La loba escarbaba entre la nieve compacta, lanzando zarpazos que levantaban fragmentos de hielo y polvo blanco. Su respiración era rápida, el vapor escapando en breves nubes al aire helado. Finalmente, bajo un montículo gris de nieve endurecida, algo se movió.
Un brazo.
El animal gimió suavemente y siguió escarbando hasta descubrir a Alden y Kael, semienterrados. Alden cubría a su hermano con el cuerpo, protegiéndolo del peso de la avalancha.
—?Aquí! —la voz ronca de Doran rompió el silencio.
Kaelor y él descendieron a prisa, hundiendo las botas en la nieve suelta. Ayudaron a Alden a incorporarse; su rostro estaba pálido, con escarcha en el cabello y una herida menor en la ceja. Kael, tendido a su lado, respiraba con dificultad. Tenía el hombro derecho ensangrentado, el rostro magullado y un corte en la pierna izquierda, aunque parecía fuera de peligro.
Doran soltó un resoplido entre cansado y aliviado.
—Por los dioses… creí que no lo contaban.
Kaelor examinó el terreno alrededor. La avalancha había borrado todo rastro del sendero.
—No hay paso atrás —dijo con tono grave—. Al menos no por ahora.
Un silbido gélido cruzó el desfiladero, levantando remolinos de escarcha. De lo alto cayó una piedra que rodó hasta detenerse junto al pie de Doran. él levantó la vista hacia la muralla blanca que ahora los separaba del valle.
—Quizá fue suerte —exclamó—. Si no fuera por el derrumbe, los soldados nos habrían alcanzado.
Alden bajó la mirada. Su voz salió aún temblorosa.
—No sé qué fue eso… simplemente ocurrió.
Doran se encogió de hombros.
—Sea lo que sea, nos salvó el pellejo. Pero avanzaremos más despacio con tu hermano herido.
Kael, incorporándose con esfuerzo, forzó una sonrisa.
—No te preocupes. Puedo seguir el ritmo.
—Yo lo ayudaré —dijo Alden antes de que Kaelor pudiera intervenir.
El veterano asintió con un movimiento breve.
—Bien. Debemos avanzar.
El grupo emprendió la marcha hacia el oeste, abriéndose paso entre montículos helados. La loba de pelaje plateado los guiaba unos metros por delante, moviéndose con ligereza entre las grietas del hielo, aunque cada cierto tiempo volvía la cabeza hacia atrás, vigilando algo más que el camino.
***
A varios kilómetros detrás, Riven observaba el desfiladero. Donde antes había un sendero, ahora solo quedaba una pared de nieve y roca extendiéndose como una cicatriz blanca sobre la monta?a. El viento le azotaba el rostro con copos que se mezclaban con polvo.
Uno de sus hombres se acercó con cautela.
—Mi se?or, no hay forma de pasar. Podríamos intentar despejar el paso, pero nos llevaría días. La mejor opción es regresar y tomar la ruta de Kaerthar; llegaríamos al otro lado en dos o tres jornadas.
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Riven permaneció en silencio unos segundos. La frustración le ardía en la garganta, pero su mente —entrenada para decidir incluso en el caos— ya evaluaba alternativas.
—Apresurémonos —dijo al fin—. Lo haremos en la mitad del tiempo.
El soldado asintió y se retiró sin a?adir palabra. Riven siguió mirando la muralla blanca, sintiendo en el aire un eco del poder que acababa de desatarse. No sabía qué había ocurrido allí, pero estaba seguro de una cosa: no había sido un accidente.
El viento volvió a soplar, arrastrando un aullido lejano que se desvaneció entre los riscos.
***
La luz del atardecer se filtraba entre las ramas secas del bosque, ti?endo el aire con tonos dorados y cobrizos. Muy cerca de las antiguas ruinas de Aeryndor, Lyanna recogía hierbas junto a un arroyo tranquilo. Llevaba el cabello recogido y una capa azul clara, bordada con finos hilos plateados —símbolo de su Orden—. Bajo ella, pantalones de lino oscuro y botas de viaje, más prácticas que elegantes.
El murmullo del agua se mezclaba con el canto de los insectos cuando un crujido entre los árboles la hizo girarse.
Una silueta blanca se movía entre los arbustos.
La criatura emergió lentamente del follaje, su pelaje plateado brillando bajo la luz de la tarde.
Lyanna dio un paso atrás, su mano rozando el mango del cuchillo.
—Tranquila —dijo una voz detrás de ella.
Lyanna se volvió de inmediato. Un joven estaba allí, cubierto con una capa gris, exhausto pero sereno.
—No te hará da?o —a?adió Alden—. Lo sé.
Ella lo miró con cautela.
—?Y por qué debería creerte?
Alden esbozó una sonrisa leve.
—Porque viene conmigo.
Lyanna arqueó una ceja.
—Eso no es precisamente tranquilizador.
Alden asintió con sinceridad cansada.
—Lo sé. Pero necesitamos ayuda.
Le explicó que venían desde Nareth, que se dirigían al templo de Aeryndor, que habían cruzado las monta?as y que Kael estaba herido.
—?Y por qué buscar el templo? —preguntó ella, sin bajar del todo la guardia.
—Tuve una visión —respondió Alden—. Una mujer me habló. Me dijo que debía venir aquí.
