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CAPÍTULO 7-Sangre en el Thalor

  Doran dio un trago largo y dejó la jarra con un golpe seco sobre la mesa.

  —El Paso de Thalen no es barato. Y estos días menos.

  Era bajo —apenas más de un metro y medio—, pero ancho como un barril de cerveza. Hijo de enano y humana: torso de minero, brazos gruesos, barba gris que le llegaba al pecho. Los ojos oscuros brillaban con la claridad de quien lleva a?os sin embriagarse de verdad.

  Kaelor sostuvo la mirada.

  —No busco algo barato. Busco llegar a Aeryndor.

  Doran soltó un resoplido.

  —Aeryndor… A orillas del Thalor y a los pies de las monta?as. Hay más tumbas que casas en esa ruta.

  —Puedo pagarte —dijo Kaelor, sin alterar el tono.

  Sobre la mesa dejó caer unas monedas de oro. El brillo cálido sobre la madera bastó para suavizar la expresión del mestizo.

  —Está bien —dijo al fin—. Ma?ana al amanecer partimos río abajo. Pero te advierto algo… nadie cruza Thalen sin perder algo. Aunque sea el miedo.

  Kaelor no respondió. El fuego del local proyectó la sombra de ambos sobre la pared, alargándolas como si una monta?a se levantara detrás de ellos.

  ***

  El murmullo del agua se confundía con el crujir del casco del barco mercante. Durante días avanzaron entre monta?as, empujados por la corriente lenta del Thalor.

  En cubierta, Kaelor entrenaba con Alden.

  Alden manejaba dos espadas: la corta de su padre en la izquierda, la larga en la derecha. Golpeaba, giraba, bloqueaba. Kaelor corregía con su propia espada desnuda.

  —No adelantes tanto el pie.

  Alden corrigió. Falló el bloqueo. El plano de la espada de Kaelor golpeó su brazo con precisión seca.

  —Duele más la verdad que el acero —dijo el mayor.

  Alden apretó los dientes y siguió. El sonido metálico de los choques resonó contra las paredes del valle.

  Desde la baranda, Kael observaba en silencio.

  Doran se acercó sin hacer ruido.

  —Te quedas mirando como si nunca hubieras visto pelear a tu propio hermano.

  Kael no apartó los ojos del entrenamiento.

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  —Porque nunca lo había visto pelear de verdad.

  Doran soltó una risa baja.

  —Pronto todos veremos de qué estamos hechos.

  Kael entornó los ojos; la tensión no se le escapó al mestizo.

  —Y hablando de eso —continuó Doran, bajando la voz—, escuché en el último puerto que hay más patrullas de lo normal a lo largo del río. Demasiadas preguntas. Demasiadas caras jóvenes buscadas.

  Kael frunció el ce?o.

  —?Crees que vienen por nosotros?

  Doran apoyó los antebrazos en la baranda.

  —No lo creo. Lo sé.

  El viento cambió de dirección, trayendo un silencio que ningún pájaro rompió.

  ***

  El agua del Thalor se agitaba con la corriente, reflejando la luz gris del amanecer. Riven permanecía de pie en la proa de una embarcación militar mientras una docena de soldados remaban con ritmo constante. El aire estaba impregnado de humedad y sudor.

  Cuando tocaron tierra en la otra orilla, un oficial los recibió con una reverencia formal.

  —Bienvenido, mi se?or. Recibimos sus mensajes y seguimos las órdenes al pie de la letra.

  Riven bajó del bote sin responder. Su capa ondeó tras él, manchada por el polvo del camino y las gotas del río.

  —Infórmame de la situación —ordenó sin levantar la voz.

  —Hemos establecido puntos de control cada diez kilómetros a lo largo del último tramo del río —respondió el soldado—. Ninguna embarcación o viajero puede pasar sin ser visto. Hasta el momento no hemos encontrado a nadie con las descripciones que envió.

  Riven asintió lentamente. Miró hacia el norte, hacia las monta?as cubiertas por una bruma azulada.

  Por un momento, una duda cruzó fugazmente su semblante. ?Y si se había equivocado al venir al paso de Thalen? ?Acaso debió ir al norte, hacia la capital?… No. Su instinto nunca le había fallado.

  Su voz, cuando volvió a hablar, sonó firme:

  —Mantengan la vigilancia. Si algo fuera de lo común sucede, quiero saberlo de inmediato.

  —Sí, mi se?or.

