. Era una pluma de color negro. Nada raro. Seguramente era de Kochi.
—Pensaba devolvérsela a Kochi. Vi que estaba lejos de ella y fue la única pluma que no tenía sangre.
La vi por un momento y algo me llamó la atención sobre ella.
—Ezequiel, es importante que me prestes esta pluma. Si es importante para ti, te la devuelvo luego.
Estuvo algo negado, pero al final me la dio.
Nos íbamos a ir con el testimonio de Ezequiel, pero Maya no se movió. Nos volteamos a ver cuál fue el motivo. Hasta que ella soltó lo más al azar de todo lo que pudo decir hoy. No esperaba eso.
—?Te gusta Kochi?
Ezequiel se puso tan rojo que un volcán se hubiera visto de color pálido ante su expresión.
Entre Félix y yo lo se?alamos sorprendidos. él inició a mover sus manos en negación como si hubiera sido descubierto de un crimen.
—?Eres furro! —gritamos al mismo tiempo.
Maya evitó reírse ante el comentario. La mejor defensa de Ezequiel fue quejarse y decir que lo dejáramos en paz.
Sonó el timbre del receso, así que decidimos irnos a esconder para luego hablar con Kochi directamente.
Tan pronto vimos que todos estaban en su salón, fuimos al patio central a hablar con la zeca.
Ella levantó su ala tan pronto nos vio. Sus ojos se llenaron de dolor. Su postura, siempre tan digna, se jorobó un poco.
—Chicos, necesito que regresen a su aula —dijo con desánimo.
—Sí, Kochi, solo que queríamos saber qué sucedió. ?Quién te atacó? Realmente, ?dirías que fue Gregorio? —Maya se dirigió a ella directamente.
Kochi cerró los ojos y de nuevo usó esa posición de debilidad. Luego sacudió su cabeza.
—Yo no diría que fue él. Más bien, creo que él funcionó como distracción. Tal vez está coludido con algo o alguien —concluyó Kochi con la poca información que podía tener—. Miren, yo le reclamé al se?or Gregorio su entrada sin autorización. Cuando le quité la vista, sentí una presencia atrás de mí. No vi nada, solo sentí unas garras que, definitivamente, diría que son zecas atravesarme.
—Aunque no hay otro ser registrado, ?dirías que hay uno en Monte Armonía? —le cuestioné.
—No podría asegurarlo. Hay algo que no me cuadra, pero diría que es un zeca porque su ataque fue directo a mis alas. Sabía lo que hacía —aseguró.
—Gracias, Kochi. Tenemos los tres una cita con el director, así que no nos dirigiremos a nuestra aula todavía —Maya le informó.
Como Maya lo dijo y ella es una alumna estrella, Kochi solo alzó la ceja ante el comentario, pero nos dejó ir.
Nos dirigimos directamente con el director. Maya iba enfrente de nosotros y parecíamos guardaespaldas de ella.
—Tenemos información contradictoria —soltó en el aire.
—Ezequiel aseguró que Gregorio estuvo ahí y también Kochi, además de la criatura gigante —le respondí a Maya.
Entonces ella dio la vuelta. Cambiamos de rumbo e íbamos hacia la salida.
—Si estuvo aquí, el se?or Hilario tuvo que verlo salir. Vamos a preguntarle —Maya nos comentó.
—?Estamos suponiendo que ya se fue? —preguntó Félix.
—No necesariamente, pero con eso sabremos si está aquí y lo buscaremos —sugirió Maya.
Verán, don Hilario es la definición de "no saber hacer nada en su vida adulta" o, mejor dicho, "no querer hacer nada". Seguramente su lema de vida es "si tengo que hacer el mínimo esfuerzo, no lo vale".
Es más, una vez amarramos un billete de quinientos a un hilo. La apuesta era si Hilario se levantaría a tomarlo.
Bueno, tomó un tubo que estaba cerca. Como el tubo no llegó, olvidó lo del billete.
La otra vez corrió el rumor de que un celular nuevo voló frente a él. Sí, voló —ya no nos sorprenden ese tipo de cosas—. Solo estiró los brazos y, como no lo logró, se rindió.
Creemos firmemente que Rygandal, pese a todos sus modales y formas, le hizo la broma a este Hilario.
