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CAPÍTULO 11-Hijos de Fuego y Sombra

  La noche se extendía silenciosa sobre las monta?as. En un claro pedregoso, las brasas de una hoguera moribunda lanzaban destellos débiles que apenas iluminaban el campamento. Riven descansaba recostado contra el tronco de un abeto, los ojos entrecerrados, la capa echada sobre los hombros. A su alrededor, los soldados dormían envueltos en mantas ennegrecidas por el polvo del viaje.

  Un graznido quebró el silencio. Desde las sombras descendió un ave negra, de gran tama?o, que se posó sobre una roca cercana. Tenía el plumaje oscuro como la brea, salvo por una única pluma blanca en el ala izquierda, que resaltaba apenas cuando el fuego moribundo iluminaba su figura. Sus ojos —dos pozos de un negro profundo— se clavaron en Riven, fijos, inmóviles.

  Por un instante, el negro de aquellas pupilas pareció extenderse más allá de sí mismo, derramándose como una sombra líquida que envolvió lentamente a Riven, tragando el resplandor de la hoguera hasta borrar el mundo.

  El guerrero se tensó. La realidad se desvaneció a su alrededor, y cuando volvió a abrir los ojos, se encontró de pie en un vasto salón de piedra.

  La penumbra dominaba el lugar. Columnas ciclópeas se alzaban hasta perderse en la oscuridad, y en el extremo opuesto, sobre una plataforma tallada en mármol negro, se erguía un trono. El aire olía a ceniza y hierro.

  Riven reconoció la sala: la Sala del Trono de Elyndor. El eco de los antiguos reyes parecía aún resonar entre las paredes.

  Una figura permanecía de espaldas a él, contemplando el trono. Era alta, de puerta imponente, cubierta con un manto oscuro que caía en pliegues perfectos. El brillo tenue de una corona de metal negro rodeaba su cabeza, y en su mano sostenía un cetro forjado en la misma materia: no parecía metal, sino una piedra oscura que absorbía la luz.

  Riven cayó de rodillas.

  —Mi se?or Galathor —dijo con voz reverente.

  Para él, aquel hombre no era solo un rey: era el símbolo del orden, del propósito. No lo seguía por miedo, sino por una lealtad nacida del respeto y de la admiración.

  Galathor no se volvió. Su voz resonó profunda, envolvente.

  —Aún no has encontrado al portador de la Marca?

  —Lo localizamos, mi se?or —respondió Riven—, pero lo perdimos en el paso de Thalon. Todo indica que se dirige al valle de Aeryndor. Lo alcanzaremos pronto.

  Galathor guardó silencio. Bajó ligeramente la cabeza, como si acabara de comprender algo, y murmuró algo inaudible para Riven. Luego, en tono sereno pero implacable, a?adió:

  —Enviaré a los Ghüls. Ellos le darán caza al portador.

  El corazón de Riven se contrajo. Una imagen fugaz cruzó su mente: un pueblo arrasado, gritos ahogados, fuego devorando casas mientras las criaturas desgarraban cuerpos.

  Apreto los pu?os.

  —No es necesario, se?or. No necesitamos de esas… bestias. Yo puedo traerlo sin demora.

  Galathor giró apenas el rostro, su perfil visible bajo la penumbra. Su voz bajó un tono, tan fría como el acero.

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  —Si eso fuera cierto, Riven, no estaríamos teniendo esta conversación.

  —Mi se?or, yo…

  —Enviaré a los Ghüls —repitió, con la firmeza de una sentencia.

  Riven bajó la mirada, el orgullo hecho piedra en su pecho.

  —Como usted disponga, mi se?or.

  La sombra del trono pareció extenderse por la sala, devorando el espacio. Un graznido resonó en la distancia.

  Y Riven abrió los ojos.

  Estaba otra vez en el campamento, la hoguera casi extinguida. El cuervo de la pluma blanca, inmóvil sobre la roca, lo observó por un largo segundo antes de batir las alas y perderse en la oscuridad.

  Riven permaneció despierto un instante más, mirando el resplandor moribundo de las brasas. Sabía que la orden era inquebrantable… pero el recuerdo del fuego seguiría persiguiéndolo mucho después de que el cuervo desapareciera.

  ***

  El sonido del agua llenaba la sala. El grupo se encontraba ahora frente a una fuente circular, tallada en piedra pálida, en el corazón del templo de Aeryndor. A su alrededor, la luz temblorosa de las antorchas danzaba sobre los muros grabados con runas antiguas.

  Ante ellos, una mujer los observaba en silencio. Su cabello negro como la noche caía suelto sobre una túnica de tonos plateados. Sus ojos —de un azul profundo— reflejaban la calma de quien ha visto más de lo que cualquier mortal puede entender.

  Kael y Kaelor intercambiaron miradas tensas, impresionados por la presencia etérea de la mujer.

  Alden, en cambio, sintió un extra?o eco, como si la hubiera visto antes en un sue?o que no podía recordar, pero sin sorpresa real.

  —Bienvenidos —dijo ella, con voz que parecía venir de un lugar sin tiempo—.

  Y tú… portador de la Marca. —Sus ojos se fijaron en Alden.

  Lyanna contuvo el aliento. Nadie lo notó, pero su expresión cambió.

  —?Sabes quién soy? —preguntó Alden.

  Selenya asintió apenas.

  —Eres aquel del que habla la profecía… o al menos, una parte de ella.

  —?En parte? —repitió Alden, confundido.

