El rostro del líder de los bandidos era pura furia. Ya solo quedaban él y diez hombres en pie. Jackie y Lasan, aunque relativamente cansados, seguían firmes, enfocados, sin permitir que el agotamiento les nublara la mente. Cocineros de una casa noble... no. Cocineros de la Casa Sungley, la casa con mayor respeto y trayectoria militar del reino. No cualquiera podía trabajar allí. Solo los más capaces accedían a capacitaciones especiales, y ambos lo demostraban con cada movimiento.
Mientras la pelea continuaba y Kael yacía en el suelo, Redda, con un movimiento rápido y casi instintivo, soltó una de sus trenzas y usó la coleta para apretar con fuerza el mu?ón de su brazo cercenado. El dolor era intenso, pero su expresión no cambió. No había tiempo para eso.
Acto seguido, tomó a Kael entre sus brazos y alzó la guardia. Por más que quisiera huir, sabía que no podría hacerlo mientras el jefe bandido siguiera en pie.
El líder lanzó una estaca de hielo directa hacia Jackie. Ella la esquivó con facilidad, su cuerpo respondiendo con la agilidad propia de quien dominaba el viento. Usando la misma técnica de antes, el jefe bandido se adelantó en un parpadeo y apareció a su espalda, intentando cortarla con su espada.
No llegó a hacerlo.
Una explosión violenta lo envió volando varios metros, provocada por una bola de fuego lanzada por Lasan. La onda expansiva apenas desplazó a Jackie, ya que el fuego se combinó perfectamente con su magia de viento, empujándola sin da?arla. Una vez más, quedaba claro el dúo letal que formaban los cocineros.
Sin perder tiempo, ambos se reunieron junto a Redda para evaluar la situación.
—?Mi se?ora Redda, puede moverse aún? —preguntó Jackie, con el ce?o fruncido.
—Por supuesto —respondió Redda con una sonrisa tensa—. Aun con una sola mano puedo tomarlos a los dos y darles de nalgadas.
Lasan negó levemente con la cabeza, serio.
—No entiendo por qué se encuentran aquí... ni por qué el joven amo también —dijo—. Pero ustedes dos deben irse ya.
Redda lo miró fijamente.
—Los que deben irse son ustedes —replicó con firmeza—. Tomen al joven amo y vayan lo más rápido posible a la ciudad. Probablemente se encuentren con Caria, que estaba peleando en la puerta norte.
—?Que Lasan se vaya con el joven amo! —exclamó Jackie—. ?Yo me quedaré contigo!
Redda los observó a ambos. Su mirada era seria, firme, cargada de un peso antiguo.
—Escúchenme, mis peque?os, porque para siempre lo serán —dijo con voz grave—. Desde jóvenes, cuando aceptaron este trabajo, debieron tenerlo presente. Mientras sirvan en la Casa Sungley, su deber es con los grandes se?ores... no con sus iguales.
Una lágrima rodó por la mejilla de Jackie. Lasan, en cambio, apretó los dientes, con el rostro endurecido. Era una historia que aún no podía contarse, pero solo ellos conocían el verdadero peso que Redda tenía en sus vidas.
Lamentablemente, la despedida no pudo continuar.
Tan enfocados estaban tanto los bandidos como los sirvientes, que ninguno se percató de algo fundamental.
Ellos no estaban en casa.
Este no era su dominio.
Este era el dominio de las bestias.
El ruido del combate, la sangre derramada, los gritos... todo había sido el anzuelo perfecto para que los verdaderos due?os del lugar despertaran.
Una manada de orcos y goblins había percibido el rastro.
Y tenían hambre.
Mientras los bandidos intentaban recomponerse, levantando al aturdido jefe bandido del suelo, una nueva amenaza se cernía sobre todos. El ambiente había cambiado. El aire se sentía más pesado, cargado de una hostilidad distinta, primitiva.
Debían prepararse para defenderse de los verdaderos due?os de aquel territorio, criaturas que avanzaban con una emoción casi palpable, ansiosas por desgarrar carne.
—Debemos ir a donde dejamos las mochilas —dijo Lasan con urgencia—. Ahí están el resto de las armas y hay medicinas para tratar a Redda.
—?Adónde creen que van? —rugió el jefe bandido, tambaleándose pero aún con soberbia.
Creyendo que todavía tenía el control de la situación, se preparó para abalanzarse sobre ellos. No llegó a dar ni un paso.
Un orco emergió de entre los árboles y lo embistió con brutalidad. En cuestión de segundos, los demás orcos se lanzaron de forma coordinada contra los bandidos restantes, arrastrándolos al suelo entre gru?idos y gritos ahogados.
Aprovechando esa oportunidad, Lasan lanzó una explosión de llamas que se extendió como un muro ardiente, bloqueando varios caminos e impidiendo el avance de goblins y orcos. El fuego iluminó el bosque por un instante, dando la oportunidad perfecta para huir.