—?Eh, Hilario! —gritó Félix con emoción.
—Su pu... —murmuró a lo bajo—. Ches huercos, ?qué quieren? —dijo con toda la fortaleza que necesitábamos.
—Hola, se?or Hilario. ?Nos puede ayudar con algo? —Maya habló en un tono muy dulce.
Incluso yo me extra?é. Hubiera jurado que no era ella.
—Maya, dulce ni?a, ?qué haces con estos delincuentes? —exclamó Hilario.
Mira este pusilánime, diciéndome delincuente. Seré muchas cosas, pero no un delincuente como Félix. Okay, Félix tampoco es. Sí ha hecho actos delictivos menores en varias ocasiones, pero eso no lo hace un delincuente.
—Es que nos mandaron a preguntar algo, se?or Hilario. ?Ya salió el se?or Gregorio? —preguntó Maya con ese tono dulce falso que no le conocía.
—Ahora que lo mencionas, no he visto a la momia esa salir de aquí —se rio él solo mientras se ponía las manos en su panzota—. No vaya a morirse aquí el se?or. Chicos, será mejor que le digan al director que no ha salido el decrepito ese.
Maya solo asintió y nos retiramos rumbo al director.
Ahora sabíamos que Gregorio no había salido. Hilario casi no se mueve y, de ir al ba?o, seguramente lo hubiera visto salir o acercarse a la puerta.
Eso quiere decir que Gregorio estaba aquí y tal vez podía darnos más información sobre lo que sucedió.
Entramos a la oficina del director. Ahí estaba Marisol, nuestra querida y eficiente secretaria. Gracias a Dios no era la única secretaria disponible, pero era la que atendía los asuntos del director y la que dejaba pasar a las visitas. Por suerte era igual de desinteresada que el profe Julio.
—?A dónde van, ni?os? —dijo con un tono amigable sin dejar el celular. Estaba viendo una serie—. ?Vienen con cita?
Unauthorized use: this story is on Amazon without permission from the author. Report any sightings.
Maya lo confirmó con una sonrisa. Qué bonita sonrisa. Marisol solo hizo una se?a de que pasemos.
Cuando entramos, el director se sobresaltó de una manera épica. Golpeó el teclado y movió el mouse erráticamente hasta haber cerrado lo que sea que estaba viendo. Tardó al menos medio minuto para recomponerse.
—Bueno, chicos, no saben que deben anunciarse. Que sea la última vez que entran así. Me sorprende de usted, Maya —nos reclamó enojado.
—Director, obviamente pedimos permiso. Marisol nos dio entrada —le comentó Maya.
La cara del director cambió de nervios a enojo. Levantó los brazos molesto diciendo que Marisol no servía para nada.
Bueno, tal vez tiene razón. ?Pero por qué la tienen aquí?
Al final le comentamos lo que había sucedido. Increíblemente, el director no estaba ni enterado de lo que le había pasado a Kochi. Seguramente fue porque estaba sumamente ocupado gestionando algo importante para la escuela.
Como ver series en YouTube o en otro lugar peor.
—Miren, ni?os, yo creo que lo mejor es que no se involucren. Estudien y vivan su vida de adolescente. El maestro Rygandal y Kochi no sufrirán peligro mientras ellos no representen peligro. He visto cómo se preocupan por ustedes. Eso hay que valorarlo —nos explicó con una amplia sonrisa.
Y con ese comentario recordé por qué nuestro director, el buen Chuy, como lo conocían todos, era director. Al final era una buena persona que valoraba a los demás.
—Director, ?usted cree que Gregorio haya hecho algo contra Kochi?
Se lo pensó un momento antes de hablar y responder. Incluso soltó un suspiro.
—No directamente, no.
El director había colocado las cámaras y nos invitó a ver.
En ellas se veía claramente al se?or Gregorio hablando con Kochi. Era obvio que su postura era de molestia. No lo estaba ocultando. No se veían agresivos ninguno de los dos.
Repentinamente, Gregorio desaparece de la escena y algo negro en forma humanoide aparece detrás de Kochi y la ataca. Luego esa cosa desaparece, pero no vuelve a aparecer en ninguna cámara e igualmente, Gregorio tampoco.
