Reino de Taratios, ciudad principal de Taratios.
El destacamento militar acababa de llegar a la capital junto al lord de la Casa Sungley. La ciudad principal del reino se alzaba imponente, rodeada de murallas antiguas y torres de vigilancia que aún conservaban las cicatrices de la guerra reciente. En el centro de todo, dominando el paisaje como un recordatorio del poder humano, se erguía el gran castillo donde residía el rey de Taratios… el rey de los humanos.
No se trataba de una visita ordinaria.
Era un llamado a una reunión excepcional.
Una de las casas más poderosas del reino, una de las que había mantenido el orden, la paz y el control tras los hechos ocurridos luego del asesinato del rey Domen, había convocado a los nobles para debatir uno de los sucesos más graves y delicados de los últimos a?os.
El actual rey, Rowan, se encontraba reunido con los nobles de turno en la gran sala de reuniones del palacio. El recinto era amplio, sostenido por columnas de piedra tallada y decorado con estandartes que representaban a las distintas casas del reino. Las voces se superponían mientras se discutían problemas puntuales del país, tensiones económicas, reconstrucción y control territorial.
La discusión se vio interrumpida cuando uno de los soldados reales avanzó hasta el centro de la sala y anunció, con voz firme:
—Su majestad, el gran lord Garbard ha llegado.
Rowan levantó la mano, haciendo un gesto para que el murmullo cesara.
—Por favor, dile al lord Garbard que entre —ordenó con calma.
Dos soldados se adelantaron y abrieron las enormes puertas de la sala de reuniones. Las hojas de madera reforzada se desplazaron con un sonido grave y pesado. Dos figuras ingresaron al recinto.
Eran Garbard… y la sirvienta Redda.
Apenas cruzaron el umbral, ambos se inclinaron profundamente ante el rey. Decenas de miradas se posaron sobre ellos; las casas nobles que componían cada rincón del reino de Taratios observaban con atención, algunas con curiosidad, otras con abierta desconfianza.
—Me presento ante usted, mi rey Rowan —dijo Garbard, manteniendo la inclinación—. Gracias por aceptar mi solicitud y permitirme presentar mis quejas ante este consejo de nobles.
Rowan hizo un gesto suave con la mano.
—Por favor, levanten la cabeza —respondió—. Siempre estaremos disponibles para debatir las inquietudes de la gran Casa Sungley.
El rey recorrió la sala con la mirada antes de continuar, consciente del peso del momento.
—Ahora bien, ya que nos encontramos reunidos todos los grandes mandos en esta asamblea, me gustaría escuchar cuál es tu petición… y la razón por la cual convocaste esta reunión de emergencia.
Garbard asintió levemente.
—Muchas gracias, su majestad. Y a todos los nobles que componen este gran consejo —comenzó—, me alegra saber que, ante la solicitud de una casa, las demás responden con diligencia y responsabilidad frente a un posible problema que podría afectar a todo el reino.
Rowan apoyó ambos antebrazos sobre la mesa central.
—Por supuesto, gran lord Garbard —dijo—. Ahora bien… ?cuál sería el motivo para llamar a esta reunión?
Garbard dio un paso al frente. Su voz no tembló.
—He convocado esta reunión de emergencia para anunciar que tomaré a la Casa Termant… y la reduciré a cenizas.
Un silencio pesado cayó sobre la sala.
—Tomaré la cabeza del lord de Termant —continuó— y la pondré en una estaca frente a las puertas de la ciudad de Cautares, no sin antes torturarlo y despedazarlo vivo.
La multitud de nobles quedó en completo estado de shock. El impacto de aquellas palabras se reflejó en rostros pálidos, murmullos ahogados y miradas incrédulas. El propio rey Rowan se tensó en su asiento.
Especialmente afectado se encontraba el líder de la Casa Termant.
—Acaba de hacer declaraciones bastante comprometedoras, lord Garbard —dijo Rowan con voz severa—. Espero que tenga un motivo más que suficiente para que estas afirmaciones sean correctas.
—?Así es! —exclamó el líder de la Casa Termant, poniéndose de pie—. ?Cómo te atreves a amenazar de esta manera a la Casa Termant?
Garbard giró lentamente el rostro hacia él.
—Por supuesto, su majestad —respondió sin mirarlo—. Nunca levantaría mis armas si no existiera un motivo correspondiente. Y el estúpido líder de la Casa Termant creyó que podría salirse con la suya.
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Garbard se mantuvo firme en su lugar mientras decenas de nobles reaccionaban con murmullos, exclamaciones ahogadas y gestos de abierta incomodidad. El aire dentro de la sala se volvió denso, cargado de una tensión casi física.
—Explique los hechos —ordenó Rowan, con el ce?o fruncido—. Este consejo necesita comprender el alcance de sus acusaciones.
Garbard asintió una vez.
Entonces comenzó a relatar, con precisión y sin adornos innecesarios, los sucesos ocurridos tanto en la Casa Sungley como en la ciudad de Cautares. Describió el ataque coordinado, la presencia de bandidos armados, el intento de destrucción de la ciudad, el asalto directo a su hogar… y finalmente, el rapto de su nieto.
