Cansado y exhausto, Lasan ayudaba a Redda a caminar, sosteniéndola con firmeza mientras avanzaban con dificultad para acercarse a Jacki. Cada paso era pesado, como si el suelo mismo intentara retenerlos tras el combate previo.
El racatros, pese a ver a esos dos titanes imponerse como una advertencia viviente —un mensaje claro de si das un paso más, te destruiremos—, no se detuvo.
No le importó.
No lo dudó.
Algo lo atraía con una urgencia primitiva... y era el bebé. A como diera lugar, quería comérselo.
Con una ferocidad increíble, se abalanzó en dirección a Jacki. No alcanzó a darse cuenta cuando un pu?o carmesí se alzó bajo su barbilla y lo impactó con una velocidad supersónica.
—Ni te atrevas a intentar acercarte a ellos, maldita lagartija... —escupió Caria, con la voz cargada de desprecio.
Su cuerpo estaba en una posición marcial perfecta. El golpe, concentrado y dirigido hacia arriba, tuvo el poder suficiente para levantar al racatros hasta apoyarlo sobre sus patas traseras, rompiendo su equilibrio de manera brutal.
Sin perder un solo instante, y en perfecta sincronía, Laret se impulsó en el aire. Su figura se elevó hasta igualar la altura de la cabeza de la bestia y, con un leve murmullo apenas audible, desató su ataque.
—Dame tu fuerza, Trakkel... —susurró.
Su espada se inundó de un aura azul densa, pesada, cargada de poder concentrado. La magia de agua respondió de inmediato, y al agitar la espada, una onda mágica similar al látigo de Redda se expandió con violencia.
El filo colosal de agua impactó directamente en la garganta del racatros, lanzándolo con fuerza hacia lo más profundo del bosque, arrancando árboles y destrozando la vegetación a su paso.
Con esa apertura, los tres sirvientes y Kael lograron escapar a duras penas, alejándose a toda prisa en dirección a la ciudad.
El escenario ya estaba listo.
No quedaban obstáculos que interrumpieran la gran función que estaba por comenzar. Los tres actores permanecían en pie, preparados para dejarlo todo en ese escenario destruido.
Caria observó los cuerpos esparcidos por el suelo, restos de la carnicería previa, y habló con una ira contenida que hervía bajo la piel.
—Miserable y asquerosa lagartija... —dijo, apretando los pu?os—. Juro que no te perdonaré lo que hiciste... esos malditos bandidos eran míos... todos esos mugrosos y asquerosos bandidos debían ser desmembrados vivos y expuestos en estacas en la entrada de la ciudad...
—Tranquila —respondió Laret con frialdad—. Eran solo los recaderos... tendremos nuestra diversión cuando encontremos al que orquestó todo esto...
Mientras hablaban, desde entre los árboles destrozados apareció nuevamente el racatros. Esta vez estaba visiblemente enfurecido. Pese al potente ataque que había recibido, apenas mostraba un corte superficial en la garganta.
—Las historias son ciertas... —murmuró Laret, observando con atención—. Los racatros de tierra son bastante duros...
—Mantente atento a mis llamadas —dijo Caria con seriedad—. Es de elemento tierra, como yo... ahora se pondrá serio y comenzará a usar su magia. Si me haces caso, ganaremos. Yo puedo sentir sus flujos mágicos detonando en la tierra cuando activa sus poderes...
El racatros, ya sin rastro de duda, se puso completamente serio y comenzó su ataque.
Su única característica física destacable era su poderosa mandíbula y su increíble defensa... pero nada más. Su verdadero poder no residía en su cuerpo, sino en su magia.
Con un solo pisotón contra el suelo, las raíces más profundas de los árboles comenzaron a moverse bajo tierra.
—Prepárate —advirtió Caria—. Ha endurecido las raíces bajo el suelo. ?Las liberará como estacas!
Rápidamente, preparados ante la advertencia, ambos reaccionaron justo cuando las raíces emergieron del suelo de forma violenta, alzándose como estacas afiladas desde todas direcciones. La tierra rugió bajo sus pies, abriéndose en grietas irregulares mientras las raíces endurecidas buscaban atravesarlos.
Laret y Caria saltaron al mismo tiempo para evitarlas, impulsándose con fuerza mientras las estacas pasaban silbando por debajo, rompiendo el terreno y destrozando troncos cercanos.
Laret comenzó a rodear su cuerpo con energía mágica de agua. La sensación era pesada, densa, como si el aire mismo se volviera líquido a su alrededor. Nuevamente cubrió su espada con el manto de agua, pero esta vez de una forma mucho más grande y concentrada.
Su verdadero poder radicaba en el peso de su magia. Al lanzar ataques a distancia, esa fuerza se dispersaba y perdía efectividad, pero en el combate cuerpo a cuerpo, sin romper el núcleo de conexión mágica, la historia era completamente distinta.
