Soldados se movían en todas direcciones, corriendo por las calles empedradas, dando órdenes a gritos mientras el eco de las botas resonaba entre las murallas. Las puertas de las casas se cerraban con violencia y la gente se escondía tras ellas, temerosa, conteniendo la respiración.
El aire estaba cargado de tensión, como si la ciudad entera supiera que algo terrible estaba por suceder.
En la guarida de los secuestradores, en cambio, la presión se sentía distinta.
Ahí no había caos, sino una inquietud constante, un silencio denso interrumpido solo por respiraciones nerviosas y murmullos apresurados.
—?El mocoso aún sigue dormido? —preguntó uno de los captores, con la voz baja pero impaciente.
—Sí... —respondió otro, frunciendo el ce?o—. Pero estamos contra el tiempo. Recuerda que pronto le dará hambre y comenzará a llorar...
—Pues si llora, tápale la boca —intervino un tercero, con desdén.
El primero se giró de inmediato, furioso.
—?Acaso eres un idiota? —espetó, conteniendo apenas el grito—. ?Los bebés no pueden respirar lo suficiente solo por la nariz! Si le tapas la boca, lo asfixiarás. Matarlo no es nuestro trabajo.
—??Entonces qué hacemos?! —replicó el segundo, desesperado.
El líder del peque?o grupo respiró hondo, forzándose a mantener la calma.
—Usaremos una droga relajante —dijo finalmente—. Como la de la flor Peratix, la que crece en el Bosque Indomable. Traje un poco pensando en esta posibilidad.
El bebé seguía dormido, ajeno a todo, mientras las horas pasaban lentamente.
Ya habían transcurrido varias cuando los captores alcanzaron el tiempo límite solicitado por el resto de la banda.
—Bien —dijo el primero, ajustándose la capa—. Ya será pronto el momento. Activaremos las piedras de control de los lobos de cueva. Atacarán la puerta norte de la ciudad.
Hizo una breve pausa, asegurándose de que todos escucharan con atención.
—Los soldados acudirán en masa para defender a la gente. Con esa distracción, lanzaremos la carnada. Serán los esclavos sacrificables; huirán por la parte sur.
Una sonrisa torcida apareció en su rostro.
—Eso hará pensar a los guardianes que ya cayeron en la trampa, así que no caerán dos veces. Con eso, tendremos libre escape por el lado este de la ciudad. De ahí salimos directo al Bosque Indomable.
—Y allí nos reuniremos con los demás miembros —a?adió otro—, y abandonaremos esta maldita ciudad de una vez.
—Ya está todo listo —dijo el segundo—. Prepárense.
Con el rompimiento de un sello grabado en un antiguo pergamino, una cantidad inmensa de lobos de cueva comenzó a acercarse a la puerta norte de la ciudad. Sus aullidos retumbaron como un presagio, mezclándose con los gritos de alarma y el estruendo del metal chocando.
Entre toda la locura y el desorden, cuatro siluetas negras salieron corriendo a gran velocidad y escaparon por la puerta sur.
En medio del caos, dos presencias con un poder mágico evidente se lanzaron tras los se?uelos sin dudarlo. Eran Holley y Ken, que no perdieron tiempo intentando interceptarlos.
Mientras tanto, los verdaderos fugitivos se movían rápido y en silencio.
Salieron por el lado este de la ciudad y se internaron en la parte más abierta del Bosque Indomable, donde la luz se filtraba apenas entre las copas gigantes de los árboles.
—?Creo que lo logramos! —rió uno de los bandidos mientras corría—. Esos idiotas ni supieron qué los atacó. ?Ajajajajaj!
—Cierra el pico —gru?ó el líder— y sigue corriendo. Mantén al mocoso cómodo para que no se ponga a llorar.
Tras correr cerca de diez minutos por el bosque, una tenue luz apareció se?alando el camino. Allí lograron reunirse con el resto de la banda.
—Sí que tardaron, animales... —escupió el líder de los bandidos, observándolos con desprecio.
—Fue bastante difícil —respondió uno de los captores—. Tuvimos que ser muy cuidadosos para que no nos siguieran. Si se enteraran de qué familia nos contrató, estaríamos todos muertos.
Con un total de treinta bandidos reunidos, comenzaron a prepararse para tomar la ruta clandestina a través del Bosque Indomable y escapar definitivamente del lugar.
