Era obvio que no quería bananas. Además, no había en esta tierra de miedo.
—No sabía que le tenías miedo a los monitos, Félix —declaró Shaki.
—No, Félix le tiene miedo al abandono —contesté yo en automático sin quitarle la vista a aquella bestia carcomida.
—?Tú cómo sabes eso? —gritó molesto.
Siempre gritando, como aquel chango que está a punto de llegar.
Mierda, ya está aquí.
Tengo bóxers de hace cuatro a?os en mejor estado que ese mono. Es más, una vez perdí un bóxer y lo encontré dos a?os después. Se veía mucho mejor.
El simio zombie golpeó el suelo con ambos pu?os. Su fuerza fue suficiente para que peque?as rocas salieran volando desde el piso de niebla solidificada. Esquirlas grises disparándose en todas direcciones como metralla.
Maya tuvo un peque?o susto, pero reaccionó al instante. Rápidamente dio una vuelta hacia atrás tomando impulso, dando un salto y pateando la cabeza de aquel mandril. El golpe fue perfecto, directo a la sien podrida.
La cabeza se desprendió del cuerpo con un sonido húmedo y asqueroso. Si lo tengo que definir diría que fue un: Splorch.
El cuerpo inició a moverse erráticamente. Corría por todos lados con los brazos extendidos como un ni?o buscando a su mamá, mientras su cabeza rodaba en el suelo de una manera extra?a, dejando un rastro de algo negro y viscoso que olía a basura de una semana.
Por alguna extra?a, idiota razón que no entiendo —y que nadie hizo nada para detener—, Félix fue hacia la cabeza de mono. La agarró con ambas manos, hizo una mueca de asco total y estuvo a punto de patearla como balón de fútbol.
A punto. Esa es la palabra clave porque el cuerpo lo alcanzó y no le quedó otra opción que correr con la cabeza todavía en sus manos.
Era un descabezado persiguiendo a otro descabezado. Como sketch de comedia de terror.
De los nervios, Félix no se dio cuenta de que el cuerpo no lo alcanzaría después de un rato. No iba en línea recta. Zigzagueaba, chocaba contra paredes invisibles, daba vueltas en círculos. Era como si estuviera ciego... supongo que lo estaba o miraba lo que veía su cabeza. Era imposible saber con esta lógica de pesadilla.
—?Este primo muerto de Donkey...!
—No digas eso, Félix. Si completas el nombre, nos van a demandar —le interrumpí.
?Qué? ?Ni una risa? No esperaba aplausos, pero al menos una o dos risitas. Nada. Audiencia difícil.
Félix entonces procedió a patear la cabeza del mono con toda su fuerza, gritando algo ininteligible. No logró nada, su tenis atravesó la cabeza como si fuera gelatina podrida y ésta se quedó incrustada en su zapato, colgando de los cordones.
—?No, no, no! ?Quítenmela! ?Quítenmela! —gritaba Félix, agitando la pierna como loco, brincando en un pie.
El cuerpo del mono lo alcanzó. A Félix le lagrimeaban los ojos, su boca hacía gestos de querer vomitar con todo y arcadas incluidas, luchaba por quitárselo, jalando y jalando con ambas manos. Seguramente eso no olía bien para nada.
Se movió para que el cuerpo tomara la cabeza. éste se la quitó del tenis con sus manos huesudas —dedos largos terminados en garras amarillentas— y se la volvió a colocar en el cuello.
Click. Como si tuviera velcro o imanes.
Carcomido, destruido y aún más enfurecido, el catador de bananas tomó sus brazos como martillo, alzándolos por encima de su cabeza, e intentó machacar a Félix.
Félix se tiró al suelo justo a tiempo, rodando torpemente.
En el piso solo quedó un cráter profundo humeante, del tama?o de una llanta.
—Alguien debería hacer algo, y ya —nos iluminó Shaki con la voz temblorosa, retrocediendo paso a paso.
—Tengo una idea. ?Por qué no le haces como mono, Shaki, y distraes a la criatura? —Maya lo dijo con un sarcasmo total, levantando una ceja.
Pese a eso, Shaki se lo tomó en serio y empezó a hacer sonidos de mono. Uh-uh-ah-ah y a rascarse como uno, bajo los brazos, el estómago. Incluso copió los movimientos erráticos de la criatura, brincando de un lado a otro, golpeándose el pecho con los pu?os.
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Fue suficiente para llamar la atención de aquel simio zombie al que se le caía la caja torácica con pedazos de costilla sueltos tintineando como maracas.
Félix se levantó rápidamente del cráter y vino hacia nuestro lado, sacudiéndose polvo negro de la ropa. Nos dio unas escobas a Maya y a mí para defendernos. Aparecieron de la nada en sus manos, materializándose como en videojuego.
—?De dónde sacaste eso? —le pregunté, tomando la escoba. Madera vieja, astillada, con telara?as.
—No lo sé. Salieron después de que el lunático me quiso hacer puré —explicó Félix, todavía temblando, con las manos sudorosas.
Maya y yo nos vimos al mismo tiempo. Ambos nos pusimos pálidos. Sentí cómo la sangre se me iba de la cara.
Esa cosa es real.
No es parte de la prueba. Es algo que se coló. Algo que no debería estar aquí.
Félix obviamente no entendía lo que sucedía. Nos veía muy confundido, moviendo la cabeza de uno a otro y Shaki no ayudaba con sus gritos de chimpancé que se volvían más histéricos.
—Para tu tontería, ni?a. Ya sabemos que eres pariente del mono —reclamó Félix.