—No sé qué fue eso, pero definitivamente me encargaré, ni?os. Desde que este mundo cambió, no podemos suponer nada ni dar por sentado las cosas —nos aseguró.
—Gracias, se?or director. Una última cosa. Quisiéramos saber si el se?or Gregorio está bien después de clase. ?Sabe su dirección? —Maya preguntó con seriedad, aunque de manera inocente.
El director estaba dudoso. Nos vio con una mirada incriminatoria, cruzó los brazos y dio un gran suspiro.
Al final cedió la dirección.
Salimos de dirección. Lo mejor es que ya habíamos perdido un periodo de clase, así que este día va genial.
—Bueno, chicos, ?qué van a hacer esta tarde? —había una emoción oculta en la voz de Maya.
—Yo voy a jugar la actualización de Flimon Chef Space y tal vez, solo tal vez, descargue el juego móvil porque tiene conectividad con la nueva actualización...
Empecé a divagar sobre los detalles.
—No estás para saberlo ni yo para contarlo, pero iba a salir con Aijet —Félix soltó esa bomba como si nada.
Maya se quedó en silencio un rato, observándonos con incredulidad.
—Qué bueno que todos estamos de acuerdo en buscar pistas en la casa del se?or Gregorio —Maya dibujó una sonrisa falsa en su rostro.
Genial. Perfecto.
Ahí estábamos, frente a la casa de Gregorio. Era una casa bonita, bien cuidada y mantenida a través del tiempo. Antes de llegar, fuimos por unas hamburguesas. Resulta que el se?or Gregorio vivía a minutos de donde fue el secuestro de mi hermano.
Qué conveniente.
—?Y vamos a tocar o qué? —pregunté.
No habría forma de entrar. Al menos no lo creo posible.
—Tendrá su dificultad, pero puedo abrir la puerta. Solo necesito tiempo —nos comentó Félix, que parecía emocionado de hacerlo.
—Tenemos tiempo. Su camioneta no está. La pregunta es cuándo llegará, así que a moverse, Félix —Maya le dio un peque?o empujoncito para que aceptara ir a hacerlo.
No se hizo del rogar. Sacó varias pinzas y se acercó a la fachada y luego a la puerta para intentar abrir el picaporte. Sí le tomó su tiempo, pero increíblemente lo logró.
Abrimos con miedo. La puerta ni rechinó. Quitenle el ambiente tétrico necesario de cualquier misión de espionaje.
Entramos a la casa que, aunque moderna, tenía un toque antiguo que no podía definir.
?Dónde empezar a buscar?
—Iré a su cuarto. Seguramente tendrá alguna pista ahí. Félix, tú vigila afuera y Zev revisa si hay alguna pista aquí abajo —ordenó Maya.
Ella subió rápidamente y Félix salió.
Bueno, aquí no hay mucho que...
Félix regresó tan pronto salió de nuevo.
—Aprovecha, campeón. Tú que puedes, dale un besito o algo —dijo Félix con una sonrisa y con una voz demasiado alta en el silencio de esta casa,
Tan pronto entro se salió a hacer vigía.
Bueno, veamos. Puerta misteriosa, veamos qué hay detrás de ti.
El espacio era peque?o y funcionaba como una bodega cualquiera. No se veía que hubieran sido cosas acumuladas con el tiempo. De hecho, todo era de pesca. Gusanos para pescar y un criadero de ellos. Aparentemente, el se?or Gregorio era tan aficionado a la pesca que hacía sus propios gusanos.
Qué asco.
Como obviamente no había nada ahí, pasé a la sala que estaba sumamente cómoda. Los sillones se veían de alta calidad. Era un lugar precioso. Había fotos de Gregorio con varia gente, pero no diría que son sus familiares. No creo que tenga familia.
No queda de otra más que ir a la cocina.
Bueno, veamos qué hay en el refrigerador.
Qué extra?o. Vacío. Había carne y pescado, algunos jugos, leche, mantequilla y ya. Afuera del refri, unos cuantos frutos.
No sé si sea una gran idea, pero tomaré el cuchillo por si acaso.
De repente, Félix volvió a entrar.