—Bien —dijo el líder—. Nos tomará una semana llegar al Monte de los Dioses atravesando el bosque. Luego será otra semana a caballo hasta Taratios, y allí haremos la entrega.
Su voz se volvió aún más fría.
—A una de las esclavas le sacamos toda la leche posible. Nos servirá para mantener vivo al mocoso.
—?Te refieres a la esclava a la que le mataron el hijo? —preguntó uno de ellos.
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—Sí... —rió el líder—. La maldita intentó escapar para dejar a su hijo en un lugar seguro, aun si moría. Ajajaj...
Con esas abominables conversaciones finalizadas, los bandidos emprendieron el camino hacia el norte de aquella tierra.
Kael permanecía inmóvil entre los brazos del bandido, conteniendo incluso la respiración. Su mente, sin embargo, no dejaba de moverse.
Tengo que seguir tranquilo...
No hay opción.
Estos bastardos pensaron en todo... no hubo manera de llamar la atención a nadie mientras huían...
La impotencia le oprimía el pecho.
?Qué hago...?
?Voy a morir...?
—Oigan —dijo uno de los bandidos, jadeando—. ?Alguien quiere llevar al mocoso? Ya estoy cansado.
No alcanzó a terminar la frase.
Un látigo de agua apareció de la nada y le atravesó la espalda con una violencia brutal, partiéndolo en dos en un solo instante. El cuerpo cayó al suelo sin siquiera comprender lo ocurrido.
Al mismo tiempo, mientras Kael caía, el látigo se moldeó con precisión imposible, transformándose en una soga líquida que lo sostuvo en el aire y lo arrastró hacia su rescatador.
Era Redda.
Su mirada estaba seria, más dura de lo habitual, como si a?os de experiencia y dolor hubieran emergido de golpe.
Al ver caer a uno de los suyos, los bandidos reaccionaron al instante, desenfundando armas y conjurando magia.
—?Maldita vieja miserable! —gritó uno—. ?Te mataremos!
Redda levantó una mano para prepararse cuando una estaca de hielo, lanzada como un proyectil, pasó rozándole el pecho por apenas unos centímetros.
—?No dejen de atacarla! —ordenó el líder bandido—. ?Y quítenle al ni?o a la más mínima oportunidad! ?Delatará nuestra posición!
Redda, un poco más seria de lo que era siempre, miró a Kael y esbozó una sonrisa suave, casi infantil, completamente fuera de lugar en medio del combate.
—Ho, ho... —dijo con voz tranquila—. Hay bastantes tipos malos aquí. Perdón por la tardanza, mi se?or. Ya lo sacaré de aquí y lo llevaré a casa para que juguemos.
Kael, aferrándose a ella con todas sus fuerzas, no pudo evitar reaccionar.
—?Aaaa! ?La se?ora Redda es la mejor! —pensó, emocionado—. ?Hasta usa magia de agua!
Los ataques no se detenían. Espadas, dagas y hechizos caían sobre Redda desde distintos ángulos.
Ella debía alternar constantemente entre proteger al joven amo y esquivar, recibiendo poco a poco varios golpes y cortes. La sangre comenzaba a manchar su ropa, pero su postura no flaqueaba.
Pese a su edad, el temple de su cuerpo dejaba en claro que en su juventud había mantenido una disciplina y un entrenamiento dignos de lo que fue una guardiana.
—Quizás no tenga los a?os a mi favor... —murmuró, con voz firme—, pero sí tengo la experiencia... peque?os ni?os desafortunados.
Su magia se intensificó.
El agua a su alrededor tomó la forma de una cadena que rodeó su cuerpo, girando con violencia controlada. Desde su brazo libre surgió nuevamente el látigo de agua, rápido y devastador. Cada golpe era preciso; cada impacto, mortal. Con cada latigazo, un bandido caía, cortado limpiamente.
—?No sean miedosos! —gritó uno de ellos—. ?Ataquen en conjunto! ?Maten a esa vieja!
Aun siendo una guardiana de renombre en el pasado, Redda no podía ignorar la realidad. La vejez y su inevitable desgaste comenzaban a pasarle la cuenta.
