Mi padre estaba furioso, confundido y extra?ado. No sabía si creerme o no. La situación, si bien en los últimos días no estaba fuera de lugar, hacía que papá supiera que debía tener mucho cuidado antes de proceder con una queja formal.
Es que él es servidor público y trabaja en las oficinas de la burocracia. Nuestro gobierno quiere darles la bienvenida a estas criaturas para aprovechar su fuerza y situarnos como una potencia mayor entre las naciones. La situación era delicada.
Quedaría como un padre protector o como el imbécil que quería que despidieran al maestro. Los grupos progresistas estarían contentos con motivar un linchamiento. Ellos luchan por motivos que yo no conozco y no entiendo.
Lo que sí entiendo es que mis padres me interrogaron varias horas. Ok, minutos, pero se sintieron como horas. Al final, la conclusión fue que Rygandal es muy peligroso.
—?Todo eso estaba sucediendo y no dijiste nada? —gritó eufórica mi padre. Quiero pensar más que enojada, estaba preocupada. Sus manos temblaban mientras me se?alaba.
—Tienes que entender al ni?o. Ese sujeto era la autoridad —intentó calmarlo mi madre, aunque sus dedos golpeando la mesa no ayudaban a tranquilizar a nadie. Tap, tap, tap.
—Es cierto —se sentó mi padre, relajándose y soltando la panza, haciéndolo ver más gordo de lo que debería—. Sencillamente pondré una demanda. Sé el protocolo y aunque no he ejercido en un buen tiempo, puedo proceder con la demanda. Ma?ana iré con el director.
—Te pido de manera encarecida que no te vayas a desquitar con el director —solicitó mi madre, tocándole el hombro.
Mi padre levantó una ceja extra?ada. Le dio un trago a su vaso de refresco y miró a mi madre confundido.
—La vez pasada dijiste que era un inútil —inquirió mi papá.
—Y mi papá la vez pasada dijo que el director era un pendejo —se rio Grith desde la sala.
—Se me salió del corral, perdón. Ya me lo llevo —Stay lo inició a empujar como si realmente llevara un animal, con las manos en su espalda.
—?Algo que no nos hayas contado, que necesitábamos saber? —preguntó con más calma papá, mirándome directo a los ojos.
—No, creo que no —aseguré con mirada perdida hacia la ventana.
—Bien, entonces hagamos un huevito —sonrió mamá mientras todos nos retiramos a nuestra habitación.
Al subir, ahí estaban muy tranquilitos Stay y Grith. Sentados en sus camas como angelitos. Como la vida no es justa, decidí hacer un movimiento dramático y transformarme en un monstruo.
Hacía sonidos de motor mientras movía las manos de forma lánguida como si fueran unas extra?as cuerdas. Me encorvé y me acerqué hacia ellos dando pasos rápidos pero pegados al piso, arrastrando los pies.
A cada uno le pegué en la cabeza. Paf, paf.
Su iniciativa fue quejarse y lanzarme cosas. Almohadas, peluches, un calcetín que olía sospechoso. Inició una batalla campal.
—?Que no dejen descansar, maldita sea! ?Cálmense! —dijo un grito "amoroso" del otro cuarto de la habitación.
Nos calmamos porque no queríamos tentar nuestra suerte. Aunque les di un zape más y ellos me patearon de nuevo en las espinillas.
La ma?ana siguiente inició de una manera que no fue del todo agradable para mí. Estaba en el lugar menos favorito para estar de un adolescente en la escuela: la oficina del director. Junto a mi padre y maestro. Nada más faltaba Maya en la situación.
Maldita sea, acaba de entrar.
La oficina del director tenía ese olor particular a café viejo y carpetas polvorientas. Había diplomas colgados en las paredes, una planta que se veía medio muerta en la esquina, y ese escritorio enorme de madera oscura que hace que te sientas peque?o.
—Sé que esto es inusual, se?or director, pero tengo una minuta con varias firmas donde no queremos que se dé de baja al maestro Rygandal, ya que consideramos que... —Maya inició a dar sus explicaciones, sacando una carpeta naranja con hojas organizadas por pesta?as.
Muy bien. Nada más falta que entre el viejito loco que quería...
Maldita sea, acaba de entrar, debe ser una broma. Deja de pensar cosas, Zev. Las estas volviendo realidad.
—Solicito estar en este espacio, sin alumnos influenciados por ese elfo. Estas mentes jóvenes, aunque precisas, son demasiado influenciables —comentó con ademanes aquel anciano, agitando las manos como predicador.
—Se?or Gregorio, no es momento. Además, ?quién lo dejó pasar? ?Qué chingados está haciendo Marisol? —se levantó a observar a la secretaria que estaba viendo un video en TikTok, con audífonos puestos, completamente ajena a todo.
