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CAPÍTULO 9-Despertar

  —Odio este maldito paso —gru?ó Doran mientras avanzaba—. Cada piedra parece querer matarnos.

  El terreno se volvía cada vez más traicionero. Fragmentos de roca se desprendían bajo sus botas y caían al vacío sin hacer ruido. Las nubes ascendían desde el abismo, envolviéndolos por momentos en una neblina espesa que olía a hielo y a peligro.

  Doran seguía al frente, con los ojos atentos a cada grieta del camino.

  —Este es el paso más corto hacia Aeryndor —a?adió sin mirar atrás—, pero también el más inseguro. El suelo puede ceder sin aviso.

  La loba caminaba unos metros detrás del grupo, olfateando el aire con inquietud. Kael cerraba la retaguardia, vigilante, con la mano sobre la empu?adura de su espada. A cada paso, el silencio se hacía más denso. Solo el crujir de la nieve bajo las botas y el silbido del viento acompa?aban su avance.

  El sendero, angosto y resbaladizo, se retorcía entre abismos cubiertos de niebla; un solo paso en falso bastaría para caer al vacío. En la distancia, un águila giraba entre las nubes. Las monta?as parecían cerrarse a su alrededor, observando el lento ascenso de los cuatro viajeros y del animal.

  La tensión era casi física, como un presagio de algo inminente.

  Doran se detuvo de pronto, apoyando una mano en la roca.

  —Nos acercamos al tramo más estrecho —dijo con voz grave, casi apagada por el viento—. Si algo nos encuentra aquí, no tendremos espacio ni para defendernos ni para huir.

  Kaelor asintió en silencio y revisó el filo de su espada. Su vista se perdió un instante en el abismo cubierto por la neblina.

  —Sigamos —ordenó con calma—. Cuanto antes crucemos, mejor.

  Continuaron. Las sombras de los picos se alargaban, y el viento levantaba remolinos de polvo helado. Entonces, la loba se detuvo con rigidez súbita. El lomo erizado. Los ojos fijos no en la monta?a frente a ellos… sino en el sendero que habían dejado atrás.

  Un gru?ido profundo retumbó en su garganta.

  Kaelor frunció el ce?o.

  —?Qué ocurre?

  Antes de que pudiera responder, el viento cambió de dirección. La neblina detrás de ellos se arremolinó de forma extra?a, como empujada por algo invisible.

  Un destello metálico rasgó el velo blanco.

  —?Armas! —bramó Doran, girando y empu?ando el hacha.

  Figuras emergieron del vapor helado: soldados, armaduras ennegrecidas por el viaje, avanzando con paso firme. Al frente, un hombre de capa gris.

  Riven.

  Las espadas se desenvainaron casi al mismo tiempo que los soldados irrumpieron en el estrecho paso. El aire, antes gélido y silencioso, se llenó con el choque del acero.

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  La batalla estalló.

  Kael se lanzó primero, chocando contra un soldado con fuerza brutal. Un segundo enemigo intentó flanquearlo, pero cayó por el golpe certero de Kaelor. Doran arrojó sus dagas: ambas se clavaron en los pechos de los hombres que encabezaban la carga, antes de lanzarse con su hacha y un rugido que retumbó entre los riscos.

  El combate fue un caos comprimido. El terreno estrecho impedía moverse con libertad; cada paso podía significar caer al abismo.

  Alden esquivó un tajo, giró y hundió su espada en el abdomen de su atacante, pero el cuerpo sin vida lo empujó hacia el borde.

  —?Alden! —gritó Kaelor, lanzándose hacia él.

  Logró sujetarlo del brazo justo antes de que resbalara. El muchacho miró hacia abajo: el vacío se extendía como un mar blanco. Jadeante, Kaelor tiró con fuerza.

  —No sueltes tu espada —dijo entre dientes.

  —No pienso hacerlo —respondió Alden, pálido pero firme.

  Se giraron para enfrentar a los enemigos restantes. Las espadas volvieron a chocar; el fragor del combate rugió entre los riscos.