—Zev, estoy casi seguro de que vi pasar al se?or Gregorio en su camioneta. Tal vez tengamos poco tiempo —lo dijo gritando para que lo escuchara Maya y los vecinos, supongo.
—Maya, ?encontraste algo? —le grité desde lejos.
Por unos segundos no hubo respuesta.
Luego Maya bajó con unos documentos.
—No estoy segura de cómo interpretar esto, Zev. Mira.
Maya me mostró un legajo con varia información. Venía en un idioma que no conocíamos. De hecho, las notas estaban hechas a mano.
Todo era extra?o. Había fotos de personas de diferentes edades y géneros, hasta que una me llamó la atención.
—Yo conozco a este enano —le mostré la foto de Grith a Maya.
—No creo que sea coincidencia, Zev, que el secuestro haya sido tan cerca de aquí. Definitivamente debe haber algo que lo incrimine.
Procedí a tomarle una foto a las notas en el idioma extra?o con tinta, casi escrita de manera medieval... como si se hubiera usado una pluma... una pluma de pájaro.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por un ruido en el techo.
—Voy a seguir buscando, Zev. Ese ruido pudo ser una clase de alarma —Maya se apresuró en volver arriba.
—Alto. ?Y si es el se?or Gregorio? —comenté preocupado.
Maya negó con la cabeza. Su lógica era que un se?or de la edad de Gregorio no podría entrar por el techo ni subir por él.
—Termina aquí, Zev, y si no encuentras nada, subes —me ordenó Maya.
De hecho, no había nada que buscar. Solo faltaría el ba?o y el patio. Espero que esté abierto.
Moví una puerta de vidrio que me dio acceso hacia el patio. Había unos cuantos recuadros aquí afuera que decoraban las paredes, un asador de carne y en el suelo una pluma negra.
Una pluma negra demasiado grande. No era como la de los cuervos o zopilotes. Era muy parecida a la pluma que yo tengo en mi bolsillo. Igual de grande que la de un zeca.
Volteé hacia arriba y vi que la ventana estaba abierta y había más plumas negras ahí.
Rápidamente subí hacia el cuarto donde estaba Maya. Me detuve en seco con lo que vi.
Un zeca gigante ocupaba casi todo el cuarto.
Tenía que medir al menos dos metros y medio, tal vez más. Su cuerpo era una pesadilla: extremidades larguísimas que se doblaban en ángulos que no deberían ser posibles, como si sus huesos estuvieran rotos pero siguieran funcionando. El tronco era delgado, casi esquelético, pero los músculos se marcaban bajo las plumas oscuras.
Las plumas de su cabeza eran de un azul descolorido, casi gris, y se erizaban hacia atrás formando algo parecido a una melena de león, pero enferma, marchita. Su pico no era uniforme. Parecía que alguien lo hubiera roto y soldado mal, terminando en una punta irregular con forma de rayo.
Y tenía sangre en sus garras. La sangre de Maya.
La estaba cargando con una mano, como si fuera un pescado en el mercado. El cuerpo de Maya colgaba inerte, su cabeza hacia un lado. Podía ver un hilo de sangre corriendo por su brazo.
—Maya... —mi voz salió apenas como un susurro.
La criatura giró su cabeza hacia mí.
El movimiento fue mecánico, antinatural. Su cuello rotó casi 180 grados sin que su cuerpo se moviera, como un búho. Sus ojos eran amarillos, con pupilas negras verticales que se contrajeron al verme.
Me heló la sangre. Literalmente sentí cómo el frío me bajaba por la columna, me apretaba el pecho, me hacía más difícil respirar.
Abrió el pico. Un hedor a carne podrida y pescado viejo me golpeó desde la distancia.
Y entonces aventó a Maya.
La lanzó como si fuera basura. Maya voló por el aire y se estrelló contra la pared con un ruido sordo, horrible. Su cuerpo rebotó y cayó sobre la cama, sin moverse.
La criatura empezó a caminar hacia mí. Sus garras hacían un ruido de click contra el piso de madera. Se agachó para pasar por el marco de la puerta, usando sus dos manos horribles para sostenerse. Las garras eran largas, curvas, amarillentas. Parecían capaces de atravesar concreto.
Yo retrocedí hacia las escaleras, tropezándome con mis propios pies.