Maya ni se inmutó. Siguió ahí parada, con su carpeta naranja contra el pecho. Fue solamente cuando el director y Rygandal le dieron una se?al discreta que se fue. Bueno, "discreta" solamente Rygandal. El director movió la mano como si estuviera secándose solamente una de ellas, con cara de desesperación.
—Entonces, como le decía, dadas las últimas circunstancias y las situaciones inusuales, además de peligrosas que han acontecido, pedimos de la manera más atenta —respiró profundo— sin da?ar los derechos otorgados por la humanidad a este ser, su baja inmediata como docente de esta institución —lo dijo con una mirada dura el viejo Gregorio, con los brazos cruzados.
Vaya, este se?or sí que habla demasiado formal. Lo molesto de la situación es que se le nota que quiere robar el protagonismo. Como abogado en película.
Rygandal se quedó callado, observando. En su mirada creo que noté algo que jamás había visto en él. Era algún tipo de desconfianza o molestia contra Gregorio. Espero que sea contra el viejito este y no contra mí.
Mi papá asintió. Estaba de acuerdo con este se?or metiche. Solo faltaba la postura del director. El director podrá ser muchas cosas, pero jamás ha sido una mala persona, aunque bajo presión nunca actúa bien. Así que tengo miedo de qué es lo que dirá en estos momentos.
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—Miren, sus solicitudes son escuchadas. Entiendo lo que dicen y se están tomando cartas en el asunto —el director se ajustó los lentes—. Aunque, como pudieron observar, hay estudiantes que aprecian al maestro Rygandal. Entonces al menos merece una investigación como cualquier otro docente —comentó el director, entre una mezcla de compasión y enojo.
Es como si un pitbull hablara. Intenta convencerte, pero no puedes tomártelo en serio porque sus labios se mueven de una manera extra?a junto a su cara.
—?Mientras tanto que otros alumnos estén en peligro? —mi padre puso las manos en la mesa, casi golpeándola. Su voz subió de volumen—. Le recuerdo que mi hijo casi muere por culpa de este sujeto.
La discusión siguió por unos minutos. Voces superpuestas, interrupciones, el director intentando mediar. Hasta que preguntaron cómo me sentía al respecto sobre Rygandal.
—Yo no digo que sea mala persona, pero sus extra?as metas y forma de educarnos me han puesto en peligro. En serio lo diré, no estoy exagerando. Pese a que me salvó, hubo un tiempo donde pude morir —mi voz inició a quebrarse un poco. Sentí un nudo en la garganta.
Hubo un silencio de unos segundos. Rygandal levantó la mano para proceder a hablar.
—Quisiera aclarar que jamás sería mi intención no ver por el bienestar de cualquier raza. Mis pruebas están hechas para sacar el potencial de cualquier ser vivo —me miró al decirme eso. Directo a los ojos. Sin parpadear.
Se tomó unos segundos para proceder a hablar de nuevo.
—Si quieren mi destitución, yo no me voy a oponer. Sin embargo, debo ser puntual y necesito que entiendan todos esto, incluido usted, joven Zev —otra pausa dramática—. La criatura que lo atacó la otra vez y en el baile escolar no fue atraída por ninguna prueba. Esas fueron intencionalmente llevadas hacia donde hicimos la prueba, colocándolo en peligro.
Todos volteamos a verlo. Entendíamos qué era lo que decía, pero era algo difícil de creer.
—Puedo retirarme, se?or director, de mi puesto si usted quiere. Igual usted, se?or Reyes, y venerable Gregorio —Rygandal se puso de pie—. Pero eso no resolvería el problema de tajo, que alguien trajo esas criaturas y puso en peligro a los estudiantes —miró al director con unos ojos penetrantes, casi brillantes.
—Tonterías y calumnias para salvarse el pellejo —comentó de manera venenosa el se?or Gregorio, golpeando su bastón contra el piso.
Aquí fue cuando sucedió algo extra?o. Vi un haz de luz saliendo de Rygandal, algo imperceptible de color morado, muy leve y juro que vi lo mismo del se?or Gregorio. Esa luz la he visto cuando usa magia, aunque tal vez ahorita me lo estoy imaginando. Flotaba en el aire como polvo brillante.
Mi padre siguió discutiendo con el director hasta que éste tomó valentía y pidió silencio, golpeando su escritorio con la palma.
—Considerando que el único que podría ayudarnos en caso de que una criatura extra?a apareciera es el maestro Rygandal, se va a quedar hasta que las autoridades concluyan qué pasó con la situación. Sin embargo, debo agregar que nada de pruebas fuera de los protocolos escolares, maestro —lo dijo se?alándolo con el dedo.
Rygandal asintió, pero es la primera vez que noté una tensión en su cuerpo. Sus hombros estaban rígidos. No estaba de acuerdo con la decisión final.
Y los que no estarían de acuerdo tampoco serían mis compa?eros.
Todos procedimos a salir de la dirección. Mi padre insistió en un cambio de salón, pero yo no quería estar lejos de mis amigos.