Cada palabra caía como un golpe seco sobre la sala.
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—Los hechos que describes son extremadamente peligrosos y condenables —dijo Rowan tras unos segundos—. ?Tienes pruebas concretas de lo ocurrido?
Antes de que Garbard pudiera responder, Redda dio un paso al frente. Su postura era firme, aunque sus manos temblaban levemente.
—Disculpe mi intromisión, mi rey —dijo con respeto—, pero yo puedo responder esa pregunta.
Rowan la observó con atención y asintió, otorgándole permiso.
Redda respiró hondo antes de hablar.
Explicó cómo, arriesgando su propia vida y la de su heredero, Kael, había logrado reunir documentos y testimonios directos de la banda de bandidos que intentó raptar al ni?o y destruir tanto la ciudad de Cautares como la mansión Sungley. Relató los posteriores allanamientos, la captura de miembros de la banda y el hallazgo de documentos que vinculaban de forma directa a la Casa Termant con la planificación y financiamiento del ataque.
El murmullo entre los nobles se intensificó.
—?Esto es claramente una conspiración contra nuestra casa! —gritó el líder de la Casa Termant—. ?Nosotros nunca habríamos cometido semejante estupidez, mi rey! La Casa Sungley está preparando esto metódicamente con el único objetivo de generar una mala imagen de nuestra familia y quitarnos del parlamento.
El silencio volvió a caer cuando Garbard fijó la mirada en él.
No levantó la voz.
No hizo ningún gesto exagerado.
Pero su mirada era fría… intimidante.
—Con el debido respeto, su majestad —dijo finalmente—, y a todos los presentes en esta sala. He dado mi vida por mantener el legado de la familia real, protegiendo sus tradiciones y su historia. Siempre me mantuve fiel a las palabras del antiguo rey y a su legado, el cual fue correctamente entregado a su primogénito.
Garbard apretó los pu?os.
—Nunca me arrepentiré de esas decisiones. Perdonné la vida de muchos nobles que, en su momento, realmente merecían la muerte por traición a su rey. Se les perdonó para mantener el control, la estabilidad y la democracia de los pueblos y ciudades de Taratios.
Hizo una breve pausa.
—Pero todo tiene un límite.
Su voz se volvió más grave.
—Ese límite fue sobrepasado… y destruido con los últimos sucesos.
El silencio se volvió absoluto.
—Mi familia fue atacada… —continuó—.
—Mis sirvientes fueron asesinados…
—?MI PUEBLO FUE ATACADO!
Su voz resonó con fuerza entre las columnas.
—?Y POR SOBRE TODO! —rugió—. ?Mi nieto, mi heredero, fue secuestrado y maltratado! Con el único objetivo de torturarlo… ?y asesinarlo!
Varios nobles desviaron la mirada.
—Esto sobrepasa con creces todos los límites impuestos por mi familia —prosiguió—. Y no toleraré, como se?or y como abuelo de la Casa Sungley, que mis seres queridos sean pisoteados de esta manera.
Garbard dio un paso más al frente.
—?YO FORJé Y MANTUVE A LOS HEREDEROS DE ESTE REINO!
El eco de sus palabras recorrió la sala.
—Así que, mi rey —dijo, recuperando algo de control—, he expuesto mis pruebas, tanto físicas como testimoniales. Está en su criterio decidir qué debe hacerse.
Sus ojos se endurecieron.
—Pero sepa algo desde ya. Siempre he sido un se?or fiel a su palabra, disciplinado y respetuoso de las leyes de este reino. Exijo las cabezas de la familia Termant.
Un murmullo recorrió el consejo.
—Si no lo obtengo por decreto del reino… —concluyó— será como un lord independiente, desligado de Taratios.
La tensión dentro de la sala era extrema.
Los lords intercambiaban miradas nerviosas, algunos inclinándose para susurrar entre ellos, otros permaneciendo rígidos, conscientes de que el curso del reino podía cambiar en ese mismo instante. Nadie se atrevía a hablar abiertamente.
Rowan permaneció en silencio durante varios segundos. Su expresión era grave, concentrada, como si estuviera sopesando no solo las palabras de Garbard, sino también las consecuencias de cada posible decisión.
Finalmente, el rey habló.
—Lord Garbard… —comenzó—. Nunca he dudado de su compromiso, dedicación ni lealtad hacia nuestro reino. Ha sido un contribuyente fundamental en la reconstrucción de Taratios y siempre se ha mantenido fiel a las reglas y a las leyes.
El rey respiró hondo.
—Por favor, permítame tomar como detenidos por alta traición a todos los miembros de la Casa Termant e iniciar una investigación profunda sobre los cargos que usted acusa. Apenas contemos con más pruebas, podremos llegar a un veredicto definitivo.
Rowan fijó la mirada en Garbard.
—Y de ser reales sus acusaciones… seré yo, personalmente, quien autorice la degradación y entrega de los culpables del atentado contra su familia.
