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CAPÍTULO 8-La Loba de Thalen

  El aire era delgado y cortante en las monta?as de Thalen. La nieve antigua se acumulaba en las grietas de la roca, y el viento aullaba entre los riscos como si las mismas monta?as respiraran. El sendero, angosto y resbaladizo, se retorcía entre abismos cubiertos de niebla; un solo paso en falso bastaría para caer al vacío.

  El grupo avanzaba con cautela, envueltos en capas gastadas que apenas los protegían del frío.

  Doran iba al frente, el hacha a la espalda, las dos dagas en su cinturón.

  Detrás de él, Kaelor caminaba en silencio, atento a cada sonido. Alden respiraba con dificultad, el rostro pálido por el esfuerzo. Kael cerraba la retaguardia, mirando hacia atrás cada cierto tiempo, como si temiera que el viento trajera algo más que su propio eco.

  El paso se hacía cada vez más estrecho. A un lado, roca; al otro, vacío. En ocasiones, el soplo del aire se confundía con un lamento humano, y Alden sentía que algo invisible los seguía a la distancia.

  —Thalen siempre fue un camino traicionero —gru?ó Doran sin volverse—. Deslizamientos, bestias… y cosas peores que los lobos. Pero sigue siendo la ruta más rápida a Aeryndor… si los dioses no deciden aplastarnos antes.

  Kael soltó una risa nerviosa.

  —Qué alentador, Doran. Casi suenas como un guía optimista.

  El mestizo no respondió. La tensión se volvía cada vez más densa que el frío mismo.

  ***

  El día avanzó lento, hasta que el cielo se ti?ó de un gris plomizo. Cuando el sol empezó a hundirse tras las cumbres, Doran levantó la mano y se detuvieron.

  —Pasaremos la noche aquí —dijo, se?alando una grieta ancha en la roca—. Con suerte, el viento no nos arrancará mientras dormimos.

  Encendieron un fuego débil, protegido por piedras. El humo se perdía en la oscuridad.

  Kael y Alden compartían pan duro; Kaelor, de pie, vigilaba la entrada, el semblante endurecido por recuerdos que no compartía.

  Doran mascaba carne salada, pensativo.

  —Nunca entendí por qué alguien huiría de Drauhen hacia Valdara —dijo al fin, rompiendo el silencio—. Nadie con sensatez lo haría… salvo que tuviera un motivo de peso. Y todos sabemos quién gobierna Valdara ahora.

  Kaelor levantó la vista.

  —Digamos que Galathor y yo tenemos cuentas pendientes.

  Doran resopló, entre humor y amargura.

  —Cuentas con el rey de Elyndor… vaya compa?ía la mía.

  Alden no escuchaba. Algo lo inquietaba.

  Un susurro en el viento.

  Una presencia… cercana.

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  Se puso de pie sin hablar.

  —?Qué fue eso? —preguntó Kael, incorporándose.

  Alden no respondió. Se acercó a la entrada de la grieta, donde la ventisca golpeaba como un muro vivo.

  Entonces la vio.

  Una loba.

  De pelaje espeso y gris plateado, los ojos ámbar encendidos como brasas.

  Se hallaba sobre una roca, mirando directamente a Alden.

  Su postura era tensa. Amenazante.

  Doran se levantó de inmediato, desenvainando una daga.

  —Ni un paso más, bestia…

  Pero no pudo terminar la frase.

  Una segunda sombra cayó desde lo alto.

  Un felino enorme —un león de las cumbres, de pelaje oscuro y colmillos curvados— se abalanzó sobre la loba con un rugido que hizo vibrar la roca. El impacto los arrastró a ambos hacia un círculo de nieve aplastada.

  La loba rodó, esquivando por un pelo las mandíbulas del felino.

  El animal atacó otra vez, poderoso, moviéndose con una rapidez antinatural.

  —?Atrás! —gritó Kaelor, sujetando a Kael por el brazo cuando este quiso avanzar.

  La lucha era brutal.

  El felino arremetía con garras como navajas.

  La loba esquivaba, retrocedía, atacaba de nuevo; sus colmillos encontraron el cuello del león durante un instante, pero este la lanzó contra la nieve con un zarpazo feroz.

  Alden dio un paso adelante sin darse cuenta.

  El felino volvió a saltar. La loba rodó hacia un lado, se alzó sobre sus patas y, en un destello de furia, mordió la garganta del monstruo.

  El rugido final se apagó en un gorgoteo.

  El silencio volvió tan abruptamente que dolía.

  La loba quedó inmóvil unos segundos, respirando con dificultad. Tenía sangre en el costado; no era grave, pero sí profunda.

  Alden sintió algo en el pecho.

  Un tirón.

  Un llamado antiguo, imposible de nombrar.

  —Alden… —murmuró Kaelor, con una advertencia en la voz.

  Pero el muchacho ya avanzaba.

  La loba lo miró. No como a un enemigo.

  No como a un humano.

  Como si lo reconociera.

  Los ojos de Alden se iluminaron apenas.

  Un brillo ámbar.

  Débil.

  Natural…

  Y no era suyo.

  Solo la loba lo vio.

  Alden extendió la mano.

  El animal la olfateó, exhausto, tembloroso… y apoyó su hocico contra sus dedos.

  Kael soltó el aire que había contenido.

  Doran se quedó petrificado.

  —Por los dioses… —exclamó el mestizo—. ?Qué clase de hechicería es esta?

  Alden no respondió. Su voz salía casi en un susurro.

  —No nos hará da?o.

  La loba bajó la cabeza y se dejó caer junto a él, exhausta pero tranquila.

  Kael no pudo evitar sonreír.

  —Guarda la daga, Doran. No querrás que la loba te juzgue.

  Doran bufó, aunque el temblor en sus manos lo delataba.

  —No temo a ningún perrucho. Soy Doran, hijo de Thuran, guerrero de leyenda, y de una humana que mi padre salvó de los orcos en las minas del sur… Se aclaró la garganta.

  —Los enanos me llaman bastardo, los hombres me dicen monstruo. Pero cuando se escriban las canciones, recordarán mi nombre. Seré un héroe de ambos pueblos.

  Kael rió.

  —Un héroe con miedo a los lobos… eso sí será una canción memorable.

  Incluso Doran sonrió antes de volver a su severidad habitual.

  La loba se echó junto a Alden, vigilante, respirando con calma.

  El grupo comió en silencio.

  Cuando el sue?o los venció, el animal seguía despierto, con los ojos clavados en la oscuridad, protegiéndolos.

  Reanudaron la marcha al amanecer.

  El cielo azul pálido iluminaba los riscos.

  La loba avanzaba unos metros por delante, ligera, segura, como si conociera el camino mejor que ellos, como si hubiera estado esperándolos desde siempre.

  ***

  A lo lejos, entre las laderas, una columna de humo se elevaba.

  Riven detuvo a su caballo al verla.

  —Los alcanzaremos antes del mediodía, mi se?or —informó su teniente—. Mantenemos el ritmo desde anoche.

  Riven asintió.

  —Ha valido la pena. Ya los tenemos.

  El viento sopló desde el norte, arrastrando un aullido que resonó entre las cumbres.

  Riven alzó la mirada justo a tiempo para ver una sombra moverse entre los riscos.

  Gracias por leer este capítulo.Como siempre, me encantaría conocer tus comentarios e impresiones.

  Te invito a continuar con el siguiente capítulo, y gracias por acompa?arme en esta historia.

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