  El soldado hizo una reverencia y se alejó para dar órdenes. Riven permaneció inmóvil unos segundos más, observando cómo el río seguía su curso imperturbable. El viento trajo consigo un murmullo lejano, como si las monta?as susurraran algo que solo él podía oír.

  Entonces giró sobre sus talones y siguió su camino sin mirar atrás.

  ***

  Horas más tarde, Doran estaba en la proa, mirando río abajo. Su expresión se volvió súbitamente seria.

  —Tenemos problemas —dijo, y su voz hizo que Kaelor se pusiera en pie de inmediato.

  A lo lejos, una patrulla aparecía, desplazándose en dirección contraria sobre peque?as embarcaciones. Doran apretó los dientes.

  —No debería haber control en esta zona —murmuró—. Si intentamos llegar a la orilla, nos interceptarán antes. Déjenmelo a mí. Y mantengan la boca cerrada.

  La tripulación redujo la velocidad hasta que una de las embarcaciones de control se acopló al costado. Varios soldados subieron a bordo, con el rostro endurecido.

  El líder, un hombre de armadura gastada y tono autoritario, examinó a los tripulantes uno a uno.

  —Buscamos a jóvenes con una marca en el pecho. Revisen a todos.

  Doran dio un paso al frente, levantando las manos.

  —Somos comerciantes, y ya pagué la cuota correspondiente al maldito del capitán Hareth. No tienen derecho a—

  El soldado lo interrumpió, apuntándole con su espada.

  —Cierra la boca, sucio mestizo.

  La rabia se encendió en los ojos de Doran, pero no se movió.

  Dos soldados se acercaron a Kaelor, que ya tenía la mano sobre la empu?adura de su espada.

  —Tranquilo —dijo Doran en voz baja, casi sin mover los labios—. Espera.

  Otro soldado empujó a Kael, exponiendo su pecho. Luego giró hacia Alden y tiró del cuello de su camisa con brusquedad. El aire se volvió denso; la marca en forma de llama quedó expuesta sobre su piel.

  El soldado apenas alcanzó a abrir la boca antes de que Kael le hundiera una daga en la espalda.

  Todo estalló.

  Kaelor desenvainó con rapidez mortal: un corte limpio al cuello del primer soldado, un choque de acero, y el segundo cayó atravesado.

  Doran, con un rugido, lanzó dos dagas que se clavaron en los costados del líder, el mismo que lo había insultado.

  Alden giró sobre sí mismo: un tajo con la derecha, otro con la izquierda, y dos enemigos cayeron casi al unísono.

  El último soldado intentó huir, pero Kael lo alcanzó antes de que llegara al borde. Su cuerpo sin vida cayó al agua.

  El silencio posterior pesaba como una piedra.

  Doran respiró hondo, limpiando sus dagas.

  —Tenemos que continuar a pie —dijo con urgencia—. Si otra patrulla ve esto, estaremos muertos antes del amanecer.

  Kaelor asintió. Sin mirar atrás, el grupo recogió sus cosas, descendió a la orilla y se internó entre los árboles, en dirección a las colinas de Thalen, cuyos picos nevados se recortaban contra el cielo.

  ***

  Horas después, poco antes del anochecer, el viento soplaba frío entre las ramas.

  Riven caminaba lentamente por la cubierta del barco mercante. Sus botas se manchaban con la sangre seca de los soldados caídos. Observó los cuerpos uno por uno, sin expresión, hasta detenerse junto al líder muerto.

  Se agachó junto a él y cerró sus ojos con dos dedos.

  —Un golpe limpio —murmuró, más para sí que para el soldado que lo acompa?aba—. Rápido. Sin vacilación.

  El hombre que lo seguía habló con respeto:

  —Parece obra de contrabandistas.

  Riven se incorporó.

  —No —respondió con voz baja, segura.

  —No eran contrabandistas.

  Sus ojos se dirigieron hacia el horizonte, donde la línea de monta?as se perdía en la neblina. La brisa proveniente de las cumbres traía un tenue olor a hierro y se?alaba la ruta que debía seguir.

  —Están cerca —dijó—. Un día. Día y medio como mucho.

  El río seguía su curso, indiferente a la sangre derramada, como si el destino mismo fluyera entre sus aguas.

  Gracias por leer este capítulo.Como siempre, me encantaría conocer tus comentarios e impresiones.

  Te invito a continuar con el siguiente capítulo, y gracias por acompa?arme en esta historia.

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