—Hora del mano a mano, maldito lagarto —gru?ó.
Tras caer casi encima de la bestia producto del salto, Laret le propinó un ataque directo con su espada en el centro de la cabeza. La magnitud del impacto fue tal que una onda expansiva destruyó gran parte del suelo circundante, hundiendo al racatros varios metros en la tierra.
Sin darse descanso alguno, Laret se apartó de inmediato. Sabía que la siguiente en caer sería Caria.
Ella ya venía descendiendo, con los pu?os preparados y la energía acumulándose en su cuerpo.
—Kahu... préstame tu fuerza... —invocó con voz firme.
Concentró una enorme cantidad de energía, sobre todo en su brazo derecho. Poco a poco, rocas bien pulidas comenzaron a cubrirlo, encajando unas con otras hasta formar una masa sólida que endurecía aún más el ataque.
El golpe dio de lleno en el mismo punto donde Laret había atacado. Esta vez sí.
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La defensa del racatros cedió.
Una herida profunda se abrió, y la sangre de la bestia salió despedida mientras un rugido ensordecedor sacudía el bosque. En respuesta, el racatros comenzó a liberar raíces por todo el lugar. Estas se alzaron aún más altas que antes, atacando sin descanso a los héroes desde todos los ángulos.
La criatura se enfurecía cada vez más. Mientras más tiempo pasaba, más energía liberaba, y con ello, raíces aún más profundas y resistentes emergían del suelo, cerrando el espacio a su alrededor.
—Si esto sigue así, perderemos —dijo Caria, evaluando la situación con rapidez—. Nos quedaremos encerrados en una jaula de madera endurecida por el poder de la tierra...
Esa era una de las características más únicas de esa especie. Su magia principal era la de tierra, pero también dominaba, al mismo nivel, la magia de la vida, enfocada en controlar a los seres del reino vegetal. Un elemento que, por lo general, solo los elfos lograban manejar con tal maestría.
—Voy a liberar a Kahu —afirmó Caria sin dudar.
—Tienes razón... —respondió Laret—. No nos queda otra alternativa...
Ambos concentraron toda su energía en los brazos. Separados, pero perfectamente sincronizados, golpearon con fuerza la palma de sus manos contra el suelo.
—?Kahu, yo te invoco! —clamó Caria.
—?Trakkel, ven a mí! —rugió Laret.
Dos círculos mágicos enormes se abrieron bajo sus pies, brillando con intensidad. Desde ellos comenzaron a manifestarse dos presencias colosales.
KAHU — El Coloso de la Nieve
Kahu era un espíritu ancestral de naturaleza primigenia, nacido del hielo eterno y de la ferocidad de las monta?as vivientes. Su cuerpo recordaba al de un gorila colosal, pero poseía rasgos imposibles para cualquier criatura terrenal.
Su pelaje blanco plateado era grueso, áspero, similar a la lana de un mamut, capaz de resistir tormentas mágicas sin ceder. Poseía cuatro brazos: dos principales y dos secundarios, todos terminados en garras de obsidiana, lo suficientemente afiladas como para desgarrar incluso barreras arcanas.
La musculatura de su cuerpo estaba marcada con claridad, combinando una fuerza bruta descomunal con una movilidad sorprendente para su tama?o. Sus ojos ámbar encendidos, como brasas contenidas en hielo, reflejaban una conciencia espiritual antigua, observando el mundo con una calma solemne.
A pesar de su apariencia salvaje, su presencia transmitía una quietud pesada, similar al silencio que precede a una avalancha.
TRAKKEL — El Dragón Serpentino de las Mareas
Trakkel era un espíritu dracónico antiguo, ligado al agua, a las corrientes y al flujo eterno del maná. Donde Kahu representaba solidez y fuerza bruta, Trakkel encarnaba movimiento, cambio y adaptación constante.
Su cuerpo largo y serpenteante estaba cubierto de escamas azul iridiscente que reflejaban la luz como la superficie de un río bajo el sol. Cada escama parecía contener una gota de agua viva en su interior.
Sus cuernos negros, estilizados y curvados, recordaban a ramas sumergidas en aguas profundas. Una melena líquida caía a lo largo de su cuello como un río suspendido, ondulando suavemente incluso sin la presencia de viento.
Poseía extremidades delgadas, pero dotadas de garras afiladas, como si estuvieran dise?adas para aferrarse incluso a las nubes. Sus ojos, de un azul profundo, parecían dos mares en calma... hasta que se enfurecía.
Cuando Trakkel se manifestaba, el aire cambiaba.
La temperatura descendía, la humedad aumentaba y un murmullo constante de agua se hacía presente, aun cuando no existiera ningún río cercano.