Garbard inclinó levemente la cabeza.
—Muchas gracias, su majestad —respondió—. En base a los hechos ocurridos, y considerando que mi nieto aún se encuentra en un estado de inconsciencia indeterminada, exijo un plazo máximo de una semana para que la investigación concluya.
Rowan asintió sin dudar.
—Así se hará.
El rey se puso de pie y elevó la voz.
—?Caballeros!
Los soldados reales reaccionaron de inmediato.
—?Tomen detenidos a los miembros de la familia Termant!
El caos estalló en la sala.
El líder de la Casa Termant se adelantó desesperado, forcejeando mientras los soldados lo sujetaban.
—?Su majestad, no puede hacerme esto! —gritó—. ?Nunca habría hecho algo así! ?Por favor, créame!
Sus palabras resonaron entre las paredes de piedra mientras era arrastrado fuera de la sala junto al resto de su familia.
La asamblea llegó a su fin poco después.
Los miembros de la Casa Termant fueron puestos bajo custodia, y su residencia fue intervenida de inmediato. Durante las investigaciones, se encontraron documentos incriminatorios de gran relevancia, pruebas suficientes para confirmar que habían sido los responsables directos del ataque contra la Casa Sungley.
Tras los acontecimientos, el rey Rowan solicitó una reunión privada con el lord Garbard para profundizar en los últimos sucesos.
En una habitación apartada del castillo, lejos de los oídos de los nobles, se reunieron el rey, sus guardias reales y el gran lord de la Casa Sungley.
—Gracias por asistir a esta reunión especial, mi lord Garbard —dijo Rowan, rompiendo el silencio.
Garbard esbozó una leve sonrisa cansada.
—Peque?o Rowan… por fin un momento para hablar con un tono más informal y tranquilo.
Rowan bajó ligeramente la guardia.
—?Cómo está el peque?o Kael?
Garbard cerró los ojos por un instante antes de responder.
—Ayer me llegó una carta de Laret —dijo—. Mencionaba que había despertado animado y feliz. Es un ni?o increíble… curioso, inquieto… siempre con una sonrisa y unas ganas enormes de explorar y babearlo todo.
Su voz se suavizó.
—Sentí como mi mundo se derrumbaba poco a poco cuando Enta informó que lo habían raptado.
Rowan apretó los labios.
—No me lo puedo ni imaginar —respondió—. Sobre todo por cómo debieron sentirse Laret y Caria.
Hizo una breve pausa.
—Hace unos meses nació Althea… y sinceramente, si supiera que alguien la raptó o le hizo algo… juro que habría hecho explotar todo el reino.
Rowan negó lentamente con la cabeza.
—De verdad me duele pensar cómo se debieron haber sentido mis amigos.
El rey levantó la mirada hacia Garbard.
—Nunca dudaré de tus palabras. Has prestado un trabajo invaluable al reino de Taratios, mucho más que todos esos malditos nobles de la asamblea.
Su voz se volvió más firme.
—Si tú me dices que alguno es culpable, no tendré dudas en encarcelarlos e investigarlos, porque confío en tu palabra. Tú me salvaste… tú me criaste… fuiste como mi segundo padre, lord Garbard.
Garbard observó al joven rey durante unos segundos. En su mirada no había orgullo, ni arrogancia… solo cansancio y una profunda comprensión.
—Gracias por creer en mí, muchacho —dijo finalmente—. Siempre supe, desde que eras apenas un bebé, que llegarías a ser un gran rey.
El lord caminó lentamente por la habitación, apoyando una mano sobre la mesa.
—Por experiencia te lo digo… lo del rey demonio solo fue la base que te impulsó hasta aquí. El verdadero desafío como rey viene ahora.
Rowan escuchaba en silencio.
—La reconstrucción de Taratios aún no ha terminado —continuó Garbard—. Y esta reconstrucción no se basa solo en casas, murallas o ciudades levantadas desde las ruinas.
Garbard se llevó una mano al pecho.
—Se basa en el corazón destruido de las personas.
El rey apretó los pu?os.
—Uno de los problemas acaba de mostrarse frente a nosotros —prosiguió—. El resentimiento de haber perdonado a las casas que intentaron realizar el golpe de estado se está reflejando ahora.
Garbard alzó la mirada.
—Espero que esta sea la primera… y la última vez.
Su voz se endureció.
—Y yo dejaré el precedente. Si otra familia intenta algo similar… pagará gravemente las consecuencias. Lamentablemente, siempre habrá personas inocentes que sufrirán por el mal juicio de unos pocos.
Rowan asintió, consciente del peso de esas palabras.
Y así se dio por finalizado uno de los conflictos internos más grandes hasta la fecha, tras la derrota del rey demonio. Una familia intentando vengarse de otra por un fallido golpe de estado contra su antiguo rey, dejando cicatrices que no desaparecerían con facilidad.
Las consecuencias de estos actos casi nunca recaen solo sobre los culpables.
Siempre alcanzan a los inocentes.
A nuevas generaciones… que terminan pagando por la estupidez de sus progenitores.

