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CAPÍTULO 5-Susurros del Destino

  El amanecer se alzaba sobre las ruinas del Templo de Aeryndor. Entre columnas erosionadas, la luz entraba en haces dorados que iluminaban viejos grabados y cicatrices de un pasado olvidado. Aunque el tiempo había dejado su marca en las piedras, el templo seguía siendo el corazón de la Orden de Aeryndor, una hermandad de hechiceras y eruditas dedicadas a preservar los saberes antiguos.

  En su centro, la gran torre se erguía desafiante entre las ruinas, como un faro de memoria. Desde allí, el Oráculo observaba los hilos del destino deslizarse sobre el agua.

  Pero no todos en el templo compartían aquella serenidad.

  Entre los pasillos, una figura femenina avanzaba con paso ligero, sosteniendo contra su pecho una cesta envuelta en tela. El dulce aroma de miel y especias escapaba entre los pliegues, delatándola. Tras ella, un par de aprendices la perseguían con voces irritadas.

  —?Lyanna! ?Eso era para las guardianas mayores! —gritó una de ellas.

  Lyanna dobló una esquina sin mirar atrás. Sus rizos oscuros le caían sobre los hombros, y sus ojos verdes brillaban con una mezcla de travesura y determinación.

  —Lo sé, lo sé —respondió mientras avanzaba—, pero si las guardianas insisten en dejar la bandeja justo al alcance de cualquiera… es casi una invitación.

  Intentó ocultarse detrás de un arco parcialmente derrumbado, pero al retroceder, golpeó un estante cargado de objetos antiguos. Un frasco cayó al suelo y se quebró en un destello azul. El resplandor se elevó unos segundos antes de disiparse como una exhalación.

  El silencio se volvió absoluto.

  Lyanna contuvo la respiración. Las aprendices se detuvieron en seco; una de ellas llevó ambas manos a la boca.

  —Eso era… —susurró, sin terminar la frase.

  Dos guardianas aparecieron de inmediato. Una tomó a Lyanna del brazo, sin brusquedad pero con firmeza.

  —El Oráculo desea verte —dijo con voz neutra.

  Lyanna bajó los hombros como quien acepta una consecuencia inevitable.

  —Supongo que ya lo esperaba —murmuró.

  ***

  El gran salón del Oráculo era vasto y solemne. Columnas de mármol blanco sostenían una bóveda tallada con símbolos antiguos. En el centro, una mujer esperaba en silencio. De cabello negro y ojos azules serenos, Selenya imponía respeto sin necesidad de alzar la voz. Frente a ella, un espejo de agua mostraba imágenes fugaces que se desvanecían antes de poder descifrarse.

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  Lyanna se inclinó con respeto, aún con la cesta a medio abrir.

  —No quise causar da?o, Selenya. Solo… olían demasiado bien.

  El Oráculo sonrió levemente.

  —Lo que buscas y lo que tomas rara vez coinciden, hija mía. Pero no estás aquí por el frasco.

  Lyanna alzó la vista, desconcertada.

  —?No?

  —No. —Selenya posó la mano sobre el agua. Las ondas formaron figuras: un fuego distante, un bosque en sombra, un joven marcado por la luz.— Te encontré hace a?os entre los restos de una caravana saqueada. Vi en ti una fuerza que aún no comprendías. Hoy esa fuerza vuelve a despertar. El tiempo se mueve, Lyanna… y contigo el destino del mundo.

  Lyanna apretó los labios. Dudaba, pero no retrocedía.

  —Sé que tus visiones no fallan… pero nunca he salido del templo. No veo cómo podría tener un destino fuera de aquí.

  —Tu camino no termina en estos muros. Pronto llegará alguien cuyo destino está ligado al tuyo: el Portador de la Marca. Cuando lo veas, lo sabrás. —Su voz descendió a un susurro.— En ti hay algo que él va a necesitar… aunque todavía no sepas qué es.

  Antes de que Lyanna pudiera responder, el agua tembló. Una imagen surgió: fuego, gritos, tres figuras huyendo bajo la sombra de los árboles.

  Selenya alzó la vista.

  —El tiempo se acerca —musitó.