Se adentraron rápidamente entre los árboles.
Escabulléndose entre los arbustos, llegaron a un sector donde la oscuridad era casi absoluta. La poca luz del ocaso apenas lograba filtrarse entre las copas. El aire era húmedo, denso, y el suelo estaba cubierto de raíces retorcidas.
Lasan sacó vendas y medicinas de una de las mochilas y comenzó a tratar la herida de Redda con movimientos precisos, aunque apresurados. Jackie, mientras tanto, revisaba a Kael con cuidado, asegurándose de que no tuviera heridas visibles. Aun así, su expresión se tensó.
El bebé se veía decaído. Demasiado.
—Mi se?ora Redda... —murmuró Jackie—. ?Qué pasó? ?Cómo llegamos a esto...?
Redda respiró hondo antes de responder.
—Hubo un ataque en la mansión —dijo—. La poca experiencia con el objetivo provocó que los guardianes fueran enga?ados con una trampa... y el joven amo fue raptado.
Stolen content warning: this content belongs on Royal Road. Report any occurrences.
Jackie apretó los labios, escuchando en silencio.
—Por suerte, como había salido con Tana de compras, pudimos ver la silueta del bandido que se llevó al joven amo —continuó Redda—. Mientras ella avisaba a los demás, yo perseguí al bandido... guiándome por las pistas que dejó el joven amo. Pude hacerme una idea del sector de la ciudad donde se encontraban.
Hizo una breve pausa.
—No era momento de avisar ni de esperar refuerzos. La desesperación de los bandidos podría haber provocado da?os graves al joven amo. Si fueron capaces de burlar a los guardianes, sabía que tenían más planes bajo la manga... y, por suerte, logré descubrirlos.
—Ahora que estamos los tres juntos, podemos salir de esta —dijo Lasan, intentando sonar convencido.
Tras aquella preparación improvisada, Kael comenzó a sentir con mayor fuerza la presión natural sobre su peque?o cuerpo. Había sido secuestrado con apenas meses de vida, y el cansancio, el miedo y el esfuerzo acumulado empezaban a cobrar su precio.
—Ay... ni para bromas me siento bien... —pensó Kael—. Me siento mal... siento mi cuerpo muy frío y con dolor... no puedo dejar de preocuparme. No quiero que ninguno muera ni se sacrifique por mí...
// -- mocoso, debes mantenerte despierto o los harás entrar más en pánico... oh no... -- //
—Te siento preocupada... ?qué sucede...? —respondió Kael en su mente.
// -- pese a que nos movimos del lugar del combate, el ruido de la pelea aún debería escucharse, por muy ligero que sea. No logro detectar nada... aparte del ruido natural de este lugar, no se escucha nada más. Esto es muy malo... -- //
// -- mocoso... esto es terrible!!! -- //
—?Qué sucede? —preguntó Kael, alarmado.
// -- algo se acerca rápidamente y no genera ruido. Solo vibraciones en el piso... ?y es muy grande! -- //
Mientras Lasan seguía tratando la herida de Redda y Jackie revisaba el contenido de las mochilas con Kael en brazos, fue el propio Kael quien, al alzar la cabeza, se dio cuenta de lo que se había posado junto a ellos sin emitir sonido alguno entre los arbustos.
Todos estaban tan exaltados, preparándose para una pelea, que nadie notó las se?ales de una amenaza mucho peor de lo que esperaban.
Con la única forma que tenía de advertirlos, Kael levantó su peque?o brazo e intentó llorar y balbucear.
Cuando los tres siguieron su gesto y miraron hacia atrás, sus rostros se volvieron pálidos.
De las fauces de la criatura cayó la cabeza del líder de los bandidos, aún con los ojos abiertos.
Y los miraba.
Entre las sombras húmedas del bosque emergía una mole viviente.
Su cuerpo, cubierto por escamas de un tono esmeralda oscuro, parecía tallado directamente de la roca misma. Cada uno de sus movimientos hacía crujir el suelo bajo su peso, como si la tierra lo reconociera y respondiera a su paso. Las raíces se apartaban lentamente, cediendo ante su avance, y el aire se impregnó de un olor a mineral recién fracturado.
Su cabeza, ancha y coronada por una cresta pétrea, reflejaba la escasa luz en destellos opacos, como un mineral antiguo pulido por los siglos. Bajo aquella frente maciza se abrían unos ojos dorados, profundos y densos, que no miraban... juzgaban.
El Racatros de Tierra no rugía.
No lo necesitaba.
Su sola presencia bastaba para imponer silencio. Su respiración se sentía como un temblor subterráneo, un eco grave que vibraba bajo las hojas y recorría el suelo. La naturaleza parecía reaccionar a su voluntad: los hongos se abrían a su paso, los insectos huían, el musgo adquiría un verdor más intenso, como si todo lo vivo se reacomodara ante él.
En un solo segundo, los tres sirvientes se movieron en direcciones opuestas.