  A pocos metros, Doran luchaba contra un soldado más alto. El enemigo levantó su espada a dos manos y lanzó un golpe descendente. Doran esquivó; el filo le rozó el cuello. Rugiendo, giró el cuerpo y hundió su hacha en el costado del soldado.

  —Demasiado lento —escupió.

  Kaelor, aún recobrando el aliento, no vio al enemigo que se acercaba por su espalda. Fue la loba quien lo detectó. Saltó como una sombra viva, embistiéndolo y derribándolo antes de que la espada descendiera. Los colmillos se hundieron en su brazo, arrancándole un grito.

  —Buena chica… —murmuró Kaelor, retomando la guardia.

  Kael se abría paso entre dos enemigos con una precisión feroz. Un tajo al abdomen del primero, un golpe al rostro del segundo… ambos cayeron.

  Entonces lo vio.

  Riven avanzaba hacia él. No corría: caminaba. Seguro. Casi sereno.

  Kael se interpuso con la espada en alto.

  Riven lo observó un segundo.

  —Has peleado bien —dijo con voz grave—, pero aún eres joven.

  Kael no respondió. El choque de espadas fue brutal. Chispas saltaron con cada golpe. Kael atacó con fuerza, pero Riven bloqueaba con precisión impecable. Cada estocada era desviada; cada defensa, respondida con un contragolpe exacto.

  Un tajo en la pierna lo hizo tambalear. Riven aprovechó y golpeó con la empu?adura. Kael cayó de rodillas, la sangre ti?endo la nieve.

  —?Kael! —la voz de Alden desgarró el aire.

  Había terminado con su último enemigo. Y ahora veía a su hermano herido, la espada de Riven levantándose sobre él.

  Algo ardió dentro de Alden.

  La Marca en su pecho palpitó como un latido ajeno. El calor subió por su brazo hasta la palma. Sus pupilas se aclararon, adquiriendo un brillo leve, casi líquido.

  El aire vibró.

  Se contrajo.

  Se tensó como una cuerda a punto de romperse.

  Riven sintió el aviso un instante antes. Giró de lado por puro instinto.

  Una fuerza invisible lo rozó como una ráfaga abrasadora. La pared de piedra detrás de él estalló con un estruendo que desgarró el silencio de la monta?a.

  El impacto lo lanzó hacia atrás.

  La monta?a tembló.

  La nieve cedió.

  Un rugido atronador llenó el aire.

  —?Retrocedan! —gritó Kaelor.

  Pero era tarde.

  La avalancha se desplomó desde los riscos, una marea blanca que descendía devorándolo todo. Gritos, acero, viento, hielo.

  Alden cayó de rodillas, exhausto. La luz en sus pupilas se apagaba. Su respiración era un hilo frágil mientras el estruendo lo envolvía todo.

  ***

  En Aeryndor, la luz dorada del amanecer atravesaba los ventanales del templo. El mármol brillaba como si hubiera sido pulido con fuego.

  Lyanna estaba en el centro de la sala, inmóvil en posición de meditación, rodeada de círculos de arena fina trazados con precisión ritual.

  Un susurro interior la sobresaltó.

  El aire vibró.

  Una oleada de calor la recorrió.

  Sus pupilas se aclararon, reflejando una luz tenue que no provenía del sol.

  Fragmentos.

  Un grito.

  Una monta?a.

  Un abismo blanco.

  Un latido que no era el suyo.

  —Lyanna, ?estás bien? —preguntó una aprendiz en la entrada.

  Ella parpadeó. La luz se desvaneció.

  —Sí… —murmuró.

  Pero su corazón seguía latiendo con un eco que no pertenecía a ese templo.

  Algo —o alguien— había despertado.

  Y la había llamado.

  Desde muy lejos.

  Alzó la vista hacia las monta?as invisibles tras la bruma, sabiendo que aquello no era un simple desvarío.

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  I invite you to continue on to the next chapter, and thank you for following this story.

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