La criatura asomó su cabeza por el marco de la puerta, ladeándola como hacen los buitres en el desierto al saber que alguien va morir. Las plumas de su cuello se erizaron. Podía ver cada detalle: las plumas rotas, las cicatrices en su piel grisácea, los parásitos que se movían entre las plumas.
—Malditos ni?os —su voz era rasposa, como si tuviera la garganta llena de vidrio—. No deben meterse en lo que no les importa.
Salió completamente del cuarto. En el pasillo se veía aún más grande, más imposible. Tuvo que agacharse para no golpear el techo.
—Ahora te voy a matar.
Bajé las escaleras corriendo, resbalándome en el tercer escalón, agarrándome del barandal para no caer de cara. Detrás de mí podía escuchar el clic-clic-clic de sus garras bajando más rápido.
Llegué a la sala. Mi mano todavía sostenía el cuchillo de cocina que había tomado antes. Lo apreté con fuerza.
Piensa, Zev. Piensa.
Pero mi cerebro solo gritaba: ?CORRE! ?CORRE! ?CORRE!
La criatura llegó al final de las escaleras. Se detuvo ahí, observándome. Sus ojos amarillos brillaban con algo que podría haber sido diversión.
—?Vas a correr, ni?o? —preguntó, y su pico se abrió en algo parecido a una sonrisa—. Me gusta cuando corren. La carne sabe mejor cuando está llena de adrenalina.
Y entonces saltó. No bajó las últimas escaleras. Saltó.
Su cuerpo voló por el aire, las alas medio extendidas, las garras apuntando directo hacia mí.
El tiempo se volvió extra?o. Podía ver cada detalle: las plumas moviendose con el aire, la saliva goteando de su pico, el brillo en sus garras.
No puedo morir aquí. Esta cosa intentó secuestrar a Grith, esta cosa lastimó a Maya.
Mi brazo se movió por instinto. Lancé el cuchillo.
No fue un tiro heroico de película. No apunté a nada específico. Solo lo lancé con toda la fuerza que tenía y cerré los ojos.
Escuché un graznido horrible y eso me hizo abrir los ojos.
El cuchillo estaba clavado en su pecho, justo arriba de las costillas. La criatura había aterrizado a medio metro de mí, pero se había detenido. Miraba el cuchillo como si no pudiera creer lo que veía.
Luego me miró a mí.
—Peque?o... insecto...
Levantó una garra y arrancó el cuchillo de su cuerpo como si fuera una espina. Lo sostuvo frente a sus ojos. Sangre negra, espesa como petróleo, goteaba de la hoja.
—No debieron venir —repitió, pero ahora su voz sonaba diferente, era enojo con hambre—. No. Pero ya que lo hicieron...
Tiró el cuchillo al suelo con un clang metálico.
—...aprovecharé para comer algo más sustancioso.
Abrió el pico de par en par. Sus dientes eran amarillentos, desiguales, algunos rotos. Podía ver hasta el fondo de su garganta, oscura y palpitante.
Acercó su mano hacia mí. Despacio. Tan despacio que era peor que si me hubiera atacado de golpe. Sus garras se extendían, los dedos se curvaban. Podía oler su aliento: muerte, pescado podrido, algo ácido que me hizo lagrimear los ojos.
Estaba paralizado. Mis piernas no respondían. Mi cerebro seguía gritando ?CORRE! pero mi cuerpo estaba congelado.
La garra estaba a centímetros de mi cara cuando—
?CRASH!
La puerta principal explotó hacia adentro.
Pedazos de madera volaron por todos lados. La criatura volteó su cabeza con ese movimiento mecánico de búho.
Ahí, en el marco de la puerta destrozada, con polvo de madera flotando a su alrededor como si fuera humo, estaba Rygandal.
Su rostro, normalmente tan sereno, estaba tenso. Sus ojos brillaban con una luz verde que nunca le había visto.
—Ayaho... ?Gregorio? —su voz era fría, controlada, pero había reconocimiento de algo.
La criatura se irguió a su altura completa, sus plumas se erizaron como las de un gato enojado.
—Elfo —escupió la palabra como si fuera un insulto—. Mi nombre es Ayaho. No te equivoques.
—?Ayaho? El antiguo líder zeca, sin duda.