Resistía golpes poderosos y cortes profundos, pero el cansancio se acumulaba. Aun así, su rostro permanecía firme y serio. En sus ojos no había duda ni remordimiento alguno... solo determinación y convicción.
—Esto se complicó... —dijo en voz baja—, pero no hay de qué preocuparse, mi peque?o amo. Aunque me cueste la vida, usted saldrá sano y salvo de aquí...
El líder bandido dio un paso al frente, visiblemente irritado.
—Esto ya me está impacientando —escupió—. ?Apártense, inútiles!
Para ser un líder capaz de moverse por el Bosque Indomable y conocer sus rutas ocultas, debía ser fuerte. Y lo era.
—Debo admitir que eres fuerte, vieja... —continuó—, pero no lo suficiente. Si peleara uno contra uno con algún guardián, creo que ganaría...
Con una determinación injusta y despiadada, conjuró una estaca de hielo del porte de un humano y la lanzó con toda su fuerza.
Redda logró esquivarla con dificultad, saltando, pero se dio cuenta demasiado tarde.
El líder bandido se había movido con una velocidad absurda y ya se encontraba detrás de ella, en el aire.
No había honor.
No había respeto.
No había nada.
Para un bandido, ganar era lo único que importaba. Y él sabía perfectamente cómo actuar en esas condiciones.
—?Tu amor y determinación serán tu perdición!
Sin titubear, de forma cobarde y traicionera, apuntó un corte certero y mortal hacia el lado donde se encontraba Kael.
Redda no dudó.
Sabía que esa jugada llegaría.
Giró su cuerpo con rapidez, adelantando su brazo libre, ejecutando el movimiento para alejarse del bandido. Rodó violentamente por el suelo, cubriendo a Kael y arrastrándose debido a la enorme velocidad que había utilizado.
Un segundo después, algo cayó desde el aire.
Era un brazo.
El brazo de Redda.
Había sido usado como sacrificio para desviar el ataque que iba dirigido al joven amo.
Un llanto peque?o, desesperado, comenzó a oírse.
—?No puede ser...! —pensó Kael, aterrorizado—. ?Redda está muriendo... debo hacer algo! ?Maldición... no puedo dejar que más personas inocentes mueran...!
—Ohhh, mi peque?o... tranquilo —dijo Redda, forzando una sonrisa—. No pasa nada. Estas cosas suelen pasar. No hay nada que temer... son solo unos rasgu?os...
Pero la sangre brotaba sin parar del lugar donde había sido cercenada su extremidad.
—?Maten a la vieja todos juntos! —gritaron los bandidos, con los rostros deformados por la rabia—. ?Después la descuartizamos y dejamos sus pedazos repartidos por todo el bosque!
El grito aún flotaba en el aire cuando todo ocurrió.
No alcanzaron a dar un solo paso más.
Un filo de magia de viento atravesó el cuello de uno de ellos con una precisión brutal, separando su cabeza del cuerpo antes de que pudiera reaccionar. Casi al mismo tiempo, una luz intensa se alzó entre los árboles, iluminando el claro con un resplandor cegador. A unos metros de distancia, otro bandido comenzó a arder envuelto en llamas, retorciéndose mientras el fuego devoraba su cuerpo.
El olor a carne quemada se mezcló con el de la sangre fresca.
Al campo de batalla, por azares del destino, habían llegado dos cocineros de tiempo completo que aquel día se habían transformado en cazadores... y que, en ese mismo instante, se convertían en asesinos de bandidos.
Jacki y Lasan.
Ambos habían estado recolectando especias en el bosque cuando escucharon el alboroto. Ahora permanecían firmes, con la mirada fija en los cuerpos caídos, sin rastro alguno de duda.
—Esta especie de animales no la conozco bien —dijo Jacki, observando la escena con un desprecio frío—, pero tiene toda la pinta de ser una plaga desagradable y asquerosa... hay que erradicarla.
—No sabes cuánto me quejaba cuando, además de ser cocinero, tenía que apoyar como recolector —a?adió Lasan, apretando los dientes—. Pero hoy... hoy me alegra tanto aceptar este cargo de ser ASESINO.
Un rayo de esperanza se abrió paso en el pecho de Kael.
El miedo que lo oprimía desde hacía tanto tiempo se aflojó apenas un poco al ver la oportuna intervención de los cocineros más destacados de la familia Sungley.