El racatros sintió de inmediato la presión. Bestias mucho más antiguas que él se habían manifestado, y su instinto le gritó que había sido reconocido como una amenaza real.
Kahu no tardó en asimilar la situación. Sin titubear, se abalanzó hacia el racatros, ignorando el da?o que recibía. Grandes raíces lo golpeaban desde todos los flancos, estrellándose contra su cuerpo con violencia. Aun así, continuó avanzando, decidido a cumplir su cometido.
Al llegar frente a la bestia, Kahu utilizó sus brazos superiores para sujetarla del cuello y levantarla del suelo, exponiendo su parte baja y, sobre todo, la herida que aún sangraba en su garganta. Con una mezcla de fuerza y técnica, dio un salto sin soltar su presa y logró posicionarse tras la espalda del racatros, dejando esa zona completamente expuesta.
Rápidamente, Trakkel utilizó su magia de agua para formar un escudo filoso compuesto por cadenas líquidas entre ellos y el racatros, bloqueando así el avance de las raíces que intentaban alcanzarlos.
Ante esa apertura, Laret y Caria se miraron. Ambos sabían exactamente lo que debía hacerse.
Laret volvió a imbuir su arma con magia de agua, pero esta vez concentró toda la energía exclusivamente en la espada. Cada gota de maná fue forzada a permanecer unida, comprimida hasta el límite. Con toda la fuerza que logró reunir, lanzó su espada como un proyectil.
El arma dio de lleno en el tajo que él mismo había provocado en el cuello del racatros, enterrándose parcialmente entre la carne y las escamas.
Aprovechando el impacto, Caria concentró todo su poder en los pies. Sin vacilar, se abalanzó con todas sus fuerzas, ejecutando una patada voladora que terminó de hundir la espada hasta el mango. El arma, aún imbuida con la magia de Laret, desgarró por completo el cuello de la bestia.
El racatros cayó al suelo en agonía, desangrándose mientras su cuerpo comenzaba a perder la defensa acumulada.
Con la bestia ya en el suelo, debilitada y perdiendo rápidamente toda su defensa acumulada, Kahu avanzó sin titubeos. Alzó uno de sus enormes brazos y descargó un golpe feroz directamente sobre la cabeza del racatros.
El impacto fue definitivo.
El cráneo de la criatura cedió bajo la fuerza colosal, poniendo fin a su sufrimiento de manera inmediata.
Tras cumplir su cometido, las bestias mágicas se giraron hacia sus invocadores. Durante un breve instante, sus miradas se cruzaron. Luego, sus cuerpos comenzaron a desvanecerse lentamente, fragmentándose en partículas de polvo mágico que se dispersaron en el aire hasta desaparecer por completo.
La batalla había terminado.
Pese a tratarse de una bestia con pocos tipos de ataques directos, el combate había dejado a los héroes completamente exhaustos. El enorme gasto de magia necesario para atravesar su armadura y resistir su dominio sobre la tierra había pasado factura.
Impaciente y negándose a descansar, Caria intentó moverse con rapidez... pero sus fuerzas la abandonaron y cayó exhausta. Trató de incorporarse, impotente, hasta que sintió cómo Laret la sostenía antes de que volviera a desplomarse.
Sin poder contenerse, las lágrimas comenzaron a caer por su rostro. No podía detenerlas. Estaba completamente superada.
Caria no era capaz de mirar a su amado a los ojos. En su mente, solo había un pensamiento insistente: había sido una incompetente. Había comprometido a su ciudad, a sus sirvientes y a su tesoro más preciado... a su hijo.
—No te diré que dejes de llorar —dijo Laret con voz firme, sosteniéndola con cuidado—. Tienes todo el derecho de hacerlo... pero hay algo que debe quedarte claro. Los únicos culpables de esto serán los gusanos que orquestaron todo...
—Aun así... —murmuró Caria entre sollozos—. No me preparé... no anticipé que algo así pudiera pasar... no puedo ser una se?ora de la casa Sungley...
Laret, con la mano libre, tomó delicadamente el rostro de Caria y la obligó con suavidad a mirarlo a los ojos.
—Entonces los dos somos culpables —respondió sin apartar la mirada—, porque yo salí a atender otras cosas y tampoco anticipé que algo así pudiera ocurrir. Si el mundo nos quiere condenar... que sea a los dos. Y que te quede algo claro: para mí, la madre de mi hijo nunca será una incompetente...
Con un gesto cargado de confianza y devoción, Laret se inclinó y le dio un beso tierno, sincero, lo suficiente para devolverle algo de calma y fortaleza.
Caria, con un rubor marcado en las mejillas, sintió cómo la paz y la tranquilidad regresaban poco a poco a su interior. Con esa renovada serenidad, se incorporó junto a Laret y ambos comenzaron a salir del bosque, decididos a continuar hacia la ciudad y enfrentar las consecuencias de aquel ataque.