—Le debemos dar en la cabeza, acabemos con él. La escoba debe atravesar lo que le queda de sesos —dije con una seguridad que no sentía. El palo de madera pesaba más de lo que esperaba. Solo sé que esto funcionaba en películas y videojuegos. Resident Evil, The Walking Dead, ese tipo de cosas.
Félix entonces tuvo la gran idea de aventarle la escoba en la cabeza como lanza olímpica.
No funcionó. Rebotó en el cráneo con un clonk patético.
Aunque fue suficiente para que la cosa esa se molestara. Se volteó hacia nosotros con un rugido que sonó como metal oxidado raspando concreto. Ecos resonando en la oscuridad de esta dimensión de pesadilla.
—Yo lo distraigo y tú lo matas —anuncié. Y me preparé para atacar a la criatura.
Debieron verme. Tomé una posición de ataque que si llevara un arma blanca me vería genial, como personaje de anime. Piernas separadas, escoba al frente, mirada determinada. Lo único malo es que la criatura saltó encima de mí en cero puntos cinco segundos y ahora parecía yo un bebé intentando no morir aplastado.
Su peso era imposible. Como si tuviera piedras adentro.
Ok, no quiero verme como un cobarde, pero si alguien me ayuda ya, estaría genial. Estaría más que genial de verdad.
Estaba a punto de que mi fuerza cediera, mis brazos temblaban sosteniendo la escoba entre yo y esas mandíbulas que se abrían y cerraban a centímetros de mi cara. Es increíble cómo esta cosa, para no tener vida, tiene una fuerza descomunal comparada con un ser vivo. Ya no hacen los zombies como antes: lentos, hambrientos y con poca fuerza. Estos son zombies modernos, actualizados, versión premium.
Lo último que vi fue cómo un palo de escoba le atravesaba la cara a aquel zombie desde el costado. éste se levantó dejándome en paz, tambaleándose como borracho. Sus brazos simiescos dejaron de tener movilidad y su cara miraba al cielo, con la escoba saliendo por su ojo derecho como bandera.
Creo que le destrozamos el poco cerebro que le quedaba. Ah, creí muy mal.
La criatura movió su cabeza de una manera que no sería posible si toda su columna vertebral estuviera funcional. Un giro de 180 grados, como búho poseído. La escoba todavía incrustada, moviéndose con el movimiento.
Se agachó para tomar impulso, con las rodillas flexionadas de forma antinatural. Las articulaciones crujiendo. Saltó como si tuviera todo su cuerpo funcional y parecía que iba a caer en picada con todo su cuerpo pestilente hacia mí. Caída libre directo a mi cara.
Solo observaba un peque?o meteoro de muerte, pelo, peste e inmundicia acercándose. La escoba todavía clavada en su ojo como lanza de guerra.
Hasta que de la nada, éste salió disparado hacia atrás, encendido por un fuego que apareció repentinamente. Llamas azules envolviendo todo su cuerpo. Seguido de una luz blanca que daba un aura de calma, brillando como sol artificial en medio de esta oscuridad.
Esa última fue una contradicción extra?a, ya que fue lo que hizo que el zombie se rompiera. Se quebró como vidrio. Se desintegró, solo quedó un montón de huesos, pelo chamuscado y órganos esparcidos en el suelo de niebla. Creo que eran órganos, no quiero confirmarlo. Ya quiero salir de aquí.
Rygandal se acercó a paso firme, con su túnica ondeando sin que hubiera viento. Las llamas todavía bailaban en sus manos, desapareciendo lentamente.
Me ofreció la mano y maldita sea, este tipo tiene la piel perfecta. Suave, cálida, sin imperfecciones. No quería soltársela.
—No entiendo qué sucedió, ni cuándo se metió esta criatura. Esto es inaudito —tenía un tono diferente al hablar. Menos neutral. Más... humano.
Era preocupación genuina. Ahí fue cuando me di cuenta: corrí peligro de verdad.
Fueron dos palabras las que resonaron en mi cabeza: "No entiendo". Eso hizo que me percatara de que corrimos peligros todos en esta maldita prueba. Que algo fuera del control de él se metió a la escuela. Que no pudo resolverlo hasta hace unos momentos. Que pudo habernos matado.
Que casi me mata.
—Se?orita Maya, ?se encuentra bien? —se acercó a ella, revisando sus brazos, buscando heridas—. ?Joven Félix? ?Zev? ?Shaki?
Se acercó a cada uno para ver cómo nos encontrábamos, tocando nuestros hombros con esa delicadeza élfica, examinando con ojos entrenados.
El docente me ofreció su mano de nuevo para ayudarme a levantar y yo la rechacé con fuerza. Con enojo, con odio. Empujándola lejos. Este imbécil me pudo haber matado con sus pruebas innecesarias.
—No me toque —dije entre dientes, levantándome solo.
Rygandal se quedó quieto. Su mano todavía extendida en el aire por un segundo. Por primera vez desde que lo conocí, vi algo en su rostro que parecía... ?arrepentimiento? ?Culpa? Sus orejas puntiagudas se movieron ligeramente hacia abajo.
—Entiendo tu enojo, joven Zev —dijo en voz baja—. Y lo acepto.
Me levanté solo, sacudiéndome el polvo y la mugre. Mis piernas todavía temblaban. Maya me veía preocupada, con esa mirada que decía ?estás bien? sin palabras. Félix y Shaki solo guardaban silencio, abrazados el uno al otro.
La dimensión de pesadilla comenzó a desvanecerse. Las paredes negras, la niebla gris, la oscuridad que respiraba. Todo se disolvió como humo y estábamos de vuelta en el sótano. El sótano normal y aburrido. Con sus cajas de cartón, sus tuberías goteando, su olor a humedad.
La prueba había terminado, pero algo había cambiado. Yo había cambiado.