—Tan perspicaz como siempre, elfo. Veo que a pesar de los a?os me reconociste. Dime, ?el maldito de Kassari sigue vivo? —preguntó aquel zeca deforme.
—Sí, ha hecho un gran trabajo uniendo a los zecas. Han sido veinte a?os productivos para su tribu —dijo de manera serena sin perder el porte de autoridad.
Ayaho inició a reír como demente. Se llevó una de sus garras y alas a la cabeza.
—?Veinte a?os? Tu longevidad hace que no estés pensando con claridad. Han pasado sesenta a?os desde que Kassari me expulsó y terminé en este mundo —subió el tono de su voz en clara molestia.
Esas palabras hicieron que mi maestro levantara una ceja.
—Ya veo —dijo el viejo zeca mientras se tocaba el pico con una de sus garras—. Para ti solo pasaron veinte a?os, aunque en este mundo yo llevo sesenta.
Era algo inusual ver a Rygandal confundido, pero en su mirada veía que le creía a esa criatura que llamó Ayaho.
Sin previo aviso, la criatura volvió a hacer un grito. Se balanceó hacia Rygandal, pero este, en un despliegue de magia que nunca le había visto, hizo que varios elementos de la casa salieran golpeando con fuerza a Ayaho.
Varios cachivaches, incluidos cubiertos, adornos, rocas, vidrios y asfalto que entraron desde la puerta y ventanas, se unieron en una amalgama redonda que Rygandal lanzó con una fuerza que impactó al ave gigante, lanzándolo hacia atrás, haciendo que este rompiera el vidrio de la puerta que daba hacia el patio.
La criatura, claramente aturdida, se levantó algo desorientada. Emprendió un vuelo caótico, huyendo lo más rápido que le permitió el cuerpo.
—Maestro Rygandal, me alegro de verlo. Llegó justo a tiempo, como en los animes —le dije todavía con el corazón acelerado.
—Me alegro de verlo a salvo en esta ocasión —cerró los ojos un momento—. Voy a aceptar la destitución que iniciaron en contra mía a base del accidente.
—?Qué? No, maestro, ?por qué? —le reclamé.
—Entendí al observarte a ti y tus compa?eros junto a otros maestros buenos de la escuela que lo que los hace fuerte son los vínculos que los une. Los elfos no tenemos eso —mencionó con algo de tristeza—. Como vivimos tanto, nuestro afecto se demuestra al compartir conocimiento, pero los vínculos no es algo que nuestra tribu valore.
—Lo siento, maestro. No fue mi intención. En su momento me sentí traicionado porque estábamos en peligro en aquella prueba. ?Pero sabe de dónde vino esa traición? —le pregunté.
Aunque, al parecer, la sabiduría élfica no le daba para comprender la pregunta. Sonreí sintiéndome más listo por un momento.
—Desde que inició con las pruebas, justamente hice más vínculos. Con Félix, con Maya, Aijet, Alma, Akenev, entre otros compa?eros que antes no les hablaba —lo vi directamente a los ojos. Todavía no comprendía—. Pero también hicimos un vínculo con usted. Por eso me sentí así, maestro. Así que no, no puede irse. No va a arruinar nuestro vínculo.
El elfo vio al horizonte.
—Siendo así, consideraré seguir siendo su docente —asintió viéndome ahora sí con una sonrisa—. Por cierto, joven Reyes, usted, la se?orita Castillo y el joven Félix han pasado la cuarta prueba de la Fortaleza porque demostraron esa virtud tanto físicamente, emocional e intelectualmente con esta aventura.
Ah, eso me recordó que había que ir por Maya. Le expliqué la situación a Rygandal. Sin perder tiempo, fuimos por Maya. El maestro, antes de entrar, le indicó a Félix que se retirara.
Arriba, en el cuarto, Maya estaba relativamente bien. Sí tenía los brazos rojos de donde se los apretó... ?Gregorio? ?Ayaho? Quien sea esa criatura no lastimó tanto a la pobre Maya.
Rygandal usó un poco de su magia para curar a su alumna y esta empezó a recuperar el conocimiento.
Espero que no se me haya notado mucho porque sonreí como idiota cuando Maya despertó.