  ***

  El sol apenas se filtraba entre las copas de los árboles cuando Kaelor caminaba por un estrecho sendero del bosque. Alden lo seguía a unos pasos y Kael cerraba el grupo. Durante largo rato, solo el crujir de las hojas bajo sus botas rompió el silencio. Finalmente, Kael habló:

  —Alden… —le dio un leve golpe en el hombro—. ?Cómo te sientes?

  El joven levantó la vista, cansado.

  —No lo sé. Perdimos nuestro hogar, a Elena, a todos… y el tío Kaelor no nos dice nada. Solo “paciencia” y “sigan adelante”. —Su voz tembló entre frustración y tristeza.— No entiendo nada.

  Kael guardó silencio un instante.

  —Tío siempre nos cuidó como a sus hijos. Si calla algo, debe tener motivos. Confía en él, como siempre.

  Alden asintió. Kael se adelantó mientras Alden se acercaba a Kaelor.

  Caminaron unos minutos sin decir palabra, hasta que Kaelor habló:

  —Tu padre era mi hermano de armas… y tu madre, una de las almas más nobles que conocí. —Su voz era grave, pero había en ella una nostalgia profunda.— Aquella Marca que llevas en el pecho no es un castigo, Alden. Es una herencia.

  El joven lo observó incrédulo.

  —?Herencia?

  Kaelor asintió.

  —La Marca está ligada a una antigua profecía. Habla de un portador destinado a reunir las Reliquias del Alba, fragmentos del poder primordial que dio forma a Myranthel.

  —?Y Galathor…? —preguntó Alden, casi en un susurro.

  —Teme esa profecía. —El rostro de Kaelor se endureció.— Ya posee una de las reliquias, corrompida por la magia oscura. Si llegara a reunirlas todas, su poder no tendría límites. Tu padre lo sabía, y murió protegiéndote.

  Alden se detuvo. El aire se le quedó atascado en la garganta. Bajó la mirada, abrumado.

  —Entonces… todo lo que pasó en el pueblo fue por mí.

  Kaelor siguió caminando dos pasos y respondió sin mirarlo:

  —No —replicó con firmeza.— Fue por él. Pero en ti está la fuerza para detenerlo. Ese es tu destino, Alden. No una carga… sino una elección.

  El joven asintió lentamente. Kaelor se quitó la espada que llevaba a la espalda y se la entregó.

  —Era de tu padre. Llévala con honor.

  Alden la tomó con respeto. La hoja, limpia y bien forjada, tenía una empu?adura grabada con la cabeza de un lobo. Pasó el pulgar sobre el metal frío, como si pudiera sentir en él la presencia de su padre.

  —Cuéntame más sobre ellos… —pidió en voz baja.

  Antes de que Kaelor respondiera, la voz de Kael los interrumpió:

  —?Tío! ?Alden! ?Vengan, deben ver esto!

  Los tres avanzaron hasta donde Kael los esperaba. Ante ellos, el bosque se abría en una pendiente suave. A lo lejos, se extendía un valle atravesado por el gran río Thalor. En la orilla, una ciudad se alzaba entre torres de piedra y embarcaciones que se mecían sobre el agua.

  —Nareth —dijo Kaelor con una sonrisa cansada pero firme—. Nuestra primera parada de camino a Aeryndor.

  Más allá, alzándose majestuosas, las Cumbres de Thalen recortaban el horizonte como una muralla natural que separaba reinos y destinos.

  Alden observó en silencio, mientras el viento agitaba las hojas a su alrededor. Por un instante, creyó escuchar un eco lejano… una voz femenina, suave, que susurraba su nombre entre los murmullos del bosque. Se llevó la mano al pecho. La Marca latió una vez, caliente, como si algo acabara de tocarla desde dentro.

  ***

  En Aeryndor, Lyanna hizo exactamente el mismo gesto sin saber por qué.

  El viento llevó ese eco hasta las torres del templo, donde la Oráculo cerraba los ojos junto a su espejo de agua.

  —Ya está en camino —dijo para sí misma.

  Y, por un instante, Lyanna creyó escuchar el mismo susurro, tan real que giró la cabeza buscando su origen. El aire se había vuelto extra?o… como si el destino acabara de despertar.

  Y ya no había forma de volver a dormirlo.

  Gracias por leer este capítulo.Como siempre, me encantaría conocer tus comentarios e impresiones.

  Te invito a continuar con el siguiente capítulo, y gracias por acompa?arme en esta historia.

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