Esta vez no había oportunidad.
El Bosque Indomable había impuesto su ley.
Jackie no pensó en mirar atrás. Su cuerpo reaccionó antes que su mente, dispuesta a correr y escapar. Sabía perfectamente lo que implicaba la presencia de un Racatros. Ya fuera de fuego o de tierra, era una bestia casi legendaria. Su sola aparición bastaba para obligar a cualquier reino a reconsiderar sus decisiones y fronteras.
Lasan y Redda comprendieron el resultado con la misma rapidez. No había posibilidad de victoria. Habían sido seleccionados como sacrificios de forma involuntaria por el destino... y aun así lo afrontaron con orgullo y convicción.
Redda, usando su único brazo, lanzó su látigo de agua con toda la fuerza que le quedaba.
Al mismo tiempo, Lasan preparó las bolas de fuego más potentes que pudo conjurar, posicionándolas en el lado opuesto al ataque de Redda para no contrarrestar su elemento.
No ocurrió nada.
Ni siquiera un rasgu?o.
Los ataques no le hicieron ni cosquillas al Racatros de Tierra. Su piel era una armadura natural, más dura que el acero.
Lo peor no fue eso.
Bastó un segundo para que todos se dieran cuenta.
El Racatros ni siquiera los miró.
Su atención se centró por completo en la mujer que huía con el bebé en brazos.
La mole gigantesca se lanzó tras ellos, haciendo temblar el suelo con cada zancada.
—?Lasan! ?Lanza una bola de fuego al cielo! —gritó Redda, forzando su voz.
Lasan no dudó. Entendió de inmediato el objetivo de la orden. Comenzó a reunir su magia, preparándose para disparar la se?al, cuando las raíces de un árbol cercano se desprendieron del suelo y se abalanzaron sobre él, envolviéndolo con violencia y cancelando su conjuro.
Por primera vez en muchísimos a?os, los planes de Redda se desmoronaron por completo.
Ya no le quedaba energía para emitir una se?al. Su cuerpo estaba al límite, agotado por la pérdida de sangre y magia.
Las raíces de los árboles comenzaron a atacar a los tres sirvientes desde distintos ángulos. Jackie lograba esquivarlas gracias a su habilidad, moviéndose con rapidez y fluidez, pero la bestia se acercaba poco a poco, sin perder el enfoque.
No miraba a nadie más.
Solo a ella.
El terror y la desesperación se apoderaron de los sirvientes.
// -- mocoso, llegó la hora de poner a prueba tu entrenamiento de magia -- //
—?A qué te refieres...? —respondió Kael, con dificultad.
// -- tu cuerpo está exhausto, pero tu magia no. Concentra toda la magia que puedas en tu mano y realiza un lanzamiento de moco. ?Recuerdas lo que pasaba al final con la magia? -- //
—?Tienes razón! —respondió Kael con determinación.
Con sus últimas fuerzas, mientras Jackie esquivaba desesperadamente, Kael concentró toda su magia en la palma de su mano.
Luego comprimió toda esa energía mágica en un solo punto, cada vez más peque?o, y comenzó a dirigirla hacia la punta de su dedo.
Redda, completamente impresionada mientras lanzaba ataques con su látigo de agua, pudo notar lo que el joven amo intentaba hacer.
—Si con esto puedo lograr que se salven ellos... —pensó Kael—, no me importaría agotar mi vida. Esto fue por mi culpa... ellos sufren por mí.
Con toda su magia concentrada en la punta de su dedo, Kael se preparó para ejecutar su primera técnica aprendida.
—Aquí va... lanzamiento de moco.
Al juntar los dedos y lanzar la diminuta esfera de magia al cielo, esta ascendió rápidamente hasta alcanzar una gran altura y estalló como un fuego artificial.
Los tres observaron la explosión con expectación.
Kael perdió la conciencia.
Cinco segundos.
Tan solo cinco segundos bastaron para que el mundo respondiera a aquel poder mágico.
.
.
.
Desde el sur y desde el oeste, dos entidades aterrizaron de manera estrepitosa y violenta, liberando una cantidad descomunal de magia que sacudió el bosque entero.
El Espadachín del Alba y el Pu?o Carmesí habían llegado.
Y lo hicieron con una furia incontenible.
—Vi su se?al y me lancé enseguida —dijo Caria, con la voz cargada de tensión.
—Me enteré de los hechos y vine de inmediato —a?adió Laret, con el rostro endurecido.
La bestia se detuvo.
Al percibir aquellos dos focos de energía, el Racatros comprendió que debía proceder con cautela.
Los héroes, al ver el estado de los tres sirvientes y el de su hijo, comenzaron a dar órdenes sin perder tiempo.
—Retírense de inmediato —ordenaron—. Su prioridad es Kael. Nosotros nos encargamos de esto.
Los actores finales del encuentro entraron en escena.
Y si una cosa era clara...
una de las partes clamaba por venganza.