  —Pronto lo comprenderás —respondió ella con una leve sonrisa, alzando una mano hacia la fuente—. Acércate… y mira en el agua.

  Alden dio un paso. Luego otro. El aire se volvió denso a su alrededor.

  Cuando se inclinó sobre la fuente, el agua comenzó a brillar con reflejos plateados. Primero vio su propio rostro, luego imágenes fugaces: fuego, ruinas, un estandarte roto ondeando en el viento… un bosque brumoso, te?ido por el rosa suave de hojas color cerezo… y una llama que latía en la oscuridad.

  Sintió un calor ascender desde el pecho, profundo, casi vivo. Su Marca ardía sin quemar, como si un fuego antiguo despertara en su interior.

  El resplandor del agua se intensificó.

  Una forma luminosa comenzó a perfilarse bajo la superficie: una hoja que parecía condensarse desde la luz misma, emergiendo lentamente sin que él tuviera que tirar de nada.

  Alden extendió la mano, casi en trance, y tomó la espada que ascendía por sí sola, como atraída hacia él.

  Era de un acero tan claro que parecía casi transparente; su empu?adura blanca relucía bajo la luz del templo. En el pomo, la figura de una llama tallada idéntica a la Marca que ardía en su pecho.

  Sus pupilas se aclararon, iluminadas desde dentro.

  Selenya habló, y su voz resonó en toda la sala:

  —Eryndhal, la Espada del Alba. Forjada por los Antiguos Hombres cuando la luz aún dominaba el mundo. Su filo no solo destruye la sombra… sino que revela al que ha sido elegido.

  Alden sintió una presión en su mente, una voz antigua susurrando palabras desconocidas.

  Y entonces la profecía resonó dentro de su cabeza:

  > “Cuando la sangre de Galathor se derrame sobre las tierras del norte,

  > el fuego dormido despertará.

  > Esa sangre llevará la Marca de la Llama,

  > será llave y sendero;

  > el brazo que reúna las Reliquias.

  > Porque cuando la Llama resurja

  > y las Reliquias sean encontradas,

  > la oscuridad será vencida…

  > o elevada.”

  El tiempo pareció quebrarse en fragmentos.

  Primero, un campo en ruinas: una mujer de mirada noble cayendo bajo una espada, y una sombra inclinándose sobre ella.

  Luego, el bosque de hojas color cerezo, atravesado por un viento que parecía susurrar su nombre.

  Y al final, una llama suspendida en la oscuridad.

  El resplandor en sus pupilas se apagó lentamente. Alden respiraba con agitación, todavía sosteniendo la espada. Todos lo observaban en silencio, conscientes de que algo había cambiado para siempre.

  Selenya lo miró con serenidad.

  —Hay un camino que has recorrido sin saberlo desde tu nacimiento —dijo con calma—. Uno que te ha traído hasta este instante. Desde aquí, tus decisiones trazarán la senda. La llama puede dar vida… o consumir todo a su paso.

  ***

  Lejos, en las tierras heladas del norte de Elyndor, bajo la luna pálida, un fuego oscuro ardía entre ruinas olvidadas.

  Alrededor, decenas de figuras aguardaban. Eran altas, de piel gris y mirada carmesí; sus cuerpos cubiertos de cicatrices, sus armaduras manchadas por el óxido y la sangre. Entre ellas, algunas cabalgaban sobre bestias sin pelo, de ojos rojos y colas largas como látigos.

  Una de las criaturas destacaba entre todas: más grande, con una cicatriz que cruzaba su rostro de lado a lado y una espada tan inmensa que ningún hombre podría blandirla.

  Sobre un viejo estandarte ondeante —antiguo emblema de Elyndor, cuyo azul brillante había sido devorado por el carmesí— se posó un cuervo con una sola pluma blanca en el ala izquierda.

  El negro de sus ojos pareció profundizarse, extendiéndose hasta los del gigante que lo miraba. Por un instante, una sombra invisible los unió.

  La criatura habló en un idioma áspero y gutural:

  “Varkha’n tol. Eredh nal’gor. Shath el druun.”

  Un rugido recorrió las filas. Las bestias se alzaron, los tambores resonaron.

  Y bajo el cielo ennegrecido, la horda se puso en marcha, siguiendo una voluntad más antigua que la suya.

  El cuervo alzó el vuelo y se perdió entre las sombras que guardaban más allá del horizonte. Bajo la luna enferma, los Ghüls marcharon hacia el sur.

  Y el mundo tembló.

  Gracias por leer hasta aquí.Espero sinceramente que hayas disfrutado este capítulo y el inicio de la historia.

  Sé que debo haber cometido muchos errores; es mi primer intento de escritura y también la primera vez que utilizo editores y este tipo de plataformas, pero prometo que hará todo lo posible por mejorar con cada capítulo.

  Te invitamos a continuar la historia ya dejar tus comentarios, opiniones, ideas o teorías; Todos los comentarios son bienvenidos y muy apreciados.

  Los próximos episodios se publicarán todos los lunes, miércoles y viernes .

  También sé que los capítulos pueden parecer algo cortos. Originalmente escribí esta historia para mi hijo, como una forma de motivarlo a leer, aunque fuera en períodos breves. Más adelante, los capítulos serán un poco más extensos .

  Si has disfrutado la historia hasta aquí y quieres apoyar el proyecto, puedes invitarme a un café en:

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  Una vez más, gracias por acompa?arme en este viaje.

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