?Amigos? ?Félix era mi amigo? ?Desde cuándo?
Ah, desde que entró Rygandal. Bueno, si le agradezco eso, pero no voy a superar que un mono zombie casi me mata y me devora.
Cuando llegamos al salón, Rygandal declaró que las últimas tres pruebas quedarían en suspenso e incluso hasta canceladas.
Como Maya es competitiva, ella obviamente estaba molesta. Se cruzó de brazos y no me habló en toda la clase. Además de que algunos compa?eros estaban claramente molestos conmigo porque sienten que estoy yo contra el maestro. Murmullos, miradas de reojo, ese tipo de ambiente.
No puedo decir que tuve un día normal. Félix, junto a Santiago y óscar, me molestaron todo el día. Empujones accidentales en el pasillo, mis cosas misteriosamente cayéndose de mi escritorio, y aplicaron el típico te vemos en el recreo.
Vaya, ahora resulta que están molestos y van a defender a un maestro. Lo que hay que ver en esta vida. El zoquete de Félix ni siquiera ponía atención antes de que llegara Rygandal.
Sonó el timbre y decidí comer solo. Sé que hoy no será un buen día para estar acompa?ado. Y justo cuando estaba afuera en el patio, cerca de las canchas de básquet, sentí un empujón. Era el imbécil de Félix.
—Bien, Zev. Esto es sencillo. Si no dejas de chillar, te vamos a dar unos chingazos —Félix gritó, agarrándome del cuello de la camisa.
—No, espérate, Félix. No habíamos quedado en eso —dijo óscar preocupado, moviéndose de manera nerviosa, mirando a todos lados.
Santiago cambió también su cara a preocupación. Aparentemente ellos no querían golpear a nadie.
—Es que no va a entender si no le damos sus golpecitos —Félix me tomó del cuello de la camisa con más fuerza, levantándome casi de puntitas.
Maldita sea, los convenció. Bien. ?Qué hacer en esta situación y entorno?
El más lento es Santiago. Si voy por su lado, llegaré justo al laboratorio. La zona está prohibida para entrar, así que ahí debería haber un maestro haciendo guardia que pare toda esta situación.
Félix y óscar se acercaron a mí. Efectivamente, como predije, Santiago iba unos pasos atrás, así que corrí hacia su lado y escapé justo cuando intentó agarrarme. Como era el más corpulento, les estorbó un poco a Félix y óscar. Gané valiosos segundos.
Corrí y genial, pasé justo al lado de Maya.
—No, eres un ni?o. No deberías estar corriendo por la escuela. Es una falta... —lo dijo mientras hacía una se?al de alto con la mano.
La ignoré. Luego solo escuché cómo Félix le decía: Cállate, Maya.
Ahí está el maestro Julio. Seguramente los va a detener.
—No puedes entrar ahí, Zev. Es peligroso... —lo mencionó con tanta autoridad y fuerza que seguí corriendo porque me di cuenta de que nadie le iba a hacer caso.
Así que entré en el laboratorio casi destruido. Todavía olía a químicos quemados y madera chamuscada. Las mesas estaban volteadas, vidrios rotos por todos lados.
Me quité mi chaqueta de mezclilla. No solo ya estaba generándome calor, sino que serviría de distracción rápida. La coloqué para que se viera justamente una parte por la ventana rota.
Cerré la puerta con el pestillo y agarré el extintor. Siempre nos dan un curso de cómo usarlo por si algún imbécil explota algo en el laboratorio o una chica inteligente tiene que salvarte de un Yeti.
Intentaron meterse por la ventana que estaba rota. Justo cuando iban escalando, con las manos en el marco, activé el extintor, llenándolos de la espuma blanca.
Se detuvieron en seco. Ya no intentaron pasar al laboratorio. Solo se quedaron viéndome ahí, con la espuma goteando de sus caras y pelo. Hasta que se rieron.
Como esta área estaba cerrada, resonaron sus risas. Se acercaron lentamente a mí, pero no de forma depredadora, sino tranquila. El brazo de Félix se levantó para abrazarme y yo dejé que sucediera.
Al salir, recibimos una mirada de curiosidad de los estudiantes. A excepción de algunas cejas levantadas porque los demás estaban empapados, se dibujaron sonrisas en el rostro de todos. Bueno, de todos menos del maestro Julio, que nos veía con esa cara de me tienen harto.
El maestro Rygandal se acercó hacia nosotros. Nos vio un momento y levantó la mano, hizo unos ademanes y un viento suave nos rodeó por un momento. Seguido de una corriente de calor que vino de la nada. Estábamos secos al siguiente momento.
Tal vez era su forma de decir que estaba preocupado por nosotros. Pese a eso, el hecho seguía: Rygandal nos había puesto en peligro y no faltaría mucho para que los padres se dieran cuenta de ello.
Los días de Rygandal en la escuela estarían contados.
Genial. Perfecto.