Lyanna lo observó en silencio. En su mirada cruzó una sombra de reconocimiento, pero su voz se mantuvo serena.
—Si viste a quien creo… entonces sí debes estar aquí.
Tras una breve pausa, a?adió:
—Llévame con tu hermano.
***
El claro donde descansaban Kael, Kaelor y Doran estaba cubierto de hojas secas y ramas caídas. Un rastro de humo ascendía desde una peque?a fogata apagada. Kael yacía sobre una manta improvisada, el rostro pálido pero consciente.
Kaelor se tensó al escuchar pasos acercándose; solo relajó el agarre de su espada cuando vio a Alden y a la joven.
—Encontré ayuda —dijo Alden.
Lyanna se inclinó junto a Kael y examinó la herida del hombro.
—No lo matará —dijo con calma—, pero necesita cuidados.
Sacó un estuche con hierbas secas y ungüentos. Mientras aplicaba una pasta sobre la herida, su voz se volvió más baja.
—Son heridas de espada. De hace un par de días.
Kaelor respondió:
—Tuvimos un encuentro con hombres peligrosos en el paso.
Lyanna levantó la vista.
—No fue un encuentro… fue un aviso. Estas monta?as rara vez se equivocan.
Terminó de vendar la herida y se incorporó.
—Los llevaré al templo. Debemos llegar antes de que caiga la noche.
El grupo asintió. La loba caminaba junto a Lyanna con paso tranquilo, como si la reconociera.
***
La senda descendía entre abetos y matorrales cubiertos de rocío. El aire olía a tierra húmeda y resina. A lo lejos, el sol se hundía tras las monta?as, ti?endo el cielo de cobre y malva.
Alden caminaba junto a Lyanna en silencio, unos pasos por delante de los demás. Finalmente habló:
—últimamente todo el mundo habla de caminos trazados… como si nada de lo que hiciera pudiera cambiar nada.
Ella sonrió con ironía.
—Y aun así, sigues avanzando.
Alden suspiró.
—Los hombres de Galathor destruyeron nuestro pueblo. No teníamos a dónde ir. Terminamos en Nareth… contratamos a Doran… cruzamos monta?as… y ahora estamos aquí porque una mujer apareció en un sue?o y me dijo que viniera.
Lyanna se detuvo un instante. Había un matiz de reproche en sus ojos, pero más aún de curiosidad.
—No tienes por qué aceptar nada ciegamente —dijo—. Pero tampoco puedes ignorar aquello que te llama.
Alden bajó la mirada.
—Solo… no quiero que otro decida por mí lo que debo ser.
Ella respondió con suavidad:
—Nadie puede hacerlo. El mundo puede mostrarte puertas, pero solo tú decides cuáles cruzar.
Continuaron en silencio, aunque algo había cambiado entre ellos: no confianza plena, pero sí un entendimiento leve.
***
El descenso por la ladera era lento y peligroso. La luz moribunda del día te?ía las rocas de un tono gris cobrizo. Riven avanzaba al frente, la capa agitada por el viento, seguido por soldados exhaustos.
El rastreador se acercó, respirando con dificultad.
—Mi se?or… llevamos dos días sin detenernos. Hemos recuperado parte del tiempo perdido, pero los hombres están al límite. Si seguimos durante la noche, no resistirán.
Riven no se detuvo.
—Seguiremos hasta encontrarlos.
El rastreador insistió:
—De noche no veremos los rastros. Unas horas de descanso nos darán ventaja al amanecer.
Riven finalmente se detuvo. Contuvo el impulso de lanzar su espada al suelo. En cambio, descargó un golpe seco contra una roca. El fragmento que se desprendió rodó pendiente abajo.
—Muy bien —dijo al fin—. Descansen. Al alba seguiremos.
La bruma se espesaba a medida que el sol desaparecía. En la distancia, el viento pareció traer un sonido que podría haber sido un aullido… o un presagio.
***
Las torres del templo se alzaban entre la niebla del anochecer, envueltas en un resplandor suave emanado de los cristales incrustados en sus muros.
Al llegar al umbral, tres mujeres con túnicas claras y capas azul pálido ribeteadas en plata se acercaron con paso sereno. Tras hablar con Lyanna, dos de ellas se inclinaron hacia los viajeros.
—Llevarán a tu hermano a una habitación —dijo Lyanna—. Cuidarán de él hasta que mejore.
Alden asintió con gratitud. Las acólitas tomaron a Kael con delicadeza y lo condujeron hacia los pasillos interiores.
—Síganme —indicó Lyanna.
Kaelor entrecerró los ojos.
—?A dónde nos llevas?
—A ver al Oráculo —respondió sin volverse.
Avanzaron bajo la luz temblorosa de las antorchas, entre columnas antiguas y sombras danzantes, hacia el corazón del templo, donde los ecos del mundo parecían concentrarse.
Alden cruzó el umbral con una sensación extra?a en el pecho: la certeza de que aquello que había tratado de evitar durante tanto tiempo… lo esperaba tras esas puertas.
Gracias por leer este capítulo.Como siempre, me encantaría conocer tus comentarios e impresiones.
Te invito a continuar con el siguiente capítulo, y gracias por acompa?arme en esta historia.

