La tienda principal olía a hierro y cuero viejo. Riven se inclinaba sobre un mapa extendido, la luz trémula de una lámpara proyectando sombras tensas sobre su rostro.
—Los que huyeron se dividieron —informó su subordinado, de pie con la rigidez del deber—. Algunos tomaron el camino al norte, hacia la capital. Otros se dirigieron al sur, hacia los pantanos. Y un grupo peque?o se internó en el bosque occidental, rumbo a Valdara.
Riven no levantó la mirada. Solo deslizó una mano hacia el pomo de su espada, apoyándola allí con un gesto lento y medido.
—Tráiganme al alcalde —ordenó.
El subordinado salió de inmediato. Minutos después, dos soldados empujaron al anciano dentro de la tienda. Cayó de rodillas, temblando. Su respiración era irregular; un sudor frío le corría por la sien.
Riven se inclinó apenas hacia él, su mano aún sobre la espada.
—Busco a un joven —dijo, con voz tan calmada que resultaba más amenazante que un grito—. Trabajaba en la herrería. Tiene una marca en el pecho. Quizá lo acompa?e un soldado… o alguien parecido a uno.
El anciano tragó saliva. Por un instante, pareció luchar por mantener el control de su vejiga.
—D-debe referirse a Alden… el sobrino de Kaelor —balbuceó—. No sé nada de marcas, se?or, pero sí, trabajaba en la herrería. Y vivía con Kael… y con Kaelor… cerca del bosque, al oeste.
Riven enderezó la espalda. Ni un gesto de satisfacción, solo un breve asentimiento.
—Envía un grupo hacia el oeste —ordenó a su subordinado—. Y despacha un mensaje a la frontera con su descripción.
Luego miró al alcalde.
—Lo has hecho bien.
El anciano inclinó la cabeza, aliviado y avergonzado. Los soldados lo retiraron.
Cuando el silencio regresó a la tienda, Riven sentenció:
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—Preparad al destacamento. Partimos al amanecer.
***
El sol de la ma?ana ba?aba las torres de Nareth, ciudad bulliciosa a orillas del río Thalor. Gentes de todas las razas cruzaban las calles entre mercancías, olores de pan recién hecho, especias y humo de forjas.
Alden caminaba al centro, flanqueado por Kaelor y Kael.
—Deberíamos buscar algo de comer —dijo Kael, olfateando—. Si vuelvo a ver otro pu?ado de bayas del bosque, me tiro al río.
Alden sonrió por primera vez desde Hearthglen.
—Un príncipe como tú no puede comer como un plebeyo, ?no?
Kael se llevó una mano al pecho, fingiendo indignación.
—?Al fin mi hermano menor reconoce mi linaje! Ya era hora.
Kaelor gru?ó sin mirarlos.
—Buscaremos comida… y un barco que nos lleve al Paso de Thalen. Pero necesitaremos un guía.
***
La taberna del puerto era oscura y olía a madera húmeda y cerveza agria. Kael y Alden ocupaban un rincón con platos humeantes frente a ellos. Kael devoraba sin pudor. Alden apenas levantaba los cubiertos.
—Come —dijo Kael—. Elena te rega?aría si te viera así.
Alden apretó el tenedor. El metal crujió entre sus dedos.
—No sé si puedo ser lo que dicen que soy —susurró—. No soy fuerte como tú. No soy listo como tú. Solo era… un herrero.
Kael dejó la cuchara.
—Escúchame. Tú siempre fuiste el que arreglaba las cosas. El que ayudaba sin pedir nada. La gente te seguía sin que lo pidieras. Eso no es fuerza de brazos, Alden. Eso es otra cosa. Y ahora… ahora lo necesitamos.
Alden apretó el tenedor. El metal crujió ligeramente entre sus dedos.
—Solo sé esto —murmuró—: no quiero que nadie más pierda lo que nosotros perdimos.
Kael lo observó en silencio, y luego asintió con una media sonrisa.
—Eso ya suena más a ti.
En ese momento, la tabernera se acercó. Kaelor estaba de pie a su lado, hablando con ella en voz baja. Sacó una peque?a moneda de oro y la dejó sobre la bandeja.
Kael lo miró con los ojos muy abiertos.
—?Y desde cuándo somos ricos…? —murmuró.
Kaelor lo ignoró.
—Dicen que para cruzar el Paso de Thalen debemos hablar con Doran —informó, se?alando hacia una mesa al fondo.
Allí, un hombre de barba descuidada fumaba en silencio. No parecía borracho; sus ojos estaban demasiado atentos, demasiado sobrios para alguien que llevaba una jarra medio llena enfrente.
Kael arqueó una ceja.
—No parece más que un vago.
—Las apariencias enga?an —respondió Kaelor.
Y se acercó a él.
Kael y Alden intercambiaron una mirada entre duda y resignación.
***
Lejos de Nareth, sobre un sendero que se perdía entre colinas, un grupo de jinetes avanzaba bajo un cielo gris. Riven encabezaba la marcha. No tenía pruebas, solo una intuición persistente.
Y, como tantas veces antes, eligió confiar en ella.
El viento soplaba desde las monta?as de Thalen, empujando a ambos bandos hacia un mismo destino.
Uno que ya había empezado a cerrarse sobre ellos.
Gracias por leer este capítulo.Como siempre, me encantaría conocer tus comentarios e impresiones.
Te invito a continuar con el siguiente capítulo, y gracias por acompa?arme en esta historia.

